EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

lunes, 6 de febrero de 2017

"TAQUICARDIA": 222 REFLEXIONES SOBRE EL CUERPO AL MOMENTO DE CREAR - MAPA DEL SITIO




Foto: Silvia Castro

Compilación: Selva Dipasquale


Este mapa le permitirá visitar el sitio a partir de las reflexiones sobre el cuerpo y la obra de los autores entrevistados. A la fecha podrá encontrar 222 entrevistas. Iremos actualizando este mapa a medida que avancemos en las publicaciones. Además,  hemos incluido los fragmentos, poemas, libros que recomendaron  los autores. 



1

Creo que al momento de escribir intervienen mi cabeza, la mano y el diafragma. Cuando estoy inspirada o tengo ganas de escribir, siento un hormigueo en la mano; cierto calorcito que va desde la cabeza hasta la punta de los dedos. Esto no pasa cuando estoy frente a la computadora. El "contacto" al escribir a mano es importante. Cuando termino el poema, siento que "encaja" en el diafragma o en la boca del estómago, "ahí donde creo que está el alma" (esto es cita de un viejo poema); esto sucede también cuando se me ocurre alguna serie, y no para hasta que la termino. (Irene Gruss)


2

... en cada poema, el proceso de escritura está... oculto, y sus derivaciones dependen de motivaciones que responden a lo intuitivo, y a las pulsaciones del cuerpo. Eso que llamamos “inspiración” es un flujo activo de nuestras sensaciones que tiene que ver con la necesidad irrenunciable y fatal de sentarse a escribir un texto.
En cuanto a autores o referencias que pueda aportar, pienso por ejemplo en la inmovilidad y la resta de Beckett en su escritura, su silencio activo y ordenador de un universo que se adivina como la imposibilidad de ir más allá del balbuceo, que ya estaba en Kafka. Pienso también irremediablemente en Artaud y su cuerpo como catalizador de un mundo expresivo potenciado en el dolor y la exaltación. Y aunque más visibles, y cercanos, tenemos a Viel Temperley y a Pizarnik, entre muchos otros, porque al escribir…¿quién no pone, no expone el cuerpo como reflejo de su esencia más totalizadora? (Santiago Espel)



3

Proust tenía la idea de que su mente trabajaba mejor si no comía, mientras que Hemingway descubrió, a principios del siglo XX, que el hambre afilaba su mirada y capacidad de discernimiento. Entonces ambos, cada uno en su particular modo, se esforzaban por escribir, por crear bajo estas críticas condiciones, pese a que tales rutinas quizás fueron una de las razones por las cuales su salud física y emocional estuvo ocasionalmente deteriorada. El año pasado comprendí, a través de la enfermedad, que mi cuerpo tiene un límite; ahora ya no me gusta trabajar de madrugada y me obligo a tomar descansos que resultan ser momentos propicios para replantearme aspectos relacionados con la creación. (Santiago Robles)


4

La interferencia del mundo y del cuerpo en la escritura es permanente. A veces pienso que escribo poco porque adoro el mundo y el cuerpo. El mío, el de los otros. Podría escribir sobre esa adoración, pero no lo hago: forma parte de la vida a secas, espléndida. (Gloria Peirano)


5

Cómo no preguntarse por el cuerpo y el arte, por el cuerpo y la escritura. No lo dije yo, no sé quién fue, pero para mí escribir es como hacer el amor, ese grado de intimidad con la lengua y las letras, con la hoja que se va poblando. Ese grado de exasperación, de prueba y error, esa exposición absoluta. Ese riesgo. Encontrarse con otro tan fuertemente te lleva a un borde. Implica salirse de uno mismo. Perderse y volver a un lugar que ya no es el que era. El cuerpo tocado es otro. La lengua tocada es poesía.
Voy a recomendar la lectura de "Cartas a un joven poeta" de Rainer Maria Rilke. Es un libro maravilloso, hecho de cartas, que también me encanta que así sea, ese género íntimo, en el que Rilke intenta dar su visión a un joven que intenta escribir versos. No sé si es sobre la relación entre el cuerpo y el arte, va más hacia la vida y el arte, pero en definitiva: la vida nos ocurre en el cuerpo, no?
Va un fragmento:
“¿debo escribir? Excave en sí mismo, en busca de una respuesta profunda. Y si ésta hubiera de ser de asentimiento, si hubiera usted de enfrentarse a esta grave pregunta con un enérgico y sencillo debo, entonces construya su vida según esa necesidad: su vida, entrando hasta su hora más indiferente y pequeña, debe ser signo y testimonio de ese impulso. Entonces, aproxímese a la naturaleza. Entonces, intente, como el primer hombre, decir lo que ve y lo que experimenta y ama y pierde.”

.

6

Uno piensa el cuerpo como si ese cuerpo no fuera uno. Uno piensa el arte desde ese extraño estar y no estar. Me miro los pies y pienso “yo también soy estos pies”. Cuando escribo en la computadora se me hinchan los pies. Me tiro en la cama boca arriba, levanto los pies, los miro y recuerdo que estoy ahí, en esos dedos y uñas. Al lado están los libros. Mi biblioteca está al lado de mi cama y cerca de la terraza. No soy una poeta de escritorio. Prefiero que haya mucho cielo arriba de lo que escribo, arriba de mis pies... El aire es todo lo que no es cuerpo, pero tampoco. Tengo un saxo que toco muy mal. Escucho jazz todo el día. Atiendo a la respiración para escribir. Respiro como Darth Vader cuando me angustio y eso me calma. Camino por la calle sonando a lado oscuro. A veces escribo sin aire, a veces me sobra y tengo que ventilar. Me gustaría tener un agujero en la espalda como las ballenas. Como las cámaras. Hay fotos que se sacan sin respirar, con los codos clavados debajo de las costillas, por lo general cuando no abunda la luz, para evitar desenfoques. 
Si tengo que elegir un solo autor, sin duda es Lucrecio. Este Lucrecio: 
“Y a qué distancia esté de nosotros cada cosa, su imagen nos lo hace ver y nos da el medio de discernirlo. Pues, al ser emitida, al punto impele y empuja el aire interpuesto entre ella y los ojos; todo este aire fluye a través de nuestros ojos, despeja, por decirlo así, las pupilas y pasa. He aquí cómo apreciamos lo que dista cada cosa; y cuanto más aire es empujado adelante por la imagen, cuanto mayor es la corriente que roza nuestros ojos, más distanciado nos parece estar el objeto; pero entiéndase que todo sucede con gran rapidez, de modo que a un tiempo vemos lo que el objeto es y cuán lejos se encuentra.” (De rerum natura. Libro IV) (Silvia Castro)


7

En mi trabajo está mi cuerpo, van de la mano. Cuando comienzo a trabajar, es mi cuerpo el primero en involucrarse, creo que esa relación entre el cuerpo y la obra es la que enriquece el concepto; al fin y al cabo cada obra es como un hijo, viene desde lo más profundo de nuestra alma y sale al mundo para seguir creciendo, para aprender, para conocer. 
Un libro que me gustaría recomendar y compartir con ustedes es el de Wassily Kandisnky, De lo espiritual en el arte, ya que me reencontré con él hace un par de días atrás y es un libro maravilloso para leer. (Silvana Lacarra)


8

Tanto en la escritura como en la actuación, está la posibilidad de "sentir" algo que nunca se experimentó. Por supuesto que no es el mismo sentimiento que el de la experiencia directa pero aún así es real y potente. Pienso que el cuerpo está erotizado cuando se expresa artísticamente. Me refiero a un erotismo que no sólo tiene que ver con lo sexual sino con lo sensorial, con cierta sensualidad para conectar con lo interno y con el exterior. Con respecto a la relación entre cuerpo y arte, pensé en Artaud. En su opinión acerca de cómo el cuerpo es castrado y reprimido por la cultura. Él planteó una oposición entre "cuerpo atómico" - explosivo y poético- frente a un "cuerpo anatómico" -clasificado y jerarquizado-, un cuerpo yendo hacia la muerte y en el que las personas se sienten encerradas. Quisiera actuar y escribir con el cuerpo atómico. (Celia Iribarne)



9

Supongo que las sensaciones físicas son, para mí, inseparables del momento de escritura. Porque es un momento donde no me puedo separar de una emoción que está, en ese instante, funcionando como sonido ambiente o latiendo como el mismo disparador. La emoción tiene cuerpo, forma y millones de sensaciones que la acompañan. La taquicardia, por ejemplo. (Juana Roggero)



10

Cuando me preguntás acerca de la relación del arte y el cuerpo, me viene a la mente una frase de Artaud: "No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible". Creo que a partir de esa premisa, él construyó algo muy revolucionario para lo que sería el futuro del teatro, porque su cuerpo no podía contener tremendo lastre creativo y debía soltarlo, yendo más allá de la palabra escrita, a través de la acción. (Leandro Alva)



11

...los recuerdos guardan relación no sólo con vivencias sino con meras imágenes, muchas de las cuales me acompañan desde siempre y van apareciendo cada tanto en mis poemas (la moneda, el oro, la hierba...). Son como claves de algo que en ocasiones hasta a mí se me escapa. Pueden simbolizar una cosa u otra, dependiendo del texto, y de manera muchas veces autónoma, o automática. Esas imágenes, esos recuerdos, esas vivencias históricas se traducen en ideas pero también en sensaciones, en emociones. El empleo del bolígrafo y el papel parece ponerme en contacto más íntimo con ellas. (Jonio González)




12

Cuando escribo siento un vacío en el estómago, necesito masticar algo o beber café. La ansiedad hace que se alternen debilidad y exceso de energía en mis músculos. Son frecuentes la taquicardia y la excitación genital, que no responden a un estímulo específico. Me levanto con frecuencia, camino, voy al baño, leo algo y vuelvo al texto. Desde hace un tiempo escribo mucho en la cama. Cuando el poema, o lo que sea, fluye, el nivel de adrenalina es alto y, cuando llego a un pico, corto en seco, muerdo algo, me sueno la nariz, cierro los ojos. ¿Un autor? ¿Un texto? ¡El Dante! ¡La Divina Comedia! Ahí tenés un viaje al arte a través del cuerpo, o del cuerpo a través del arte. (David Wapner)



13

Cuando trabajo en soledad, me deprimo y mi serotonina disminuye como la de un animal derrotado en combate singular por el territorio, a lo que sobreviene una ligera euforia y entonces (como el animal que necesita orientarse a través de indicios para buscar y hallar una madriguera nueva, y cuya serotonina disminuye para facilitarle precisamente esto) presto atención a esta realidad del modo en que los psicólogos cognitivistas llaman “búsqueda de patrones”, que más bien parecen encontrados sin haberlos buscado, ya que la búsqueda ha sido inconsciente.
Con los años cambian las hormonas y con ellas cambian las sensaciones. A veces, al principio, cuando aparece la emoción, cuando “viene” desde adentro o desde alguna parte eso por decir que aún no tiene forma (pero que ya tiene algo así como un color), lo que siento es o era como una guitarra eléctrica, como lo que se siente al escuchar al palo un rasguido de Jimi Hendrix, esa sutil trepidación que no hace diferencia entre el cuerpo y el alma. Yo no creo en esa distinción occidental tan tajante. Ni entre cuerpo y mente, ni entre mundo e individuo, ni entre humano y animal. Es una división inventada por los médicos de nuestra cultura, que estudian cadáveres. Ayer me dijo alguien sabio que existen dos realidades, que hay continuidad entre las dos y que lo mejor es vivir en ambas. Por dos realidades se refería a esta realidad cotidiana y a la que otrxs llaman lo sobrenatural. Quien así me habló no era un gurú reverenciado ni vestía una túnica blanca, sino ropas viejas y vive en un hospital. Occidente (que incluye a Oriente, en la actualidad globalizada), Occidente tortura todos los días a sus sabios, a sus visionarios, a sus iluminados. Luchar por que deje de hacerlo es la tarea que más me ocupa en este momento. Los locos, las locas, y también algun@s de nuestr@s poetas, son los únicos que saben la verdad de lo que es vivir esa otra realidad. Muchos desvarían por el dolor que esa experiencia les produce. Quienes han abierto esa puerta y estado realmente ahí y podido volver, cuentan que no es nada lindo ni fácil. Por eso un autor que puedo recomendarles es Aníbal Brizuela.
A modo de cita y también como ilustración artística de mi participación en este proyecto, adjunto un fragmento de uno de sus dibujos, donde es inseparable el dibujo del texto de la misma forma en que son inseparables el cuerpo y el alma. (Beatriz Vignoli)



14

Hay un proceso y es misterioso. De ordinario, comienza con la irrupción verbal, sin causa aparente, de un fragmento de cotidianidad, que de inmediato remite a algún recuerdo o experiencia íntima, que, a su vez, gira, se interpola, desplazándose hacia otra significación más general que es encerrada en el poema. Está sostenido primordialmente por la emoción. Emoción que busca asiento en las palabras, palabras que son portadoras, antes que de un significado, de una temperatura particular. Y todo eso ocurre como en una danza en la que los pasos parecen avanzar con olvido de mi persona... 
Escribir poesía me transporta a otro nivel del entendimiento que, en el plano de la psiquis, opera con efecto liberador: de zona conquistada. Ya sea por el goce de haber confirmado mis intuiciones o por haberme salvado de los días grises al enfrentarme con un punto de vista absolutamente perturbador. Por eso, del contacto con la poesía salgo renovado, como de un viaje. Lo que de verdad hay detrás de un poema no es una persona con nombre, domicilio, estado civil y demás señas civiles, sino la vida misma, con sus emociones, temperaturas, alusiones y referencias, filtrada en la figura verbal del poema, hecha de métricas, asonancias y consonancias, blancos y negros de la página. Obedeciendo a estímulos, pulsiones y mandatos el poeta trata de alcanzar ese escalón en el que las palabras reconducen a la naturaleza de lo vivido y tienden a convertirse en el secreto del agua, en la locución del río, en la manifestación de la noche y del cielo estrellado.  Hay un poema de  Czeslaw Milosz que habla de la poesía  y de la muerte física:  “…Liberada de los fantasmas de la psicosis,/ de los gritos del tejido que perece,/ de la agonía del empalado, // Vaga por el mundo,/ para siempre, clara.” (Rafael Felipe Oteriño)



15

Hay un lugar que es la nada y hay una casa de colores raros: la memoria. En la memoria hay palabras amontonadas haciéndose lugar... Con el cuerpo hago cosas raras que nadie ve. Y de todos modos me sostengo, entre las cosas sueltas, entre las cosas descoloridas. ( María de la Paz Garberoglio)



16

Me encanta esta pregunta sobre el cuerpo. El cuerpo y la escritura son indivisibles. Cuando se escribe se está a flor de piel. El cuerpo está en su punto máximo de apertura. Eso siento. Y hay algo, eso sí, que no es físico, sin embargo se manifiesta ahí; en una mirada fija, en un silencio absoluto, en un temblor, en un latido más fuerte, una alegría, un llanto, un tacto.
Hay un fragmento de un libro de Patti Smith que para mí refiere a eso. A la llegada de ese pulso de la poesía, y de su manifestación:
“Cuando era pequeña, mi madre me llevaba de paseo por el parque Humboldt, junto a la orilla del río Prairie. Tengo recuerdos borrosos, semejantes de huellas dactilares en platos de cristal, de un viejo cobertizo para barcos, una glorieta circular, un puente de piedra con arcos. El río desembocaba en una vasta laguna y en su superficie presencié un milagro singular. Un largo cuello curvo se alzó de un vestido de plumas blancas.
“Cisne” dijo mi madre, percibiendo mi emoción. El ave golpeteó el agua resplandeciente con sus grandes alas y alzó el vuelo.
La palabra en sí apenas dio fe de su grandeza ni transmitió la emoción que me produjo. Su imagen me generó un deseo para el que no tenía palabras, un deseo de hablar del cisne, de decir algo acerca de su blancura, la naturaleza explosiva de su movimiento y la lentitud con que había batido las alas.
El cisne se fundió con el cielo. Me esforcé por hallar palabras que expresaran mi noción de él. “Cisne” repetí, no enteramente satisfecha, y sentí un cosquilleo, un anhelo curioso, imperceptible para los transeúntes, mi madre, los árboles o las nubes.”
Éramos unos niños, Patti Smith, Lumen, 2010.

(Natalia Romero)


17

Me gusta mancharme los dedos de tinta. He pensado en beber un poco de pintura pero la dieta no me lo permite. En el momento de encuentro con los materiales, hojas, tintas y demás, comienza un trance, en algún punto se entra en un estado de concentración en el que se pierde la noción de uno mismo. No se está pensando en la sucesión de pasos, sería imposible en tiempo real intelectualizarlo. Se crea una danza de líneas y manchas. No hablo de psicodelia. Hablo de estar centrado, concentrado.
Recomiendo el libro: “Que no muera la aspidistra” de George Orwell,
(Isidoro Reta Duarte)



18

Una de las autoras peruanas que ha investigado sobre cuerpo y escritura es Rocío Silva Santisteban, en un artículo escrito en “La insignia” que se llama “Escribir como mujer”: http://www.lainsignia.org/2001/febr... . Y la otra, es una escritora china, Linanhuang, de quien me impresionó el articulo que copio a continuación. http://blogs.elespectador.com/habla... Porque siempre he sentido que hay algo de posesión en mi escritura, que las voces que se internalizan en mí, tienen que ver con muchísimos mundos y tiempos divergentes, que no son precisamente el devenir cronológico de la historia de mi vida en tiempo lineal. Creo que los escritores estamos tomados en cuerpo y alma por la naturaleza, la cultura, el entorno, las emociones sociales, el nervio urbano, la economía personal y la de nuestros congéneres; pero que también tenemos mucho de nuestros antepasados y de las personas que ya no están físicamente… somos una especie de avatar voluntario de lo que necesita ser plasmado a través de la palabra....Y yo siento y experimento desde amor profundo hasta desasosiego, desde hambre hasta ganas de jugar. Creo que todo se intensifica cuando escribes, los versos, las frases; lo que quieres contar es esa lava del fondo del abismo que toma formas disímiles e inesperadas y que en mi caso, gracias al viaje, es canalizada de una manera interesante. (Julia Wong Kcomt)



19

Al terminar una obra, y colgar los pinceles o las estecas, el cuerpo se siente pesado, como si la energía de uno saliera del pincel a la tela. Y con la arcilla aún más: los dedos son un hundirse en la materia y dejarse llevar. Es una terapia de relajación. Suelo entrar en un estado de ensimismamiento del cual salgo por el llamado insistente de un amigo acercando un mate... Hace cuatro años que una médica me observa clínica y hematológicamente, registrando los vaivenes del cuerpo y de la mente, y ha llegado a la siguiente conclusión: "te recetaría viajes y que sigas creando y bailando lo que te gusta" (Yamila Carla Barraza)



20

Deudas: Pascal Quignard, "Morir por pensar (IX). Versión libérrima y mestiza del Cap. XV, Teoría y cinegética.
Pero ustedes me preguntan por la vinculación entre lo que escribo y mi cuerpo. Respondo que escribo ritmando materiales como quien construye una casa. O algo mucho más pequeño, una canilla de jardín. Los objetos se acumulan y se desagregan. Me han dicho algunos lectores del impacto casi físico que algunos textos míos les causan. No siento mi cuerpo más que como una masa de huesos, plumas, hormas, vidrio, jugos vitales, lengua auditiva, materia en suspensión, en descomposición. Atmósfera que se cierne sobre sí misma como un agua bautismal... Creo que finalmente voy siempre desde el cuerpo de la lectura al de la escritura. Algunas veces encuentro mi cuerpo real en ese recorrido.
Kafka es un gran observador de las actitudes de los cuerpos, de toda clase de cuerpos. Habría que hacer performances siguiendo las coreografías de sus personajes inmóviles. Un arte Butoh de la escritura kafkiana.  (Alicia Silva Rey)



21

En un poema llamo al cuerpo “nuestra única certeza palpable”, el cuerpo es un lugar a habitar y eso es un proceso tan extenso como la escritura misma.... El cuerpo está implicado en la escritura. Se experimenta ansiedad, placer, resistencia. A veces, por ejemplo, cuando logro escribir un poema para un amigo que murió, lloro durante todo el día. Pero es un llanto que libera, que “hace las paces” con la vida y con la muerte. La palabra es lo único que puede restituir o hilar el sentido perdido.
El cuerpo está implicado en la escritura. Se experimenta ansiedad, placer, resistencia. A veces, por ejemplo, cuando logro escribir un poema para un amigo que murió, lloro durante todo el día. Pero es un llanto que libera, que “hace las paces” con la vida y con la muerte. La palabra es lo único que puede restituir o hilar el sentido perdido. Lo más lúcido que he leído con respecto a la relación entre el cuerpo y la escritura es un ensayo de Mónica Cragnolini que se llama “Del cuerpo-escritura. Nietzsche, su "yo" y sus escritos”. Aquí cito un fragmento: “¿No será que en lugar de ser sujetos que "nos expresamos" en la escritura, es la experiencia misma de la escritura la que nos constituye? ¿No estaremos deviniendo [lo que somos] al escribir, más que escribiendo lo que hemos devenido?(…) La escritura no es -solamente- el "relato" de las experiencias vitales: en un sentido nietzscheano, ella misma es una experiencia de vida. Porque quien escribe cuando escribimos es nuestro cuerpo con sus fuerzas, que siempre son, al mismo tiempo, las fuerzas de los otros que se intersectan con las propias. Fuerzas propias-desapropiadas de la escritura: entonces, no se escribe con el cuerpo, sino que es el cuerpo el que escribe y se escribe”.(Javier Galarza)



