EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

viernes, 19 de agosto de 2016

FACUNDO D´ONOFRIO


Aunque lo intento a menudo, jamás puedo prescindir de la emoción a la hora de escribir poesía. Si no apelo a un núcleo emotivo –cercano o no– el poema me da la espalda. El ejercicio consiste en dejarme llevar por esa sensación pequeña hasta que alcanza dimensiones más y más grandes, indómitas desde el vamos, que se despliegan hacia lugares desconocidos incluso por mí: cuando el desborde me resulta insoportable, la escritura acontece. 
Por algún apego irrisorio al estilo o por la absurda arrogancia de privilegiar lo mental, muchas veces me entretengo en una lucha feroz por desprenderme de la emoción y, contento, fracaso. Caigo en un ámbito de pulcritud exasperante.
Creo que la poesía es el vehículo para ir a lo concreto: el amor, la muerte. Quedarse a mitad de camino o llegar al epicentro, al hueso, a las fibras más íntimas de lo que tiene que ser dicho es un acto del que poco puedo opinar: sucede o no sucede. Se trata más bien de una forma de ubicarse frente a uno mismo y frente al mundo, una suerte de navegación atenta, a la espera de ese rayo que ilumine por un instante la oscuridad indiscriminada de la noche, mar adentro.
En narrativa la cosa es distinta: disfruto de los personajes creados por acumulación de rasgos de diversas personas del entorno real y disfruto aun más al colocarlos en contextos que les son impropios y en roles que sólo nadie puede saber cuán cercanos están del verdadero. 
Cuando escribo en ese tono hay disfrute. Me divierto. Es la sensación opuesta a lo que ocurre con la poesía, donde generalmente sufro y donde la algarabía del poema terminado es una suerte de desahogo, de modesto entusiasmo. 
La diferencia se siente en todo el cuerpo: el poema arremete en y sobre él, no le permite jugar a ser otro. Lo expone. Al narrar, en cambio, el cuerpo es habitado por pedacitos de otros. Por un rato mis manos pueden ser las de un hechicero medieval que espera a ser decapitado o mis pies los pies descalzos de una mujer misteriosa caminando sobre el mar de estrellas en las Islas Maldivas. 


Poemas


Al retrato de una niña

Dos trenzas perfectas caían sobre sus hombros
castañas, cobrizas, anudadas –pienso–
antes de los bombardeos.
Una vagabunda blanca
como esos campos en invierno, aguardando
el hechizo que la convirtiera en princesa.
Nunca tuvo un castillo ni el lecho imperturbable
de un reino. El embrujo en cambio
le trajo un barco para cruzar el océano,
una casa erguida desde las piedras
y el amor arreglado que fue amor porque sí.
Su cuerpo le dio a un hombre que trabajaba
en la fábrica y en la cama con el mismo tesón.

Yo la conocí con la piel ya arrugada
con sus manos arrojaba un puñado de sal
a la tierra porque así pararía de llover.
Aba, abu, abue, aprendí a hablar y aprendí a leer
y pronto creí que podía decirlo todo.
Amé, odié e hice de las palabras mis mejores amigas
pero ante cada traición volvía a esa casa,
a ese patio, donde no había que decir nada,
donde un puñado de sal bastaba para que saliera el sol.

La de ese cuadro soy yo, me decía
cuando era verano y de noche y me quedaba a dormir.
No te aflijas por pavadas ni te alegres si te endulzan los oídos,
hay cosas más importantes.
Cuando creo que las palabras declaran guerras
y que hay versos que se aferran a la memoria, o me pierdo
pensando historias para que alguien me quiera
sólo me sirve volver a esas noches de verano
y mirar las trenzas de esa niña
que con un puñado de sal en la mano venció a la tormenta.


***

La casa

“Allá estarán las cosas todavía,
a punto de no ser, contradiciéndose”

María Elena Walsh


La casa sigue ahí. Vieja casa a la mitad de la cuadra.
Sus ventanas de madera y su mirada cómplice espera
a dos chicos que ya no llegan polvo y viento y
otras casas nuevas y otros chicos es todo lo que hay.

La casa sigue ahí. 
Sus bajas verdes rejas y las hojas secas es siempre otoño acá
pienso y vuelvo a ser 
el chico que llegaba temprano para esperar
bajo el vano de una puerta a que estacionara el auto
tu mamá y vos bajaras a paso lento
entraras al aula que compartíamos para estar solos
un rato y hablarnos si podíamos primero mirarnos sin
esa vergüenza de chicos que piensan demasiado
a la hora de sentir.

