EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

martes, 28 de febrero de 2017

ANAHÍ MALLOL





No sé si hay algo así como un procedimiento de escritura, para mí, pero si tuviera que hablar acerca de un improbable inicio del proceso de escritura de un poema, tal vez podría decir que surge de un estado de profunda escucha o percepción. Ese estado adquiere en un momento, y no sin esfuerzo, una corporalidad lingüística o imaginativa por medio de palabras que pueden ser escritas -las más de las veces, escritas mentalmente- hasta que se da el momento de sentarse a escribir sobre el papel o con el teclado. Y ese es el momento más delicado, porque debe estar rodeado de mucho silencio y capacidad de concentración. Es como si se le arrancara un pequeño pedazo de mundo al mundo, a su devenir permanente (es algo que Proust describe muy bien, tanto como posibilidad cuanto como imposibilidad, en dos o tres ocasiones en su largo texto, ese inicio lento de la escritura). Pero es algo que sucede, que adviene, y que es difícil convocar a capricho. Tampoco es inspiración. Son unas condiciones materiales y mentales especiales.

Al inicio puede tratarse de la percepción de algo exterior (un paisaje, una frase leída o escuchada, la contemplación de una obra de arte) tanto como de un evanescente estado o sensación interna (palabras, imágenes), pero sería mucho más exacto decir que en todos los casos se trata de una relación o flujo entre ambos aspectos. De ahí surgen dos o tres poemas. Si eso define un prisma o lente o modo de percibir las cosas por un tiempo variable (por lo general dos o tres años), surge una serie de poemas que empiezan a acomodarse en un registro, un estilo, un núcleo de significaciones y matices, un libro. Eso va rodeado de un trabajo de investigación acerca de las cosas que me motivan en ese momento, una investigación que incluye lecturas, conversaciones, películas, música. Y viene una fase, paralela y futura, de mucho trabajo, búsqueda, consulta, corrección, reescritura.
La sensación predominante es la de un apartamiento fundamental y una participación esencial en algo que acontece. Solo escribo desde un estado de concentración muy profundo. Un estado al que entro y del que salgo lentamente y con dificultad. O no. Sé que a veces atiendo el teléfono, contesto preguntas, hago mi vida cotidiana un par de días, y después no recuerdo nada de eso. Otras veces, por el contrario, no recuerdo lo que he escrito, y cuando lo reencuentro meses después siento un asombro profundo y una extrañeza inquietante. 

El resultado final, después de haber escrito uno, dos o tres poemas, es un estado de tranquilidad y a la vez cansancio mental y físico. Me siento a la vez más liviana y con el cuerpo pesado como si hubiera hecho mucho ejercicio. Sí, a veces el trabajo con la literatura, que parece una negación del cuerpo, el otro extremo de la vida corporal, es aquel que, en el momento de la escritura, anuda la relación con el cuerpo, si se escribe desde una especie de plena copresencia entre uno y algo más allá o más acá. Porque en ese esfuerzo de aprehensión de algo, en las palabras o alrededor de ellas, hay una tensión que busca hacer una ligazón con el mundo, una superación de los límites, que intenta sobrepasar las barreras mentales y las físicas para acceder a cierto núcleo de, no sé cómo llamarlo, tal vez, sentido, o vida o modo de estar en el mundo, de estar presente, como contemporáneo de su tiempo.

Sí, me he preguntado por la relación entre el cuerpo y el trabajo de escritura. Porque además los poemas no son iguales, dependiendo del estado físico y mental, sobre todo el ritmo no es igual. Estados angustiosos o de ansiedad, estados de contractura o de mucha actividad, se responden en mi caso con poemas de versos muy cortos, cortados, diría, como de respiración agitada, o versos alternando ritmos largos y ritmos muy cortos. A estados más relajados responden poemas con un ritmo más parejo. Este año estuve escribiendo poemas que surgían al final de una sesión de yoga y relajación, y las primeras imágenes o versos de esos poemas aparecían en mí después de la respiración profunda. Y es un libro sobre el cuerpo, sobre ser el cuerpo, no habitarlo, sino estar, justamente, allí. 

Pienso en dos cosas, en ese verso de Pizarnik, algo enigmático y a la vez tan cierto: “Haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo”. Si se obvia la lectura de resonancias desgarradoras, la que llevan a pensar en una tensión insoportable entre la vida y la obra, etcétera, (es decir, la lectura que lamentablemente domina la crítica sobre los textos de Pizarnik), se puede ver ahí algo muy interesante, porque la poesía, al anudar cuerpo y palabra, se deja interpretar como un modo, y uno muy valioso, de estar en el mundo, en todas sus dimensiones, una forma de vivir, que no tiene por qué llevar a la tragedia. 