22

Escribir, como a veces dibujar o pintar, es entrar en una zona desconocida y sin embargo más propia que la que habitamos a diario. Siempre se vuelve con la sensación de una experiencia única de la que sin embargo no se puede transmitir nada más que lo que ha quedado escrito. Y se respira más profundo, se pisa más firme, se percibe más la complejidad de lo real, al mismo tiempo que se adivinan las formas ocultas tras el velo de las apariencias. Intentar explicar o describir no sirve de nada, es un estado de conciencia, otro, y uno entra en él a veces, cuando está disponible, no sólo su cuerpo sino eso otro más sutil que tiene tantos nombres y a la vez no tiene ninguno definitivo.(Carlos Ardohain)


23

Sí, la de cuerpo, es una gran pregunta. Pienso que el cuerpo es justamente el lugar fundamental. Me ha pasado de sentir algo en el cuerpo antes de escribir un poema. Como una señal física de que algo está por decirse. Todo pasa por el cuerpo, las palabras habitan en un universo sonoro, del cual es imposible sustraerse. Aunque se escriba en silencio, el cuerpo participa siempre en el acto de la creación. Si bien, hay algunos sentidos que permanecen mudos, como el olfato, o el tacto, y tiene más importancia lo que se escucha y se ve, cuando se escribe, todos están participando, de algún modo, porque escribimos con la memoria, y con lo que tenemos más olvidado también, entonces algún recuerdo de la infancia, puede estar ligado a muchos de esos sentidos. Para mí, cuerpo y escritura nunca pueden separarse. Las palabras tienen cuerpo a través de la voz y por medio de la escritura es que pueden hacerse más tangibles. Eso de que tocamos con la palabra al otro, por ejemplo, es así. Se me viene la palabra “resonancia”, entonces. Desde el psicoanálisis, hay mucho escrito acerca de esto, si bien, entraríamos en otro campo, no dejan de estar relacionados. Lacan dice en uno de sus seminarios, que “las pulsiones son el eco en el cuerpo del hecho de que hay un decir”. Entonces, podríamos pensar que tenemos un cuerpo que habla, y que cuando no habla también dice. Y en ese “no hablar” es donde el arte tiene su lugar, porque es con lo inefable, con lo que podemos crear algo que nuestro cuerpo desconoce y al mismo tiempo habita. O como escribió Hèlene Cixous: “Mi escritura mira. Con los ojos cerrados”. Quizás a través del arte podemos sentir mucho más el cuerpo que somos y que no sólo tenemos. (Eugenia Simionato)



24

Si trato de vincular a mi cuerpo con la palabra, descubro que tenía una obsesión con la figura del General Güemes, que data de mi más tierna infancia de colegial. Recuerdo el impacto que fue haber visto en fotografías su monumento. Casi “tallado” en la ladera de un cerro. Fue una de las primeras cosas que quise ver en la ciudad de Salta, cuando llegué. Acá en Salta, se recuerda la noche anterior a la muerte de Güemes. Haber presenciado “la vigilia” a la muerte del General, el 17 de junio en la plaza de noche, toda iluminado con los fogones, llena de gauchos de los fortines y agrupaciones de los más recónditos lugares de la provincia y de otras provincias (como Jujuy o inclusive de Bolivia). Y haber investigado en su misma tierra y haber visto el monte, las quebradas, los ríos, que lo convirtieron en héroe de la resistencia a la independencia en el norte argentino. Y vivir todos los días en ese paisaje, me hace un ser eterna y tremendamente agradecido a la vida. (Ricardo Daniel Piña)


25

Creo que no hay nada como tomar el pincel, hundirlo en la pintura e ir a la tela, involucra todo el cuerpo, te vas acercando tanto que estás adentro. Cuando no pinto hay un gran vacío, el dibujar, collagear no suplantan la materia de la pintura, su olor, armar y desarman los colores. (Ana Cecilia Adjiman Gache)



26

Mi sensación física cuando escribo poesía, no la percibo, es como que me voy a otra parte, como los que dicen que entrás en un estado Alfa y flotás, no sé. Algo así. Muy distinto es lo que me sucede con la prosa, con la que sí siento el cuerpo, sobre todo las cervicales, las dorsales, las lumbares... ¡si es que estoy mucho tiempo sentada! Algo curioso que me pasa, es la distinta relación que tengo con la poesía cuando estoy en un medio urbano, una ciudad, un bondi, lo que sea; que cuando estoy en un medio natural. Entre el ruido y la prisa, como decía la Desiderata, puedo escribir, sí, no tengo problema, pero tiene más que ver con un orden interno, o mejor dicho, darle un orden al caos interno para agarrarme de algo y sobrevivir al caos exterior. Es algo que también me pasaba o me pasa cuando pinto. Me repliego y buceo en mí y de ahí sale algo tipo Allien en general, tremendo, más angustioso. En cambio, cuando estoy cerca de la naturaleza, comienzo a empatizar con ella, y mi poesía se vuelve mucho más descriptiva de lo que sucede, estoy como más atenta al afuera. En el afuera hay orden, en la naturaleza hay orden, por eso busco ser su semejante; convertirme en planta o animal, nube o viento. (Diana Laurencich)


27

Un poeta en el que para mí está muy presente el cuerpo es Konstantinos Kavafis, quizás no en relación directa con la escritura poética pero si cómo tema, desde el erotismo o la nostalgia del erotismo propio al cuerpo ajeno, a su vigor joven, como objeto de deseo hacia quien están destinados esos versos, a veces como puentes para volver al pasado. Para mí en ese sentido es una escritura muy carnal, muy concentrada en el pasaje transitorio del espíritu por la materia.

Recuerda cuerpo

Recuerda, cuerpo, cuánto te amaron;
no sólo las camas que tuviste,
sino también los deseos que brillaron abiertamente
en los ojos que te vieron;
las voces temblorosas, que algún obstáculo frustró.
Ahora que todos están en el pasado,
parece como si en realidad te hubieras
entregado a esos deseos.
Cómo deslumbraban.
Recuerda los ojos que te vieron,
las voces que temblaron por ti.
Recuerda, cuerpo.



Kavafis

Yo personalmente creo tener una sensación de suspensión de la carnalidad en el momento de la escritura, de florecimiento de la imaginación o del lenguaje a condición de un opacamiento de las sensaciones corporales, aunque a veces soy conciente de una especie de cosquiillita, o excitación que me asalta cuando estoy frente a la computadora. Y algo que me suele suceder cuando estoy muy compenetrada en un texto: se me van todos los dolores físicos que pueda tener, hasta anestesio una incomodidad de posición en la silla o incluso sonora, si estoy en un lugar ruidoso, de golpe no escucho nada más que mis pensamientos. La sensación al momento de escribir es de una gran energización que después, cuando termino, se transforma en agotamiento repentino. Por eso creo que escribir es una trampa, nunca estamos donde estamos, no somos el cuerpo físico, se rompe esa sensación de identidad con lo perecedero. Al escribir se sopla una burbuja en el tiempo como en el cuento El milagro secreto: de pronto, en diez segundos, somos capaces de vivir las cosas que viviríamos en una vida, y a los ochenta años tener sensaciones de enamoramiento en el pecho como a los veinte. El cuerpo se recupera en la escritura. Pero ese cuerpo que se recupera es el ideal el que ni siquiera conocimos cuando teníamos veinte. (Paula Jiménez España)


28

Cuando escribo el cuerpo está cansado luego de la jornada laboral. Siempre escribí durante la noche. Ahora durante pocas horas.Con los años he notado que a partir de cierto lapso el cuerpo comienza a exigir palpaciones, ayudas químicas. Lo más evidente en relación a este tema es la piel: tengo psoriasis. Es mi radar para detectar si algo anda mal y es el único noticioso al que adscribo. (Alberto Cisnero )(Nota: escribo esto con vendajes y puntos en el abdomen, en un post operatorio).



29


Mi interés real por publicar ya no pasa por la pasión que sienta por escribir sino por el interés, también real, del otro por leerme. Esa eclosión o parto tendrá que ser mutuo y a su tiempo- Mis tiempos (y en general) son extraños porque pienso rápido (eso creo al menos yo) y lo resolutorio lo macero durante el tiempo sin presiones. A más presión menos resultados y chau objetividad- Y un libro propio merece todo: apoyo externo y autocrítica hasta soltar lo que no nos pertenece. Muy distinto a lo que ocurre con las lecturas en mi voz. Allí me encuentro con público que no escribe, de manera que el feed-back es hasta físico..Ya no importa tanto lo que digo, las comas, si alguien del paño me conoce, los clichés... delante del micrófono soy una poeta y ya. Ese humilde "aguante" del público me deja exhausta y feliz. No diría nada sobre la voz porque, entiendo, ya se dijo todo… prefiero las palabras de Osip Mandelstan, quien dijo de Ana Ajmátova: “Quien no haya escuchado nunca su voz no conocerá jamás su poesía”.  (Marcela Morel)



30

La relación de mi cuerpo con el poema es un tanto neurótica desgraciadamente. Soy ansiosa por lo tanto la escritura padece ese carácter. La escritura me impacta en el sistema nervioso, me hace doler el estómago si se pausa en el momento en que transcurre. Pero nunca tuve en cuenta el cuerpo al momento de escribir. Ahora uno lo dice porque se lo plantea. Somos aéreos y escribir a veces es como ir en bici. No tenemos noción de cuánto recorremos, de cuánto nos adentramos y es volátil, no hay impacto físico. Pero uno ha escrito y ha generado un universo tan poderoso que se percibe, lo percibo en las lecturas, en el vivo de la voz. Ahí es cuando notás ciertos inconvenientes del cuerpo en acompañar al poema. Porque uno ha venido teniendo noción de la gravedad, de la emocionalidad de las palabras pero ahí se manifiesta el peso porque entra en juego el decir, el habla, que es como un conjuro, una sentencia, la voz es física y entonces el poeta se agobia, se sofoca, se constipa, se retuerce de nervios. He notado ese padecimiento físico de querer que se termine y a la vez que continúe. Es como un momento de eclipse, de superposición entre el cuerpo del poema y el cuerpo del poeta. Y por otro lado está el poeta que goza de esta especie de posesión, que se entrega a eso.

Me gustó ver y escuchar a Arnaldo Antunes, es un percusionista, un domador, un poseído. Se deja ir y a su vez lo que hace necesita de su cuerpo, él es su propia acústica.

Hereditário

Arnaldo Antunes

A cada parto
A cada luto
A cada perda
A cada lucro
O sol que dura
Só um dia
A cada dia
O sol diário
Contra o que for hereditário.

Em cada mira
Em cada muro
Em cada fresta
Em cada furo
O sol que nasce
A cada dia
A cada aniversário
Contra o que for hereditário.
Arnaldo Antunes

OTRO

sobre vueltas
otras sobre otras
órbitas
de un mismo cuando
en cuanto está parado
lado
a lado frente
a frente cuerpo
a cuerpo día
a día a día
de poniente
hasta aurora
ante ahora
de repente
norte en frente.

Arnaldo Antunes


(Laura Garcia del Castaño)



31

Las sensaciones físicas suelen ser de euforia, sosiego, inquietud y de cierto lamento. Cuando se me ocurren los primeros versos y cuando el poema (raramente sucede) está bien terminado, siento esa euforia. El sosiego y la inquietud es la parte media del poema, sosiego cuando siento que voy bien, inquietud cuando no sé para dónde salir, qué asociar. El lamento claramente es cuando el poema no me convence o cuando sé muy bien que está mal y no puedo esperar a corregirlo, es en esos momentos donde aparece la ansiedad de la peor manera. Mi mente trabaja tanto como mi cuerpo a la hora de escribir una poesía, al menos esas sensaciones las siento como una vibración, y puedo aportar también que son de mayor intensidad a la hora de la madrugada.
En cuanto a si me pregunté alguna vez por la relación de cuerpo y arte debo decir que no, aunque mi amigo y maestro literario Diego Sampo me ha hecho referencia a ciertos ensayos que él mismo escribió donde se le daba una clara importancia al cuerpo. (Diego Brando)


32

Al momento de escribir tengo presente la palabra sueños, los que creamos cuando dormimos y los que creamos al levantarnos. Piso la tierra con la totalidad de los dedos de los pies. El resto del cuerpo está suspendido. No es dócil. Estoy atenta.

Libros:

Bachelard, Gastón. El aire y los sueños.
Kusch, Rodolfo. El pensamiento indígena americano.
Le Breton, David. Antropología del cuerpo y modernidad.
Nietzsche, Friedrich. Sobre utilidad y perjuicio de la historia para la vida.
Sennet, Richard. Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental.

Un fragmento:

…Ahora bien, ¿en qué forma enfrenta el indígena su vida emocional? Mejor dicho, ¿podrá mostrarnos otros aspectos de la misma, especialmente cuando se trata de los casos extremos del miedo?
Sayres, en un artículo publicado en América Indígena, señala los problemas psíquicos que sobrelleva la primera generación de mestizos de padres indígenas, ya que aquéllos parecieran sufrir, en mayor medida que éstos, el miedo mágico a la infracción de las normas tradicionales, hasta el punto de que se incrementa entre ellos, por ejemplo, los rituales del asustamiento que en el altiplano andino se llama mancharisca. Mancharisca proviene del manchay, que significa en quechua “tener miedo”, el cual, en este caso es atribuido a la pérdida de ánimo.
A esto se refiere la señora Valda de Jaimes Freyne cuando menciona la doctrina aymara sobre el alma. Según ella, el indígena concibe un alma propiamente dicha, (jachcha ajayu), un ánimo (jiska ajayu) que va quedando prendida de todas las cosas y que de esta manera se gasta, y finalmente un kamasa o sombra, o también llamado coraje que también está representado en un animal. Cuando un sujeto tiene un susto y sufre ciertas manifestaciones, como fiebre, o delirios, o lo que fuera, se dice de él que ha perdido el kamasa o el coraje, como se me informara en Tiahuanaco. En este caso es preciso recurrir a un ritual.
Morote Best lo describe para el mundo quechua de la siguiente manera: Si el asustamiento no es grave, se toma una pizca de tierra del lugar donde ha caído la persona y mientras se la come se dice “hampuy, ánimo…hampuy” (vuélvete ánimo vuélvete). Pero si la enfermedad es grave, entonces se la cura con un despacho. Este consiste en incinerar un envoltorio en el cual se incluyen cerca de quince productos, entre otros, piezas de plomo diminutas, plumas de cóndor, papeles de color. Una vez terminado el despacho, “un paciente debe conducir por el suelo y con la mano derecha el gorro, como si fuera una persona que camina, ya que le sirven de pies las orejeras del mismo. En la mano izquierda porta un poco de tierra del lugar en el cual se produjo la incineración y una moneda de un sol. Mientras tanto en la casa del enfermo la luz debe estar apagada y todos los hombres en silencio. En la oscuridad de la morada se podría ver, si la luz se enciende –lo que no debe hacerse-, a un varón que aprisiona la frente del enfermo y a otro que hace lo mismo con los dedos de los pies, mientras se produce el retorno del alma.
Kusch, Rodolfo. El pensamiento indígena americano. Pp 54-55. CAJICA, Argentina, 1970.



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No tengo sensaciones físicas al momento de escribir. Creo que lo físico queda en suspenso, lo mismo que toda emoción discernible. Predomina un estado neutro, como si estuviera buceando con extrema atención. Llega, sí, un alivio, o cierto alivio, al dar con “la palabra justa”, digamos, en un verso, o al encontrar el cierre adecuado, o el criterio de corrección que demanda un poema. Es una satisfacción íntima y silenciosa. El cuerpo y el arte: hay momentos en que son la misma cosa. El momento de la escritura, por ejemplo. Aunque tal vez sea esa propia mímesis lo que hace que tal percepción, al menos para mí, sea más intelectual que física. Si predominara lo físico, no podría escribir. Como en un vínculo amoroso o erótico: si te entregás en plenitud a la escena, no pensás en escribir ni en pintar. Lo vivís, y punto. Lo otro, en todo caso, viene después. (Horacio Fiebelkorn)


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Al momento de escribir, la relación con mi cuerpo es total: suben oleadas de energía desde mi centro. A veces son latigazos de electricidad; otras, llamaradas más sutiles. Trato de no pensar demasiado en esto, quiero evitar que la mente adquiera demasiado poder en detrimento del saber del cuerpo. Siento y, en el mejor de los casos, dejo salir las palabras. Esto último no ocurre siempre. Se van acumulando con el paso del tiempo, hasta que en un momento me escucho (por lo general a algún bar, esos livings de la existencia) y estalla todo. Después siento que fue una limpieza pero no de algo que estaba sucio. Como en la práctica de yoga, se trata de ir abriendo, de devolver espacios, de expandir lo contraído.
Podría recomendar muchos autores, pero me inclino por Marguerite Duras, El mal de la muerte

(fragmento)

Otra tarde usted lo hace, como estaba previsto, duerme con el rostro en lo alto de sus piernas separadas, contra su sexo, ya en la humedad de su cuerpo, allí donde ella se abre. Ella lo deja hacer.


Otra tarde, por distracción, usted la hace gozar y ella grita.


Usted le dice que no grite.


Ella dice que ya no gritará más.


No grita más.


Jamás de ahora en adelante ninguna otra gritará por usted.



Quizás obtenga usted de ella un placer hasta entonces desconocido para usted, no lo sé.


Tampoco sé si percibe el sordo y lejano zumbido de su goce en su respiración, en ese suavísimo estertor que va y viene de su boca al aire exterior. No lo creo.


Ella abre los ojos, dice: Cuánta felicidad.


Usted le pone la mano en la boca para que se calle, le dice que no se dicen esas cosas.


Ella cierra los ojos.


Ella dice que ya no lo dirá más.


Ella pregunta si ellos sí hablan de eso. Usted dice que no.


Pregunta ella de qué hablan. Usted dice que hablan de todo lo demás, que hablan de todo, excepto de eso.

Marguerite Duras. El mal de la muerte. 1982.


(Griselda García)


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Creo que el cuerpo entra en la escritura a partir de la emoción. Me parece evidente la relación entre cuerpo y escritura. Está claro que no es sólo emoción lo que construye una obra poética –así como no es sólo emoción o corporalidad lo que nos constituye como seres humanos- pero considero que el ejercicio del arte desde el no reconocimiento de la emoción genera una obra impotente: humanamente incompleta, sin lucidez, sin vida. Creo que el universo entero está en cada partícula de mi cuerpo y de los seres, animados e inanimados, que me rodean. Intento percibirlo y expresarlo. (Carina Sedevich)


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El cuerpo creo que manifiesta lo que nos pasa como el arte y juntos son parte de la obra, al trabajar, al pensar, al escribir, todo nuestro cuerpo interfiere en el hacer. Hay artistas que lo incorporaron a su obra sobre todo en los años 60’, con el desarrollo de los happening, la performance pero siempre está presente en el proceso creativo. (Patricia Uncini)


37

La relación con el cuerpo es de absoluto olvido. Lo maltrato indeciblemente con posturas, con acciones, con lo que estoy tratando de trabajar últimamente. Algo que necesariamente debo cambiar. Es más, en algunas obras muy grandes, por las necesidades motrices que requiere el trabajo y por el esfuerzo al que me someto, termino completamente deshecho. Es algo compulsivo y nada feliz. Es como si el resultado de ver el trabajo, de esa ansiedad desbordada que me invade, convalidara cualquier esfuerzo imposible al punto tal de que puedo haber concluido la tarea de un día y haberme lastimado sin darme cuenta. Últimamente empecé a explorar, de manera rudimentaria, la práctica de la meditación para contrarrestar un poco esta manera un tanto autodestructiva de trabajar.(Alejandro Argüelles)


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La sensación física viene cuando escribo a mano, es decir cuando corrijo, corrijo obsesivamente, más de lo que escribo. En el teclado no hay letra de uno ni cuerpo. Ahora bien, me la paso bastante con el cuerpo por el motivo siguiente: soy un caminante, camino diariamente una hora y media, ahí en ese linyerismo trabajo los temas, la forma, la música que va a tener la pieza en cada línea y en su totalidad. Digo las piezas en voz alta una y otra vez y también las canto. Si un poema me resulta duro de cantar vuelvo a componerlo. Probablemente haya otros cuerpos posibles en uno. Yo los desconozco.
Hay dos autores que tratan muy bien los cuerpos, Nietzche en su texto “De los despreciadores del cuerpo” y Deleuze en “El cuerpo de Spinoza”
(Alberto Muñoz)


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Sensaciones físicas: Ninguna en el cuerpo, solo en mi mente, como si fuese un proyector interno de guiones cinematográficos. Mi cuerpo tal vez sólo sea el elemento mecánico que proyecta dentro de mí, como en una minisala de cine, aquellos guiones cuyo único espectador somos mi gato y yo.
Recuerdo a  Jack Kerouac, acá abajo sus palabras:
"Aquello que Rembrandt o Van Gogh lograron ver en la noche no podrá ser visto nuevamente"
O las palabras de Van Gogh:
"Los cipreses me preocupan siempre, quisiera hacer algo como las telas de los girasoles,
porque me sorprende que nadie los haya hecho todavía como yo los veo."


