EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 11 de febrero de 2017

DANIEL CALMELS




Dice Susana Szwarc: “algo se produce cuando no presto atención”. Si la escritura adviene, hay tarea. Lo sabemos por la premura de la búsqueda de un lápiz y papel y la sensación de que las palabras se fugan y no se puede confiar en el recuerdo del instante, que es un cofre sin fondo que vacía la memoria. Aquí escribir es fijar, al modo de un coleccionista de mariposas que clava en la página su trofeo. Pero luego, cuando pasa la captura, viene el trabajo, la modestia laboral de la palabra en cuasi sombra, que trabaja sobre el material del destello.
Escribimos para saber, porque ignoramos. En la penumbra de la ignorancia el destello se presenta con la arrogancia del descubrimiento y es necesario fijarlo para que no se pierda. Con el tiempo no todo el material se conserva vivo. Todo escritor guarda su pequeña tumba, donde yacen los papeles que no terminan de morir ni de brotar, esos que aún no merecen tirarse ni quemarse y que son visitados ocasionalmente.  Cuentan los escritores que, en un raptus de perpetuidad, alumbrando con el crepitar del fuego, se termina con una obra inédita. El recuerdo enaltece el texto arrebatado de por vida.
La escritura poética no nace de la voluntad de escribir, no es un acto de cognición racionalista, cuando quiero y no puedo, me sale “espuma de la boca”. En cambio, en “cuanto menos pensado”, cerca de nuestros oídos, aletea una imagen, una idea, que debemos fijar, aunque a la mañana siguiente al leerla, sin la sorpresa del momento, se desvanezca y termine olvidada.
Para que aparezca ese destello, es necesario un estado: sensible, aunque no sensibilizado; distraído, aunque no disperso, en una condensación necesaria para que la palabra asome.
Escribo bajo el cruce de dos orientaciones, una de ellas la imagen: visual, táctil, gustativa, auditiva, olfativa, propioceptiva. Imágenes, todas ellas, entrecruzadas, superpuestas, recíprocas y a veces mezcladas al descuido con la otra orientación que es la Imaginación. En ambas, el cuerpo en sus manifestaciones, o sea el cuerpo en su estado dinámico a través de contactos, miradas, voces, aromas, posturas en actitud, escuchas, gestos expresivos, rostridades, sabores, acciones, actos, praxias… Si hay una experiencia que no puede ausentarse es la del cuerpo en sus manifestaciones, y no me refiero con este concepto a la vida orgánica, aquella que llevó a Paul Valéry a formular que “La salud es el silencio de los órganos” y a Antonin Artaud a pensar en “un cuerpo sin órganos”. En todo caso cuando digo “Yo” y al mismo tiempo toco mi pecho, no me refiero a la “caja toráxica” sino al encuentro de mi palma que toca superficialmente en profundo, construyendo un gesto expresivo, en una acción para otro. El organismo no es el cuerpo. El cuerpo es cercano a la poesía. Si digo que la cicatriz es la pequeña tumba del dolor, no habla la lengua anatómica. Lo que percibimos del otro no es el organismo, aquello de los tratados de anatomía, sino el cuerpo de la expresión y la comunicación, ese que se vincula con la escritura poética, el cuerpo que miente, a pesar que el otro se dé cuenta. Me refiero a ese cuerpo “que pretendo mío” (A. Amavet), el que construyo y me apropio, al que represento y representa, que es un distintivo de nuestra identidad.
Gran parte de mi obra poética tiene como temática explícita la corporeidad, lo cual no es ninguna novedad, quizás en mi hay un planteo explícito y un marco teórico conceptual que desarrollo en la escritura ensayística (El cuerpo en la escritura, El libro de los pies, El cuerpo cuenta, Cuerpo y Saber, Infancias del Cuerpo, etc.)
En mis libros de poesía, lo que escapa o vuelve del ensayo, lo que origina el ensayo, lo que es materia corpórea poética está presente en los siguientes libros: El cuerpo y los sueños, Marea en las manos, Lo que tanto ha muerto sin dolor, Estrellamar, etc.
Siendo el cuerpo motor y obstáculo a dilucidar en varios géneros literarios, y en mi práctica terapéutica en psicomotricidad con niños, son ellos, los niños, en cercanía y carencia, quienes fueron y son fuente de “inspiración” poética. El lenguaje de la niñez, no puede prescindir de su cuerpo, el niño está implicado corporalmente, si “un cuerpo es una extensión abierta al encuentro” (Jean-Luc Nancy), en el encuentro con el otro se produce un pliegue que nos afecta. La niñez promueve pliegues, nos sensibiliza.
La práctica de escritura poética está en mí vinculada con la imagen plástica, tal es así que varios artistas plásticos han “ilustrado” mis poemas (término, “ilustrar”, muy usado en la década del 70, en las frecuentes muestras de “poemas ilustrados”). Mis escritos fueron ilustrados por Eduardo Medici, Pablo Solari, Laura Dubrovsky, Blas Castagna, Raúl Ponce, Roberto Tessi, Juan Aljinovich, Ernesto Pesce, Marcelo Vejares, Flora Stilman, Alicia Mayo, Claudia Degliuomini, Romina Biassoni y Elsa Scanio.