Enorme y vieja a la mitad de la cuadra.
Sus habitaciones que eran aulas y sus plantas todavía recuerdan
el relámpago íntimo de tu risa
cuando se me ocurría algún chiste malo para encontrarle
la vuelta a eso de acercarme y conocer
el ojo de la piedra la costura del disfraz el baile
detrás de un beso el impulso que perdura mientras tanto
es eso y nada más lo que se oye vibrar lo que se oía
entonces ese pulso ese ritmo que irriga 
al cuerpo hacia otro cuerpo.

La casa sigue ahí. Dicha y sombra a la mitad de la cuadra.
Será siempre el lugar que te nombra será el recorrido
que esconda de todos en cada palabra o poema no importa
la forma el truco la máscara.


***

Cuando digo que no amo
a esas muchachas que andan libres
con el corazón aventurado
en una causa de ocasión
cuando digo que no amo
a esos muchachos que andan libres
sostenidos por la fiebre
de un tambor en medianoche
cuando juro no amarlos
al ver sus cuerpos en la sombra
enroscados como boas
en un rincón del humedal
cuando digo que no deseo
bajo el sol de los veranos
verlos cargar sus mochilas
hacia el norte y hacia el sur
cuando el sudor reverbera
sobre sus pieles vivas
y pasan meses descargando el sexo en un rincón
cuando juro no desear
a esas muchachas que andan libres
el pensamiento impredecible
como un colibrí en vuelo
cuando juro no admirar 
a esos muchachos que andan libres
con sus padres conservados
tan sólo en el semblante
cuando juro no admirarlos
con sus trajes de muchachos
insolentes vanidosos
destinados a la acción
cuando digo que no amo
la ferviente osadía
de muchachas y muchachos 
que se dejan amar
cuando digo que no los amo
¡no los amo no los amo!

miento.


***


Al amor que vuelve

¡Azúcar!
¡rufián!
¡abejorro!


Dejame tranquilo.


***

Morirse niño

León ladra las naranjas huelen
a naranjas y yo creo que no hubiera
sido tan trágico
morirme niño.

***

Advertencia

Ya no esperes que un verso te impacte como si esperaras
la colisión de un asteroide en el centro exacto del planeta
no habrá palabras que colmen tu expectativa ni encontraré
artificios que te distraigan como una flor silenciosa y sabia
esperaré desde un jardín secreto entre los pastizales y el lento
y sigiloso movimiento de una enredadera pretenderé conocerte
del modo en que las plantas conocen haciéndome tierra y agua
e ignorando a las palabras en comunión con un viento
que te vuele hasta mí y arrastre el sinfín de causas y efectos
que querrás explicar y entender inútilmente mientras que yo
disfrazado de flor observe tu verdadero rostro que prescinde
de la ocultación del disimulo del pudor de los gestos y olvide
que existen verbos y adjetivos y otros inventos para decir o creer
que decimos algo importante y no es más que el delirante oficio
del engaño al que nos condenan la lengua los dientes y los labios
que mienten porque no pueden otra cosa en cambio si pudiera
convertirme en el jazmín o en la rosa y conocerte como las plantas
conocen silenciosas y sabias comprendiendo el sentido de una gota
de lluvia que recorre sus pétalos como una lágrima yo entendería
la razón de las lágrimas que caen de los ojos cuando nadie lo nota
y no necesitaría preguntar ni suponer lo que duele tanto o acaso
las flores no saben que cuando el cielo llueve tiene sus razones y
es que el llanto de un animal que muere lo acongoja y lo conmueve
como el canto de las sirenas al navegante de mares de otro tiempo
yo deseo que el viento errante te traiga hasta mí en la libertad
de este jardín secreto desde el que imagino ser una flor que aguarda
la intimidad de tu sorpresa al oír un nuevo verso que al fin te impacte
no como una novedad una aparición una oda una moda ni nada que pueda
cualquier lenguaje sino como un quiebre absoluto del destino el desafío
de volver a inventar la rueda y esperar juntos el comienzo de otro mundo
cuando un asteroide colisione en el centro exacto del planeta.



Facundo D’Onofrio

Nací en Buenos Aires en 1990. Publiqué Cada pliegue del cielo, El ojo del mármol, 2015 y La mujer que vino de Lorraine, Dunken, 2011. Actualizo el blog facundiainfecunda.blogspot.com y codirijo Bestiario: ciclo de charlas con escritores en formato audiovisual. 

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