40

En mi caso, el momento de escribir poesía (que no es igual al de escribir otro tipo de textos) es un momento de concentración de la energía, incluso aunque parezca olvidarme de lo corporal. Siempre siento la poesía en el cuerpo, tanto al escribirla como al leerla; algo parecido a lo que me sucede al escuchar música o cuando canto. Creo que escribimos con el cuerpo, inevitablemente, y que la escritura también deja su marca en él.
En mi caso, el momento de escribir poesía (que no es igual al de escribir otro tipo de textos) es un momento de concentración de la energía, incluso aunque parezca olvidarme de lo corporal. Siempre siento la poesía en el cuerpo, tanto al escribirla como al leerla; algo parecido a lo que me sucede al escuchar música o cuando canto. Creo que escribimos con el cuerpo, inevitablemente, y que la escritura también deja su marca en él. En equilibristas incluí como epígrafe unos versos de Luciana Mellado que dicen "el cuerpo sabe hablar/ y habla". Creo que la poesía y el arte en general son una de las formas en que el cuerpo habla, y toda la obra de Luciana es un ejemplo de eso. Aprovecho para recomendar sus libros –Las niñas del espejo (2006), Crujir el habla (2008), Aquí no vive nadie (2010), El agua que tiembla (2012) y Animales pequeños (2014)– y compartir uno de sus poemas:


lengua afuera de la perra adentro

tu aliento, creación de madera
busca pocos alimentos

esa trampa nunca te hará libre
por más que insistas en belleza

tu hambre viene de lejos
de otro frío
de otra noche

¿podrías jurar que sentís tristeza?
¿alegría?

ahora mismo podés ser la perra afuera
no metafóricamente
la perra afuera

el universo te cabe en una mano
plegado como un origami puede pasar
debajo de todas las puertas

¿estás triste todavía?
¿estás adolorida?

son los ovarios
la sangre que hablan
pero no duelen los ovarios
dicen
y si no duelen
no existen

podés ser la perra ahora mismo
afuera

escuchar el frío podés
escuchar los ojos que miran con otra lengua
otras leyes y sanciones

¿Kafka se lavaría las manos
con jabón blanco?

la higiene es importante

pero el goce no aprecia la limpieza
y sus fríos

la limpieza amansa el cuerpo real
porque le teme

hay que lavar las impudicias
la sangre que no se note
la sangre que no se note

y esos perros olfateando
la entrepierna
siempre
animales

la sangre se escapa porque la perra
es cachorra todavía
no la necesita

la perra está adentro
con un cuerpo dicho
desmejorado
sangra

el juego de la belleza
no tiene apuro

una palabra para decir quiénes somos
no es posible
porque una lengua no se tiene
porque un cuerpo no se tiene

lo que se tiene son cosas
y sólo las cosas pueden ser dichas

la sangre es un aliento rojo
que está afuera y adentro
y no sabe
no espera
no explica
no necesita nada
no está pensando en el cumpleaños de su madre
doliéndose los ovarios

esto es una silla
esto es una letra
esto es un suspiro entre tanta asfixia
legislativa y policial

serás feliz
serás algo
serás alguien
serás normal
serás mujer
bandera

serás el patio de un colegio

y amarilleando crece en la memoria
la noche orinada en un ladrillo
por qué mamá mis riñones no andan
tu padre
el cuerpo de tu padre y de sus padres
y sus padres y padres
vienen con mal riñón

vengo de ese riñón y el tiempo sigue picoteando

tengo miedo mamá
el ladrillo está caliente
y la noche fría

afuera la perra que soy está callada
y adentro
ladra
ladra
ladra

(Valeria Cervero)



41

Al momento de escribir necesito llegar cansada o mareada. Muchas veces camino, doy vueltas por el mismo lugar hasta que aparece una frase que desencadena el resto del texto. Lo que sé es que no puedo despertarme y escribir, por ejemplo, la energía que tengo en ese momento no me lo permitiría. Muchas veces limpiar también me sirve, después me doy un baño y en ese estado de cansancio y renovación saco lo mejor de mí. Esto hace que la relación de mi cuerpo con la escritura sea vital, de hecho, más profundamente, creo que la fuerza que me mueve a escribir es de origen sexual, que no necesariamente se relaciona con un acto sexual, sino que lo es en su particularidad de exponer mi cuerpo y el deseo a determinados límites para llegar a un fin. Creo que toda creación artística conlleva una sublimación de las pulsiones libidinales. En mi caso, no podría contemplar la belleza de una flor, por ejemplo, en un estado de energía normal. El agotamiento me permite frenar el torrente de pensamientos impropios y abrir un camino hacia mi observación vital. Si yo miro esa flor que abre sólo de noche y habita el pasillo de mi casa, con ojos despiertos, sólo voy a ver que es hermosa, imponente, frágil, suave, agraciada. Si a esa misma flor la miro cansada probablemente la vea más como a mí, valiente, misteriosa, oculta, fantasiosa, oscura, sobreviviente, histérica.
Para esto recomiendo la lectura de un clásico que no deja de hacernos preguntas, “Ulises” de James Joyce, comparto aquí un fragmento del monólogo de Molly Bloom:
“el sol brilla para ti me dijo el día que estábamos acostados entre los rododendros sobre la puerta de Howth con el traje de tweed gris y sombrero de paja el día que conseguí que se me declarara si primero le pasé el pedacito de pastel que tenía en mi boca y era año bisiesto como ahora sí hace dieciseis años mi Dios después de ese beso largo casi me quedé sin aliento sí me dijo que yo era una flor de la montaña sí entonces somos flores todo el cuerpo de una mujer si ésa fue la única verdad que me dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí por eso me gustaba porque vi que él entendía lo que era una mujer y yo sabía que siempre podría hacer de él lo que quisiera y le di todo el placer que pude llevándolo a que me pidiera el sí y primero yo no quería contestarle sólo miraba hacia el mar y hacia el cielo y estaba pensando en tantas cosas que él no sabía”  (Manuela Suárez)


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Creo que el cuerpo tiene un lugar especial en aquello que escribo. Esos detalles, esos momentos de los que hablé, siempre cobran un sentido si es el cuerpo el que está comprometido. Como si hubiera un modo de sentir lo que dice la lengua y escribe la mano, la poesía repercute en mí generalmente en el aire, en el aliento. Leo lo que escribo, cada verso, leo una y otra vez y me ahogo o me libero y, mientras leo, ajusto la imagen en función del aire, de su exceso o de su falta con la que quiero aguijonear. Mi cuerpo se funde, busca fundirse; cuando logro eso, leo el poema y sonrío.
 Muchos autores vienen a mi mente al hablar del cuerpo y de la escritura. Pero ofrezco este fragmento del filósofo  Jean-Luc Nancy, de su libroCorpus, que justamente estuve leyendo en estos días:

      “Escribir: tocar el extremo. ¿Cómo entonces tocar el cuerpo, en lugar de significarlo o de hacerlo significar? Uno está tentado de responder con prisa que o bien eso es imposible (…), o bien que se trata de remedar o de amoldar el cuerpo a la misma escritura (bailar, sangrar…). Respuestas sin duda inevitables –sin embargo, rápidas, convenidas, insuficientes: una y otra hablan en el fondo de significar el cuerpo, directa o indirectamente, como ausencia o como presencia. Escribir no es significar. Se ha preguntado: ¿cómo tocar el cuerpo? Puede que no sea posible responder a este cómo, como si de una pregunta retórica se tratara. Pero lo que hay que decir es que eso –tocar el cuerpo, tocarlo,  tocar en fin- ocurre todo el tiempo en la escritura.
Puede que eso no ocurra exactamente en la escritura, si esta tiene un “dentro”. Pero a orillas, al límite, en la punta, en el extremo de la escritura, no ocurre sino eso. Ahora bien, la escritura tiene su lugar sobre el límite. No le ocurre, pues, otra cosa a la escritura, si algo le ocurre, que tocar. “ (Loreley El Jaber)


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Mientras trabajo bailo. Por eso estoy de pie, pinto con todo el cuerpo. Cuando pinto desaparezco y se aplaca esa violencia hormonal controladora, masculina que es tan detestable. La casa se armoniza. Participo del movimiento de los árboles, la respiración del monte, el comportamiento de las mareas. (Gabriel Martino)


44

En Kyrios, mi último libro, intenté ponerme en la piel de los Padres y Madres del Yermo. En el siglo IV, luego de la paz constantiniana, un número importante de monjes, ermitaños y anacoretas abandonan las ciudades del imperio romano para ir a vivir al desierto. Mi idea fue tomar prestadas esas voces, hacerlas hablar en mi voz. Me tracé un plan de trabajo, un derrotero. Tomé notas. Sin embargo, la dinámica de la escritura me llevo hacia otro lado. En mi cuerpo la voz de un santo hablaba de otro santo, me decía que todo era espurio. Decidí abandonar la brújula de la razón. Me transformé entonces en una especie de caja de resonancia. Y anoté lo que decían las máscaras.
Recordé el poema de Horacio Castillo:

Arte poética

Soltar la lengua, de manera que no trabe el producto
que viene desde adentro, impulsado
por una fuerza superior
y el hábil juego de riñón y diafragma;
insistir presionando los músculos
como para expulsar
un caballo o un cíclope;
repetir el procedimiento
provocándolo inclusive con los dedos
o una materia acre,
hasta quedar vacío, sólo reseca piel,
odre para colgar del primer árbol,
extenuada matriz de lo volátil, acaso de la luz.


Horacio Castillo, Materia acre, 1974


 (Diego Roel)


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Escribir siempre me facilitó la transmigración. Salir del cuerpo familiar hacia otros mundos. Como todo en mi vida, ese vínculo cambió cuando dejé la comodidad de la ciudad y me vine a construir "Nautilus" en El Delta. Estamos lejos de lo civilizado, el verde avanza y es imposible de disciplinar, aquí hay que aceptar que el hombre no maneja nada, el ritmo lo imponen la vegetación, el clima o las crecidas. Hacer una casa, aprender a martillar y a serruchar, esa “alegría del músculo” abrió otra dimensión del aquí y el ahora.
 Recuerdo el impacto de leer Museo Salvaje (Losada,1974) en donde Olga Orozco dedica un poema a cada parte de su cuerpo:
"Este cuerpo tan denso con que clausuro todas las salidas /este saco de sombras cosido a mis dos alas. El cuerpo como cárcel del alma, algo que podía dejar atrás a través de la escritura."
Mucho de lo que escribo va tomando cuerpo mientras nado, o amaso, o tomo mate en el muelle, y esa fuerza insiste, hasta que es necesario llevarla al papel o al teclado.
 (Marisa Negri)



46

Contestar sobre mis sensaciones físicas al escribir, es más difícil todavía, porque son siempre distintas. Me interesa mucho la relación entre el cuerpo y el arte. Pienso enseguida en Artaud, claro, pero también en otros. Deleuze es uno que me aguijonea el pensamiento siempre. Ahora mismo estoy leyéndolo y releo y releo “cómo hacerse un cuerpo sin órganos”, escrito con Guattari, en Mil Mesetas (1988) y creo, con esa sensación de esclarecimiento que a veces irrumpe y nunca puedo verbalizar organizadamente, que entiendo algo de ese vínculo.
Quiero compartir una pregunta y una reflexión formuladas en este libro:
 “¿Tan triste y peligroso es no soportar los ojos para ver, los pulmones para respirar, la boca para tragar, la lengua para hablar, el cerebro para pensar, el ano y la laringe, la cabeza y las piernas? Por qué no caminar con la cabeza, cantar con los senos nasales, ver con la piel, respirar con el vientre. Cosa simple, Entidad, Cuerpo lleno, Viaje inmóvil, Anorexia, Visión cutánea, Yoga, Krishna, Love, Experimentación. Donde el psicoanálisis dice: detenéos, recobrad vuestro yo, habría que decir: Vayamos todavía más lejos, todavía no hemos encontrado nuestro CsO, deshecho suficientemente nuestro yo. Sustituid la anámnesis por el olvido, la interpretación por la experimentación. Encontrad vuestro cuerpo sin órganos, sed capaces de hacerlo, es una cuestión de vida o de muerte, de juventud o de vejez, de tristeza o de alegría. Todo se juega a ese nivel”
(Luciana Tani Mellado)



47

Cuando escribo, dejo de prestarle atención al mundo exterior. Desaparecen el rumor de los autos, la ventana, el café, la mesa y la lapicera; pero, si todo sale bien, lo que aparece a cambio es un momento de conexión con esa parte misteriosa e invisible que también nos rodea. (Patricio Foglia)


48

La experiencia de pintar me lleva a la idea de que la pintura es una práctica absoluta del cuerpo. Creo que se trata del cuerpo, aunque sospecho que hay "otras cosas" mis sensaciones pintando son casi siempre físicas y algunas veces visuales. El cuerpo es pintura hasta que el soporte, tela o papel, lo relega. De este modo percibo una sesión de pintura, como una experiencia pura y absolutamente física o en todo caso instintiva (Martin Reyna)


49

Nadie sabe todo lo que puede hacer un cuerpo, más allá de uno. Esto es casi una cita de Spinoza, que miraba la habilidad de las arañas, la compleja y poligonal factura de sus telas, y pensaba que no era pensamiento la causa de sus diseños. Segregamos frases como otros animales hacen cera o cultivan hongos bajo tierra o braman, croan, mugen. Para mí el cuerpo es una relación con lo involuntario, que es, como suele decirse, la mitad del arte. (Silvio Mattoni)


50

En relación al cuerpo (nunca me lo había preguntado hasta ahora, gracias por despertar esta inquietud) siento oleadas de excitación ante el impulso de crear y oleadas de tranquilidad a medida que veo resultados. Más allá de que esos resultados inmediatos luego formen un poema. En general dejo bastante “en remojo” las cosas.

Me gusta mucho Alberto Muñoz, por su inmensa variedad de registros:

"Mirar a un gato encerrado/ Simplemente para verificar la eficacia de la frase "aquí hay gato encerrado" encerré un gato. La llave del candado la guardé en un cajoncito de la cómoda y me desentendí del experimento durante 24 horas. Al día siguiente, fresco, sin ambages, procedí a comprobar lo que desde un principio suponía: en la habitación no había ningún gato; la literalidad resulta hueca; se promueve esa expresión porque el misterio es lo único que no aburre en la vida".  (Joaquín Valenzuela)



51

En mi caso el procedimiento de escritura se inicia con lo sensorial como disparador. Luego viene la evocación, ya sea de la sonoridad de una palabra para ver si se repite en el cuerpo lo mismo que sintió en el momento de oírla por primera vez, o del silencio que media entre palabra y palabra para sentir qué tanto se hunde, qué tanto respira. Si logro escribir el poema, lo que sobreviene es una sensación de calma, cambia el ritmo de la respiración, hay algo que se libera adentro. Aunque siempre sobreviene una sensación de que algo se escapó y no fue exactamente eso lo que se quería decir.

Quiero compartir un texto de Abelardo Castillo, de su libro Ser escritor, donde habla de la evocación, citando a Rilke, que siempre me conmueve:

“Consejo para poetas

“Creedme que todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros” (Rilke)”
(Valeria Pariso)


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Creo que la sensación física que más se repite en mí momentos antes de que lleguen algunos poemas (no todos) es la de un vacío inmenso. Un silencio que se ha adueñado de todo lo que somos y de golpe desde allí irrumpe un poema. Más allá de esto, me he preguntado durante bastante tiempo sobre la relación entre el cuerpo y el decir, sobre su memoria. De ello surgió el texto: “Sobre la memoria de los materiales”. (Carolina Massola)


53

Trabajo con mi cuerpo, muchas veces lo que pinto es un gesto del cuerpo. Últimamente el cuerpo tiene que pasar por situaciones extremas, de frío, calor, bichos, incomodidades varias, ya que viajo a lugares donde las condiciones son bastante extremas….desde allí el cuerpo suele estar muy involucrado y la obra se empieza a teñir de las sensaciones corporales.
John Berger habla en un libro ¨El cuaderno de Bento¨sobre la mirada en el dibujo en relación a la conducción de una moto, ¡hermoso texto! (Margarita García Faure)


54

En el momento en que estoy escribiendo, el cuerpo, de algún modo, desaparece, deja de tener importancia. Pero, cuando me levanto de la mesa en la que estuve trabajando, es como si acabara de correr dos horas seguidas" (Diego Muzzio)


55

Cuando la luz de la lámpara ilumina las palabras del libro que estoy leyendo acostado en el sillón y va formando frases, ideas, y esas ideas alumbran algún pensamiento atendible en mi cabeza, enseguida lo saboteo. Tomar la dirección inversa a mi razonamiento es una lucha constante, un trastorno de ansiedad generalizado, un embole. Me aferro a mi juicio a partir de una primera impresión, como al miedo de perderlo y canjearlo por otro. Después no sé si me ganan por cansancio o abusan de mi desprestigio. Pero de a poco empiezan a surgir afinidades, gustos musicales, empiezo a parecerme a lo que leo, a sentirme contemporáneo del florecimiento de la época. (German Kramer)


56

Como el poema es un asalto, mis sensaciones al escribir son algo vertiginosas; me viene al pensar en esto la palabra arrebato. Y voy a buscar un libro de Tununa Mercado, que siempre me ilumina: “(…) ganar el espacio de la escritura es un arrebato, palabra cuyo doble sentido (…) dice la índole del acto: por un lado arrebato en el sentido de apropiarse de algo (…) y arrebato en el sentido de rapto, fascinación, perplejidad, estupefacción.” Yo vivo, y el poema aparece y en algún sentido me toma, y yo a su vez tomo ese momento, colándolo en el ajetreado día a día. Pero no me aleja de la vida, me distrae apenas. Desde las sensaciones corporales, podría describirlo como un sacudón. Cosquillas, arrebato, apuro. Escribo rápido para que no se me escape. Hace poco me pregunté por la relación entre cuerpo y poesía cuando vi y escuché en una lectura a Inés Manzano. No leía, recitaba de memoria. Ella estaba parada, se mecía muy suavemente como un junco su cuerpo y los poemas salían de su boca con una naturalidad y organicidad que me impactaron mucho. Y me impactaron en el cuerpo. Cada poema en sí era un cuerpo, ocupaba –habitaba, más bien- el espacio. Música y danza. (Florencia Fragasso)


57

Respecto a las sensaciones físicas, tengo una idea bastante escatológica. La sensación física es la misma que me pasa al mirar un árbol o un río. No es cartesiana, pero tampoco me desligo completamente. Tengo la sensación de que el taller es como un cuerpo. Pero en el momento de trabajar es como “ir de cuerpo”. Quiero comparar el taller con el baño. Recuerdo que en un momento de viajes, me interesaba conocer los baños, el baño de Yupanqui, el baño de Manuel de Falla, el baño de Spilimbergo o de Castagnino. Todos por esta misma razón. Es una comparación fuerte pero real. Es un momento del cuerpo a solas consigo mismo, reflexivo, observador, atento, muy atento. La relación con el cuerpo es totalmente natural, diría. También me interesa pensar la pregunta por el cuerpo. Como juegos de lenguaje. Mi relación con el cuerpo de quién. Con el cuerpo de las cosas, con el cuerpo del soporte. A veces hay un momento en el que al trabajar o estar concentrado, todo se vuelve cuerpo. El cuerpo como una forma de recepción, de vacuidad, el cuerpo como el lugar para recibir una ausencia (Berger), el cuerpo como existencia bruta y salvaje. Plotino diría que no tenemos cuerpo, que es el alma el que lleva un cuerpo. Entonces, es como manejar una máquina. No creo, vuelvo a Zelarayán, no existen los cuerpos, ¿existen los hablados por el cuerpo? Pienso en artistas que usaron su cuerpo como soporte, como Carlos Leppe (artista chileno), como Alberto Greco, como Liliana Maresca; o los cuerpos de Bacon, de Macció, de Giacometti. Pero también es pensado el cuerpo invisible de Morandi, de Rothko o de Chillida. Sin embargo en todos esos cuerpos hizo nido una historia, una poética. Volvemos a ser hablados siempre. (Ramiro Sacco)


