EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 7 de agosto de 2016

MARÍA NEGRONI



No sé qué cosa sea un “procedimiento de escritura”.  La experiencia sólo me permite inferir que los libros responden a obsesiones precisas que se exacerban en determinados momentos y exigen que se las enfrente de un modo particular, que se descubra la música interna que les corresponde y que podría, tal vez, calmarlas. (Cesare Pavese decía que un libro nace, se consolida y muere, cuando la obsesión encuentra su forma.) 
Todo libro, si no me equivoco, es un intento de discernir una oscuridad, una suerte de caminata de ciegos hacia un lugar que quizá no exista. He respondido a ese tipo de exigencias varias veces y, en cada una de ellas, se me impuso una forma distinta, un “ritmo”, habría dicho Meschonnic, con sus paisajes, motivos y figuras.  
Porque, digámoslo de una vez, nunca se trata de un tema, se trata más bien de una especie de expansión sonora a partir de un centro muy profundo, parecida a la que se produce cuando arrojamos una piedra en la quietud de un lago.
Al comienzo, constatar esta aparente diversidad de obsesiones y formas en mis propios libros me preocupaba. Pensaba: ¿Cómo unir Islandia con La boca del infierno? ¿La elegía Joseph Cornell con Arte y fuga? ¿Qué parentesco se podría encontrar entre Cantar la nada y Andanza? ¿Entre mi interés por el gótico o el film noir (presente en La noche tiene mil ojos) y las novelas El sueño de Úrsula o La Anunciación? Y sin embargo, nadie podrá negar, ni siquiera yo, que esos libros obedecen al mismo deseo, la misma necesidad de lanzar, a la maravillosa y terca e inconcebible realidad, esas mismas preguntas por el sentido, que me formulo hace tiempo, cada vez con más urgencia. 
Dos datos más bien prosaicos: 1) por lo general, no reúno en una colección poemas “sueltos” sino que escribo lo que en inglés se llama “book-length poems”, es decir un solo poema que ocupa todo el libro. Islandia, por ejemplo, es un larguísimo poema, dividido en dos grandes voces: una, de tono épico, que reescribe las sagas islandesas medievales, en un inocultable tributo a Borges, y la otra, paródica, que pretende contraponer a esa saga masculina las “minucias” de un viaje protagonizado hoy en día por una mujer. También es una unidad La boca del infierno, que vuelve a contar la historia del duque de Orsini (protagonista de la novela Bomarzo, de Mujica Láinez), esta vez desde el punto de vista del duque. Otros casos: El viaje de la noche, que es un registro personal de sueños, Andanza, despliega una retórica del tango, y Arte y fuga, explora la idea de la fuga musical; 2) suele sucederme que, cuando empiezo a escribir un libro, todo empieza a funcionar como un imán. Leo, es cierto, todo lo que cae en mis manos que tenga que ver con lo que escribo. Investigo. Busco. Pero, sobre todo, encuentro y lo que encuentro (que siempre es lo mejor) aparece por lo general en la escritura misma, probando una vez más, si hiciera falta, que la escritura siempre va mucho más rápido y sabe más que nosotros.
Escribir es, para mí, algo parecido a la meditación, una enorme oportunidad para alejarme del parloteo de las convenciones y las formas calcificadas del pensamiento. Por eso, quizá, la sensación que más reconozco al escribir es que pierdo la noción del tiempo y eso me produce, demás está decir, una dicha incomparable. 
Sobre la relación entre cuerpo y arte (que atañe, por extensión, a la relación realidad y representación), creo que un tratado filosófico sobre el tema no alcanzaría para agotar todos sus aspectos: el tema es de por sí complejísimo y lleno de matices. 
Existen innumerables narraciones que evocan, describen y/o alertan contra los riesgos que implica para el cuerpo la creación. “El retrato oval” de Edgar Allan Poe, para dar un ejemplo paradigmático, es demoledor. Allí, un pintor logra dotar de vida a la mujer que pinta, al tiempo que la mujer, que a la sazón es su esposa-modelo, se va desvaneciendo hasta finalmente morir. 
¿Algo vampírico se pone en juego? ¿Cómo se llama eso que se pierde? ¿Por qué ese riesgo, siempre vinculado a la muerte? 
La condesa sangrienta de Pizarnik, “Las babas del diablo” de Cortázar, La invención de Morel de Bioy Casares son apenas algunos ejemplos en la literatura argentina. “Todo hombre, escribió Oscar Wilde, mata lo que ama.” 
Así es, siempre hay una muerte: O bien muere el/la modelo o muere el/la mismo/a creador/a. He escrito profusamente sobre esto, y, creo que, sin equivocarme del todo, en mi libro de correspondencia apócrifa, Cartas extraordinarias. En ellas hay un hilo conductor y ese hilo no es otro que la empedernida reflexión que cada carta emprende, casi con saña, en torno a los costos de la actividad literaria. El resto son las formas más o menos ruidosas de esa reflexión, los temas que la exacerban o disimulan: el desplazamiento como gestualidad épica, la pregunta por la calidad del dolor, los espejismos de la ambición, la gran anomalía del amor, las sombras de la noche mental y, en general, el desconcierto frente a los “tiempos difíciles”.



