EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 13 de febrero de 2017

CLAUDIA SCHVARTZ



Muchas veces me acompaña la música, pero soy sobre todo del silencio. Llevo siempre un cuadernito (pequeño y liviano, cada vez más a medida que envejezco) en la cartera porque muchas veces la idea viene caminando. O viajando en colectivo. A veces lo que queda de la idea es breve, dos palabras iniciales que llevan la impronta de la frase oculta. Es ritmo, el ritmo, lo que la trae de vuelta, le da cuerpo.

La cuestión del cuerpo ... siempre pienso que no somos sino esto que lleva el nombre que me identifica, misteriosamente y a cada uno, una brevedad que late, piensa y siente y se debate.

Escribo al pie de la cama, sobre todo. Y me despierto de noche y busco el papel y el lápiz a tientas para poder tal vez recordar el resto del sueño a partir de dos palabras. Los sueños... ciudades, puertos, caminos. Conversaciones en sueños. Y muchas veces textos impresos. O cartas que recibo y tengo que decodificar: en sueños.

Desde muy joven trabajo la técnica que planteó Fedora Aberastury. Lo que busca esta técnica del movimiento es que la singularidad de cada quien pueda profundizarse: no se trata de buscar por el lado exterior, el cuerpo como objeto (¡hasta para una misma!) sino que fluya como una totalidad, que la respiración profundice su camino en el cuerpo, a través de los centros de energía. Fedora propuso que la palabra misma es energía. ¡Una fuerza con gran capacidad de mover el mundo! Pero sin ir tan lejos, se trata de moverse uno con el ritmo propio, de respetar las profundas formas propias. Se parte de la relajación profunda y no de la tensión... Exige estar atentos. Seguramente esta técnica influye en mi trabajo como escritora.

A veces lo que escribo es poema. Otras veces, viene prosa. También existe la narración, pero es otra cosa: una construcción. También apasionante. Muy diferente.

Todo esto siempre acompañado de lectura variada. No puedo recordar cuándo empecé a leer varias cosas al mismo tiempo: una novela, un libro de poesía y otro de miscelánea y que son imposibles de referir en esta época del mundo.



Poemas

Inéditos




Cuando vacilo y me detengo
en alguna palabra remisa
un nombre de flor por ejemplo
para la que no hay sinónimo
la alternativa es el silencio
o inventarle un atajo al corazón


***

En el jardín de tu casa
plantamos muchas cosas
con variada suerte
acelga, radicheta, romero y otras hierbas
también un ciruelo
y en el medio de todo
un cerezo
que cada año potencia su cosecha
y al que nunca vimos florecer


***


El surco

Una línea veloz
bajó por mi cuerpo
por el medio justo
ocupando el surco luminoso
celeste más allá de mí


Cuento (fragmento)


Al ver verás


La ruta era un horno radiante y desolado, una cinta magnética donde se quedaban pegadas las palabras y las ideas. ¿Avanzaban o retrocedían? en realidad la ruta 2 estaba prácticamente vacía ese lunes 28 de diciembre. Duelo por el amigo bartlebiano justo en el día de los inocentes.
Se habían terminado las vacaciones de manera abrupta. Ana había rodado por la estrecha escalerita barnizada, con peldaños escasos donde apenas cabía el pie de costado y se ve que aquella mañana no era la más feliz. Había vuelto de su paseo por la orilla medio espantada con tanta gente repentinamente llegada. ¡Y el calor! El calor impedía cualquier movimiento, pensamiento… sólo meterse en el mar y volver corriendo a la línea horizontal donde la esperaba desde hacía días La Nave de los locos. Tanto tiempo desde el estante de la biblioteca el lomo la había observado repasar los estantes sin descubrir este libro in tonso. Hasta que al fin, desesperada por haber perdido el placer de la librería, Ana había hecho el hallazgo en su propia biblioteca y se lo había adjudicado. La felicidad de un libro sutil, complejo y al que K.A.P. le había dedicado su vida. No obstante, más le gustaban sus relatos, que seguro ella había considerado menores. Ana tenía preferencias raras pero intuiciones certeras. Y con K.A.P. se trataba de eso.

