EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 13 de agosto de 2016

CLAUDIA PRADO



Los poemas que escribo pueden ser como bichitos parásitos que surgen de las palabras y gestos de los otros, tal vez porque mi gusto por el lenguaje viene de los libros, claro, los libros y las historietas de la infancia y los que vinieron después, pero, más que nada, es un amor por ese lenguaje de las sobremesas, de las charlas. No solo las charlas con amigos -en las que a veces todos nos parecemos un poco-, sino especialmente esas otras cuando alrededor de la mesa nos reunimos personas que venimos de mundos diferentes. Esa diferencia puede ser generacional o de otro tipo. También me interesa escuchar a dos hermanos que hablan en el asiento de atrás en el tren, a la taxista que, mientras maneja, tiene una conversación telefónica en tono severo, o al que habla solo. 
Los poemas son como un eco, en el que algo de esas voces se repite diferente, arrastrando nuevas frases, ideas e imágenes que encontré en otro lado o que imaginé. De ahí surgen muchas veces mis ganas de escribir y hace un tiempo decidí exagerarlo e intentar escribir poemas a partir de entrevistas. No por el interés en experimentar. No suelo tener esa voluntad de buscar lo nuevo. 
Creo que esta idea surgió después de haber hecho documentales basados casi exclusivamente en la voz de dos poetas con quienes la conversación es un tesoro: Diana Bellessi y Jorge Leónidas Escudero. Escuchaba el audio infinitas veces para seleccionar y editar y me gustó muchísimo ver cómo, con la poesía de esos momentos, en un orden diferente y asociada a nuevas imágenes, se iba armando un relato de alguna forma fiel pero también transformado. 
Quise entonces probar hacer lo mismo con la escritura y encontré mucha alegría en todo ese proceso, aunque todavía tenga mis dudas acerca del resultado.  

En general, cuando estoy concentrada en un poema, en cualquier texto, no pienso en el cuerpo, todo va atrás de las palabras y eso es la felicidad. Si me dolía la espalda, ya no sé; si el cuerpo está descansado, supongo que lo disfruto sin notarlo; si quería hacer pis, lo pospongo y voy cuando me canso de no encontrar la vuelta a algo que estoy intentando decir o, al revés, cuando la frase está casi hecha y me la puedo llevar en la cabeza haciendo variaciones para ver con cuál me quedo. Así, voy y vengo a la cocina a calentar el agua del mate, buscar una galletita, y después me olvido y la pava queda hirviendo y tomo un mate helado, lavado, almuerzo una milanesa demasiado seca, sin que importe, si, a cambio, aparece una forma que me gusta para un verso. Cuando lo uso, envidio el sillón ergonómico de mi pareja pero regalé el mío porque ocupaba demasiado espacio. No me importa que las sillas sean cómodas, ni la altura de la mesa. Escribo en donde puedo o más bien en donde quedo.
Ahora escribo, trabajo, amamanto en un mismo sillón al lado de la cama, puesto ahí porque queda cerca cuando me levanto a la noche para alimentar a mi hija. 

La escritura, cómo surge en mí más espontáneamente, es ilegible. Notas que creo que solo tienen un sentido privado y que apenas se codifican lo suficiente como para que yo pueda entenderlas. A veces, ni eso. A veces, no está tan a mano la posibilidad de anotar y, como soy perezosa, no me levanto diligente a buscar un papel, entonces el texto solamente se hace en la cabeza y se esfuma. Supongo que también hay algún resto de esos textos inexistentes en lo que finalmente escribo.

Si a alguien le interesase mirar las carpetas con papeles que me parece necesario llevar de una ciudad a otra, de un país a otro, probablemente se preocuparía por mí. No por el contenido que, como dije, es ilegible, sino por el aspecto de esos papeles que llegan a tener notas superpuestas, por el polvo que acumulan, porque para qué las llevo si casi se podría jurar que eso no llega a ningún lado. Por suerte a nadie le importa y yo soy amable conmigo misma. Puedo llevar mis carpetas, además, porque, al igual que mis tías, mi papá, alguna prima, no estoy hecha para la planificación sino para la fuerza. A fuerza de anotar, de conservar mis notas, a fuerza de esperar y de cargar carpetas de una ciudad a otra, de un país a otro, un día miro un papel viejo, sucio e ilegible y ahí está el poema.

Ustedes preguntan si había pensado antes en este tema: muy poco; era uno de esos temas que llegan como una asociación de ideas mientras se mira por una ventanilla pero se dejan pasar, mezclados con los nombres de las tiendas, las pintadas en los paredones, los postes de luz. Había reparado sí en que al subir a un colectivo, por ejemplo, mi mente arranca junto con el vehículo y mi cuerpo queda tal cual cayó en el asiento, la mano apretando un manojito de monedas, llaves, lo que sea que haya sacado del bolsillo. Tardo en darme cuenta de que eso no es ni cómodo ni práctico. También es cierto que así, con el cuerpo abandonado pero en movimiento, es cuando aparecen esas notas desprolijas a las que, a lo mejor, muchos años después, vuelvo. Creo que el cuerpo, en apariencia quieto, es el que recuerda o imagina la realidad del texto. 

Comparto un poema de Liliana Cabrera, una poeta a la que conocí en la cárcel de Ezeiza porque, en sus poemas, dolorosa, bellamente, el cuerpo fijo por imposición se pone en movimiento para escribir.