58

El cuerpo, su comportamiento y el espacio son algunas claves para mi trabajo. Me formé en una casa de arquitectos, muchos años de danza y una carrera en Historia del Arte en la Universidad de Buenos Aires. Recomiendo: El Arte de la Performance, Editorial de Arte Gaglianone, 1986
Trabajo para poder perder la gravedad de la ley que es la que nos impide salir volando. (Marina De Caro)


59

En la escritura lo que viaja es mi cuerpo. Un montaje de brazos y piernas puestas a disposición del papel. Se desplaza nada metros. Y sin embargo se mueve. Como una roca quieta. Como un paisaje debajo del casco de moto. Hay una verdad chiquitita que se encuentra. Peregrinación del lenguaje, mucho antes que el lenguaje. Como un poco atrás del cuerpo. Como dice un proverbio del motociclismo: Yo no hago la ruta, ella me hace. Escribo con los muchos que empujan sin estar, los muchos que no estando, niegan la ausencia. Es un ejercicio de estar alerta al detalle. A sacarle el jugo al viento. Leer y leer. Mucho. Pero mucho. Viajar mucho. Pero mucho. Poner el cuerpo en la ruta. El cuerpo en el papel. Como si fuera un ataúd vital. Una vez puesto todo en la mesa, todo lo que soy, hacer con eso otra cosa, casi otra cosa sin manchas de aquello que soy. Pongo el cuerpo y la memoria del cuerpo en la mesa antes de escribir pero la palabra cuerpo nunca pasa el tamiz. El cuerpo queda afuera para escribir casi siempre. Se transforma en otra cosa. No es una bandera, sólo es la biografía de cómo escribo yo, hasta el yo de hoy.  Por ejemplo hay un libro que recomiendo y por ende una poeta: Amansalva de Emilce Strucchi. Donde el cuerpo se hace carne en el libro. Hay un poema que cierra el libro anterior La luz es otra cosa, y que abre  (la poeta hizo la repetición adrede) Amansalva:

como quien sale al mundo por vez primera
ella extiende límite a su llanto:
la ronca huella
no su calor

y busca el rostro con los puños cerrados
se acerca a ciegas a su boca
y a ciegas
se aproxima a conocer el pecho
hasta olvidarse el cuerpo en los brazos del hijo

para ser murmullo
el olor gutural
y un estallido que asesine la región del simulacro
ese bocado de humanidad que le arrancaron a un hueco del destino
por donde un ala sangra su parte de fracaso
y no hay quien tenga recuerdo de su origen:
ninguna foto
para testificar tantos preludios
abrazados a heridas implacables
(o ciertas)
cuando era alondra y desbordaba el canto

como quien regresa con mi fe intacta
para reconstruir su muerte en paz
curvándose sobre estos pies difusos…

a mis espaldas se alzan voces

susurran
un delito anterior

del libro Amansalva de Emilce Strucchi, ed. Deldragón, 2006.
(Javier A. Saleh)


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Lo físico es un aspecto fundamental de la poesía. La poesía no es nada sin respiración y sin oído. Cuando una palabra sube y baja por el aparato fonador y se enreda en algo y se pierde, se vuelve distinta (Shklovski dixit). Esa distinción puede estar en nosotros o en la palabra aunque una vez incorporada no hay frontera visible. A veces me gusta pensar que la palabra es como una bomba o una caja de Pandora o, por el contrario, una cueva de Alí Babá o una caja de música, pero algo que lleva en sí un secreto múltiple.
 Hay un texto de Octavio Paz de El mono gramático que habla de la relación entre el cuerpo y la escritura:
“ El camino es escritura y la escritura es cuerpo y el cuerpo es cuerpos (arboleda). Del  mismo modo que el sentido aparece más allá de la escritura como si fuese el punto de  llegada, el fin del camino (un fin que deja de serlo apenas llegamos, un sentido que se evapora apenas lo enunciamos), el cuerpo se ofrece como una totalidad plenaria, igualmente a la vista e igualmente intocable: el cuerpo es siempre un más allá del cuerpo. Al palparlo, se reparte (como un texto) en porciones que son sensaciones instantáneas:  sensación que es percepción de un muslo, un lóbulo, un pezón, una uña, un pedazo  caliente de la ingle, la nuca como comienzo de un crepúsculo”. (Emilio Teno)



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...la relación de la escritura con el cuerpo es mediúmnica; uso esta palabra a pesar de que sugiere “inspiración”, que es un concepto que no describe lo que sucede cuando escribo. No estoy comunicándome con los dioses ni con espíritus, sino con el “paisaje interior” que emerge de la confluencia de lo visto, lo vivido, lo pensado y lo sentido. El poema es el resultado de llevar ese paisaje a una página por medio de las letras, por medio del idioma de que dispongo, que a veces es suficiente y otras, no. Otra sensación que tengo (que es, evidentemente, sólo una sensación) es que durante todo el proceso de escritura (la mano moviendo la lapicera o apretando las teclas del tablero de la computadora, la espalda un poco inclinada hacia la mesa, el torso un poco tenso, la vista concentrada en el movimiento de las letras y la mano) el cuerpo permanece tenso, como si no hubiera otra cosa que la escritura misma. Escribir poesía cansa. Pero es un cansancio que empieza y termina en una gran felicidad. (Fabián Iriarte)


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Tengo la impresión de que las sensaciones físicas también cambian. Cambian según el proyecto y según el momento que uno esté viviendo. Cambian si se está escribiendo a plena luz del día o junto a “una candela encendida”. Cambia si se está escribiendo en un cuaderno o en la computadora. Cambian los sonidos que acompañan a la escritura. Y por lo tanto el silencio. El movimiento de las manos y la posición de todo el cuerpo cambia. Las sensaciones pueden acompañar lo que se está escribiendo —las visiones, las texturas. También están las reacciones que más que sensaciones son sentimientos: ante lo que se escribe, ante lo que estuvo detrás de lo que se escribe, ante lo que aparece en el momento de la escritura y nos revela ese extremo que no habíamos considerado y nos produce ese tipo especial de escalofrío —tácito, asordinado, más como del alma que del cuerpo. (Mercedes Roffé)


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¿Sensaciones al momento de escribir? Todo pasa por el cuerpo y es en el cuerpo donde siento que un texto que voy haciendo va por buen camino o naufraga por inanición. La poesía y la ficción, sus escrituras (y su lectura) pasan fundamentalmente por el cuerpo pero luego a eso casi siempre le sigue una mirada si cabe más intelectual, más racional, por aquello que dijo Drummond de Andrade “eso que piensas y sientes, eso todavía no es poesía” (María Teresa Andruetto)



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El cuerpo está constituido por infinitos materiales: algunos comprobables y otros intangibles. Somos una era geológica que mide su tiempo en minutos. Nuestro cuerpo es una tierra macerada, capa sobre capa. Piedras, arena, viento, la frase que cayó en desuso hace una década, las raíces que conocemos y las que se pierden en el ruido de la historia; lo que él dijo antes de irse para siempre; el color del vestido aquel con el que recibiste la primavera (“anaranjado”); la manera de entender el mundo de mi vecina y sus 90 años -a quien escucho desde mi ventana cada mañana-; el perro que aúlla cuando empieza a llover en la terraza cercana; el olor a las hierbas que viene de los cerros de tu infancia… El cuerpo es tan denso y corrosible como la historia de la tierra. Y a la vez, poseedor de una dimensión imaginaria e infinita. Lo dicho, lo oído, lo leído, lo que es paisaje, memoria, ritmo, olor, reside en el cuerpo. Es como todo lo que creemos poseer: tan cercano y a la vez tan desconocido ("voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo"), escribió Viel Temperley, acosado por la enfermedad). El poema (como cualquier otro lenguaje artístico) es el que bucea en esa caja de resonancia que es el cuerpo. Busca la forma en que el mundo nos ha tallado y la forma en la que nos daremos al mundo. Tanto en lo que escribo como en lo que recorto, pego, coso, el cuerpo es presencia. No solo en su carnalidad, sino en su condición sagrada de albergar un espíritu. Sé tanto de él como nada sé de él. A bordo de mi cuerpo hago este viaje por el tiempo presente. (Alejandra Correa)


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La poesía se hace presente en nuestras vidas porque ella toma los cuerpos de aquellos y de aquellas que naturalmente heredan o reciben, en gracia, el don de la palabra, creo que hay niveles de calidad en la producción poética, como existen niveles y jerarquías en cualquier profesión y en el ámbito moral. De todos modos todo es relativo.El acto de poetizar es develar. Miramos la realidad presente, decantamos las visiones y los sentimientos, y al final, si sabemos descorrer los velos, aguarda desnudo el poema. No creo en el espíritu ni en el alma, sólo en el cuerpo. Y estoy convencido de que el pensamiento, la sensibilidad estética y el mundo afectivo, son decantaciones sutiles de la energía corporal. Recomiendo sobre el cuerpo las reflexiones de Nietzsche, Deleuze, Freud y Lacan y desde la Antropología, las recopilaciones de Silvia Citro. (Carlos Garro Aguilar)


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Aunque la felicidad que procura escribir, o culminar un poema es claramente física y eufórica, no he pensado con detenimiento el tema, o no vinculo de modo especial el cuerpo con la escritura. Al menos, en el acto mismo de escribir. Para decirlo de un modo ridículo, escribir sería “casi un hecho espiritual”. De todos modos, escribir es un modo físico de estar en el mundo. (Miguel Gaya)


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Me animo a creer que la infancia, que suele ser vista más como una etapa, puede perdurar como un estado del espíritu. Ese estado de memoria vital y corporal, hace que de alguna manera estemos a salvo del paso del tiempo y de la muerte. Cuando dibujo, vuelvo a entrar en ese territorio, con la misma incertidumbre inaugural de los nacimientos. Con la escritura es diferente. Ella suele ser la que pone mayor cordura y me invita al comienzo de un juego que siempre terminará con un placer distinto, el de un rigor muy parecido al trabajo de un relojero. Un libro para recomendar
“El cuerpo poético”, de Jacques  Lecoq (Pablo Médici)



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Escribir, para mí, empieza antes de agarrar la birome o el teclado, es en general cuando algo me hace cierta cosquilla en la mente; siento como una luz en el entrecejo que me alumbra, pero también me encandila, y quiero que se quede y a la vez que se vaya. Después, cuando agarro la lapicera, el cuerpo deja de existir, puedo escribir en las posiciones más incómodas sin darme cuenta, sólo noto el cuerpo cuando termino de apagar esa incandescencia, porque estoy más tranquila y puedo notar que por ejemplo la espalda me pide que la estire, o el entrecejo que lo afloje, y la mano que la relaje. 
Luego, al cuerpo lo pienso mucho a la hora de leer. Cuando corrijo mis propios textos trato de que sean orgánicos, que de alguna forma repercutan en algún lugar físico del que lee. Un lector que imita lo que lee en una descripción casi sin darse cuenta, un lector que sienta una cosquilla puntual y específica de inquietud o calentura, en la distintas zonas de la panza y la espalda: esas son dos de las cosas que más me gusta que me pasen cuando leo y que más deseo lograr generar con lo que escribo.
El ejemplo máximo de esa sensación orgánica en la escritura, que hace que el lector ponga el cuerpo mientras lee, creo que es el principio de Lolita, de Vladimir Nabokov. Es tan perfecta que funciona incluso traducida. Va en inglés (que es in-cre-í-ble) y en español también, entonces. Es maravilloso cómo la boca hace lo que estamos leyendo, casi sin tener consciencia, incluso sabiendo que lo va a hacer y tratando de evitarlo, lean y noten cómo mueven la lengua:
“Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta.”
"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta." (Daniela Pasik)


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Porque ahora solo trato de mirar más de cerca y sumergirme en la obra, perderme en el color, en la sensación que se desvanece cuando elijo uno y no otro.
He descubierto pintando que una mano no se atreve muchas veces a tocar lo real. Toca y cruza el destino y borronea una imagen al borde de la nada.   
He descubierto pintando que esa visibilidad ha ido creciendo y que los rostros de la luz. Porque ahora miro la luz y reconozco que los contornos son una mera ilusión y sé que la realidad está ahí, está en mí. Y la mano que siempre bordea la nada.
Creo que el autor que me gusta hablando sobre el cuerpo es Didi Huberman: La Venus rajada es impresionante. Otra, es Susang Sontang. (Hilda Paz)


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El cuerpo de la poesía es un cuerpo en movimiento ya que requiere recorrido. Aunque muchas sean las horas de trabajo con los textos, no hay en mi caso materia prima que no requiera recorrido que de algún modo ponga en juego al cuerpo.  Me interesa mucho el vínculo entre lo onírico  y la vigilia, es un fenómeno que indago permanentemente en los textos. (Sara Cohen)


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En cuanto a las sensaciones físicas al momento de escribir, me ha pasado de estar escribiendo una escena de pelea y replicarla en el living de mi casa para entender el movimiento de los cuerpos, las posiciones de defensa, el golpe, el esquive. Cuando trabajaba en la novela infantil Terror en Diablo Perdido, que trata del fantasma de un gaucho matrero que debe matar a tres niños para cumplir un pacto con el Diablo, agarré un cuchillo de la cocina y me puse a tirar puñaladas a diferente altura. Quería experimentar el pisotón de la estocada y esas cosas. No es algo habitual, pero sucede. Lo más habitual es la caminata urgente por la calle para destrabar un capítulo que no avanza. (Horacio Convertini)


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Creo que la cuestión del soporte para pensar la escritura es fundamental. En unos ejercicios de entrenamiento teatral estuvimos investigando últimamente las posibles relaciones entre la fantasía y la acción física. La consigna parece simple: fantaseo una imagen, voy y la realizo. Pero no es nada simple. Porque puedo fantasear que vuelo y, sin embargo, no puedo volar. Ni atravesar una pared, ni cantar como Barry White. Son las limitaciones del cuerpo humano y de mi propio cuerpo singular. Incluso, están las limitaciones de mi deseo o mi capacidad: puedo fantasear que levanto un mueble muy pesado y quizá si lo intente lo consiga, pero a costa de lastimarme un músculo o quedar agotada; así que probablemente mostrar la fuerza de Super-chica esté bien para la fantasía, pero no voy a hacerlo en una escena, porque no me da el soporte y el soporte habilita una acción dentro de su propios límites, más allá de lo que la fantasía pida. Luego, con las manos en la masa, descubrimos que, adentro de esos límites, las posibilidades son millares y es con la conciencia de esos límites que aparece la creatividad real en la realización de una imagen para la escena. La fantasía finalmente se inserta ahí como un operador más. 
El escritor se enfrenta siempre a los límites de la materia. Celebra una forma de creatividad que es un ejercicio físico, para el que hace falta fortaleza y persistencia. No es médium sino obrero. El escritor se enfrenta al estímulo cotidiano de las imágenes, a los límites y posibilidades de la lengua en la que escribe, de la lengua que lo rodea, pero también de otras lenguas que conoce o que usa y que operan, incluso desde afuera de su hacer, mostrando hasta dónde una lengua se diferencia de otra, como el óleo se diferencia de la acuarela, como un rojo no es igual a ningún otro rojo posible. El escritor se enfrenta a su cuerpo, a los tiempos de su cuerpo, a su fortaleza física, a la organización de sus rutinas de sueño y hambre, de duchas y clases, de besos y festejos familiares, de soledad. Se enfrenta a la decisión de escribir bajo una forma: la de un género literario, la de un libro, la de una plantilla predeterminada. Se enfrenta a sus dedos que tipean, a su muñeca que traza líneas sobre un papel en blanco, a sus yemas que investigan pantallas táctiles. Ese es su mundo material de creación. En ese mundo concreto, la fantasía encuentra sus límites y la materia abre sus posibilidades. En ese mundo concreto la creación se vuelve una realidad en acción que nos saca de la babia intelectual y subjetiva, que no se puede compartir y que está destinada a perderse, a no dejar huella de nuestro paso por el mundo. Esa huella que todos los que escribimos queremos dejar. Mínima. Como cuando te despertás de un sueño y no recordás nada, pero te queda en el cuerpo la sensación de haber vivido una experiencia singular. Yo persigo trabajar para dejar esa huella. Una mínima estela de belleza que provoque en alguien las ganas de quedarse y de seguir trabajando en la huella, que es mi huella y es suya y fue de todos los que decidieron alguna vez marcar el mundo con eso que llamamos arte.(Cecilia Perna)     


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Cuando escribo no existo físicamente: soy una voz. O más bien, soy el instrumento de una voz que me dicta y que me exige –me exige literalmente– ser escrita. A veces me peleo con mis personajes, les digo que no soy sólo una médium a su antojo, les pido que me dejen vivir un poco. Para la relación de la escritura con el cuerpo recomiendo un taller en Montevideo: “Escribir con el cuerpo”, de Mariana Casares. Ella es bailarina, fue alumna de Mario Levrero, y a sus alumnos les hace bailar una no-danza durante cuatro horas. Después se tiran al piso –ella les pone una manta porque el cuerpo se enfría muy rápido– y escriben lo que les salga. Mariana es maravillosa, han salido libros de sus clases. Yo todavía no me expuse a ese ‘tratamiento’. (Liliana Villanueva)


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Respecto de las sensaciones a la hora de escribir, puedo compartir que mientras escribo mi cuerpo se concentra en mis manos y en una parte del cerebro que es absolutamente absurda, en la que confío plenamente. Por otro lado me interesa que el poema genere algo en el cuerpo, en la moral, como lo maneja a la perfección Osvaldo Lamborghini, por ejemplo en El Niño Proletario, que acá convido una parte para mí conmovedora:

“…Los despojos de ¡Estropeado! ya no daban para más. Mi mano los palpaba mientras él me lamía el falo. Con los ojos entrecerrados y a punto de gozar yo comprobaba, con una sola recorrida de mi mano, que todo estaba herido ya con exhaustiva precisión. Se ocultaba el sol, le negaba sus rayos a todo un hemisferio y la tarde moría. Descargué mi puño martillo sobre la cabeza achatada de animal de ¡Estropeado!: él me lamía el falo.
Impacientes Gustavo y Esteban querían que aquello culminara para de una buena vez por todas: Ejecutar el acto. Empuñé mechones del pelo de ¡Estropeado! y le sacudí la cabeza para acelerar el goce. No podía salir de ahí para entrar al otro acto. Le metí en la boca el punzón para sentir el frío del metal junto a la punta del falo.
Hasta que de puro estremecimiento pude gozar. Entonces dejé que se posara sobre el barro la cabeza achatada de animal.