Varios días felices leyendo y sin otra cosa que hacer sino ir a mirar si allí estaba todavía el horizonte sobre el cambiante mar que la atraía y repelía a piacere. Un mar chistoso y personal, demasiado tornadizo, capaz de arrollar a una persona alta y fuerte como ella, así como así. Pero llena de arena después del revolcón y todo, ese mar oceánico  era encantador. Le dolía en forma casi personal la cantidad de plástico en bolsas semihundidas y botellas abandonadas en la playa sin que nadie reparase en la invisible pero palpable raja del mundo.

Acaso sólo los viejos podemos verla, se preguntaba peinando con sus dedos la arena húmeda de la orilla. Por el efecto natural de poder comparar e incluso recordar, a veces, un pasado que brillaba todavía en sabores y costumbres diferentes. Entonces, exhausta, volvía a la casita alquilada, se desnudaba bajo la ducha y casi sin secarse volvía a la cama, a su cita en el relato.
Pero la caída, abruptamente había precipitado el regreso, dos dedos quebrados atados con cinta de papel. Tu base de sustentación, decía una remota voz mientras el sol hacía brillar las hojas de los árboles que espejaban dentro de las pupilas. Los charcos dolían pero la verdad es que el solazo había secado los vestigios de las recientes inundaciones.

Viajaban, pues, con los precipitados petates a medio hacer, semicerrados en el asiento posterior y parando con frecuencia para que el pie lastimado bajara la hinchazón a fuerza de hielo y reposo. Pero una vez en la ruta, el viaje debe ser cumplido. Una especie de desenfreno los empujaba a cumplir la jornada y descansar después. Germán, de copiloto, implicaba una situación incómoda. Ana parecía escuchar sus críticas silenciosas, captaba sus mínimos movimientos como comentarios negativos a su impericia al volante. Pero estaban volviendo, tal cual él quería. Eso furibundo que le ardía era rabia, se dijo Ana. No era el pie con los dedos quebrados sino ira. Sin saber por qué, a decir verdad, le parecía que donde posaba el ojo surgía una idea descontenta, una crítica, un motivo de discusión.

Y entonces pasaron por al ver verás. Y ella empezó, por primera vez en más de 200 km, un breve soliloquio sobre los viajes a la playa en su  infancia El auto salía muy alba muy  cargado, con parada obligada en el km 112 o en Al ver verás. En aquel entonces los ómnibus hacían paradas largas que las personas aprovechaban para mear y desayunar o a la inversa. El desayuno consistía en café con leche y medialunas tibias. O pebetes con fetas gordas de jamón y queso. Un lugar inmenso donde las mozas y mozos se movían a buen ritmo en la noche cerrada. Pleno campo. Si te asomabas, el aire estaba frío, el cielo todavía lleno de tantas estrellas como no podían verse en la ciudad. Otros, todavía frente al tazón caliente, miraban las caras de los pasajeros cercanos. Los que iban, los que volvían…

Entonces, pasados algunos kilómetros, Ana viró en la ruta y volvió atrás.
¿Qué árboles eran esos ferozmente tronchados?  Olmos, dijo Germán. Pero incluso así, brutalmente cortados, la sombra es fresca. Quedémonos afuera, qué lindo aire corre.
Y  había un poco más allá, un hombre macizo al cabo de su sobremesa, con dos muchachos de leve talle. Tal vez fueran familia, tal vez otras casualidades los habían reunido en el camino. Agua para la sed. Y unas cabras jóvenes se acercaron curiosas. Poco quedaba de aquel sitio. En el gran salón, las mesas ordenadas como para esperar un batallón, pero nadie, excepto unas moscas zumbando en el pesado calor. Y en el mostrador un muchacho de mirada veloz arreglaba frascos de conserva y unos quesos.

Algo compraremos- se dijo al pasar hacia el baño Ana, sintiéndose ya agradecida y en deuda. Todo limpio y digno. Con una sonrisa la mujer del baño, placidez de bondad, le alcanzó papel y Ana se sentó en el inodoro. Se sentó y pudo darle paz a su intestino, echar fuera sus aguas retenidas largo rato. La mujer le sonreía todavía mientras se lavó las manos y agradeció su propina como si no ha hubiera esperado.

