EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 22 de noviembre de 2016

MARINA SERRANO



Hasta ahora –porque nunca se sabe- cada libro ha nacido de una entrega apasionada a algo que funciona como núcleo, como atractor más o menos invisible de la obra. Se trata de una entrega caracterizada por conductas obsesivas, casi enfermizas, que involucran prácticamente la totalidad de mi vida durante todo el período creador, cada minuto de cada día, incluso durante años enteros, me enfoco en ese atractor extraño, vivo por él, sufro y soy feliz por él, lo aprendo, lo descifro, y ese algo puede ser una profesión, una persona, una actividad, no tiene limitantes.  Simplemente, durante un tiempo, se convierte en todo para mí. No es de extrañar, por lo tanto, que demore una eternidad en darle punto final a cada libro, porque cuando el proceso se cierra, suele cerrarse una parte de mi vida, literaria y literalmente. De alguna manera, cuando el libro se imprime ya es, para mí, asunto terminado.

O sea, cada obra se alimenta de la totalidad que me rodea en el momento de su creación. Por ejemplo, los poemas de mi primer libro, Formación hospitalaria (Sigamos enamoradas, 2006) fueron escritos mientras cursaba la carrera de kinesiología en la UBA y concurría a las residencias correspondientes a la formación práctica en distintos nosocomios y centros de rehabilitación de Buenos Aires y gran Buenos Aires. Mis intereses se enfocaban, en ese entonces, en la relación salud enfermedad, en el padecimiento humano, en la impotencia geométricamente creciente que sentía aparecer en mí conforme me veía obligada a asumir la responsabilidad de aliviar el dolor e intentar favorecer los procesos de la cura, la impotencia de enfrentarme a la vulnerabilidad y la decrepitud. Las imágenes llegaban a mí cada día desde la vida cotidiana, incluso el discurso estaba impregnado de tecnicismos, la lógica científica y la coherencia entre el idioma vulgar y los conocimientos médicos se expresaban en los poemas. Cada noche, al terminar la jornada de prácticas, tenía necesidad de contar lo que sucedía en aquellos sitios, lo que me sucedía, expurgarme, de alguna manera. Tenía necesidad de comprender hasta donde podía llegar mi ánimo y mis posibilidades de curar, cómo era eso de morir, extinguirse. Durante años viví, respiré ese mundo, y lo que quedó, hoy es poesía.

La única cosa necesaria (El Copista, 2012) fue producto de la inmersión en textos sagrados de distintos credos y estudios sobre religión, y el cuestionamiento de mis propias creencias. Surgió como una manera de volver a escribir –poéticamente– mi vida, darme una nueva oportunidad mesiánica, bajo la forma de diálogo con todos estos textos, extraídos incluso de fuentes apócrifas y culturas lejanas. Hay algo de confesión y expiación en La única cosa necesaria, y una elección. Evidentemente, durante ese tiempo, como un asceta, apenas salía de casa, sólo podía escribir, leer y reordenarme religiosamente.

Psiquis anatómica (En Danza, 2016), libro que acaba de ser editado por Javier Cófreces y Eduardo Mileo, llevó un proceso análogo al de Formación hospitalaria, sólo que la esfera en la que me encerré y desde donde interpreté el mundo fue la psicología y la medicina psicosomática. Este poemario llevó mucho más tiempo que el anterior, una carrera de grado completa y su especialización. Cada poema intentó ser una síntesis de mi comprensión sobre la naturaleza humana, el sufrimiento psíquico y físico, el nexo entre las carreras médicas de mirada biológica y las enfocadas en el aspecto humano. Mi forma de trascender la visión dualista, cartesiana, del ser humano. Una especie de sal hecha a partir de dos componentes, que manifiesta propiedades emergentes no presentes en ninguno de los dos elementos originales. Y mi síntesis es la poesía. Hay otras pero no son mi terreno ni mi creencia. Yo lo hago de esta manera porque creo que la poesía es la única forma fidedigna de comprender ciertas cosas, de decir ciertas cosas, de expresar de forma tal que, sin establecer dogmas o reglas o leyes, cualquiera pueda acercarse un poco más a lo incomprensible lógicamente.

En resumen, así sucede en mí el proceso de creación poética: entrego mi vida completa cada vez. Mis sensaciones físicas son las del obsesivo, si amo en el poema amo desesperadamente en la vida. Nunca sé que va primero. A veces no sé si vivo cosas y luego las escribo, o las vivo para escribirlas. No voy al teatro, no miro películas, soy mi propia película, mejor dicho, soy siempre el libro que estoy escribiendo. Cuando quieras saber de qué va mi vida, en qué ando, preguntame qué estoy escribiendo.