Miro la ropa tendida
en el patio de ayer
con los ojos de ahora.
Adivino tus pasos
en las baldosas rojas.
Te escucho tararear
y el pasto seco
vuelve a crecer
de las ramas brotan hojas
renacen los pétalos 
de los capullos muertos.
Las paredes olvidan
sus grietas y toman color.
Tu sombra se pasea
entre sábanas blancas
que ya van soltando el agua.
Cierta melancolía
se desprende de la tarde
bajo un sol
que se oculta por momentos
y que juega como vos
a las escondidas.


Poemas inéditos:

de “Primero”

Yo he vivido cerca de otras personas
 y me he guardado en la memoria 
recuerdos que no me pertenecen. 
Felisberto Hernández



caramelos. Chela y Emiliano


¿Qué es lo primero para vos     
Emiliano? Para mí la abuela de negro 
sentada en la galería que da al mar.
Sí, un vestido que llegaba casi al piso 
y en el medio una hilera 
de botones claros. 
Siempre tenía caramelos 
escondidos en el bolsillo. 
Y escondida también la botella de anís.
Era muy vieja la abuela. ¿Vieja 
como nosotros? No tanto.

Cerca de los ochenta
conversan los más jóvenes 
de los cinco hermanos, juntos
hacen equilibrio en el recuerdo
como sobre un tronquito 
de esos que se tiran 
para cruzar un charco.



un ojo. Aidé, Jéssica, Daniella


El muñeco preferido, de trapo 
o de peluche, envejece. Los colores 
más lavados, las costuras flojas, 
se lo nota desganado en el abrazo.
Un día pierde un ojo. Es difícil 
sostener esa mirada 
incompleta. Si le faltase 
una cosa singular como la boca
lo hubiesen aceptado diferente.
Pero todavía 
conserva el brillo de una cuenta 
de plástico, ahora sola 
y el otro lado de la cara liso. 
El ojo que falta no aparece, no rodó 
a ningún rincón, no está 
debajo de la cama 
donde comprueban, 
de paso y con alivio, que no vive 
ese espanto de mujer
la del rostro oculto bajo el pelo.
No, no hay nada brillante 
en los rincones, nada oscuro
solo un poco de pelusa.



velocidad. Eduardo


Cuando yo vi esa foto 
fue volver en el tiempo a escribir con tiza
mi nombre en esa puerta de chapa: 
 “Corredor de autos, Eduardo Gatica”. No sé
cómo pueden seguir  
treinta años más tarde esas palabras azules
en una chapa oxidada. La puerta
me acuerdo, daba a una caldera 
de entrada prohibida, calor y negrura. 
En esta parte del mundo, tan lejos de casa
la foto de mi nombre con tiza 
abre una pregunta. 
Yo contesto que sí, soy el mismo.
El nombre es idéntico, la velocidad
me gusta igual que de chico.


cumpleaños. Darley

Dos hermanos de pie 
frente a una torta, los llamaron
para soplar las nueve velas
puestas a la deriva 
sobre una piscina de fondant y granas. 
Agradecen los saludos, los regalos 
pero no es alegría la emoción 
más duradera de la tarde.
Los desconcierta 
que se haga un único festejo
para acontecimientos ocurridos 
en fechas separadas.
Se llevan once meses, veinte días, 
veintiuno cuando es bisiesto el año.
No es mucho tiempo, el suficiente
para aferrarse a las diferencias.
¿No se dice además que uno nace
y sigue solo? 
Los dos miran perplejos
la superficie de la torta, el agua 
celeste hecha de azúcar 
no refleja. Soplan.


la certeza. Daniella

En los 80, en un departamento 
de Lafayette Street 
amanece tuerto un animal de trapo.
Aunque su dueña 
busca durante horas, el ojo 
no aparece. Mira la superficie 
azul ahora vacía, inquieta 
porque la casa entera está distinta.
Sin embargo, oyó decir,
las cosas no desaparecen.
En su habitación de adulta 
Grover, el muñeco, ofrece 
la mitad de una mirada. 
Una pierna está cosida; se ven
algunos otros desperfectos.
Ella lo conservó a pesar de todo
y todo acepta. 
Lo único que le duele todavía
es lo del ojo. Aunque de niña
no comió, no jugó 
por encontrarlo, sostiene
que hoy sí lo encontraría.
Y es por esa certeza que Grover 
puede envejecer en un cajón
confiado.


Claudia Prado



Nací en Puerto Madryn, en Chubut, en 1972. Viví casi la mitad de mi vida en Buenos Aires y estos últimos cuatro años en Nueva York y Jersey City. Ahora digo que soy de la Patagonia porque nadie sabe acá dónde es Chubut o que Madryn no es Madrid. Pero tampoco así se hacen una imagen apropiada. Yo no les hablo del bosque sino del atardecer que se ve desde la ventana de mis padres: rojo el cielo y negra la meseta, las luces de la ciudad que se encienden pero terminan de golpe,  la posibilidad de seguir con la vista, por kilómetros, a los autos en la ruta. Cuento esto porque, esté donde esté, creo que es por algo que nació en ese paisaje que escribo, por una emoción similar a la que sentía de chica. Escribo poemas, filmé, en colaboración con amigos, dos documentales. Uno sobre Diana Bellessi y otro sobre Jorge Leónidas Escudero. Estoy agradecida de que mi trabajo sea coordinar talleres de escritura. Tengo una hija de un año que me hace pensar que lo que suele pasar con la belleza es que, hasta encontrarla, una no se la imagina. Los poemas que incluyo son de un libro inédito que tal vez se llame “Primero”.


2 comentarios:

  1. hace tanto tiempo que conocí a Claudia, con una amiga común, Maky Corvalán, que ya no está y quedan sus poemas, un saludo desde Cutral-Co...

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