LOS  ARTISTAS  VELAN



Esta molestia de sentir
que uno depende de su propio cuerpo.
Antonin Artaud

En la vida de los antiguos héroes
la herida infaltable rondaba los cuerpos.
Fue en Vulcano y en Edipo,
la triste pierna desvariada.
En Sigfrido el hombro herido
para temer la palabra muerte.
En Sansón la pérdida indolora.
Y en Aquiles la ley del talón
lo convino a apaciguar su destino.

Pero hubo otros más cercanos
que defendieron el derecho de soñar
aún a costa de detener con el cuerpo
las oleadas feroces de tristeza:
Fue la pierna de Rimbaud
rodando en un quirófano de Marsella,
la mano de Cervantes
multiplicándose en la escritura,
Quevedo riendo de su cojera
con "una pata torcida para el mal",
los ojos de Borges
imaginando láminas de colores pálidos, 
Beethoven, con una varilla entre sus dientes,
comiéndose las vibraciones
que los oídos se negaban a tragar,
Toulouse Lautrec desde su espalda corva
viendo las narices más bellas,
y la oreja de Van Gogh
enterrada en un paño de limpiar pinceles.

Fijman con las sienes golpeadas
mientras grita: “Yo soy el Cristo Rojo”.
Baudelaire con la voz agónica
mientras escucha de la boca materna
un glosario de primeras letras
para una lengua antigua y herida
en la caverna húmeda de su boca,
y Antonin Artaud, cargando de fuego las palabras
hasta explotar de incomprensión.
Desde el fondo de un lujoso salón,
mientras camina al encuentro,
el joven Milosz recuerda con terror 
que tiene padre y madre
e ignora de la bala que intentará olvidarlos. 


Si me mato no será para destruirme
sino para reconstruirme.
 Antonin Artaud

Hubo otros, que apuraron el destino de un solo trago:
Gérard de Nerval colgado de un farol
con los bolsillos llenos de palabras.
Hemingway, en su último aliento,
apoyando su lengua en la boca de un fusil.
Lugones tropezando en la única mesa de la pieza de un  recreo
con la boca llena de veneno para hormigas,
tan cerca de un río llamado tigre.
Y Pizarnik, envuelta en su sábana
como en una bandera,
apoyando su boca pintada
en la de una muñeca sin sonrisa.
Quiroga sobre sus cuentos y en la selva
apurando los ácidos del estómago
única defensa ante la muerte.
Y Alfonsina arrepentida en el último instante
queriendo desandar sus pasos,
empujando con su pecho el mar. 


De pronto la palabra adquiere 
la dimensión del gesto.

                          Aldo Pellegrini

Y otros, arrancados salvajemente de las letras
con las palabras bien puestas:
Haroldo llevado a un país
donde ningún árbol se llama con nombre de mujer,
y Miguel Angel Bustos
perdiéndole el juicio a la razón más bella,
y Paco y Rodolfo
bajo la lluvia voraz del Eternauta
encontrando las puertas cerradas para siempre.

De cuerpo presente
los artistas velan,
para que el dolor se ilumine de esperanza.           


                       
EL CRISTO ROJO

¿Acaso imaginan el velorio de un loco?
               Jacobo Fijman

Aquí me han traído.
Escribo dibujo y pinto,
todo lo perdido de mí se encuentra en cada trazo.
¿Quieren curarme la sed con el desierto?
¿curar la tristeza en la casa de la melancolía?

Me han bendecido el olvido y la pobreza,
sólo espero la mañana.


TRAZAS

Sobre la porosa lisura de madera
se expande la harina,
que la mano ahueca como un nido.
En su lecho clara y yema unidas, juntas, confundidas.

Recibir en la piel la húmeda adherencia,
marcar con las yemas,
dejar ir.

Luego, con un palo,
se alisa la masa al grosor de un papel.
Un niño, sobre la prosa lisura
con los deberes de la lengua materna,
con otro palote, vertical y repetido,
le pone al renglón las rejas de la palabra escrita.

En las primeras trazas
se cocina un orden y un sentido.
Borrar con la masa y comerse las letras
son las primeras gramáticas digestivas.


Daniel Calmels


Mi nombre es Daniel Calmels, soy escritor, psicomotricista y psicólogo social. He fundado hace tiempo, 1980, el área de Psicomotricidad del Servicio de Psicopatología Infantil del Hospital de Clínicas. También dirijo la colección Cuerpo propio de la editorial Biblos. Entre otros libros publiqué: El libro de los pies (Primer premio Ensayo del Fondo Nacional de las Artes); El cuerpo en la escritura; El cuerpo y los sueños, poesía; El Cristo Rojo Jacobo Fijman (Faja de Honor de la Sociedad Argentina De Escritores); Del sostén a la transgresión; Juegos de crianza; Estrellamar, prosa poética  (Primer premio Rodolfo Walsh – Derechos humanos); El cuerpo Cuenta; Marea en las manos, poesía; Infancias del cuerpo; Espacio Habitado; La discapacidad del héroe (3º premio municipal de la ciudad de Buenos Aires); Juegos en el papel; Fugas, el fin del cuerpo en los comienzos del milenio. En literatura infantil: La almohada de los sueños y Los duendes de la mesa.

libroscalmels@yahoo.com.ar



2 comentarios:

  1. Enriquecedor!!! Excelente espacio donde se encuentra el compartir de conocimientos. Gracias!!!!!

    ResponderEliminar