EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 27 de octubre de 2016

ALEJANDRO CASTRO




Puedo contar que comencé a escribir poesía gracias a mi afición a la astronomía. Generalmente, las observaciones astronómicas van acompañadas de notas o reportes de observación donde se detallan las particularidades del evento estudiado (posición, tiempo universal, calidad del cielo, ubicación, etc.). Mis notas fueron cada vez menos “astronómicas” y más literarias. De ordenar y desarrollar ese material, salió mi primer libro. Desde entonces me quedó la costumbre de llevar una libretita donde anoto desde palabras, ideas, hasta versos enteros que después se irán corrigiendo. Escribo pensando ya en la idea de un conjunto de textos y en la forma en que podrían ser presentados. Cada grupo de textos tiene un paisaje propio, una música que siento deben tener los poemas que estoy escribiendo. Pero también sucede que toman su propio rumbo y yo los sigo lo mejor que puedo. Así me pasó con los tres libros que publiqué hasta ahora. Cuando escribo, siempre tengo la impresión de que el comienzo del poema está en algún otro lado. De la misma manera dejo de escribir en algún punto del texto, cerrándolo, con la sensación de que el poema podría continuar en ese mismo impreciso lugar. Son estimulantes para mí los viajes al trabajo en colectivo o en tren, donde se van decantando, poniéndolos en relación al tema sobre el que estoy escribiendo, ideas sobre libros que estoy leyendo, los sucesos del día, recuerdos, películas, los acontecimientos políticos, escenas que veo y escucho en la calle. 

Me suele ocurrir, al momento de escribir, de tener la sensación de interrumpir muchas de mis sensaciones corporales. Frío, sed, mala postura, dolor de cabeza, quedan suspendidos por cierta excitación y la necesidad de concentrarme, cuando creo que puedo transcribir eso que está dando vueltas por mi cabeza. Tengo que decir, aunque me cueste admitirlo, que puedo reconocer cierta condición del cuerpo (como un temblor, transpiración, inquietud), que va a desembocar en la escritura. 

El libro Teatro de operaciones (anatomía y literatura) de Liliana Lukin es un bellísimo tratado acerca de (entre otras cosas) el cuerpo y la escritura, del que copio un poema: 

No hay alivio para mí: 
líquidos sinoviales ausentes
y cervicales en franca rebelión,
la alteración de lo visible en sí,
la esclerosis de las
profundidades,
todo se convierte en otro oro:
no son
la parte del león
de mi fortuna: cada una
de esas fallas es el precio,
la libra de carne con que pago
la energía,
el deseo y el ardor.
Alquimias del verbo 
que, encarnado
en pura presencia me ha dejado:
escritura, amores, impaciencia,
dolores como ausencia
del Dolor.


Poemas (inéditos)

 06:00 AM

El rumor de un océano perfecto, la ola, decibeles moderados,
el buzo de la ciudad aguanta el aire que a brazadas abre
el día, las piedras decantadas en el fondo, el sueño incorpora el aire
acondicionado que se incrusta en las ventanas de los pisos más altos,
la perfección es la oscuridad, la sed del ser debidamente bebida, apenas 
un ligero resplandor en las rendijas se vuelca en el cuenco de las palmas
de los dedos se escurre y derrama la brisa hincha como otros días
el cuerpo astral, la superficie alborotada, el atontamiento lúcido
en la punta de la lengua, la boca, la ensenada, la tierra al fin baldía
el velamen de la mente parte ya y su estela se disipa mientras anda
y llama un resplandor catódico, los ingenios de metal destemplado, 
rezuman, decía, en los intentos de ver, de llegar hasta el azul,
el azul plegado, el azul en los reflejos de un jardín iridiscente de lunarias  
la crujía plateada del pez, su ojo -que no descansa ni en la muerte-
que ve las burbujas ascender, locas huyendo del abismo, el azul, 
pero antes de abrir la puerta, el espejismo, el primer manotazo del ahogado.


 14:00 hs. 

Claro que hay penas, quién no siente en lo ajeno de las vacas levantarse 
la sombra que estuvieron preparando, tan oscura y fría y durante 
tanto tiempo, que apenas su presencia se disipa en el sueño, o bien 
sostenidas por un silbo indeleble, propagar su tamaño invulnerable.
Valen tanto como listas enrolladas ocultas en papeles enrollados 
en diarios, penas enrolladas en caracteres góticos, altos pupitres 
mayúsculos de penas corrientes como la electricidad o artes explotadas 
por el aire de marcar con énfasis la pena de la locura que las condena 
a venir por nosotros, olerlas de cerca, acostarse con ellas, tenerlas 
en el regazo, mojarlas en el sentido, salir a la calle portándolas 
como un documento o verlas venir cantando, como alguien que se defiende
por la razón de ser monstruos de ayer tan presentes cuando el espejo 
se activa y deja en la línea del tiempo la permanencia sobre un equilibrio
incierto. Hay días en que rebalsan como el agua o supurando de las horas llagan
sin que se sepa su núcleo, la pura energía que las condensa, pero entonces 
viene una voz. Un flujo de aire vibrante en la cuerda del amor que cura.