Poemas



Una selva amniótica donde morir 
se acuna.

Poco más ocurre 
en los días futuros
:
   la amada insuficiencia
acopia heridas,
alimenta el juego 
de la realidad.

Después amanece 
en la isla verbal
:
boda, 
ausencia, 
mundo y página 
sin deletrear.

El dios del parto 
en tales modos 
del frío.


***

A esta escena 
sigue una noche de aquéllas, abierta a más noche, 
por donde se mire.

La realidad infiltrada 
sangra al oído de todos
y la herida supura
sin escarmientos.

No es seguro
que esa riqueza persista,
que nos expulse
de nosotros mismos.

Pasa una sombra escrita,
la ortografía 
de una pasión trunca.

El poema enamorado 
de lo peor.


***


A veces, también,
se instalan violencias
:
gotas de sangre en la nieve,
revoltura de formas 
pronominales.

El sí se llena de no, de no había una vez, de nada 
no se hace, y después 
cae
como animal que cae, muerto, nombrado,
tan delicadamente
en dísticos
prolijos.

 Nadie recuerda el presente. 

Nadie cuenta 
los días 
del Sabio.


***

Gran parte 
de lo que acontece 
en el hogar del miedo 
puede explicarse así: 

hay mundos 
que no favorecen 
los hechos, 

el jardín no es, 
ni ligeramente, 
el jardín.

Menos mal que,
de pronto, 
un autor malherido
vuelve de ningún lugar 
:
las palabras baldías
cavan su propia fosa.

Se iluminan de exilium
     los ritmos graves.


María Negroni


Me llamo María y mi apellido, Negroni, es el apellido de  mi madre. Lo adopté un día, sin pensarlo, cuando empecé a escribir o mejor dicho, cuando me di cuenta de que quería transformarme, qué ambiciosa, en escritora. Creo que fue un homenaje. De ella recibí el amor por los libros, la música y el arte, y, sobre todo, una especie de prepotencia para el trabajo y una capacidad para no distraerme de lo que quería. 
Tuve una infancia luminosa, de veredas llenas de chicos y juegos interminables a la hora de la siesta, en una ciudad de acequias y montañas, de la que me arrancaron a los 11 años para traerme a un departamento oscuro y frío en Buenos Aires. Buenos Aires no fue muy amable conmigo. 
Si me apuraran, diría que ese es el primer exilio (y el único) del que tengo memoria. Me integré a Buenos Aires como pude, me rebelé como pude. Seguramente, alguna vez, en un balcón de la calle Azcuénaga, habré medido el alcance de la palabra “hostil”. Después, la adolescencia trajo a los Beatles y también el deslumbramiento de la literatura. Demián, El anticristo, La náusea y El mito de Sísifo son, tal vez, el antecedente más directo de la militancia política que emprendí en la Facultad en los años ‘70. También, de los poemas que empecé a escribir —como refugio y ejercicio del más básico derecho a disentir— durante la época de la dictadura. 
Tras publicar mi primer libro (De tanto desolar), me fui a vivir a Nueva York. Fueron años felices, ásperamente felices. La ciudad era alucinante y la exploré sin cansarme, amé sus noches rosadas cuando la nieve vuelve todo silencioso, y escribí como una desaforada. ¡Menuda fascinación tan magnífica! Fue mi segunda infancia. Una infancia llena de libros y bibliotecas y museos y abismos. Seguí adelante y cuando quise acordarme, habían pasado 25 años. Una noche de invierno, no recuerdo de qué año, me dije en voz alta: Quiero volver a casa. Mis amigos me preguntaron si me había vuelto loca. Respondí invocando la edad avanzada de mis padres y otras vaguedades por el estilo. Ahora vivo aquí. Todo lo demás se los contaré otro día en minúscula. El pasado es un mundo pequeño.

maestriaenescrituracreativa@untref.edu.ar

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