Fui deportista profesional durante muchos años, luego kinesióloga, toco el piano desde chica, nací y viví hasta la madurez casi en pleno campo, mi relación con el cuerpo es natural, nada de lo que haga lo tiene como espectador pasivo. Pienso con el cuerpo. Pienso con las estrategias del cuerpo. Mi carne refleja mis pensamientos molestos como una lepra instantánea. Mis poemas casi siempre están interrogando esa relación entre lo físico y el alma, las distintas lógicas, hablan de patologías, de padecimientos, de sentidos, de huesos, de músculos, de lucha cuerpo a cuerpo, de sudor. Lo que escribo es, en ese momento, el foco casi total de mi vida, escribo con el cuerpo, sintiéndolo, vivenciando lo que escribo. Aunque durante la etapa de corrección, evidentemente, ya suelo encontrarme –por el bien de la poesía– lejos de aquel instante original y caliente.

Para concluir, yo no sé cómo es la relación entre el cuerpo y el arte, sé que mi relación con el arte no puede ser sin el cuerpo. Cuando leí por primera vez Hospital Británico, de Héctor Viel Temperley, supe que era un camino a seguir, la poesía era un camino para mí  y una forma de expresión. Luego, obviamente, hubo otros poetas importantes, pero ninguno como el primero, ninguno como ese que cayó en mis manos para decirme que la poesía es donde otras cosas no pueden permitirse ser sin error, sin pérdida de justeza y claridad. La poesía también puede ser, como una mano o un intestino, el cuerpo propio.

Poemas:


11) Infibulación (Psiquis anatómica, En Danza, 2016)
22) Suicidio (Psiquis anatómica, En Danza, 2016)
33) Desde abajo, quizá… (La única cosa necesaria, El Copista, 2012)
44) Sobre los permisos del temperamento y sus consecuencias (El amor a la música muerte, inédito)
55) Noche sola de Lanús (inédito)


Infibulación[1]

Los enterrados en el patio de los conventos,
en las casas de familia, los que se van por los caños,
encéfalos verdes,
no tienen importancia.
Si se acaba en el acto de dar a luz, que no se sepa.
Si se acaba, que no se sepa. Y si no, que no se sepa.
El no evidente principio de la independencia,
el placer, es la diana desafiante
del hombre.


Suicidio[2]

Los zapatos acomodados en la orilla, la pollera oscura,
y el orden de las cosas mínimas,
no como celebración sino por costumbre.
Hunde sus arcos en la pulpa tibia blanda y turbia,
el descanso de la carne es su entrega
a las mordidas de cangrejos que trepan hacia la matriz
por aductores que no tardarán en volverse escarcha.
Otros animales aguardan esa escarcha,
el fin del movimiento, el beneficio de lo que cicla
y se deshace.
Nadie sale del río como ha entrado,
aunque haya entrado muerto.


Y te digo que mucho se le perdona, porque mucho amó.
Y poco se perdona al que amó poco.
Evangelio de Taciano

Desde abajo, quizá desde otra capa de la tierra,
un horizonte iluvial o aún más profundo,
su enojo e impotencia no eran por mi causa.
Pensaba en la juventud, fuerza de piñones, cadenas,
en su costumbre de avanzar, avanzar,
y abandonar las cosas que fueron
por las que son, y cuidar con celo
de mí, de nosotros.
Pero la furia dominó en la formación,
Ialdabaot, por el padre, por la vida,
y en su mano de costurera
un golpe, un chasquido de plástico calibrado
y punta metálica, cayó en uno de mis ojos.
El acto fuera de sus cálculos
y mis manos en el ojo,
guardado en el párpado, y en mi frente
que guardaba el ojo,
quiso limpiar el pecado, la culpa,
pero quieta sobre lo blanco en el consultorio
mentí acerca de la causa:
la causa última de todas las cosas
se encuentra más allá de mi madre.