-Ahora hay que ahorcarlo rápido -dijo Gustavo.
-Con un alambre -dijo Esteban en la calle de tierra donde empieza el barrio precario de los desocupados.
-Y adiós Stroppani ¡vamos! -dije yo…”

El efecto, afecta cuando se logra, que no pase desapercibido. El texto literario, el poema, tienen que ser experimentados. (Anna Pinotti)


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Quizás mi recurso expresivo preferido es la sinestesia, imágenes sensoriales aquí y allá. Y el cuerpo…en el cuerpo está todo y no hay nada, está uno también. Amo mi cuerpo. Hago acrobacias de piso y aéreas (trapecio y telas) hace tres años y es algo que me encanta, se siente como volar, y cualquier moretón o quemadura que me haga entrenando vale totalmente la pena.
Pero si hablamos de sentir, no hay nada más copado que sentirse deseado. Y por ahí empiezan las cosas. Nada, estos son algunos de mis poemas ahora, vean ustedes como está mi cuerpo y el de otros en todos…(Cleffa Takahashi)


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Francamente no encuentro una relación “física” muy particular. No soy una persona muy intensa. Mentalmente sí: entro en un estado de dictado, escribo velozmente, como si escuchara, como si sintonizara o reprodujera una voz que no sé si es la mía. En la escritura, salvo cuestiones muy poco románticas como el dolor de espalda y el excesivo sedentarismo, no pongo el cuerpo de una manera que me mueva a pensar demasiado en eso. No estoy ni me siento en un escenario. Tampoco, supongo, es la misma relación que en el arte visual. Es posible que me suceda a mi. Sí, me llama la atención, la relación del cuerpo enfermo y la escritura, porque me parece inconcebible y sé que, si escribo de anciana, seguramente tendré que hacerlo con algún malestar. Como escribir enamorado, no creo que se pueda -mejor dicho, en estado de enamoramiento, que es distinto- Keats no escribió ningún poema en su larga agonía, ni siquiera en una espantosa cuarentena que padeció antes de llegar a Italia, donde moriría. Otra gente escribe enferma y casi hasta que se muere. Yo entiendo a Keats pero no sé qué me pasará y eso sí me interesa, la relación de enfermedad y escritura. No tengo ninguna cita para compartir, lamento. (Mariana Enriquez)


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El cuerpo es un espíritu que busca carne pero encuentra palabras (Joseph Brodsky). (Jorge Rivelli)



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Personalmente, tengo un vínculo muy fuerte con mi propio mundo onírico o con las imágenes entrevistas en la duermevela. Me cuesta escribir sentado, escribir quieto. Para mí, la escritura está relacionada con el movimiento.  (Diego Rodríguez Reis)


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Sensaciones placenteras y displacenteras parecieran librar una batalla sobre ese campo en ocasiones minado que es mi cuerpo al momento de escribir. Ambas, aspiran a sitiarlo. Esta figura bélica determina cierto estado de tensión, por no decir de conflagración de humores de todo tipo. Nunca se da con una postura apropiada para escribir, que es una gimnasia fatigosa y, hay que decirlo, tampoco con el suficiente entrenamiento como para rendir al cien por ciento (es risible pero me gusta esta idea de competición atlética). Salvo Pessoa (bicho aparte), que escribía de pie, los escritores poseemos el hábito del sedentarismo, con el agravante de que no sabemos sentarnos para ejercer esa descarga pulsional que comporta el acto de escribir. El tronco se tumba hacia adelante, como si la cabeza tuviese un contenido valioso que verter, perentorio, sobre la hoja en blanco o la pantalla de la computadora. La postura que se adopta en la práctica de zazen es muy relajante, propicia e inspiradora. Las prácticas de hatha yoga nos ofrecerían también un buen entrenamiento para afrontar la escritura de un modo más ligero, libre del lastre de un cuerpo que demanda atención cuando ésta debiera estar puesta en otra parte (¿dónde?). O no. Quizás eso sea escribir, responder a los dictados del cuerpo y generar en él, desde los dictados de la lengua, respuestas, síntomas, sintagmas que no necesariamente debemos leer. Hay poemas más conceptuales y otros más emocionales, las respuestas corporales, físicas, fisiológicas están estrechamente vinculadas a nuestra escritura, a aquello que estamos diciendo, a aquello que decimos incluso sin saber bien a qué refiere, de dónde procede y a dónde apunta. Las palabras nos tocan, hacen cosquillas, golpean, acarician, rascan, soplan, mojan, lastiman, curan, matan y resucitan (nada de esto posee un sentido figurado, sino literal, es así, real en la justa medida de la realidad más real que el realismo pueda concebir). No me he hecho demasiadas preguntas acerca del vínculo entre el cuerpo y el arte, quizás porque doy por sentado que ninguna experiencia humana está desvinculada del cuerpo. Todo acto o pensamiento en el hombre está condicionado por una corporeidad a la que a su vez transforma en su realización. La letra es un cuerpo que habla, un relieve que proyecta un sentido propio y ajeno. Es una relación cuerpo a cuerpo la que se da con la escritura, más aún entre quienes suponen una eroticidad casi epidérmica de la palabra, de la lengua, el dibujo erizado de una grafía resistente a toda hermenéutica. La cosa está allí: hoy no busco más allá de la cosa, es ella la que busca.
Inevitablemente pienso en Artaud, en textos como Van Gogh el suicidado por la sociedad o Para terminar con el juicio de Dios, pero especialmente en esa excesiva y maravillosa nouvelle que es Heliogábalo o el anarquista coronado. En Artaud está siempre presente la eroticidad de los cuerpos, los humores y rumores excrementicios, sus glosolalias están en este orden, como eyaculadas a través del conducto gutural. Hace ya muchos años leí un artículo de Pierre Guyotat precisamente sobre Artaud y su Heliogábalo…, muy revulsivo, “El lenguaje del cuerpo”, donde vinculaba escritura y masturbación, entre otras cosas. La relación cuerpo escritura estuvo presente en gran parte del posestructuralismo: Kristeva, Foucault, Deleuze, etc. El lugar del cuerpo en la literatura, pienso… Rabelais… Sade… O. Lamborghini… Desbordes. (Luis Bacigalupo)


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No concibo la manera no corporal de escribir pero por sobre todo lo demás no deseo escribir poesía que no sea de un modo “entrañable” (de entraña) donde hurgar la víscera sea la condición fundamental, como en una evisceración de la imagen y luego el escalpelo , la precisión de cirujano, las herramientas de pulimento, sean el exacto punto de lo innegociable.
Una escritura neural en la cual todo el sistema nervioso funciona como un mecanismo de relojería. Una escritura medular y sanguínea que en cada movimiento se desplaza a través  de todos los intersticios del cuerpo y los conecta o los hace estallar. Una escritura que es a la vez el humor vítreo fundamental sin el cual no hay mirada posible y la forma pierde definición, se borronea, desaparece.
Cuando escribo relatos el cuerpo se sitúa cómodamente como espectador ante una pantalla imaginaria que proyecta ficción y en ocasiones y de a ratos ese espectador cruza el espacio, lo abandona y atraviesa la pantalla para ser -hueso de personaje- en ese trasvasamiento está la esencia del relato.
Pero cuando escribo poesía soy yo y soy también el otro y a la vez soy la desambiguación de ese núcleo. Necesariamente tengo que escribir con la entraña entre las manos, como en una vivisección del cuerpo-lenguaje, del cuerpo-bomba, a punto siempre de volar en pedazos por el aire. Escribo siempre sabiendo que la escritura es lo ineludible en mí, lo que voy a hacer de cualquier modo y de todas las maneras desde la víscera para la víscera.
Si de cuerpo se trata en el poema, me gustaría mencionar dos libros, “Mar de Mármara” de Maria Melek Vivanco a quien me unió un cariño muy especial y el libro “Roma” de Lidia Rocha. No voy a citar ningún poema en particular porque sería negarle justicia a ambos libros que bien valen ser leídos en su totalidad. (Sandra Pasquini)


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Al pintar un mural, trazar una linea requiere pararse, agacharse, caminar 2 ó 3 metros, ponerse en punta de pie... hay un sudar y un esfuerzo que no es tan notorio como cuando una línea es trazada sobre una hoja A4 o usando una tableta digital. Afirmaría que en estos casos, el cuerpo es sólo perceptible como una sensación en la boca del estómago, parecida al hambre. (Gustavo Deveze)



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Con respecto a la relación cuerpo y arte, pienso en esta nota de Alberto Girri: “El poema, substancia del poema. No es indispensable que se vea a sí mismo; ningún objeto puede, ni siquiera el ojo que lee” (Notas sobre la experiencia poética). (Diego L. García)


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Definitivamente me interesa lo poético, lo onírico, lo lúdico. Disfruto jugar con la fantasía, darle otra vida a lo que miro. El arte es una forma de expresarse, una necesidad de tu cuerpo, tu mente, tu corazón.  Mi sensación al momento de trabajar en fotografía es de liberación, de desahogo, de liviandad.  Leyendo artículos, coincidí en  que “el cuerpo habla”. (Karina Giglio)


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El estado de escritura altera mi cuerpo. La respiración cambia,  escande el ritmo del poema, la mirada se desenfoca, hay acontecimientos en mis rodillas, en el paladar, en las manos, en  la espalda… lo que va queriendo articularse en el poema, lo hace primero en el cuerpo, pero muchas veces el lenguaje fracasa o se retoba,  no siempre consigue volverse conductor de esa corriente silenciosa, visceral.

A propósito del cuerpo y la poesía transcribo un poema del gran peruano Jorge Eduardo Eielson:


Cuento los dedos de mis manos y mis pies
Como si fueran uvas o cerezas  y los sumo
A mis pesares. Multiplico lágrimas humores
Minuciosas gotas de saliva
En estalactitas tibias y plateadas
Divido uñas y quejidos  agrego dientes
Sinsabores luminosos segmentos de alegría
Entre murallas de cabellos y corolas
Que sonríen y que duelen. Todo dispuesto
En cúpulas sombrías  en palpitantes atados
De costillas quebradas  como si fuera un ciervo
Un animal acorralado y sin caricias
En un círculo de huesos 
Y latidos




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Cuando escribo, uso mis ojos y las manos, y también la espalda apoyada en la silla. Parece una obviedad esto que digo pero no está de más recordar que antes de traducir la escritura al cuerpo, de “pasar” las letras a mano o con el teclado, escribimos en la cabeza, en la memoria y el pensamiento. Siento que al menos en mí funciona de ese modo, algo al principio poco reconocible se arma en mi cabeza, va levando con el tiempo hasta que sus burbujas estallan y ¡paf! Manchan las hojas del cuaderno. Identifico entonces bien dos momentos: primero una instancia en la que la escritura es más impalpable porque no interviene el cuerpo sino el pensamiento, una esfera más borrosa donde hay ideas, palabras que aparecen, imágenes que se van armando y que después sí se convierten en palabra escrita. Ahí nace el segundo momento como si fuera de traducción, en el que la palabra cobra vida concreta, va “tomando cuerpo” y por eso mismo toma al cuerpo y baja directamente a la mano que escribe, a los dedos. Me pregunto ahora si la electricidad que siento en la punta de los dedos cuando estoy muy concentrada escribiendo no tendrá que ver con eso. Es un recorrido hacia abajo: cabeza-mano. Y en el hilo que une ese díptico también hay otros órganos que me involucran: el estómago: se revoluciona y abre al escribir, en los momentos de descubrimiento y de entender de qué va la cosa que escribo, siento una felicidad enorme y excitada, a la manera de los chicos que experimentan algo por primera vez y escuchan sus tripas moverse. De nervios lindos. Y el otro órgano es el corazón: late a toda velocidad. Si escribo de noche, tarde cuando todos duermen en casa, aprovechando el cansancio extremo para tener las defensas bajas y no poner “filtros”, escucho el tic tac de mi corazón a todo lo que da y después quedo insomne de alegría. 

Hay un poema bellísimo de Natalia Leiderman que me interpela porque habla de la escritura y el placer de escribir que hace nido en el cuerpo. Dice así:

los mejores poemas 
los poemas pensados un segundo antes 
de dormirme
de acabar
de morir
seguro fueron los mejores

los poemas que arremetieron
insectos salvajes 
cuando menos lo esperaba

me cruzaron el cuerpo 
de lado a lado
me abultaron la carne

me inquietaron:
un gusano brillante en el cerebro
la eléctrica voz de un condenado

me dijeron estás viva
y después plop
se disolvieron furiosos en el aire.




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El estado del cuerpo en el momento de la escritura me parece fundamental. Funciona como un termómetro en mi caso. Cuando estoy conectada mis manos avanzan a gran velocidad y las palabras van más rápido de lo puedo tipear. Cuando estoy bloqueada noto que la escritura se vuelve “trabada” me disperso, saco la mirada del monitor. En ese caso lo mejor es hacer otra cosa, darme un baño, salir a caminar, o leer algo que me pueda ayudar.  Tengo la teoría de que lo que debemos aprender para escribir no son premisas estructurales solamente (eso lo aprende cualquiera con cualquier manual) sino en eliminar lo que hace que nos bloqueemos. El trabajo consiste en desbloquear esa zona en donde la obra que tiene que ser escrita por uno mismo se escriba “sola”. Recomiendo Free Play: la improvisación en la vida y en el arte, de Stephen Nachmanovich y Zen en el Arte de Escribir de Ray Bradbury . (Melisa Freund)


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Yo jamás me senté a escribir ningún poema. Cuando aparecen, ahí sí puedo usar cualquier soporte; o una piedra, o un regazo, o una mesa de bar, o el subte a la hora pico. Mi cuerpo está ajeno, pero al mismo tiempo, logra sentirse en el corazón de las palabras hasta ahora nunca reveladas, al menos para ese yo que sería un mí ajeno como dijera antes. 
La poesía además no sólo está en los libros.Como los chamanes, cuando hacen que un simple huevo de gallina frotado sobre tu cuerpo diga ciertos secretos bellos o malsanos; o los derviches danzando contra el tiempo, quizás para encantarlo; como los niños que salen en bandada después de la escuela, o las hojas de otoño llenando de oro las veredas; la poesía está incrustada en todo lo que el arte quiere manifestar como verdaderamente tal. 
Sin poesía, ninguna musa, ni sagrada, ni mistonga, ni punk, ni lo que fuera; tendría latiendo un corazón. (Fernando Noy)


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A esta altura lo primero que tengo que decir es que escribo para estar viva. Y estoy convencida de que no lo estaría si no escribiese. Hay personas que se sostienen en sus afectos, en su trabajo, en su rutina, las conocí sostenidas aun en odio y rencor. Yo me sostengo en la escritura.
Cuando escribo la palpitación se acelera. Una inquietud gozosa. Pero inquietud. Me olvido de todo. Desaparece el hambre, puedo pasar todo un día sin comer y no darme cuenta. Me da insomnio. Vibro en otro país. Un país sonoro intermitente. A la vez, la escritura agudiza mis percepciones. Observo los detalles más mínimos para después pensar cómo los nombraría. (Graciela Perosio).


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Tal vez porque nunca me he sentido “artista” no había pensado en la relación cuerpo-arte. Ahora que me detengo, busco entre mis pliegues cuadriculados unas palabras que me sugieran ese binomio y me encuentro con Margerite Yourcenar y su Memorias de Adriano: «La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana».  (Mariluz GH)


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Me gusta pensar que cuando escribo no existo. Hay el poema. Yo lo contemplo, me voy enterando de a poco de qué va. No hay cuerpo, hay “mente”. (La pantalla de la computadora funciona como una interfaz de la mente). 
No, no me pregunto demasiado por la relación entre el cuerpo y el arte. Sospecho que “el cuerpo” pasó a ser un cliché temático de las artes visuales (y de su teoría) desde hace décadas. Esto tal vez tenga que ver -entre otras mil razones- con el miedo de algunos artistas a ser considerados metafisiqueadores vacuos en una época de nihilismo consumado. Yo también caí en ese reduccionismo. En mi segundo libro, La revoltija, tomé como punto de partida la pornografía y su mirada como una forma de decir no hay más que cuerpo. Digamos que yo en esa época (los noventa) era más escéptico, más nietzscheano (y más joven). Hoy me siento más abierto a cierta búsqueda de trascendencia, a los abismos de sentido que plantean las vías místicas, en especial las religiones orientales, sin excluir al cristianismo. Por otra parte, mi humilde y persistente práctica del yoga no ha hecho más que demoler, también para mí, la división platónica cuerpo / alma (como siempre supieron los antiguos yoguis). No hay cuerpo aislado. Y esto vale también para ciertos animales, que tienen conciencia y sentimientos como nosotros. Pero repito que el tema-cuerpo, en el campo de la reflexión contemporánea del arte, quizás esté sobrevalorado. Quisiera terminar con una reflexión de Fogwill, cuya literatura es bastante corporal. Decía que ahora se habla del cuerpo, del cuerpo, del cuerpo... Pero cerraba (y cierro) con esto: si no hay alma, no hay nada.  (Fernando Molle)


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Es fuerte la sensación de peligro vinculada a la escritura, y una vaga angustia también. Al escribir se pone todo; como dice por allí alguien, se abre una puerta que es pesada y normalmente está cerrada para poder tramitar las demandas cotidianas. Entonces escribir es un riesgo, quién sabe hasta dónde llegaremos, qué pasará si miramos de frente eso que motiva la escritura. Por eso la inquietud y la angustia. Son emociones, pero son también sensaciones físicas. No ingiero alimentos cuando escribo, o al menos antes de escribir no lo hago porque los nervios siempre me cierran el estómago. Antes fumaba y tomaba café indefectiblemente, grandes cantidades. 
Puede haber tentativas, abandono, nuevas tentativas. En algún momento la cosa fluye, emociones, mente y cuerpo encuentran una sintonía y uno está completamente absorbido por la escritura. Es un momento de plenitud y goce, las cosas salen, lo que era un amasijo de intenciones vagas, ideas y emociones cobra forma frente a los ojos (es más fuerte esta sensación en la prosa, en la poesía es más como pintar: se agrega una cosa adelante, otra pincelada por el medio, se deja, se vuelve, se mira el conjunto). Tengo presente un libro de Mihaly Csikszentmihalyi, quien ha hecho estudios de campo para relevar situaciones en las que artistas, científicos y trabajadores de cualquier rubro afirman sentirse totalmente plenos, y su descripción de lo que llama “estados de fluidez” es muy precisa y congruente con lo que me pasa al escribir. 
Con el tiempo y los años el momento de escribir es menos angustiante porque no me lo impongo. Llega. O no llega. Y escribo ya sin fumar, sin quemar todas las energías, sin someterme a mortificaciones. Por distintas vías he ido adquiriendo mayor conciencia corporal en los últimos años y procuro tener un trato más amable con el cuerpo. Recuerdo alguna frase de Saer que dice más o menos así: “el cuerpo avisa: atención allá arriba, esto no da para más”. Teniendo en cuenta esa advertencia que denuncia una disociación para nada feliz, se trata de empezar a dejar de pensar en “el cuerpo” como un instrumento al servicio del intelecto y sentir “mi cuerpo, este cuerpo que soy”. En este sentido la literatura, que me dio todo, también me condujo hacia una pista que estoy siguiendo, últimamente en los libros de Alberto Silva: 

El cuerpo

“Me planteo una pregunta que tal vez resulte ingenua: ¿somos nuestro cuerpo? ¿Somos, de verdad, nuestro cuerpo? (…) Me atrevo a afirmar que en el fondo no sabemos (en el sentido de que no vivimos) que básicamente y antes que nada somos cuerpo. (…). Si algo resulta convincente de la tradición del Zen (al menos cuando se centra en la meditación sentada) es que asume a fondo esa sospecha. Tal vez nuestro destino dependa de cuán básica y raigalmente vivamos el cuerpo que simplemente somos” (Alberto Silva, Zen 4. El oficio de vivir, Ed. Bajo la luna, 2014, 24-25).

“El cuerpo pensado por el Zen busca ser antiparadigmático (…). La división cartesiana entre cuerpo y mente, típica de la tradición europea, resulta sorprendente para el Zen, para quien la idea de cuerpo es subsidiaria de persona. El impulso de su pensamiento (que narra una práctica ocurrida y, a la vez, anuncia la inminencia de otra nueva) consiste en centrarse en individuos concebidos como sistemas complejos, donde lo físico y los psíquico, lo natural y lo cultural, lo emotivo, volitivo y especulativo se entrelaza, se inter-penetran, ya que la persona (eso que aparece como cuerpo) constituye una red tupida de energéticos impulsos de vida. Y esa búsqueda de superación de dualismo ya enfrenta las usos habituales de la especulación abstracta” (Alberto Silva, Zen 3. Zensualidad, Ed. Bajo la luna, 2013, pp. 243-244). (Pablo Dema)


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En el momento de escribir no tengo sensaciones físicas, casi podría decir que me olvido del cuerpo —de la misma manera me olvido también del tiempo—. Hasta me pasa que adopto posiciones ridículamente incómodas si darme cuenta. (Eduardo Rezzano)


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Con bastante frecuencia me contracturo o pierdo la noción del tiempo y como mal, en piloto automático lo que significa que como de más o de menos,  me olvido del reloj, del afuera, de las obligaciones, duermo a los saltos, despierto agotada, camino como zombie, puedo guardar en la heladera lo que va en el placard, manejo mal, me distraigo, me convierto en un peligro! Pero, a la vez, mi cuerpo está dichoso, no hay mejor sensación que esa, estar escribiendo y sentir que la cosa está ahí, como el gran pez, agitándose dentro nuestro, y sólo hace falta un paso más para tenerlo, para sujetarlo, escurridizo como es, y aquietarlo en palabras. El cuerpo reclama menos cuando se escribe. En la dicha no se reclama. Sus demandas vienen después, al terminar de hacerlo. Sin embargo, a esa altura del proceso, cuando sentimos que el poema está, que es, ya no importa. El goce de poner a ser algo que antes no era es tal que ningún reclamo del cuerpo importa. Algo de ese frenesí, de esa epifanía, lo rejuvenece y llena de nueva energía. La poesía salva, qué duda cabe. Nunca me siento más plena que cuando escribo y advierto que la cosa camina.   (Graciela Cros)



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No tengo idea de nadie que se haya referido al cuerpo y su relación con el acto de escribir. El escribir es una angustia. No es un sufrimiento, sino una angustia, una tensión física. Uno tarda en escribir como quien tarda en meterse en una pileta. Hay un cambio del medio ambiente total  y brusco cuando uno se mete en el agua. Lo mismo pasa con el hecho de escribir. Cambia la temperatura, la densidad del medio circundante. Necesariamente eso debe impactar en el cuerpo. Por eso se demora uno. Al mismo tiempo, esa angustia y ese cambio de ambiente es como si formara un cascarón transparente. Cuando pienso en esto, siempre me acuerdo  de un poema de César Fernández Moreno, que alude a motivos más generales, tal vez, y que termina: “Yo aguanto, agachado en el huevo de la angustia”. 
La presión seguramente es como la que siente un buzo, pero uno no puede medirla, ni tampoco debe medirla. Se escribe. Se ruega que salga bien. Que la “ocurrencia”, ocurra. El cuerpo disfruta finalmente. (Jorge Aulicino)


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Como dije en la pregunta anterior, mis dos lugares de escritura son recreos de trabajo y parado en el balcón de mi casa. En este último es donde tengo mayor interacción con mi cuerpo. Voy, vengo, camino, riego plantas, podo, barro, escucho música, me tomo un mate, me tomo una cerveza, un vino, voy y vengo del balcón a la PC y voy escribiendo y leyendo y corrigiendo de a pasadas. No ocurre siempre, pero me doy cuenta del verdadero alcance de la escritura, del arte, cuando termino algo y estoy nervioso, como semiextasiado, a veces con temblores menores, piel de gallina. Eso me amiga con la escritura. En cambio en la oficina mi cuerpo quieto y mi cabeza en otro lugar, es otro ejercicio, es huída y meditación a la vez. 

