EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 11 de agosto de 2016

SUSANA CELLA



Querría decir algo respecto del soporte, aun cuando no es lo que se pide aquí, y sin embargo, creo que no es ajeno al procedimiento de escritura, y en absoluto lejano a eso que va de un cuerpo a un grafo (trazar una letra en el papel, con tinta, birome o lápiz), distinto digamos de pulsar una tecla. En mi caso se amigan mucho ambas cosas, pero las sé y las percibo distintas, de tintes y tonalidades diversos, pero dentro de una misma paleta, lo cual, mutatis mutandis, me remite a lo particular del estilo.
En un devenir que se remonta muy atrás, he tratado de encontrar la “letra” propia, fue en la escuela primaria, no quería la letra más o menos adocenada y “correcta” que nos prescribían, ahí empecé a indagar grafías, al tiempo que sumaba palabras, muchas, a mi vocabulario e iba transitando argumentos e imágenes. He dibujado cuidadosamente letras, las he garabateado y aun las he deformado, o sea, he traicionado sus siluetas en ocasiones diversas, por lo que interviniera en ese momento como incidencias nefastas tendientes a difuminar y aun borrar lo que quería o debía ser grabado. O, en cambio, con el brillo liminar de una aurora, las he erguido hasta lograr el trazo querido como constante no importa en qué soporte, es mi letra andando en el campo de la palabra, en el lugar signado.
La atención es, para mí, enfocar, percibir detenidamente algo del magma venturoso y terrible que se llama, a falta de mejores definiciones, mundo, vida, subjetividad. Como una linterna ilumino un punto más o menos preciso; la dirección no es aleatoria pero tampoco regida por una clara causalidad ni por un mecanismo, sino por los enredos de algo que querría, sin lograrlo nunca, ser algo así como un esquema, cuando sólo puede ser, en el mejor de los casos, una gozosa imagen, con todo lo que arrastra eso de gozosa. 
De manera que lo que la mano puede hacer con lapicera y papel, con teclado e imagen, convoca una constelación de instancias altamente significativas para quien las ve como tales. Parecería una perogrullada, y no. Se trata de una atención muy afinada para rescatar de la tenacidad del olvido o de la mezcolanza de imágenes banales aquello que tiene un rasgo, un trazo genuino (entre lo que tiene que ver con lo genitivo, el origen, y no menos problemáticamente, con la verdad y sus enunciados y lugares). Lo que de la memoria llega se va enlazando, no solo con la reminiscencia (lo cual da para pensar en el “sentir” el recuerdo) sino también con la representación elaborada de algo evocado, recuerdo alucinado, memoria selectiva o lo que fuera, para acudir todo ello conjuntamente a lo que importa como alimento para el escrito: palabras sin las cuales no hay texto, tejido que al mismo tiempo llama a lo que hace a su espesor, entroncamiento (por la consistencia) de todo lo que atañe a la experiencia: lo vivido, sufrido, recordado, olvidado, fantaseado, soñado, leído, releído, conversado, peleado, oído, olido, visto, tocado, degustado en algo así como un continuum extraño-familiar que liga vida y escritura.
Si se trata de un paisaje, hay una construcción. El paisaje es la naturaleza signada y configurada por la intervención humana, por tanto no es una mera referencia exterior, sino una formulación y, sí, para mí hay una y consistente, es la pampa, es su sitio, su ciudad, su horizonte, su pobreza y su riqueza, su vastedad, su tiempo y su historia, es el fondo de mi zona, la ciudad junto al río, no inmóvil, ni mudo, sino con embelecos y brillazones, imágenes más o menos nítidas o difuminadas pero siempre pacientes, en espera de palabra, por difícil que esto sea.
Como lo que el río tiene de sedimento, sin lo cual no sería lo que es o aquello en lo que puede devenir, lo, digamos, previo, aun cuando una anterioridad o posterioridad son difíciles de definir en el presente material de un texto, está todo aquello acumulado, un espesor de lecturas y escrituras metabolizables, en sentido físico (digestión, asimilación, transformación), y en sentido retórico (tropos, metáforas), y disponibles para moldear (figurar) el lenguaje.  En él y por él es que podemos hacer resonar lo escuchado, vivido, pensado y sentido, hecho carne o ensoñaciones, mundo y mi casa conjuntamente, o sea aquello que siempre tratamos de arrancar a lo real, que como rumor o ruido en la oreja, aunque esquivo, siempre insiste e impulsa.
Uno escribe investigando, indagando. El modo de hacerlo no es un método predeterminado, aquí también “se hace camino al andar”. Me parece que siempre se investiga. Por otro lado, ese camino requiere de eso que nombré como alimentos. Si el primordial es el lenguaje en su continua movilidad y plurisignificación, también, en tanto alimento, está toda la constelación imaginaria provista por otras artes. En este aspecto el teatro, el cine, las artes plásticas y la música conforman una zona que se intersecta sin confundirse, sin subsumirse, con la creación literaria. Pero están, indudablemente, están para aportar cada cual desde su lugar, también lo que va en enriquecimiento de las dimensiones abarcadas por la palabra literaria.