Al salir, extrañamente, la mujer ya estaba afuera y charlaba con un hombre alto. Caminaron juntos hasta una mesa bien sombreada y al sentarse, él dejó caer sus brazos a los costados. Palmas bien rojas. Las cabras se le acercaron y le lamieron una. El hombre se rió y preguntó cuál era. Manchita, dijo ella. Y él celebró porque ya lo suponía, dijo. Y efectivamente, la cabrita negra tenía una mancha en la punta de la cola. Tendía el mentón hacia el cielo el hombre de voz segura, constante. La voz era como un camino que el hombre ampliaba alrededor suyo.  De inmediato Ana ya había comprendido que era ciego. Eso  aclaró la comprensión: la actitud de la mujer, con un no sé qué de abierto, despojado. Una mujer en batón, un hombre alto y recio, cuyas espaldas Ana veía. El rostro bondadoso de ella sostenía normalmente la conversación. Se había cortado la luz en el lugar y el restorán se cerraba, a plena luz esperaban que alguien los llevara hasta la próxima ciudad. Ella escuchaba los relatos de él, uno tras otro, hilvanados sin pausa.
¿De qué hablaban? Cada tanto llegaba un fragmento. El aire estaba inmóvil, gordo de calor, bajo techo. Pero ahí, bajo la sombra de los olmos, corría una brisa que encantaba.

Hablaban de ese mismo lugar, otra época. En realidad él hablaba y la mujer escuchaba mientras atenta observaba a su alrededor. Son o no son pareja, esos dos, se preguntaba Ana mientras iba sintiendo en sí el vacío, el alivio de su cuerpo. Entonces extendió el brazo y tocó a Germán, su cálida consistencia. Todo el día, y durante el viaje desde la costa, había estado disgustada, a contrapelo. Ahora, todas las razones por las cuales había llegado a detestarlo habían desaparecido. Pensó, después, frente a la ruta prácticamente en silencio, gloriosamente vacía, en esa mujer de sonrisa plácida, su trabajo como cuidadora del baño y los ruidos de cada uno, en esa caja de resonancia. ¿Se daría cuenta ella de las ocupaciones de cada pasajero? O su oído estaría tendido hacia los sonidos provenientes del baño de hombres, donde el ciego, como ella, tendía papel a los que iban llegando…? Toda esa limpieza, esa pulcritud, era ella quien la proveía, en el baño, en el hombre alto que tendía su mentón hacia lo alto.

Cuando el hielo se deshizo sobre el pie, Ana fue a poner en marcha el auto y Germán invitó al ciego y la mujer. En el breve tramo hacia la próxima ciudad, el ciego explicó su condición: había sido el mozo emblemático de Al Ver Verás y de repente la diabetes lo dejó ciego. El médico le había dicho que no tenía gravedad, y así, de golpe, ya no sabía si era de día o de noche. Dependía para todo de su gorda pero ahora por fin, dijo el hombre, al fin veía. Comprendía lo egoísta que había sido, ahora tenía a sus nietos con él, a su gorda contenta. Ahora por fin comprendía lo que había perdido viviendo como lo había hecho, pensando que solo él existía, bebiéndose la vida de apurón.

Claudia Schvartz


A modo de biografía puedo decir que nací un amanecer de tormenta. Tengo una hija que también es escritora y muy buena. Y mi mamá es una escritora extraordinaria: Hebe Clementi pero se dedicó a la historia. Su prosa es nítida, precisa, arrasadoramente intensa. Su tema, La Frontera. Tema extremadamente sensible, sobre lo femenino.  Por mi parte nací rodeada por mujeres, circunstancia de la que no intento sustraerme. Otro de mis intereses en la escritura es el nombre. No sé de dónde viene esa preocupación ni qué significa, pero allí está reapareciendo siempre. En realidad, la biografía siempre es apócrifa.

FB claudia schvartz  y  también Leviatán Editorial.


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