El resumen es fácil: mi abuela era bipolar y mi madre le echaba la culpa
al Valium. Después, se olvidó, o nunca supo, que no matan,
que solo modulan los canales de cloro.
Cuando empezaste a gritarme, los que estaban acostumbrados
como hijos culpables, o no culpables pero por las dudas,
callaron. Tu hija, la primera. Mi abuela, 
con todos sus chifles exacerbados por la mala praxis
y la antigua farmacología, no hacía locuras de esa clase,
o sí, abría las persianas a las cinco de la mañana,
cocinaba con tal pasión sus compotas de manzana
que sólo quedaba encerrarse en la oscuridad
durante horas.  Vos, después de gritarme,
vuelta a la misma música y, como si nada,
o como si las barras entre compases
lo hubieran indicado, seguiste tocando,
podrían haber grabado un disco con esa nada, pero no,
ya casi ni Cristo pisaba el salón. Y nadie estaba interesado
más que la elección del almuerzo.
Yo enfoqué hacia la puerta, entre alfombras mullidas y aspiradoras
silenciadas, para irme adonde merecía,
igual que el resto, sin entender e incómoda
por ese comienzo de un sentir hartazgo, 
o harta ya sin querer reconocerlo.
Cuando el corazón de mi abuela se detuvo
una parte de mí también lo hizo. Sin dolor, pero definitivamente.
Vos también te detuviste, y me llamaste a gritos
como si todos supieran de tus deseos, de mí,
y con la sola voluntad fuera posible hallar lo ignorado.
Mis pies, que apagaban sus sonidos entre paños negros,
se dirigían a la luz que suponían del otro lado de la puerta,
a la esperanza ilógica del reinicio, cuando desde el otro extremo
la afonía poderosa de tus gritos, se hizo escuchar otra vez.
Y contesté sí.
Un sí que era no. No te necesito, adiós, gracias.


Noche sola de Lanús

Para mi amiga Ada,
En memoria de su padre, Cándido Epifanio Lotero.


Un día, todo habrá terminado
y no lo sabremos.
No habrá botellas abiertas sobre la mesa,
no planearemos la sombra de nuestros cuerpos
bajo la luz negra y los espejos, el coito final
de la noche,
será como si nada.
No asistiremos a la cita. De alguna manera, el frío
de unos por viejos, otros por necios, o cobardes,
vendrá
a tomar café con masas. Y la tabla
apoyada en una pared, esperará calma el paso
del protocolo, total
va cubrirnos para siempre
de pie a cabeza. Y no lo sabremos.

*********


[1] Infibulación: del latín in /

Espinos de acacia enana cierran los bordes, y la sangre corre
por el hueco de una caña.
En nombre del gran desconocido, las mujeres
han vengado su propia ablación con otra.
La rajadura en el tegumento eréctil,
en los labios, deja
errando por la tierra
de la obligación, del sufrimiento,
ese surco
esa ternura, que no puede siquiera llorar
ante la hembra, primate, cetáceo, cánido,
que goza la ingurgitación de su sexo.

/ 'en', 'dentro', 'hacia dentro', más fībula 'hebilla', 'broche', más -ā-tiōn(em) 'acción'. Derivado de palabra antigua infībulātiōn(em) derivado del latín infībulār(e) 'perforar para abrochar'; aplicado al cierre de la vagina mediante un anillo o broche.

[2] Suicidio: del latín sui /

Nadie es capaz de odiar a otro
tanto
como a sí mismo,
su fuerza y constancia es inaudita,
y mentira infantil
de la violencia, creer
que luego se estará mejor.
Porque no,
no se estará de ninguna manera,
nunca, más allá del amor.


/´de sí mismo´, y caedĕre, ´matar´. Matar, según la DRAE es de origen discutido. Algunos han propuesto que viene de mactare, un vocablo de la lengua religiosa que significa sacrificar (un animal) a los dioses. Pero esta palabra no se usaba para expresar la idea de matar a una persona, la cual se expresaba con occidere, interficere, necare o interimere. Según Corominas, vendría del latín vulgar mattare (golpear) derivado de mattus (estúpido, dio matto en italiano). 


Marina Serrano

Al nacer me pusieron como nombre Marina, un poco por casualidad, no habían pensado ningún nombre femenino para mí, en el pueblo ciudad de Quequén la gente, a pesar de las evidencias empíricas, suele esperar que nazcan solo varones. Esto fue en 1973. A esta altura del partido, no queda otra alternativa que definirme como poeta, lo contrario sería demasiado altanero. Aunque debo serlo, porque acumulo títulos que no uso –Lic. Kinesióloga Fisiatra y Lic. en Psicología– y no vivo de lo que escribo ni de lo que estudio, por si a alguien se le ocurre preguntar. Mis libros publicados son: Formación Hospitalaria (Sigamos enamoradas 2006), La diástasis de las tibias largas (sigamos enamoradas, 2008), La única cosa necesaria (Editorial del Copista, 2012), Segunda fundación (Cabiria, 2015), y Psiquis anatómica (En Danza, 2016). También una novela se encuentra próxima a ver la luz, será publicada por la editorial Mansalva durante el primer semestre del 2017, y se titula Piano/Forte. Y si pudiera, les contaría de qué trata, pero mejor no.


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