01:30

Y contestamos. Decimos algo que pueda ser nada para no tocar nada. Sí. 
Un accidente doméstico, antes de que amarre el día, nuestra duda, bordearlo, 
pero en el desierto no. No en el mar ni en el cielo. Alzarse con pedazos rotos
mientras las horas irán deslizándose desde ese futuro inmediato hacia aquél
pasado irremediable, sin que las hayas probado, conocido su sabor o visto su luz 
en otros ojos, otros cantares o risas propias o ajenas. La gran fuente que hecha 
al mundo lo que le toque en suerte y contesta contra la nada y es pródiga también 
en sus palabras, apenas llega algo más lejos que nuestros sentidos y nos horrorizamos
y echamos furia mirando al cielo o la cabeza se nos cae pesada de las lágrimas, 
aun cuando no nos es posible fijar la residencia de nuestras ideas si ya somos otros 
distintos y ya somos otros también y otros y ponemos caras de comprender todo y 
contestamos. Sí. No alcanzan los años que duran el sonido de un plato roto  
para dejar cada parte de nosotros como un desecho abandonándose a la entropía 
y perdiéndonos, seguir cada paso, cada murmullo que resuena con un sobresalto, 
apurándonos a hacer las preguntas propias. La vida que no continúa, como el sonido
de un objeto que cae, choca contra el piso rompiéndose en pedazos y se apaga


 23:00 hs. 

La alarma cuela en las rendijas a ras del piso la noche viene de lejos, volanta
de una noticia trivial que mañana será olvidada; los calcetines de lana ahogan
tus pasos doblando un tambor litúrgico sobre la madera: venís ahora a la cama 
para ceñir la luz que cae en el fondo de las tazas vacías, sobre los libros cerrados,
nada abandona en su círculo amoroso: más allá del alcance de nuestros brazos 
no habrá otra cosa más que oscuridad. Ahora, mientras persiste flotando alrededor 
la charla ligera como en una cabina espacial, tus pasos -los escucho bien - traen 
los medicamentos y el agua para el sueño interrumpido, la ropa ya fuera de nosotros,
un pabilo carbonizado sobre la silla, doblado después de arder, referidas las acciones,
las líneas del pensamiento, el toque de lidia, risa bajo el poliéster y las guardas incas,
figuras sagradas, volutas, cenizas de palosanto y piretro, incienso consumado que te trae 
flotando de veras como todo lo que hay entre lo posible y lo improbable, venís 
a la cama con tu manto de armiño, tu camisa real, en el sobresalto inmediato
del espacio exterior, la marca vaga en tu espalda ya en el campo del sueño respira
sobre nosotros el bestiario de la pintura caída, un paraíso posible de ser arrasado, venís, 
para borrar todas las marcas, aquí, ahora, en el mismo azar que levantamos.   


21:00 hs. 

La pureza solo para el vino; en ésta copa inflamada de vergüenza se sirve otro 
líquido inmaculado, limpio de la abyecta cotidiana, de la grasa de las máquinas inarmónicas, 
bebida en el escándalo de la voz en cuello, a la salud del espanto y las palomas; barro:
el paso superior levanta solo polvo, el agua habrá que provocarla en todos sus estados,
llevarla a la fuerza, a la nuestra, que en la calle de la castidad luce así, integro en su atributo 
monocromo y lacteado antes del examen de consciencia, su catálogo preexistente
que no para otra cosa se ha hecho la disciplina del dogma. Pero siempre habrá algo más 
puro, más rojo, mas nunca será suficiente y así estará segura la calma de tu sed. Tomá todo
lo que puedas ahora que alguien te alcanza la palabra desigual y combinada, el sacrificio 
que se aviene a una forma castísima de desacuerdo, ahora que la sangre está servida, vadeando 
el túnel sinuoso de las banderas y haciendo un servicio involuntario, recostando el peso 
de tu cuerpo en las palmeras –entraste cantando el gloria de tu irrupción, yo te escuche-
conjurando la culpa del yerro a meterse con patas y todo contra la exegesis única del mundo,
colores de todos los colores para el plato en la mesa, espantando la niebla desamorada en los ojos
que ven los pechos consagrados de manchas aceitosas, ungida la vestal esclarecida, limpia, recién
desvelada, llevala todo lo alto que quieras mientras hay quién te sostiene con los pies en el barro.

Alejandro Castro

Nací en junio de 1956 en el barrio de Floresta, donde viví hasta los 5 años. Antes de cumplir los 13 ya nos habíamos mudado con mis padres a distintas ciudades del GBA. Temperley, Lomas de Zamora, Castelar. Creo que no me olvido de ninguna. La primaria la hice en 4 escuelas diferentes. Eso debería ser de alguna manera un hecho importante para mí.
De chico siempre me gustaron los deportes. Pero los libros fueron una compañía durante toda mi vida. La colección Lo sé todo fue un tesoro que me dejó entre otras cosas, que no haya nada que no me interese. Mi adolescencia y juventud están marcadas por los libros que le robábamos a la inclemencia política de los años negros. Las librerías de Corrientes, la ilusión de la militancia, las mesas de los cafés. Mientras leía todo lo que estaba al alcance de mi mano, hice algunos intentos con la escritura, pero fue de grande (45 años aprox.) que me animé en un taller de María del Carmen Colombo. La música ocupa gran parte de mi vida, sigo integrando dos agrupaciones musicales (Santa María del Buen Ayre y Ensamble Miel de Caña, pero la escritura, y en especial la poesía, son ya definitivas para mí.  Publiqué Reportes de la noche, poesía Ed. En Danza (2008); El verano de las adivinas, novela Ed. Sigmar (2011); Portal de ovejas, poesía Ed. La Biblioteca (2013); La estación / Portal de ovejas, Ed. En Danza (2016).

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