EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 13 de agosto de 2016

ANA LAFFERRANDERIE





Creo que la escritura es en mí, antes que nada, un proceso interno. Su punto de partida es una voz que irrumpe con su sonoridad, su propio fraseo, sus primeras palabras que son como señuelos para otras posteriores, más extrañas.  Esa voz asoma estimulada por lo que observo, percibo, intuyo, recuerdo, leo. Está en diálogo directo con todo eso o, más precisamente, en continuidad, como parte de una secuencia con lo vivido que se compone también de lo imaginado, lo pensado. La interacción concreta con el mundo y con los otros, pero también las ideas, lo que sucede en el pensamiento, lo imaginario, lo que tiene que ver con la memoria, los recuerdos, las anticipaciones, y, por supuesto, lo que viene de zonas inconscientes, inmanejables, constitutivas.

Las primeras versiones de mis poemas se producen en general con mi cuerpo en tránsito, despegado de sus zonas de anclaje cotidiano, de su modo estacionado.  Como si necesitara ese momento vacío de actividad y por ende lleno de mí: ese momento conmigo y a la vez en interacción silenciosa con lo que me rodea para que algo que tiene que ver con la percepción poética se active. Luego, cuando corrijo, retomo, articulo,  expando lo escrito, busco darle precisión y hacerlo llegar hasta donde puede llegar. Eso lo hago con libros a mano, dialogando con poetas, tomando impulso con su aliento, colándome en sus fraseos, en continuidad con sus ideas, argumentos, modos de nombrar, que pasan, obviamente, de modo muy natural,  por el tamiz de mi mirada y mi voz.  Todo ese movimiento es muy placentero y, en ese sentido, es físico: sensación de alivio, descompresión, distensión, que percibo de manera nítida a la altura del pecho, o quizás más precisamente en el esternón, donde se localiza antes cierto peso o tensión.  

Fuera de eso, en el momento de la escritura el cuerpo es parte de un estado del pensamiento y de la emoción. La imagen que tengo de mí en ese momento es la de un radar: estoy con todos mis sentidos agudizados. Es una modalidad  ralentizada de la percepción, que hace foco como con una gran lente y a la vez se expande, abarca, establece inesperadas conexiones. Cuando hablo de esto me viene la imagen del protagonista de la película El aura, de Bielinsky, que (por razones muy diferentes) experimenta un  estado extraño de la percepción a través del cual se manifiestan -de un modo también extrañado, suspendido, con mayor densidad y lentitud- otras conexiones, otras resonancias, y se produce una cierta revelación. El pensamiento exacerba su modo de red, su funcionamiento no lineal: todo se superpone y se aproxima.  Entonces el cuerpo, que es uno con el pensamiento,  está puesto en conexión, atravesado, abierto y detenido. Apertura, detenimiento, sensación de atemporalidad. Cuerpo despegado, suficiente. Cuerpo-universo que, en ese estado, se basta a sí mismo.  Sustraído de sus secuencias cotidianas, de la praxis, ausente y a la vez indiscutible en su verdad.  


De Día primero (Ediciones del dock, 2015)

Fue tan simple ese día, saltabas por la casa.
Llegó con la forma de un lugar ansiado,
era tu misma sorpresa desbocándote.
La conocés más íntima,
resurge algunas noches cuando todo
parece detenerse.
Es el triunfo de una pequeña euforia.
Te conduce liviana, abiertos los sentidos
hasta que una puntada muy fina te atraviesa
y con ella o por ella te hundís en ese aire,
en tu forma más blanda, para que dure.


***

Hablo sin dirección y de a ratitos callo
mientras el aire impacta la ventana.
Escucho algo deslizarse en la terraza,
mis pensamientos
asoman breves, la inquietud los cohíbe

de pronto sé
es una de esas tardes
una espiral volviendo a sus inicios
la forma recelosa de saberse perder,
nada
se hará concreto excepto recordar
que el más pequeño movimiento es tiempo.


***

Todo lo que ahora niegues va a temblar.
Es tan delgado el hilo que se enhebra
con la vista prendida en el instante.
Tu forma de estar en el mundo
alguna vez se irá, cualquiera sea.
Podés soltar el botón de la blusa
buscar tu imagen en el reflejo del vidrio
imaginar los meses que vendrán
con la avidez de querer llegar a todo:

van a seguir pasando nubes a punto de caer.
Nubes y pájaros,
y cada partícula del mundo en su único trayecto.


***

Esto en verdad no avanza
el polen y el tallo
caen en un lugar centrífugo.
La vida ocurre en un eje suficiente
no va hacia adelante, cambia en su lugar
mientras el corazón se arrima a lo que ansía
encuentra un nuevo paisaje de palabras
o se rinde al letargo.


De Algo no pasó (Cartopirata, México, 2016)


El regreso

Algo aprenderemos de estos días
de grillos encendidos al regreso de un viaje
la plaza abandonada a la suerte de sus canciones
que insisten con el alto reino de lo imposible.
Algo nos quedará de esta derrota
las horas en avión destinando ese tiempo
a doblegar la urgencia de quedarse,
algo de lo propio se recrea ahora
cuando en el parque se juntan las pancartas
se ruega lucidez.
Y frente a eso quieta, los libros apilados
los recuerdos como películas que ya no se consiguen
esperar la sorpresa de los próximos meses, confiar
en los ciclos del sur, en los ritmos del clima
saber que cede el agua, que cae este polvillo
se hace más tibio el aire y así
naturalmente
el cuerpo se prepara
para asumir las nuevas travesías.

Ana Lafferranderie

Nací en Montevideo en 1969. Vivo en Buenos Aires desde 1990.  Mi identidad es una y es doble.  Tengo un mapa propio y personal, y esa sensación me acompaña tanto en relación con mi nacionalidad como con mi historia personal y mi escritura.
Escribo desde muy chiquita, siempre escribí de manera espontánea, como una necesidad. Mis primeros cuentos y poemas los publiqué en antologías colectivas en la década del 90. Luego anduve distraída unos cuantos años hasta que me anoté en un taller grupal con Irene Gruss en 2005. En ese taller conocí a algunos de mis amigos más queridos, y empecé a mirar con otro rigor la escritura y a buscar otra sistematicidad.
Mi primer libro lo publiqué en 2007: El cielo tácito, Editorial Sigamos enamoradas. Luego Volcar la cuna (2012) y Día primero (2015), por Ediciones del Dock.  Este año se publicó en México Algo no pasó (Editorial Cartopirata) y estoy trabajando en un nuevo libro que espero cerrar este año.





2 comentarios:

  1. Bellos poemas Ana, un gusto leerte, abz Gus.

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  2. Qué lindo tu comentario, Gustavo. Un abrazo! y gracias, gracias!.

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