Me acuerdo de una vez en que tenía que encontrarme con Liliana Heer a tomar el té, y Liliana me dijo, “no, Anahí, no puedo ir. Ocurre que estoy escribiendo un libro en el que la protagonista cava lentamente un túnel bajo la tierra, y no me siento bien, estoy con  ahogos y fallas de la respiración. Lo dejamos para más adelante”. Más adelante compré el libro, y, aunque su escritura no es del tipo descriptivo, o tal vez justamente gracias a ello, los ahogos, las fallas y faltas de la respiración, eran perfectamente perceptibles en el texto.

Y pienso también en otra frase, una que usa siempre Mirta Rosenberg cuando hablamos de literatura. Ante ciertos textos o escrituras, ella dice: “Yo le creo” o “Yo no le creo nada”. Y aunque todos sabemos que ese criterio es muy difícil de definir, todos sabemos también de qué se trata. Hay textos o poemas que se sienten, como lector, verdaderos, es decir que el poeta pudo tocar algo ahí de alguna consistencia (y que no tiene nada que ver con lo autobiográfico). Y hay muchos con los que no, no pasa nada. Me parece un criterio interesante, cuando hay una inclinación tan marcada en la actualidad por lo banal y el divertimento literarios, que están muy bien, pero cansa… Cuando un texto está escrito desde ahí, desde esa verdad (micro verdad) que adviene cuando se anudan el cuerpo y la palabra en un instante, la literatura es un acontecimiento. Si no, son palabras.

Acá va mi cita del divino Proust:

Bajamos hacia Hudimesnil; de repente me invadió esa profunda sensación de dicha que no había tenido desde los días de Combray; una dicha análoga a la que me infundieron, entre otras cosas, los campanarios de Martinville. Pero esta vez esa sensación quedó incompleta. Acababa de ver a un lado del camino en la escarpa por donde íbamos tres árboles que debían de servir de entrada a un paseo cubierto; no era la primera vez que veía yo aquel dibujo que formaban los tres árboles, y aunque no pude encontrar en mi memoria el lugar de donde parecían haberse escapado, sin embargo, me di cuenta de que me había sido muy familiar en tiempos pasados; de suerte que como mi espíritu titubeó entre un año muy lejano y el momento presente, los alrededores de Balbec vacilaron también, y me entraron dudas de si aquel paseo no era una ficción, Balbec es un sitio donde nunca estuve sino en imaginación, la señora de Villeparisis un personaje de novela, y los tres árboles añosos, la realidad esa con que se encuentra uno al alzar la vista del libro que se estaba leyendo y que nos describía un ambiente en el cual se nos figuró que nos hallábamos de verdad. Miré los tres árboles; los veía perfectamente, pero mi ánimo tenía la sensación de que ocultaban alguna cosa que no podía él aprehender; así ocurre con objetos colocados a distancia, que, aunque estiremos el brazo, nunca logramos más que acariciar su superficie con la punta de los dedos, sin poder cogerlos. Y entonces descansa uno un momento para alargar luego el brazo con más fuerza aún, a ver si llega más allá. Pero para que mi espíritu hubiese podido hacer lo mismo y tomar impulso habría sido menester que estuviera yo solo. ¡Cuánto me hubiese alegrado de poder aislarme un rato, como en los paseos por el lado de Guermantes, cuando me separaba de mis padres! Parecía como si algo me mandara hacerlo. Reconocía yo esa clase de placer, que requiere, es cierto, un determinado trabajo del pensamiento replegándose sobre sí mismo; pero esfuerzo muy grato comparado con esas mediocres satisfacciones del abandono y la renuncia. Tal placer, de cuyo objeto apenas si tenía un vago presentimiento y casi necesitaba crearlo yo mismo, lo sentía en muy raras ocasiones; pero cada vez que así ocurría que habían pasado hasta entonces se me figuraba que las cosas no tenían importancia y que haciéndome a su realidad me sería dable comenzar por fin la verdadera vida. Me puse la mano delante de los ojos para poder tenerlos cerrados sin que la señora de Villeparisis se diera cuenta. Por un momento no pensé en nada, y luego, con el pensamiento concentrado, recogido con más fuerza, salté hacia adelante en dirección a aquellos tres árboles, o, mejor dicho, en aquella dirección interior en donde yo los veía dentro de mí mismo. Otra vez sentí tras ellos la existencia de un objeto conocido, pero vago, que no pude atraerme. Entretanto, el coche andaba y yo los veía acercarse. ¿En dónde los había visto ya? En los alrededores de Combray no había ningún paseo que empezara así. Tampoco cabía el lugar que me recordaban en aquel campo alemán donde fui un año a tomar aguas con la abuela. ¿Sería acaso que venían de unos años muy remotos de mi vida, borrado ya enteramente en mi memoria el paisaje que los rodeaba, y que, igual que esas páginas que se encuentra uno de pronto, todo emocionado, en un libro que creíamos no haber leído, eran lo único que sobrenadaba del libro de mi primera infancia? ¿Formaban parte, por el contrario, de esos paisajes de ilusión, siempre idénticos, al menos para mí, porque en mi caso el aspecto extraño de esos paisajes no era más que la objetivación en sueños del esfuerzo que hacía cuando despierto por llegar hasta el misterio que se escondía tras las apariencias de un lugar determinado donde yo lo presentía, o de ese otro esfuerzo para volver a introducir el misterio en un sitio que estuve deseando conocer mucho tiempo, y que me pareció superficial en cuanto logré verlo, como me pasó con Balbec? ¿Eran imagen recién desprendida de un sueño de la noche anterior, pero tan borrosa que me parecía venir de mucho más lejos? ¿O sería quizá que no los había visto nunca y que ocultaban tras su realidad una significación obscura, tan difícil de descubrir como un remoto pasado, y por ello al solicitarme para que profundizara en un pensamiento se me figuraba que reconocía un recuerdo? ¿O acaso no encerraban pensamiento alguno y el cansancio de mi vista era la causa de que se me representaran dobles en el tiempo, como a veces ve uno doble en el espacio? No lo sabía: Mientras tanto iban viniendo hacia mí; aparición mítica acaso, ronda de brujas o de normas que me proponían sus oráculos. Yo me creí más bien que eran fantasmas del pasado, buenos compañeros de mi infancia, amigos desaparecidos que invocaban nuestros comunes recuerdos. Y lo mismo que sombras, parecía como que me pedían que los llevara conmigo, que los devolviera a la vida. En sus ademanes sencillos y fogosos percibía yo la impotente pena de un ser amado que perdió el uso de la palabra y se da cuenta de que no podrá decirnos lo que quiere y de que nosotros no sabremos adivinarlo. En una encrucijada el coche los dejó atrás. El coche, que me arrastraba en dirección opuesta a lo único que yo consideraba como cierto, a lo que me hubiera hecho feliz de verdad, y se parecía en eso a mi vida. Vi cómo se alejaban los árboles, agitando desesperadamente sus brazos, cual si me dijeran: “Lo que tú no aprendas hoy de nosotros nunca lo podrás saber. Si nos dejas caer otra vez en el camino ese desde cuyo fondo queríamos izarnos a tu altura, toda una parte de ti mismo que nosotros te llevábamos volverá por siempre a la nada”. Y, en efecto, aunque más adelante encontré otra vez esa clase de placer y de inquietud que acababa de sentir, y una noche me entregué a él –tarde, sí, pero para siempre–, ello es que nunca supe lo que querían traerme esos árboles ni dónde los había visto. Y cuando el coche cambió de dirección, les volví la espalda y dejé de verlos, mientras que la señora de Villeparisis me preguntaba por qué estaba tan preocupado; me sentía tan triste como si acabara de morírseme un amigo, de morirme yo mismo, de renegar a un muerto o a un Dios. Proust, Marcel. A la sombra de las muchachas en flor.