No es fácil contar lo que sucede en el cuerpo cuando se escribe, cuando alguien que es yo y es otro escribe. La relación cuerpo / escritura está desde algo que bien podría ser génesis, inicio, confluencia, lucha, y tantas cosas más que, en sus contrariedades y armonías, no dejan de señalar la relación entre ambas instancias. La letra marca al cuerpo como un tatuaje, y el cuerpo moldea la letra en las persistencias del estilo. La escritura compromete al cuerpo y viceversa, de modo que este último puede desencadenar energías como apretujamientos o contracturas, o bien distensiones y hasta manifestaciones sensoriales varias. Quién, en ocasiones así, no sintió por ejemplo una punzada en el estómago, un endurecimiento en la zona cervical, un agarrotamiento de los dedos y, simultáneamente, una distensión muscular, una capacidad de respiración profunda o la agilidad manual como la que se ve en los eximios pianistas y secretamente se envidia a lo mejor sin saber que tal cosa ha demandado años de ejercicio, horas y horas de digitación, hasta que adviene esa destreza. Dicho esto contra la idea de que se puede escribir cualquier cosa, de cualquier modo, por ejemplo, una mera constatación de lo que fuera, descriptivismo vacuo, o alguna cosa así, sin que se ahonde en los difíciles meandros de la significancia, sin que se perciba siquiera que es la palabra densa de la poesía la que importa y no cualquier declaración banal de un estado de ánimo, de algo como foto fija de objetos, en la creencia de que la poesía es pura transparencia del lenguaje, que por otro lado y en grados variantes, nunca, ni aun en la comunicación, es transparente. Sin contar con la dimensión de opacidad inherente a esa trama compleja que llamamos sujeto, y más si se piensa en una androginia fundamental en el momento de la escritura.
De posibles textos para mencionar, hay uno que inmediatamente surge, Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, porque creo que la coreografía del amor es, digamos, estructuralmente similar a la de la escritura con sus gozos y sufrires. 



Poemas


Decisión

Rica fue la manzana encendida
roja en rayos de luz
colores que no sé 
porque me han desertado
los significados y así
cueste lo que cueste
no sé si llorar a/como 
una Magdalena
o inerme dejar 
su faena a los castos ratones
de jaula blanca.


Migraciones

Tal vez haya apretado los párpados
Tal vez pestañeó
Tal vez los dos ojos arrugados
Abiertos en espanto
Cerrados en horror
Por dolor supremo absorbidos
Sin más luz, de repente
Como fuera

Nada de sus ojos. Nada.


Hociquea en vez de flores, secos repollos

La bestia ciega roza 
las costras húmedas
para hacerlas, por incremental orgullo
faceta de pretensión.
Supura veneno fino en la seca.

Qué convencimiento firme
de tanta pústula sale.

Cuánto va en la herida
socavada y oculta
oxidada sangre inmersa
en las rumbosas hojas rizadas 
de cualquieras y dispuestos inmundos repollos.

Como si se dijera, plantar una culpa en campo raso.



Ondeante se renueva 

A una mujer valiente niña


hay que verla como se descubren las estrellas, el mar o el horizonte
sin admonición o tiento
en la amarillada de los campos delegados
en el azul negro y veloz de los cielos sin recua
en la oscura presencia de regulares olas 
en verde seco de llanura domada

Contemplativamente móvil siempre y ella



Bagre y hombre

Extraño, de mirada absorta y cara angular
Boca sombría aspirando desechos, podrida agua endulzada,
anhelando Dulce Mar, macro Río que fue por tu voluntad gravosa hendidura, 
grava sin sustancia y gravoso registrar

Qué condena te ha arrastrado a servir de cebo, sangre fría
aun cuando te fuera acometida la bendición maldita 
para tu testimonio vital, en cortes longitudinales y terribles 
carne a la oferta del mar. Dulce pez en Dulce Mar.

