EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 16 de agosto de 2016

IVÁN CASTIBLANCO RAMÍREZ




Podría comenzar diciendo que no hago poesía, sino que la poesía es lo que me pasa cuando escribo poesía. Intento escribir a partir -y en medio- de mi experiencia, entendiéndola como lo que Jorge Larrosa llama “eso que me pasa”. No como acumulación de cosas vividas, no como experticia, sino como el acontecimiento del encuentro con lo inesperado, es decir, con la alteridad, y el proceso de transformación que dicho acontecimiento produce en mí. Hay aquí un encuentro entre dos tipos de experiencias: la experiencia de lo vivido (ya que sólo podemos dar cuenta de una experiencia una vez que nos ha pasado) y la experiencia de la escritura, poética, acerca de la experiencia. Vale la pena aclarar que no se trata de una mera escritura desde mi yo, es ante todo una escritura que me viene desde afuera, me atraviesa, me transforma y sale para dirigirse a otro. Una poesía desde mis relaciones y desde las huellas que éstas han dejado en mí. Cada poema surge a partir de un acontecimiento, de una transformación, y al mismo tiempo se torna en acontecimiento y transformación. Tampoco se trata de una escritura para mí, de una escritura que solo me hable a mí y que deje al lector por fuera, sino que se trata de un dar la palabra, para que el otro haga con ella lo que quiera. No quiero decir con esto que abandono a su suerte el sentido del poema, sino que al ser una huella de una experiencia, el poema puede, tal vez, conectarse con la experiencia de alguien más.
Mi forma de aproximarme a los temas tiene, por lo menos, dos ejes: en primer lugar, escribo poemas pensando desde un principio que hagan parte de un mismo libro, y dedico para ello un período que va de uno a dos años; en segundo lugar, cada libro está inscripto en una gama de experiencias que guardan alguna relación entre sí, por ejemplo, la contemplación de la propia soledad, las relaciones amorosas y la desazón hacen parte de Ceniza (Inédito), la experiencia de viajar por América del Sur delinea la escritura de Tierra (también inédito), la experiencia de tener una lengua extranjera, el encuentro con los lenguajes digitales, así como la puesta en tensión del lenguaje de la mismidad son los propulsores de Nilengua (27 Pulqui), y mi último proyecto, Semillas, surge a partir de relaciones, casi siempre pedagógicas, con infancias.

La escritura llega de diversas formas, desde recuerdos, la cotidianidad, conversaciones con amigxs, vestigios, reminiscencias, huellas, pero también desde la concentración en la tarea propia de la escritura poética, algo así como el descubrimiento de un enigma que no existía hasta que el poema comienza a ser escrito. Creo que se trata de una suerte de contemplación interior, que se alimenta al mismo tiempo del exterior. Además, mi experiencia de escritura es sumamente visual (seguramente tiene que ver con mi formación como diseñador gráfico y con ser fotógrafo), de tal forma que no sólo busco que los poemas tengan cierta sonoridad, sino también cierta visualidad, cierta forma de ser desplegados en la página. Podría decir que la vista, el tacto (al escribir) y el oído, son los sentidos que más pongo en juego. Pero en el devenir de mis poemas desde la experiencia, de cierta forma es mi propio cuerpo el que termina desplegándose en la escritura.


Poemas


TACTO

los cinco dedos
abiertos
acompañan 
el vaivén de la mano
que dibuja en el aire
el grito
la despedida

agazapados
en el vientre del puño
los cinco dedos
aprietan 
con rabia
el desaire
nuestra retirada

navegan
cauces secos
en la palma
mientras dibujo 
a tientas 
una y otra vez
tu cuerpo
a cinco dedos



GUSTO

eso hay
medio tabaco
hasta la Laguna Negra
dijo el campesino
la mañana fría
mientras 
recorro 
la montaña
con rumbo al páramo
nada sé 
de esta fórmula
distancia-tiempo
pero no parece tan lejos
subo sudo subo
cerca de tres mil y pico 
metros
y de laguna nada

el viento 
me congela
la úvula la boca
represa 
de saliva pastosa
el corazón
trepita en cada oreja
cinco horas 
y veintidós
minutos -¿cuánto
dura medio tabaco?-
más nada de laguna
y la sed
se ha vuelto mi lengua

subo más
sonido cristalino
me guía 
hasta una grieta 
entre las rocas
me arrodillo tomo 
entre mis manos 
líquido 
un sorbo 
otro
l   
a   
r   
g   
o
hay vida
en el agua de verdad



OÍDO

esa noche 
apaciguaste 
con tres 
o siete hechizos
el torbellino
tormenta de arena
que había creado
para destruir
el orden
de los tiempos
te volviste 
ninfa
en la caverna
entre el fuego y la roca
reposó la silueta
de tus piernas 
manos
y tus ojos
se sentaron
junto al papel 
a la escucha
atenta
de mi voz



OLFATO  

la mañana
comienza espesa
dos tropezones 
hasta la cocina el agua 
caliente moja 
los granos 
tostados 
molidos
en la mesa 
sentado miro 
el círculo negro 
en la taza 
los ojos
cerrados, inhalo 
los abro 

el ritual 
me regresa a casa
de mi madre
infante 
no tropiezo, juego
y el aire limpio 
de la mañana
trae la promesa  
de un mundo  
que aún 
está por venir


VISTA

me dieron a luz
para ser consumido
por el sol

ante mis ojos
sus rayos calcinan
con cada destello
huesos  y piedras 

el lado interno
de mis párpados
guarda
la imagen latente
de la sombra
que proyecta
mi mano sobre mi rostro

¿será ésta la huella
de nuestra paulatina
incineración?

ante tus ojos
mi vida es
luz 
pasajera


Iván Castiblanco Ramírez


Nací en Bogotá hace cuarenta y un años, vivo en Buenos Aires hace ocho. Mi largo caminar me ha llevado a formarme y explorar diversas disciplinas: diseño gráfico, fotografía, educación, Ciencias Sociales… pero también a viajar por nuestra Abya Yala: Cuba, Panamá, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Brasil, Uruguay. Por eso he llegado a considerarme un emigrante, un extranjero que siempre habita la frontera. Y desde esta condición de extranjería comencé a acercarme a la frontera poética, hace cuatro años, quizá como un intento por traducir (me) los diferentes lenguajes que me atraviesan.



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