Poemas


cuerpo presente


-1-

comienza por los pies
plantados en la tierra
siente la planta el arco el nacimiento
de los dedos
respira suave y solo es
los pies
después sube
con cada aliento
por las piernas las caderas
se detiene en la cintura
y continúa despacio
con los pulmones que se llenan y vacían 
en ritmos
acompasados
el torso los brazos
el lugar del corazón
los hombros el cuello
la cabeza
se piensa así como si fuera
solo cuerpo pero
al concentrarse en cada parte nimia
en cada articulación
en el latido
el cuerpo a la vez pesa y empieza
a hacerse ligero
no ya un peso una carga una molestia
el cuerpo se eleva
ella respira y lo ve
poco a poco remontarse
girar con las estrellas
no ser ya casi
más que un poco
de polvo plateado
en la marea de la materia deshecha
y encuentra sí
en la nada en que una idea
se dispersa
el fin y el comienzo
de una plenitud nueva
de una inconsistencia que se siente
al fin, viva y verdadera.


-2-

se sienta
todo lo erguida que puede
en el pasto medio corto
en la mañana
de noviembre
la humedad del rocío
sobre el verde nuevo
moja apenas sus vestidos
entre la tierra y el cielo
ella ensaya
un modo de estar presente
en este instante
en esta vida
respira despacio e inhala
un aire tibio y fragante
que se expande en el cuerpo
como una luz
apenas dorada
retiene y es una fuerza
que vuelve lleno
el cuerpo y joven
el anhelo de la vida
exhala despacio
como si quisiera retener
un poco todavía
el aliento de la mañana
y, casi se diría, ronronea
el aire sale y se lleva
todo lo que pueda parecerse
a un dolor
a una preocupación
a una pena
-se detiene
con los ojos cerrados
escucha los pájaros
el aire suave
un rumor apenas
y vuelve a empezar-
entre el cielo y la tierra
apenas una sombra
un ser vivo que respira
el aire dorado.
resplandece
en la cara
la sonrisa llena
mitad espíritu
mitad materia
en la mañana cálida
se vuelve todo primavera.