Mudo, entre los rugidos de la extensión, 
dejaste todas las formas de lado (¿querías tu metamorfosis?)
Imposible tentativa, secuaz algarabía.
Poder magnánimo frecuentaste
pero no pudiste eludir al pez
con algo redondo, algo chato, algo largo, para ser diablo todo,
sin piernas ni amor, sin aliento que animase por alma desalmada, 
quietud de lo sustraído y marcado, destino:
Escamado deslizante, mojadísimo y veloz, contemplando desechos.
¿Qué estás haciendo? ¿Qué vida te anima en hoscas gafas?
¿Cómo aguantás tus viles días y noches? Tus quitas y tus dares.
¿Qué son tus domingos? Sacudones incesantemente aguados
en perpetua boca abierta a incesante humedad. 
Aunque nomás nada
sino vacíos mordientes de pez y estación subterránea
anden mezclándose en tu desafiante voluta.    
Que bien conocemos en disfraz, diablo cojo,
Estatuándose y sin nadar. 

¡Monstruo increíble! De solo verte una primera vez
Claramente quedaba tu remedo para ser contemplado
para siempre y siempre como una verdad eterna 
que no fue sino la misma mierda mentirosa y, por tal arrebato
de expresión, me disculpo alegando mi ira.
Cara chata y temible, sucio pez y pesante máscara 
dividida oscuramente del pecho, menos frío que mordaz
arrecías la tierra firme para poder andar
con tu cuerpo partido y el paso ridículo en puntas de pie.
Desgracia que borra cualquier gracia, gastado, decrépito, 
secas tus malversadas aletas, lento de toda lentitud.

Suspirante de imposible aire en creciente respiración
¿Cómo existís? ¿Cómo soportás la sequía de
nada que hacer, ni de puro oxígeno inhalar? 
¿Qué partícula no podés compartir, 
qué, de la vida pura rociada de aguas benditas, no llegás a aspirar?
A veces pienso que sos despareja cosa abandonada, 
¡Ausente e ido en escamas odiosas! 
Sin cura o posesión de limpia agua desligada.

Vuelto el pez en hombre, alzado el espíritu responde
Hundidos en la misma charca cenagosa
Mi fealdad es tu reflejo, piel tuya mi sebo aparencial
Porque ambos somos iguales víctimas del rayo vector
Que oscureció mis aguas y tu aire encantador
Refrená tu desprecio y no sonrías en dos patas alzado
Y odiá no sin algo de amor porque la diferencia debe por sí demostrar
Y en tierno sonido, las esferas de música llenar.
Uno de los espíritus soy, que por propia voluntad
Viven en lo que vida tenga –pez, águila, paloma–
Sin odio, sin orgullos, bajo cero no encima
Visitante de las rondas del dulce designio de Dios.

La vida del hombre es cálida, alegre triste, mezcla de amor y tumbas
De esperanza ilimitada, honrada de dolores austeros
Pastando en cielo, y en alas de ángel excava.
El pez es veloz, poco necesita, vagarosa claridad
Fresca y endulzada vida de plata, envuelta en olas rodantes
Presurosas por impulsos de miedos transhumanando.
Hermanos somos en este turbión sedentario
Al que tenemos que dar su empuje y su salida, 
Adentrándonos en los brillazones que depara
A mi río y a tu tierra, el reflejo de la luz recién nacida
En cada cual amanecer.


Susana Cella


Vivo en Buenos Aires desde que nací, empecé a leer y escribir desde la infancia y tal cosa continúa. Estudié Letras hasta hacer una tesis sobre la poesía de José Lezama Lima. Trabajo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. He publicado los poemarios Tirante, Río de la Plata, Eclipse, De Amor, Entrevero, Incidentes; las novelas El Inglés y Presagio, el ensayo El saber poético, el Diccionario de Literatura Latinoamericana, poemas, relatos, artículos y ensayos en Argentina y el exterior. Traduzco literatura en lengua inglesa. He colaborado en varias publicaciones periódicas, actualmente en el Suplemento “Radar” del diario Página 12. Coordino el Departamento de Literatura del Centro Cultural de la Cooperación.  
email: eclirt@gmail.com (parece raro, pero si se lee de derecha a izquierda, rápidamente se aprecia que es “trilce”, como ya había muchas trilces en gmail, hice lo mismo que Vallejo con su estruendo mudo, o sea, odumodneurtse, ver Trilce


1 comentario:

  1. Fuertes poemas, duros, realistas, no menos bellos, un gusto leerte Susana...

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