La relación cuerpo y arte es la misma que cuerpo y vida. 

En cuanto a citas, desde hace muchísimos años me da vuelta y aparece con cierta asiduidad este poema de Juan Ramón Jiménez:

¡Crearme, recrearme, vaciarme, hasta
que el que se vaya muerto, de mí, un día,
a la tierra, no sea yo; burlar honradamente,
plenamente, con voluntad abierta,
el crimen, y dejarle este pelele negro
de mi cuerpo, por mí!
¡Y yo, esconderme
sonriendo, inmortal, en las orillas puras
del río eterno, árbol
-en un poniente inmarcesible-
de la divina y májica imajinación! 

Y de lo leído últimamente, hay un libro que me resulta terrible y maravilloso en cuanto a la relación arte cuerpo. “La caída hacia arriba” de Cristian Aliaga, que salió por Hilos Editora en 2013. Allí el poeta sentencia:

“El dolor no se puede matar”.
Comulgo con eso.





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La escritura depende del estado emocional en que esté ese día. Pasa de la exaltación, euforia o alegría a la desolación, melancolía, angustia, con otros estados intermedios. Y todo eso provoca agitación, aumento o disminución de los latidos del corazón, ansiedad, inquietud, la necesidad de caminar aunque sea alrededor de la mesa donde estoy escribiendo; pero también puede pasar lo contrario: que sienta una extraña calma, que me encuentre relajado y en paz, con un espíritu contemplativo. Indudablemente el cuerpo influye, sobre todo en el tono emocional que luego tendrá el poema. No obstante no investigué en particular sobre este tema. Recuerdo sí, con esta orientación, a Antonín Artaud. Que trabajó tanto ese tema en relación con el teatro y lo teorizó en “El teatro y su doble”. Me acuerdo que en mi paso por el teatro estudié ese texto y es sorprendente esa propuesta radical de Artaud de que el actor puede prescindir de la palabra y sólo usar su cuerpo. Pero no como lo haría un mimo. Sino, usar el cuerpo para expresarse y la voz como su caja de resonancia. Gritos, gemidos, sonidos guturales, susurros, la voz como una extensión del cuerpo, pero sin palabras, sin usar la semántica, sino, en todo caso, la fonética.
Y aquí hay un ejemplo del mismo intento que hizo Artaud en un breve poema que también se compone de neologismos que sólo funcionan como sonido (evidentemente habría que leerlo en francés, pero sólo cuento con la traducción de Alonso, que es la que transcribo):

rutararatararatara
ataratatara rana

otaraotarakatara
otararatarakana

orturaorturakonara
kokonakokonakoma

kurburakurburakurbura
kurbatakurbatakeyna

pesti anti pestantumputara
pest anti pestantumputra





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No escribo temas. Por fortuna, acepto que los personajes creen que cuentan algo como si estuvieran en control de algo pero… el contexto siempre gana. El contexto es el Leviatán. Es el tsunami que viene a cambiarles la vida o, mejor, a recordarles que no están en control de nada. A eso le llamamos “El recorte”. Como Drácula: cuatrocientos años de vivir en el castillo hasta que Mina aparece y lo hace salir y todo hace creer que es un monstruo. Pero en el castillo no era un monstruo. Afuera sí. Adentro era él en su paradigma de normalidad. Pero tuvieron que pasar cuatrocientos años para que salga. Eso es el recorte.
Y cuando aparece un recorte (llamémosle disparador, por qué no), bueno, mi reacción física es el insomnio. Y lo amo. Qué mierda. (Luis Mey)



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Al momento de finalizar una obra (me refiero a cuando logro hacer lo que estaba en mi cabeza ya armado y lo veo plasmado en el espacio en blanco); siento un vértigo, una emoción que viene del vientre. Y es que para mi no deja de tener ese aspecto milagroso de ver lo materializado. Cuando la frustración viene, es la sensación contraria. Tiendo a tensarme y siento mucho eso en el cuello y espalda. Pero generalmente la sensación es de emoción. Siempre pienso en un ring cuando trabajo. Es porque siento que me enfrento a mi propia naturaleza, a la propia obra. Es una batalla en la que uno de los dos saldrá sangrando y vencedor. Algunas veces yo gano y otras veces la obra. Pero al final del día nos damos la mano al salir de ese ring, porque sabemos que necesitamos esa violencia entre los dos para seguir viviendo. (Álvaro Sanchez)



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No me llevo bien con el cuerpo, es decir, no lo trato de la manera que debiera hacerlo. Me levanto a la mañana, generalmente con dolores, de espalda, cintura, brazos, a veces, solo a veces, dolor de cabeza. No siempre fue así. Pero ahora es así. Decía, me levanto a la mañana, tomo unos mates, y salgo hacia el taller, mi lugar de trabajo. Hay días que enciendo la radio, y eso sí, vuelvo a hacer mate. Miro que todo esté bien, el espacio, mi lugar. Enciendo la computadora y comienzo a trabajar. Escribo todos los días, cualquier cosa, quiero decir, escribo al tipear textos para alimentar los blogs, tomo notas, llevo un diario (solo cuando tengo la voluntad). Ahora, mientras escribo estas palabras, hace frío, para mi cuerpo hace mucho frío. No me gusta el frío. Sentí mucho frío entre 2010 y 2012. Escribir hace que el frío se olvide, eso es lo que me ocurrió entre esos años (es un ejemplo, claro). Fue un período extraño para mí manera de trabajar, corregí muy poco, y casi todo lo escrito (ahora se me ocurre, las palabras son el cuerpo) fue a parar a Los ojos. De todos esos textos armé una serie de libros. Uno, publicado el 26 de noviembre de 2011 en un diario de La Plata, que ya no existe, llamado Diagonales, en un suplemento, llamado Letras. Se llamó 33 papelitos y una mora horizontal. 
(Hay) muchos interrogantes, eso está claro. La mora sobrevuela, se interna, se va de los 34 textos. Está y no está. Interrogo. No se asume como amor, amor correspondido. La indiferencia del mundo lo reduce todo a la oscuridad de una habitación. No se sabe si la luz es real. Los textos, de algún modo, representan botellas al mar, al mar del conocimiento y de la sensibilidad. Un mar devorador en su profundidad y también en la posible salvación deseada, eso creo. Lo horizontal, el amor consumado ¿Consumado? ¿O tan solo deseo? ¿Están los cuerpos? Desde el primer texto, el nombre: “La imagen verdadera” (para aquella que es la imagen verdadera, la mora). Nació casi como un juego. A partir de algo leído en las redes sociales acerca del zumbido nace el texto, y una declaración. El silencio como respuesta. El frío. La naturaleza. City Bell. Las lecturas. El conocimiento (sensitivo). Susan Sontag y la imagen. La escritura. Galaxia Gutenberg. Necesidad de sol (lo tibio del abrazo). El encuentro. El espejo vacío. La cultura rock (la de mi infancia). La invención a través de la mirada al afuera-dentro. Algo fantástico: mundos paralelos que nunca se tocan ¿En uno de esos mundos está el deseo, el amor? Mora. Amor. Faltan comillas, unas cuantas. No voy a corregir este texto. Nació así. El cuerpo duele menos. (José María Pallaoro)


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No me he preguntado en profundidad sobre la relación del arte con el cuerpo, en la poesía, en el acto de escribir poesía. Aprovecharé la inquietud para aprender, estar atento.
Sí tengo memorias de vínculos fuertes con mis antiguas experiencias teatrales. Allí el cuerpo es el instrumento. En la poesía, no. Digamos no con la misma intensidad, claro.
Sobre el particular recomiendo leer al gran maestro de Teatro C. Stanislavski (El trabajo del actor sobre sí mismo).
Pero el cuerpo está, expresa, juega con sus placeres y dolores en el papel. Sí, el cuerpo está. En la soledad de la escritura dialoga. Me viene a la memoria La oda a mis piernas, de Pablo Neruda; contemplación y vivencia se expresan en el papel.
Este asunto lo definiría con estos versos que escribí hace algunos años:

ESCRIBO DOS O TRES PALABRAS Y MIRO MIS MANOS...
nada ha cambiado

atentas a veces cansadas presienten un verso
destejen el tiempo buscan revuelven
y nada

sucede cada tanto
como si una raíz oscura o sombra
de hilachas de red las ocultara

ellas que saben el secreto de tu hondura
se preguntan
el destino de un poema que pasó de largo
un sol que todavía duerme en otra parte

las miro mientras persiguen rastros de metáfora
entre las astillas de una hora caída de improviso
nada ha cambiado

deciden el final de la jornada
me llevan a tu lado
buscan su casa



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Hay veces, cuando el poema está saliendo, en que empiezo a tensionarme a la altura de los hombros. Hay evidentemente un esfuerzo y una lucha de fuerzas. Una atención que requiere estar a la altura; pero sé por experiencia que no se puede forzar. Es como sostener un hilo y a la vez dejarlo derivar, tironeando un poquito cada tanto. La experiencia de la pesca o de remontar un barrilete podrían ser símiles bastante adecuados. Por eso cuando escribo tengo a mano café o mate –y últimamente agua, para no enloquecer!-. La intermitencia de ingerir líquidos es un desvío de la atención, un ocupar el cuerpo en otra cosa, pero en el fondo todo lo que ocurre es el estado necesario para que la escritura avance. Hay gente que no puede pensar estando quieta, sentada, tiene que caminar. En mi caso me paro, voy al baño, entro un rato en alguna red social, hago un llamado, vuelvo. La verdad es que me distraigo bastante. Ritmo, secuencia, atención-distracción…se trata de encontrar un movimiento, y es ese movimiento el que crea un cuerpo determinado, un mecanismo capaz de alumbrar un discurso. En la escritura manuscrita, o cuando aún se escribía a máquina, la relación con el cuerpo era distinta. La levedad táctil de la computadora versus la presión urgente y el golpeteo de una máquina de escribir probablemente tengan algún tipo de correlato en la escritura. Cuando uno escribe, cuando uno toca el piano, cuando - como diría Deleuze- uno es afectado y se afecta a sí mismo en la entropía de una actividad, es como si apareciera un tercer cuerpo, el de esa práctica, cuya fisonomía no puede reflejarse en nada. No pasa todo el tiempo y dura poco. Creo que la alegría que conlleva es la de la potencia que ha encontrado su cauce. (Mario Nosotti)
    

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Mi poesía y narrativa están íntimamente relacionadas con el horror de saberme viva, de haber sobrevivido… por ese motivo jamás hablo de sutiles ruiseñores, sino de un dolor que ha permanecido en mí desde mi infancia y es de ahí de donde extraigo la mayoría de los temas que plasmo en mi escritura.
Pienso el texto, pero es el cuerpo el que me lo dicta, testimonio de ello es el título de mi primer libro: “Cuerpo de Piedra”. Soy como la mujer de Lot,  necesito mirar hacía el pasado para describir lo brutal… no me importa ser castigada. Sé que algún resabio de ternura permanece. Siempre creí que debajo de una piedra también podemos descubrir la simiente que intenta nacer, y siempre la mano que la levanta,  lo debe hacer con suavidad  para no herir el mundo que bulle debajo o dentro de ella. 
Sin duda,  “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar es uno de mis libros preferidos. Transcribo  dos de los tantos párrafos que tengo marcados en él:
"Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y de sangre. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo". Y: "Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver…Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos". (Ana Danich)


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El cuerpo es mi eje en la acción de hacer arte y cada vez más intento que eso sea lo que orienta y transforma la materia. Lo que queda es ¿una huella? ¿un registro? ¿un rastro de la acción del cuerpo? Queda el campo de juego con la memoria de lo que pasó impresa. Los recorridos de las manos, las herramientas, los pies y la mirada sobre las superficies hacen una coreografía, que, probablemente sólo yo contemple extasiada. (Violeta Cincioni)


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La verdad, la relación con el cuerpo, no ha sido una cuestión sobre la que haya reflexionado particularmente. Pero en mi último libro, “Poemas lumbares”, justamente la primera mitad se compone de poemas escritos durante un episodio agudo de hernia de disco (lumbar) que me dejó varios meses inmovilizado en mi casa –salía sólo para el tratamiento- y durmiendo en un sillón.
Más allá de la cuestión catártica de la escritura, respecto a la cual siempre creí que era secundaria, pero que entiendo tampoco hay que subestimarla del todo, ese episodio me permitió, creo yo, desarrollar un tipo de percepción particular dada obviamente la convivencia con la limitación en la movilidad y con el dolor. También se generó una relación especial con mi entorno acotado, ya que estaba casi todo el tiempo en el living de mi casa; soy abogado y pude continuar trabajando desde ese lugar. Y personalmente trazo una línea entre estos poemas con una serie que integró un libro del 99, “Vida de un balcón” de Leña del árbol erguido, donde el balcón de aquellos poemas era un balcón de un departamento interno sin una visión de la calle, mientras que el balcón de la hernia daba a la calle, pero la limitación la tenía yo encima.
En cuanto al proceso de la enfermedad tengo que destacar la paciencia de mi mujer y de mis hijas. Veinte años atrás había sufrido la misma patología y volví a hacer idéntico tratamiento con el mismo médico pero, en este caso, si bien luego de un tiempo puede empezar a llevar una vida más normal, costó bastante más en esta ocasión salir adelante del todo, teniendo en cuenta además que buscábamos evitar la cirugía.
La segunda parte del libro son acrósticos, uno de los cuales precisamente está dedicado a mi traumatólogo. Luego de editado, le dejé un ejemplar del libro en un sobre. Al tiempo recibí un mensaje de una de sus hijas agradeciéndome y contándome que hacía unos meses él había fallecido. Me causó una gran tristeza porque fue un gran amigo. Sigue de algún modo físicamente presente en mi cotidianidad, porque en un momento del tratamiento me recetó un corset, al cual recurro de tanto en tanto cuando estoy un poco dolorido.
La edición del libro salió gracias a un premio provincial.
Luego de conocido el fallo tuve un pequeño intercambio con Silvio Mattoni, uno de los jurados, a quien le conté esta cuestión de la hernia y me dijo que le parecía curioso, ya que él veía un tono luminoso en los poemas.  (Lisandro Gónzalez)


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¿Habrá una distribución geográfica de la vulnerabilidad corporal? Siria, Afganistán, Los Balcanes o Argentina. ¿Qué vidas son reales? La insurrección de la escritura se produce cuando hablo de vidas que ya estaban perdidas, negadas desde siempre.
El texto no sólo me propicia ser otro que yo misma, sino también la experiencia de lo otro que el texto es. En el texto, según Paul Ricoeur, acontece el autor. El autor es la voz de sus personajes, y estas voces llevan consigo el deseo de abismarme de una forma sutil y violenta; corrosiva.

Si, según Wittgenstein, decir “me duele” no es el fin del lenguaje, sino su comienzo; el dolor se localizará no sólo en el cuerpo, sino en un estadio gramatical que da realidad a una expresión. Allí el trabajo de la escritura donde “el otro” no es el “tú” de la amistad sino el “cada uno” de la justicia. Mis ansias: buscar que lo justo como objeto de deseo, de anhelo, se enuncie en la pluralidad del destello performativo de la palabra. (Ana Arzoumanian)


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No tengo una sensación física en particular en el momento de escribir. Sí en el momento de descubrir que voy a escribir sobre eso. Volviendo al punto anterior, es frecuente que esas confusiones, esas lecturas, esos diálogos, esas escenas, esos episodios biográficos, me lleven a un suspiro, un alzamiento de cejas, una lágrima. Hay situaciones que me cambian la respiración cuando las recuerdo, o me dan una risa que podría ser cómica, piadosa, sorprendida, resignada o de enojo conmigo mismo, según el caso.
Sin embargo, al escribir, no suelo repetir esas respuestas físicas. Sí es probable que pierda la noción del tiempo (y eso quizás podría considerarse como una respuesta física).
Mi relación con mi cuerpo es pésima. No hago ejercicio (y me pone de mal humor la sola idea de entrar en un gimnasio), como mucho, a la noche me resisto a dormir y a la mañana me resisto a despertarme.
La relación entre el cuerpo y el arte suele estar presente, incluso por negación.
El ejemplo más convencional es el de los bailarines, luego está el ejemplo menos convencional pero sí elocuente, que es el de los actores. Los narradores (o dramaturgos, o guionistas) suelen tener esa relación con el cuerpo, el uso expresivo, al crear personajes, aunque no pongan el propio cuerpo para representarlo.
También creo que es importante (y forma parte de la relación del cuerpo con el arte) el uso expresivo de la voz, de los gestos y de la mirada, y que hay quienes pueden expresarse magistralmente cuando callan, se quedan quietos o usan recursos de "no expresión".
Me gusta mucho el uso poético del cuerpo en el Canto II de Altazor, de Vicente Huidobro. Aquí pongo el enlace a una página Web donde está el canto completo: http://www.vicentehuidobro.uchile.cl/altazor_canto2.htm (Sebastián Olaso)


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Cuando escribo borro un poco al cuerpo, igual que al tiempo. Cuando tengo la suerte de disponer de tiempo, me meto de lleno en ese otro mundo y me olvido que tengo un cuerpo, que puede tener frío o sed o hambre. Es parte del placer que es para mí escribir. De todos modos, creo que es algo muy particular de cada persona que escribe o que crea, tan particular como la relación que cada uno tiene con su cuerpo y con su cabeza. Al cuerpo no lo podemos evitar, pero cuando escribo, lo suspendo. Creo que la relación entre cuerpo y arte varía no sólo de persona en persona, sino también de arte en arte. Danza y teatro no pueden prescindir del cuerpo, pero la tentación de ponerlo entre paréntesis al escribir, es muy fuerte. También es cierto que las ganas de escribir, la sensación o la idea que impulsa a escribir, me llega en situaciones en las que el cuerpo está andando: en la calle, en un negocio, frente al televisor, en una reunión social o incluso laboral. El acto de escritura empieza ahí.

No he leído específicamente sobre eso, pero me vienen a la cabeza algunas ideas.

S. Freud (en “El creador literario y el fantaseo”) plantea que el juego de los niños se extiende, en los escritores y poetas, en el hecho de crear. Anuda ese placer del juego, donde los chicos se meten en ese mundo, se concentran y “viven” las situaciones que juegan, al placer del fantaseo literario como invención, también, de otro mundo. Pero no implica allí al cuerpo como sí lo implica el juego infantil.