-3-

a veces piensa
quién fuera un animal
pero no 
un animal cualquiera
se quiere un elefante
o una hormiga apenas
lo mismo da
la vida es vida
y camina sobre la tierra
pero si pudiera elegir
no dudaría
le pediría
al genio de la lámpara
ser un elefante
sagrado
un elefante blanco
que caminara
poderoso y suave a la vez
con sus patas firmes como columnas griegas
atento a cosas importantes
el cambio de las estaciones
los ciclos de la vida
e indiferente en el fondo a todo
porque se sabe
-si es lo que es
de verdad materia y espíritu divino-
un elefante blanco
con el poder tranquilo del que no tiene
ni enemigos ni atacantes y pasea
en las mañanas por la pradera busca
un lugar donde bañarse
unas hojas tiernas
o pasea
enjoyado con dorados
sobre la cabeza y la frente y campanitas
que tintinean
por todos admirado
regalado
querido
en la ciudad
más grande de la india
tranquilo sereno
soberano
un elefante blanco
quién pudiera. 



- 4-

un cuerpo echado sobre el pasto
en la mañana de primavera joven
puede ser muchas cosas
una promesa y un pasado
una molestia o una puerta
al éxtasis de los sentidos
una cárcel para algo
que desea un más allá
puede incluso no ser nada
pero cuando un cuerpo se echa
sobre el pasto que verdea
en la primavera joven
y simplemente se echa
sobre el pasto y se deja
estar ahí
y no es más que un cuerpo
que late que respira oye olfatea
el pasto que verdea los insectos algún 
pájaro y no desea
ni más allá ni éxtasis ni promesas
ese es un cuerpo
que hace el paraíso
en esta tierra.

Anahí Mallol


Nací en mayo de 68 en La Plata, Argentina.
En esa época había cosas, ideas, que se movían. Algunos creían que podían cambiar algo por medio de la imaginación, la acción, la palabra y el amor. Otros soñaban con un pie sobre la luna, entre la realidad y un deseo poderoso. Crecí con miedo, silencio, alerta, violencia, eufemismos y desapariciones. Me hice joven en una primavera cuyas flores marchitaron pronto la ley de obediencia debida y el punto final. Después vinieron los indultos. Cada día se hablaba más del Sida y se instalaba como otro miedo. Empecé a escribir, sigo escribiendo, ahora, cuando nadie cree que se pueda cambiar mucho, y la resignación, inadmisible, es una amargura y una derrota históricas; cuando la palabra casi no tiene valor por la institucionalización de la mentira; cuando la amistad y el amor virtuales nos hacen creer cerca pero nos mantienen lejos; cuando una acción chiquita pero honesta, un poema que vuelve a pensar en las palabras y las cosas de todos los días y se pregunta por su valor o trata de darle un sentido, tal vez efímero, tal vez en búsqueda de un más allá de lo banal, a la vida de todos los días, es todavía una esperanza o, al menos, un testimonio de vida.
Publiqué siete libros de poemas, Postdata, 1998, Siesta,  Polaroid, 2001, Siesta, Oleo sobre lienzo, 2004 (Colección Chicas de Bolsillo, UNLP);  Zoo, Paradiso, 2009, Querida Alicia, La Sofía Cartonera (2012), como un iceberg, Paradiso, (2013). Una ciudad, 27 Pulqui, (2016); hay un par de inéditos sobre los que trabajo, y dos libros de ensayos sobre poetas argentinos, El poema y su doble, Simurg, 2003, Poesía argentina entre dos siglos: 1990-2010, Edulp, 2017. 
Publiqué poemas en las revistas: La novia de Tyson, Los amigos de lo ajeno, Diario de poesía, Voy a salir y si me hiere un rayo, Proun, Pisar el césped, La curva, Apofántica, Ñ, entre otras, y en diversos sitios web, entre ellos www.zapatosrojos.com.ar; www.lainfanciadelprocedimiento.blogspot.com y www.laseleccionesafectivas.blogspot.com, op.cit, entre otros, y en cuatro o cinco antologías.
Se tradujeron poemas míos al inglés, francés, italiano, portugués.
Soy miembro del Consejo Editor de la revista EXTRA, de poesía y traducción, que dirige Mirta Rosenberg.
Facebook, Anahí Mallol
anahimallol@yahoo.com.ar




No hay comentarios:

Publicar un comentario