Por otro lado, cuando Jean Piaget (en “El Nacimiento de la Inteligencia en el niño”) describe lo que él considera el primer acto de “inteligencia” de un bebé, que es cuando acaba de nacer y pone en práctica el reflejo de succión en el pecho o mamadera, habla sobre una “reacción global del individuo”. El bebé adopta una posición de su cuerpo que está todo en función de ese acto: cierra los puños, deja sus piernas quietas, etc. Todo en su cuerpo responde al ejercicio de ese acto. Y se me ocurre que la concentración, el gesto, la postura del cuerpo que uno adopta cuando escribe, tiene algo que ver con esa descripción. Ya no enlazado a una cuestión de “hecho inteligente” ni de “ejercicio de un reflejo”, sino del acto de escribir. Al menos, es lo que me pasa a mí (porque Piaget, por supuesto, no dijo nada de esto). (Carolina Bugnone)


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Al estar sentado en esa silla necesito el cuerpo descansado pero incómodo. Descansado para comenzar a pescar en el lago calmo de mi lucidez. O de la cuota de lucidez que me haya tocado ese día. Con el anzuelo adentro comienza el desfile. O, mejor dicho, el baile. Y a la hora de bailar hay que despegarse de esa silla para comenzar a escuchar, e incluso ver, los sonidos que trae el nuevo día. Pájaros bostezando y enmarcando la silueta en penumbras del lomo de un animal gigantesco, y aún dormido, conformando las sierras. El techo de un colectivo casi vacío atravesando algún pretérito o futuro presente desde un balcón, sobre Salguero. O el mar, si hay suerte, aunque en este caso lo más probable es que no exista ni la silla ni la incomodidad. Solo el cuerpo y el ronroneo intuitivo, pleno y leve, festejando el baile de algo que muy probablemente vendrá. Desde cualquiera de esas costas observo el vaivén de las olas, su metamorfosis, y pienso en la archiconocida del Samsa de Kafka, pero también (y que me disculpen los amigos puristas de lo bellamente absurdo) en otra, tal vez un poco más discreta, o más interesante, me refiero a la no-metamorfosis del Berenger de Ionesco. Al fin y al cabo el devenir de los textos (y de los cuerpos) tantas veces se parece a eso. (Nicolás García Sáez)



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Previo al acto escritural propiamente dicho, vivencio como un estado de abstracción creativa, lo comparo con la atención flotante del psicoanalista. Es decir, algo de todo lo escuchado, de todo lo visto, me detiene. Es ahí donde resignifico, empiezo la tarea y con ella vienen, todo tipo de sensaciones que pueden ir desde la euforia a la angustia, que al momento de escribir se intensifican para convertirse en cuerpo  textual.
He sentido también la alegría por lo concluido, que viene tras el trabajo de la corrección, aunque siempre esté presente aquella intemperie sin fin de la que hablaba Juan. L Ortíz.
Recuerdo cuando Lacan toma a Spinoza para hablar de la mentalidad, que  es la manera en que nos representamos como cuerpo. Dice Spinoza que el alma es el pensamiento del cuerpo, los afectos del alma son efectos de como pensamos nuestro cuerpo; y es muy interesante pensar la vuelta que le dan Gilles Deleuze y Félix Guattari en el artículo: ¿Cómo hacerse un cuerpo sin órganos”? En un momento hablan de sustancias en intensidad, pero también de todas las intensidades en sustancia, el cuerpo sin órgano así, rinde homenaje a Spinoza. Es el campo de inmanencia del deseo, el plan de consistencia propio del deseo.
Creo que ningún artista está exento de pensarse/ sentirse a sí mismo en el proceso creativo. (Alejandra Mendez Bujonok)


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Ninguna sensación física que no sea escribir con todo el cuerpo, con lo que uno es y con la espontaneidad del que mira y no se pregunta por el mecanismo complejísimo interno del ojo. No, nunca me pregunté por la relación del cuerpo y el arte. En todo caso, mantengo una actitud de desconfianza. Lo trato con cierto  distanciamiento, como si hablara de un tercero, sin contemplación, aun cuando lo elija como tema para un fin que no es el cuerpo mismo, sino lo que proyecta o conecta con otras cosas de la vida, del pensamiento, y a veces, cuando sale, con alguna posibilidad metafísica que se impone sola. Transcribo un fragmento del poeta Darío Canton, publicado en Asemal, que aborda una visión descarnada sobre la presencia, uso y abuso, de los cuerpos en este mundo. “La marca / de la guerra llega / presiona sobre la piel / la quema / es una contracción / más fuerte / más larga / que la del parto”. (Juan Carlos Moisés)


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Escribo para huir de la angustia, de la furia y de mi propio cuerpo. Ahora que lo pienso le pido demasiado a la poesía. (Anahí Lazzaroni)


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Cuando escribo soy presa de un profundo malestar. Un horrible desconcierto. Una espantosa sensación de que la casa, el cuerpo se resquebraja. La maleza entra por las grietas. La noche fría y estrellada. Una soledad sin nombre en la que hasta el verbo se quiebra. Un gran esfuerzo, para juntar los restos. De la frase. De mí mismo. De la idea. De la casa y del cuerpo. Nunca lo logro. Apenas, colocar mosaicos partidos, de formas que no coinciden y colores imposibles, uno junto a otro, trabajosamente, para formar una imagen cuyo sentido se me escapa. No lo disfruto para nada y, al mismo tiempo, sí, lo disfruto. Maravillado, ante la aparición de “lo otro, (si hay suerte), irrupción violenta de lo extraño, lo que no soy yo, lo que me desmiente, lo que me completa”. Una flor extraña y maravillosa. Un rostro monstruoso. Un milagro. Si esta sensación no llega, lo que escribo es horriblemente retórico, vanal, cosmético, formal, vacío, correcto, oficial, narcisista, premiable, escolar y va a la basura, directo.
Recuerdo un texto de que ilustra bastante bien esta sensación. Se trata del ensayo sobre “Esquizofrenia y Chamanismo” que aparece en el libro “Los Mitos” de Joseph Campbell. Reynaldo Jiménez me lo prestó una vez. Me impactó profundamente. En este ensayo, Campbell afirma que hay una semejanza entre la experiencia del paciente esquizofrénico y el chamán. Ambos experimentan una ruptura psíquica comparable, un desgarramiento del alma que los recluye en su más oscuro interior. A diferencia de lo que sucede en las clínicas psiquiátricas de nuestras ciudades, en la tribu se considera como un posible chamán al que sufre este “brote”. La comunidad lo aísla durante semanas hasta que el “enfermo”, dentro del repertorio de imágenes de su propia cultura, que operan como marco de contención y explicación del mundo, trabajosamente, toca al Dios, al Espíritu, a Lo Otro y emprende el viaje de regreso, ya reintegrado a sí mismo y a su comunidad. (Fernando Aldao)


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Otro aspecto al que le dedico profunda atención antes de la escritura, es a las sensaciones físicas del cuerpo que,  junto con las emociones, crean movimientos y acciones difícilmente prescindibles para el que escribe. Aún cuando en muchas ocasiones queremos pasar por alto algunas sensaciones indeseables, estas no dejan de “existir”. “El cuerpo tiene memoria” me dijo una vez mi psicoterapeuta, y en mí esa memoria pide un reconocimiento en la escritura. (Ana Herrera)


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Siempre me costó permanecer sentado; sin embargo, cada vez que tenía  la posibilidad de contarle a alguien que yo escribía, lo hacía sin reparos. Un día me sentí nostálgico, pensé que pasaría pero no pasó; fue entonces que decidí recuperar algo de mi infancia y lo hice en forma de libro. De ahí en más, dado de alta por mi mente, sólo escribo cuando estoy aburrido. Es como ir de vacaciones. (German Arens)


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En cuanto a las sensaciones físicas a la hora de escribir, se reducen más que nada a lo intelectual, a la cabeza; sin embargo, me pasa que hay un momento de la escritura que es previo a la instancia de ponerme a escribir en silencio y soledad:  El momento en que nacen las ideas y tomo nota de ellas, puede ser un momento cualquiera de la vida cotidiana; en la calle, en el trabajo, en un bondi; episodios de la vida urbana que llaman mi atención y me toman, y que, a la vez, me devuelven a algún ítem relacionado con el tema en el que esté trabajando a la hora de escribir.
Barthes habla en La preparación de la novela, del momento de la notación en su estudio del haiku. Relaciona ambos conceptos, entendiendo que la primera no es sino más que la captura escrituraria a partir de un deslumbramiento o momento epifánico que daría lugar a esa forma poemática breve conocida como haiku. Eso es lo que a él le interesa del 5-7-5 importado de Oriente.
A mí me interesa no el haiku, pero sí ese sacudón físico e intelectual que el mundo y sus cosas ejercen sobre nosotros para producir. Que produzcamos una pequeña nota que será luego la madre de otras y otras hasta llegar al cuerpo de un poema, un cuento o lo que queramos escribir en tanto ficción.
Es claro para mí que, en el momento de la notación de las ideas, el cuerpo sí ocupa un lugar protagónico. Del mismo modo, me ocurre en momentos de lectura. Hay algo en los textos que sinceramente me interesan y me atrapan que sabe ir de la decodificación intelectual por un camino azaroso, que toma el cuerpo y lo atraviesa con distintas sensaciones.
Por otro lado, si bien antes dije que al escribir lo que me ocurre es más mental que físico, entiendo que la mente y el cuerpo no están disociados como lo creí durante mucho tiempo de mi vida. Esa escisión ficticia que muchos adoptamos al crecer, es incapaz de explicarnos como seres vivos en relación con el universo. Cómo explicar si no las contracturas a granel que provienen de horas de lectura en que el cuerpo se entumece con la concentración propia de los alienados o el asomo de ideas y más ideas que se acercan como una tormenta de símbolos detrás de un buen rato de caminar o correr (Barthes habla del paseo urbano no al estilo del spleen baudelaireano sino para acercarnos a sus alumbramientos en torno al 5-7-5 afrancesado; Artaud, por su parte, habla, en El teatro y su doble, de esa entrada en el estado de éxtasis que puede ser consecuencia de una larga carrera, uno de los últimos capítulos habla particularmente de la gimnasia como posibilidad para el arte, y origen de expresiones creativas).
Por último, respecto del cuerpo y la escritura, me gustaría citar a María Negroni a quien escuché decir, mientras cursaba un seminario sobre el poema en prosa, que la poesía (parafraseo de memoria, para acercarme a lo realmente dicho) está en todo lo que sale de la tripa, sin importar la forma o el género, y que lo que a ella le interesa de la literatura es esa sensación de que lo escrito contagia al lector cuando proviene de ese lugar. Me gustó esa forma de comprender lo poético que ya intuía en consonancia con la recreación del mundo en forma personal, con un hacer de uno que es capaz de romper las lógicas colectivas para generar algo nuevo.   (Analía de la Fuente)


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Escribo en soledad cuando el resto de la familia duerme. Y me olvido del cuerpo y su apariencia. Creo que, como diría Onetti, no sirven las palabras para explicar. Algo que llamamos “yo”, y que no podría definir, está ahí; entre el silencio y el ruido seco de las teclas hundiéndose. De hecho el otro día escribí unos versos que dicen: “El ruido seco de las teclas hundiéndose/ es lo más cerca que vas a estar de la verdad/ de escribir cosas a cambio de nada”.
Entre las mejores cosas que he leído acerca del cuerpo, y que ahora me viene a la mente, está este verso de la genia absoluta que fue Wislawa Szymborska: “Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo”. Y también Viel Temperley, cuando escribe: “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo”. (Jorge Chiesa)


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Cuando escribo siento que mi voz se desdobla y a la vez se integra a la escritura. La emoción atraviesa la distinción entre lo real y lo ficticio, es una zona de contacto en el que la imaginación se materializa y con ella la voz adquiere la forma del cuerpo o el cuerpo, para decirlo en otros términos (a la inversa) se termina por textualizar en modo de poema. A veces considero que el lenguaje como materialidad tiene sus limitaciones, pienso en cómo otros artistas logran atribuirle un sentido performativo a la lengua al integrarla a otros escenarios, hay obras que tensionan el universo del discurso y lo llevan al límite, interactúan con diferentes materiales y las palabras parecieran quedar boyando como sucede, por ejemplo, con las piezas de silencio de John Cage. En mi caso la lengua es el punto de partida y también es el punto de llegada de todo lo que escribo y a veces imagino que lo que veo lo percibo desde una suerte de ojo de buey a lo lejos y en miniatura. Me acuerdo de las visiones de Werner Herzog en Conquista de lo inútil: “Jadeantes de niebla y agotados se yerguen en este mundo irreal, en una miseria irreal, y como yo, como en la stanza de un poema en una lengua extranjera que no entiendo, me encuentro profundamente asustado”. A lo mejor la escritura es una crónica de ese estado a mitad de camino entre lo que definimos por realidad y aquello que es pura invención mental con una intensidad que se desborda en múltiples direcciones y planos a la vez. (Marcelo Díaz)


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Me gusta escribir de mañana cuando la casa reposa y mi cuerpo está en silencio todavía: las ideas y las emociones me pertenecen a esa hora por completo. En el patio de casa, rodeada de un muro verde por el que trepa la enredadera y se descuelga, desde lo alto, el cielo. O en mi cocina, si es invierno, envuelta en el calor que sale de alguna hornalla encendida, un viejo rito que me viene del pasado y de mi mamá. Preparo unos mates y me dispongo a escribir. No suena todavía ningún teléfono. Mi hijo está en la escuela y yo en la casa, sola. Entonces espero la marea... 
Escribir poesía me centra, me ancla, me expande y me atraviesa el cuerpo. Suele relajarme y hacerme sentir “en mi lugar”. Es una experiencia diferente a otras prácticas de escritura en la que interviene más el pensamiento, el sentido crítico a través de la argumentación. La poesía me conecta con saberes propios inconscientes, profundos, probablemente a través de la intuición o la percepción. Saca a flote lo que no sabía que sé: acerca de mí, de las cosas, del mundo. Así que cuando sobreviene la poesía y logro escribir siento concretamente que algo ancla, por fin, armónicamente en mi cuerpo. Algo encuentra su justo espacio en mí, como si fuera un objeto que encaja en un estuche perfecto, hecho a medida. Entonces respiro. Me siento bien, así escriba sobre el amor, la muerte, la soledad o la locura. (Graciela Batticuore)


119

Salvo el dolor en las articulaciones, tengo hemocromatosis genética, mi cuerpo no me brinda otras sensaciones. (Esteban Moore)


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En el escenario de este mundo represento mi propio papel, hago con el cuerpo una suerte de mímesis de los acontecimientos. De este modo la palabra se vuelve adversa independientemente de su significado.
Escribo inclinada y cuando lo hago, sudo, toso, tengo frío, me contraigo, ya no interviene la voluntad, con la misma contracción están apretados el verso y los dientes. De todo eso dan cuenta las cervicales cuando me olvido de abandonar por un rato la silla. El resto sucede entre variados estados de ánimo y vacilaciones que inauguran una imagen que inaugura un poema, así el poema se apodera del cuerpo hasta una resolución jamás satisfecha. Y aunque trate de mantener mi conciencia en equilibrio, la incertidumbre, que particularmente me suscita visiones infernales, forma parte de ese microcosmos. (Rita Kratsman)


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Escribir me da mucha felicidad y eso el cuerpo lo percibe como un estado de bienestar. 
Hago yoga desde hace muchos años y trato de que mi cuerpo y mi mente estén bien; y eso me parece fundamental para escribir y para todo, pero de todos modos no veo una relación directa del cuerpo con mi escritura. Podría ser el acto físico de escribir con la mano o preferir escribir estando acostada, o ayudar a destrabar las ideas saliendo a caminar, pero nunca me he planteado mucho el tema de la relación del cuerpo y el arte.(Verónica Laurino)

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Escribo despierta, bien despierta. Antes me desbarataba. No dormía cuando el tema acuciaba. Me sentía caer desde el umbral del espejo. Ahora aparece una calma física junto a una exitación en la cabeza, un calor cerca de la coronilla. Si el estado de alerta funciona, no siento desgaste, sino gran actividad de la sangre. Circula. El cuerpo pide y lo escucho. Y hay que levantarse, caminar. Mate o siesta. Me he preguntado acerca de la relación del cuerpo, el arte y la naturaleza. Tener la naturaleza a mano, le pone cuerpo al arte, en mi caso a la escritura. Ahora escribo cerca del río.  Cuando el tiempo lo permite, alterno la escritura con la natación en el agua marrón del Delta. (Claudia Aboaf)


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El cuerpo es la voz, el pulso, los dedos, la espalda moviéndose ligeramente, la cabeza también se mueve y los ojos que miran perciben la escritura y lo que no es escritura.
¿Cómo no tener en cuenta al cuerpo? 
Un cuerpo dolorido o un cuerpo enfermo, un cuerpo de mujer o un cuerpo joven, los cuerpos marcan las rutas del alma.
El cuerpo de la mujer ha sido tratado por la literatura de una manera diferente a la del hombre. El cuerpo de la mujer ha sido violado, asesinado, suicidado, canceroso, llagado, olvidado cuando se pierde la juventud. Pienso en Frida Kalho. En un poema de H.D.

No soy fantasía poética
sino una realidad biológica,


un hecho, una entidad

como ave, insecto, planta


o célula de un alga;

vivo, estoy viva


cuidado: ignoradme,

negadme, no me reconozcáis,


evitadme, porque esta realidad

-éxtasis- es contagiosa.





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Mi relación entre el cuerpo y la obra es fundante, involucrado por ausencia o presencia, nutre el concepto de la obra. Según lo que pasa en mi cuerpo, genero mi obra: cuando el dentista me hizo una pieza dental de porcelana, aprendí a agujerear este material en la vajillas encontradas de las Fuerzas Armadas Argentinas,  y a utilizar dientes y radiografías en mis obras.
Siempre desde el cuerpo individual al cuerpo social, como un amuleto desde mis primeras obras.
“La enfermedad y sus metáforas”, de Susan Sontang es un libro que me ayudó a comprender más la relación entre cuerpo individual y social; y cómo, el lenguaje de la medicina, es apropiado por el lenguaje de la violencia, de la guerra, de la política partidaria. (Claudia Contreras)


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En una entrevista difícil de encontrar, la esposa de Miguel Hernández cuenta que Miguel se iba a escribir a la montaña como si fuera a pastorear, que salía umbrío y volvía angelado. Bueno básicamente antes de la primera línea la sensación es de agobio, pasan días en ocasiones semanas y hasta meses sin que pueda encontrar la línea que me permita comenzar el poema. Luego sobreviene una tensión como si se electrificara el cuerpo y ya no se puede abandonar hasta el final. La corrección es posterior allí ya no tengo esa misma sensación. Lo que sucede es mi relación agónica con la poesía. Otros sienten una felicidad y en cierta manera un amor más saludable. En mi caso me obsesiono por capturar la pieza del jugador fantasma. el fragmento que me permitirá construir el rompecabezas. En ocasiones ese fragmento es claro. Hay tres poetas en los que pienso ahora Vallejo, El conde de Lautremónt  y  Artaud. (Marcelo Dughetti)


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La sensación más profunda que siento, mientas escribo, es de felicidad. Escribir es muy placentero para mí. No soy un escritor atormentado aunque me subleva, en grado sumo, la situación desigual, horrorosa e injusta de nuestras precarias sociedades latinoamericanas. Como dice César Aira, yo me siento escritor cuando estoy escribiendo algo. La relación entre el cuerpo y el arte es un tema sobre el cual se ha teorizado, se teoriza y se teorizará profusamente. Cuando hablamos de cuerpo y arte como escritor pienso en una relación urgente y perentoria, una relación de presencia insoslayable, constancia y reclamo mudo. Se escribe solo, frente a ese texto que avanza hacia la nada, como un capitán primerizo frente a un iceberg misterioso, mientras ese yo –imbuido en el rol omnipotente y solitario del escriba pertinaz–, sentado frente al ordenador compañero, sostiene una relación fraternal, compleja e íntima consigo mismo. Cuando digo yo, me refiero al cuerpo, no tan relajado en una silla, y a la mente, prendida fuego entre esas letras en borbotón. Cabeza loca encendida, y en llamas, en lo alto de un cuerpo relajado, sentadito, expectante, suspendido, como si la cosa no fuera con él, no le incumbiera un ápice, no le rozara ningún borde, no estuviera sucediendo, no fuera. Míseros artesanos como decía otro, con tanta razón, en su pobre oficio apestado de maravillas agrego yo. Al tratar de hablar de estas cuestiones me vienen volando a la punta de la lengua, de inmediato, las palabras de la maravillosa Margarite Duras (del libro “escribir”): “Se está solo en una casa. Y no fuera, sino dentro. En el jardín hay pájaros, gatos. Pero, también, en una ocasión, una ardilla, un hurón. En un jardín no se está solo. Pero, en una casa, se está tan solo que a veces se está perdido. Ahora sé que he estado diez años en la casa. Sola. Y para escribir libros que me han permitido saber, a mí y a los demás, que era la escritora que soy. ¿Cómo ocurrió? Y, ¿cómo explicarlo? Sólo puedo decir que esa especie de soledad de Neauphle la hice yo, fue hecha por mí. Para mí. Y que sólo estoy sola en esa casa. Para escribir. Para escribir no como lo había hecho hasta entonces. Sino para escribir libros que yo aún desconocía y que nadie había planeado nunca. Allí escribí El arrebato de Lol V. Stein y El vicecónsul.* Luego, después de éstos, otros. Comprendí que yo era una persona sola con mi escritura, sola muy lejos de todo. Quizá duró diez años, ya no lo sé, rara vez contaba el tiempo que pasaba escribiendo ni, simplemente, el tiempo. Contaba el tiempo que pasaba esperando a Robert Antelme y a Marie-Louise, su joven hermana. Después, ya no contaba nada”. (Ricardo Rojas Ayrala)


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Nunca pensé demasiado en la relación cuerpo/escritura. Pero recuerdo que una vez le preguntaron a Saer, qué opinaba de lo dicho por Auster, de que escribir es como rezar, a lo que Saer contestó que era una tontería, que escribir es demasiado complicado como para considerarlo un rezo; que, si se quiere, agrego yo, es una actitud cómoda.
Para mí escribir es un trabajo agradable, no lo sufro ni me desespero. Si algo no sale, toco la guitarra un rato y veo qué me depara la escala pentatónica. (Javier Chiabrando)


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La concentración o la dispersión, múltiples ojos que miran en distintos niveles, sin división entre mente y cuerpo. Para mí, escribir, es bien animal (uno con muchas antenas o con un oído muy fino o que se mimetiza, un poco etnólogo). Y este animal se droga de sinapsis. Muchas veces a diferentes niveles de lo que sea la realidad. Revelación de la realidad, ¿del lenguaje? Para este animal viene a ser lo mismo. Y sus escupitajos son como haikus (revelaciones). O, en palabras de Virilio, intuiciones: un exceso de velocidad del pensamiento. ¿O del lenguaje? Detrás viene metódica, la artesana, la albañil que busca la solidez de tales figuras.

Comme les animaux habitent les éléments où ils vivent, les hommes habitent l’espace où ils voient, et dans l’espace où ils voient les hommes s’introduisent dans tout ce que la lumière éclaire, comme les animaux dans l’eau, dans l’air et dans la terre où ils vivent s’introduisent dans tout ce que l’obscurité éteint (...)
L’homme cherche une place mais il ne sera jamais là où il faut qu’il soit pour être là.

Jean-Luc Parent

Como los animales habitan los elementos en los que viven, los hombres habitan el espacio que ven, y en el espacio que ven los hombres se introducen en todo lo que la luz aclara, como los animales en el agua, en el aire y en la tierra donde viven se introducen en todo lo que la oscuridad apaga (...) 

Jean-Luc Parent (traducción de RP) 



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Doy mucha importancia al cuerpo. Intento estar cómoda (mis parámetros de comodidad son bastante amplios) y no me quedo quieta por horas, sino que cambio de posición cada cierto tiempo. A veces escribo de pie. Me gusta hacerlo a mano y en papel, me resulta más físico que el teclado de la computadora. 
Hace muchos años, tuve una época en que me ponía cabeza abajo media hora por día. Tal vez por la cantidad de sangre que va al cerebro al estar dada vuelta, se disparaban cantidad de ideas interesantes. Eso me hace acordar a este fragmento del gran Lewis Carroll, en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí:
El Caballero pareció sorprendido con la pregunta:
—¿Qué importancia tiene la posición de mi cuerpo? —dijo—. Mi mente continúa trabajando sin hacer diferencias. En realidad, cuanto más cabeza abajo estoy, más cosas nuevas invento. (Anahí Flores)


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Cuando escribo el cuerpo se me enfría, necesito calor para sentir los dedos, a veces en invierno, unos guantes de lana sin dedos que me tejo durante el verano, me ayudan. Lo imaginario recorre su camino hasta tocar el cuerpo con puntadas. La zona cordial, una mezcla de estómago con diafragma, se ahueca de manera agradable, escribo en la cama con frecuencia, sentada en posición de loto y sin respaldo para cuidar mi espalda. Cuando lo hago a mano me gusta lo sensual de la sensación del ronroneo de la birome sobre cualquier papel y formar las letras físicamente, como cuando al bailar, la energía de todo el cuerpo se libera desde el torso hacia los dedos. Cuando no me gusta lo que escribo y choco contra obstáculos de forma, me pican los ojos, se me tensiona apenas el omóplato izquierdo llamado para mí el lugar desde donde se despliega el ala. Tomo agua mineral sin gas pensando en un café como premio con algo dulce para después. Releo al día siguiente, ya soy otro cuerpo, otras sensaciones y la razón más clara.

El cuerpo es presagio de la creación, es un lugar mudo desde donde nace cierta incomodidad que hay que procesar de alguna forma: no basta con moverse, no es suficiente estirarlo ni tocarlo, no alcanza la comida, la bebida, el vínculo con otro humano, hay que salir a la extimidad. Esto es compulsivo, es corporal hasta que aparece la palabra, el color, el espacio, el pincel, la imagen, el sonido y la alquimia ambivalente de dolor y satisfacción (goce) de su salida.  Hay obras, esculturas y pinturas que revelan el trabajo loquísimo de una intensidad ilimitada, solo porque sí. En la danza se produce para mí el misterio de la metáfora que encuentra el cuerpo y lo adapta a un lenguaje con la dinámica y reglas del habla: sonido, espacio, tiempo, organización, capacidad de narrar. El cuerpo, cuerpo poético, “cuerpo de obra”, nombrando esta fusión. Decía Frost: “como un trozo de hielo en una piedra caliente el poema debe deslizarse en su propio misterio.”
Daniel Sibony, escritor y psicoanalista francés describe la urgencia por buscar un lugar propio y como la “falta en ser” que es la cuestión misma del amor, se alivia cuando toma cuerpo, como luego se nombrará un cuerpo de obra. 
Pascal Quignard escribe y dice poéticamente la ligazón intensa del cuerpo con el arte. “El koto es una cítara de trece cuerdas. Se toca sobre las rodillas. El tiempo que se consagra al koto es el furyu. En Japón el furyu es exactamente lo que el mundo romano llamaba otium. El tiempo consagrado al desinterés por el arte. El tiempo consagrado al vacío. El tiempo consagrado. El tiempo consagrado a la noche entre dos soles.” Es esta la articulación con la posibilidad del arte. (Carmen Iriondo) 


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Las sensaciones todas (no todas juntas) pero todas, creo haberlas sentido cada una de ellas en algún momento: rabia, placer, ira, amor, dolor, sufrimiento, alegría. Me he reído mucho y llorado. Ahora con el collage es casi una excitación: el otro día empece una nueva serie, que creo que es la que estaba buscando, y que me conecta con cosas muy mías; y es casi como sublimar.
Es muy sexual y sensual el collage.
El arte sale de un cuerpo, no hay arte sin cuerpo.
Me identifico mucho con,  la poeta y pintora, Clarice Lispector. 

Un texto interesante de ella, un fragmento que alguna vez compartí cambiando "Escribir" por "fotografiar" y "palabra" por "foto":


Escribir es usar la palabra como carnada,
para pescar lo que no es palabra.
Cuando esa no palabra, la entrelínea,
muerde la carnada, algo se ha escrito



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Con respecto a las sensaciones físicas que acompañan mi escritura, no podría dar ninguna precisión, salvo una especie de envión como el que se alcanza al correr o al caer, porque escribo casi todo de un tirón, a menudo con muchos errores ya que soy lento para tipear; quizá se parezca a la prisa que uno podría tener cuando pone un sueño por escrito, por temor a que se le olvide. (Pablo Cruz Aguirre)


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Escribir para mí no es algo físico, es como entablar una relación. Una cuestión tal vez más psicológica, que física. Creo que las relaciones funcionan cuando lo que vincula está entre los dos sujetos u objetos de esa relación que se permiten olvidarse de sí mismos. Eso que surge, en este caso un poema, tiene que estar en el medio de los dos, exactamente a la misma distancia para que esa relación funcione. No se trata de mí, ni de mi cuerpo, ni tampoco del otro sujeto u objeto. Y tiene que funcionar como un ser nuevo, digamos un texto con vida propia que surge de la relación entre esos dos sujetos o entre ese sujeto y el objeto. (Clara Arias)


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Me he preguntado acerca de la relación del cuerpo y la escritura, sobre todo en función de mi género. El cuerpo pasa por una construcción cultural de quién soy como mujer y cómo me inserto en la sociedad, y la forma como soy visualizada. La escritura de mujeres me ha interesado al punto de ser co-organizadora de un Encuentro de Literatura Uruguaya de Mujeres realizado en el año 2003, del cual salieron sus Memorias (Actas) en el 2005: “La palabra entre nosotras”, que recomiendo su lectura, dado que allí aparecen diversos artículos, ponencias y ensayos de diversidad de participantes, y de gran interés para el debate sobre el tema.
En muchos de mis textos se pueden encontrar huellas de represiones, así como también algunas transgresiones a ciertos mandatos; pero siempre hay una forma implícita de decir palabras que importan de una manera silenciosa u oculta, si se quiere, bajo la imagen del espejo; dado que la condición de mujer es un condicionamiento, una exigencia que es difícil subvertir.
La lectura de Foucault y Judith Butler también me han ayudado a entender la relación del cuerpo con el poder, y la importancia de este con la producción de los discursos. Paradójicamente, el cuerpo no es considerado lo suficiente en el resultado de la creación y en la crítica sobre ésta. Menos aún en lo que a literatura de mujeres se refiere, conceptualizada como sub-literatura, y dentro de ella sobre las autoras en particular. 
Cuando escribo poesía, mi conmoción pasa por un permanente conflicto conmigo misma, un malestar, una incomodidad, como un deseo insatisfecho. Sin embargo, cuando escribo prosa caigo en estados de enamoramiento de los personajes, al punto de que he llegado al llanto cuando alguno de ellos tiene que morir. (Melba Guaraglia)


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Mi escritura nace así, como ahora, que salí volando de la ducha porque se me vino el texto al cuerpo. Cuando quiso, como siempre. De manera inesperada. Como una fiera que no quiere salir cuando le abren la jaula. Que prefiere escaparse por las suyas. Y viene espantando quehaceres cotidianos con las garras o a dentelladas, para que la alarma del reloj, los gastos y los trámites no le quieran poner otra vez la correa o el bozal.
Y es un ritmo, una frase, una imagen que viene de adentro, lejos y me sacude el espinazo. No viene de la mente ordenada y doméstica. Llega silenciosa, hasta decirse, hasta el final. Intensa, con nitidez punzante.
Después, cuando leo, me dicen que lo que escribo se puede ver. Yo pienso que debe de ser así, porque yo escribo lo que me gustaría pintar. (Soledad Gómez Novaro)


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Amo ir al teatro, creo que ahí es donde se ve con mayor claridad que la palabra, el cuerpo y el tiempo conforman una unidad, aunque también creo que esta relación se produce en cualquier tipo de creación artística. Existe algo ancestral, algo de evocación, que también está en la escritura. 
El cuerpo entra en calor a la hora de escribir (o actuar, o pintar, o hacer música). Hay algo físico que empieza a conmoverse, que entra en conexión con lo emocional e intelectual, planos que no deberían pensarse separadamente. En cuanto a la relación entre arte y cuerpo, pienso en Jerzi Grotowski, quien se dedicó a construir un teatro despojado de todos los artificios escénicos, ya que lo único indispensable para que se produzca el hecho teatral es la presencia del actor, del cuerpo. Y en un poema de Mary Oliver (que conocí gracias a otra gran poeta, Claudia Masin) que dice: “No hay por qué ser buenos. / no hay por qué caminar por el desierto/ de rodillas incontables kilómetros, por arrepentimiento. /Sólo hay que dejar que el animal suave del cuerpo/ ame aquello que ama (…).”  (Flor Defelippe)


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Un cuerpo que tenía de frente un torso con dos brazos se fue transformando en un brazo hacia adelante que defiende el pecho, una mano por detrás que equilibra el movimiento, una pierna delantera que guía el avance y una trasera que empuja. Los ojos, como el lenguado, mirando por sobre un hombro. La punta de la espada como la yema de los dedos. Mi primer maestro de esgrima me quiso enseñar el sable. Con él vale tocar de filo y de punta, de la cintura hacia arriba. Le dije que escribía poesía. Que trabajaba con la palabra justa, el movimiento preciso y el blanco diminuto. Le dije que quería usar el florete. Cuando escribo el cuerpo se tensa. Hay un riesgo de muerte. La hoja se curva y brilla al tocar el blanco. Por una milésima de segundo, lo otro y yo estamos unidos, y hay un pequeño dolor de por medio y un placer. Dijo Michel Serres: “La bestia se estira en lo prenatal”. Cuando escribo soy el animal. (María Eugenia López)


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Pienso que uno escribe con el cuerpo, y el mío se tensa, transpira, se agita, se cansa. En algunos procesos de escritura, la obsesión no me permite dormir y me levanto, anoto cosas sueltas, palabras que me dictan esos estados que luego se incorporan o cumplen una función en el texto final. Terminado el proceso creativo, el cuerpo se relaja, descansa, me permite disfrutar de otras cosas que la cotidianidad me ofrece, vuelvo a la normalidad, hasta otra oportunidad. (Patricio Torne)


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El cuerpo que escribe conmigo lo padece todo. Se alimenta a destajo, se desatiende, no abandona sus disfraces hasta la última palabra.
Rara vez disfruto de escribir. Nunca lo recomiendo. Su martirio es la mayor forma del amor que conozco. (Gonzalo Unamuno)


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No me había preguntado nunca por la relación entre el cuerpo y la escritura, pero ahora que estoy frente a la pregunta entiendo que existe.
Mi primera sensación, cuando algo se me presenta como una idea para escribir, es de una cosquilla en el pecho, y ganas de sentarme a desarrollar esa idea. Sentarme es sentarme literalmente. No escribo en mi cabeza. Solo tengo la idea, en un segundo definitivo y suficiente. Lo que debo hacer ahí es poner el cuerpo a disposición de la creación: sentarme y apoyar las dos manos sobre el teclado y tipear.
Si no lo hago, esa idea dura, digamos, unas diez horas. Si no la desarrollé para entonces, toda la historia se pierde, me olvido por completo. Puedo anotar en una servilleta: “chica que cantaba en el subte, mujer que la mira” y al día siguiente no entiendo por qué eso podría ser un cuento, no recuerdo el clima, las emociones que me suscitó, nada. Vale decir que el cuerpo tiene que servir a la idea rápidamente.
Otra relación entre cuerpo y arte es que cuando en una época de mi vida se me ocurrían muchas cosas para escribir pero no lo hacía porque me daba miedo, sentía que las ideas muertas se quedaban en el cuerpo y que me iba a enfermar de cáncer.
Respecto de lo que ocurre al no desarrollar una idea creativa puedo recomendar el cuento “Narración interrumpida”, de Dino Buzzatti. El autor comienza una historia sobre una aldea y una muchacha joven que canta en un balcón. Deja de escribirla. Y cuando la retoma... bueno... es interesante lo que ocurrió con la aldea, el balcón y la muchacha debido a su ausencia (al alma creativa que él les quitó). Es un cuento maravilloso, y su tesis, para mí, absolutamente cierta. (Virginia Feinmann)



141

Trabajo con ilustración editorial utilizando la técnica del collage, estoy en esa área aproximadamente unos diez años. Antes trabajaba en diseño gráfico.
Todos los días recorto imágenes sea digitalmente o con tijeras de forma tradicional. Recibo los textos de revistas para ilustrar o cubiertas para libros por la computadora , veo cuál es el tema y salgo en busca de conexiones visuales. Algunas veces demora días o en otros casos en algunas horas. Depende del texto, de la búsqueda o de pura suerte y estar atento.
Estoy recortando y creando diez horas todos los días, por lo general solo. (Mauricio Planel Rosiello)


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Aquí también lo que sucede es extraño. En algún punto difícil de precisar (en la piel, sobre la piel, dentro de la piel) algo se instala al momento de escribir. Es imperceptible, es tenue, es un apenas. Sucede allí en el cuerpo, que parece necesita liberarse de esa extrañeza y la única manera posible es la escritura. ¿Pero será así o es la única manera  de decirlo?  A veces siento que de manera excesiva lo que sucede a mi alrededor me provoca…provoca mi necesidad de escribir. No puedo ser indiferente a las cosas, sean éstas importantes o superfluas…y muchas veces reniego de esta supuesta “sensibilidad” que hace que la poesía aparezca, irreverente, imperiosa. (Adriana Petrigliano)


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Antes de que uno explote la poesía lo persigue, lo interroga. Es ella. Y uno de pie o de rodillas comparece ante el fondo de las cosas y da lo que tiene. De pie se es fuerte, de rodillas uno reza, vomita, suplica... quién sabe. Creo que es así.
No, no me había preguntado por la relación cuerpo-arte, como no me había preguntado por el erotismo de estar dentro de un cuerpo, tampoco recuerdo mis sueños al despertar, pero sé que soñé, porque están ahí. ¿Cómo podría, si no, despertar con un humor diferente cada vez? 
¿Se nace con sueños previos? ¿Se nace feliz, triste o desgraciado?


Cito a Teresa Arijón  en este poema:

Si fuera hombre usaría
la navaja de mi abuelo para afeitarme
rozaría levemente el hueco del mentón
trazaría los ángulos del rostro con precisión de esteta
Ha de ser un magnífico ejercicio de conciencia y de pulso
mirarse cada día al espejo, navaja en mano. 



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Escribo en estado de libertad, no hay cuerpo,  ni anterior ni posterior a mi palabra en el papel, uso lápiz cuadernitos escolares, hojitas amarillas, ahí nace con mi caligrafía imperfecta el poema, recorre la mirada el papel y busca la forma de la "a", y como si fuera un recuerdo de la horda carnívora se come la hoja recorriendo entre el lápiz y la idea. 
Cuando escribo soy esa que era, la que entre los seis y siete años descubrió la palabra y su volatibilidad .
En este tiempo recomendaría a Pascal Quignard, en su libro La Barca silenciosa , o en Morir por pensar, o también en Los desarzonados... estoy invadida hace unos meses por su obra y las cruzo y las revuelvo en una sopa tibia que me sacia:

¿Qué es un hombre? Un palo para matar,  una bolsa vieja para transportar lo matado, una lengua para referir la matanza del muerto al sobreviviente (al comedor de lo muerto). En la lengua de los Iks..., Abang-Anaze significa Ancestro de los ancianos. En el mito, el Ancestro de los ancianos dijo: Dios les ha dado a los hombres el palo y el hambre.
El palo se llama nakut y dios se dice didigware, el reiterado, el perdido, el inaccesible.
No hay dios, no hay más que lo perdido (lo que se ha devorado).
Usar el lenguaje es rogar a Perdido.
Toda comida, una vez, dos veces, tres veces por día, participa del retorno de lo matado bajo los incisivos y los caninos, lo mastica, lo deforma, lo ingiere, se construye con muerte.
Entonces todo lo matado está perdido en la oscuridad del cuerpo, como cada cuerpo es a su vez una bolsa sacada de otra bolsa más vieja.
Pascal Quignard " Los Desarzonados,  pág. 152

(Liliana Campazzo)


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La cuestión del cuerpo: me viene a la mente esa frase de disciplinamiento “mente sana en corpore sano” que nunca puse en práctica…¿mi cuerpo hace lo que quiero? Puede ser, aún a riesgo de sufrirlo. El cuerpo es lo deseado, lo oprimido, lo devaluado, lo que actualiza otras formas de libertad que impactan en el acto de escritura. Después está lo que se quiere decir, porque para el cuerpo no es lo mismo escribir un ensayo que hacer un madrigal. En cualquiera de ambos casos meto el dedo en la llaga del lenguaje. (Patricia Verón)


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Es un lugar común decir que se escribe con el cuerpo, pero creo que (al menos en mi caso) es absolutamente cierto: la escritura de poesía tiene alguna consecuencia física, que posee distinta resonancia cuando escribo por primera vez un texto, o si lo reescribo. Me resulta más placentero reescribir, aunque sea incorporar una coma, como si el poema fuera una especie de artefacto con el cual hacer cosas: ese acto me permite mirar las cosas desde otro lugar. Recuerdo una cita de Borges en su artículo “La poesía”, del libro Siete noches, referido al efecto que produce el arte en el cuerpo: “Tengo para mí que la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo.” Y también recuerdo unos versos de Estela Figueroa respecto de ciertas palabras que, como coágulos, aparecen casi físicamente en nuestra mente: “A veces creo/ que todo lo que tenía para escribir/ lo he escrito.//No obstante me persiguen/ versos como éste./ ‘¿Id, cantos míos!’ ”. (Carlos Battilana)


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Es una sensación, que puede provenir de un instante de emoción visual, angustia, dolor, pérdida Entonces la idea/recuerdo se instala y no me deja en paz. Debo borronear con un lápiz de punta blanda,, así se afloja mi cuerpo, primero los hombros, luego el calambre del estómago.   Y empieza el vértigo donde no reconozco la sensación de mi cuerpo en lo escrito, quiero traducir exactamente y no lo hallo,  y viene el tiempo del trabajo de unir cuerpo y palabra. Perfume y recuerdo. 
Uno de mis libros fue escrito en su totalidad escuchando siempre la música de la película “La mirada de Ulises” Eleni Karaindrou es su compositora, es un círculo que siempre me vuelve al mismo lugar, quizás como mi escritura que siempre trabaja tratando de encontrar la palabra que lo exprese, hallar la manera de decir dolor y que al deletrearlo duela.



Escribo con el cuerpo, con las llagas que producen la injusticia, la lucha diaria, el sobrevivir.
Por ejemplo este poema de la poeta polaca Anna Swir, es una reiteración martillando mi cabeza desde el día de lo leí:


IGUAL POR DENTRO

Mientras iba a tu casa para un banquete de amor 
vi en una esquina 
a una vieja mendiga.

Tomé su mano,
besé su mejilla delicada,
hablamos, ella era
por dentro igual a mí,
de la misma especie,
lo sentí instantáneamente,
como un perro reconoce por el olor
a otro perro.

Le di dinero,
no podía separarme de ella. 
Después de todo, una necesita 
la proximidad de alguien semejante.

Y entonces ya no supe
por qué estaba yendo a tu casa.


Creo en la palabra poética como creo en el amor y la mano que acaricia.
Creo en la palabra y el compromiso de decirla. En la lealtad. (Marta Cwielong)


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No sé si el cuerpo se propone diferente al escribir, pero sí siento que cuando ya domé el “asunto” de un determinado poema, experimento una seguridad en la que ya no escucho ni sufro el paso del tiempo: todo pasa en una porción de sentido, que puede ser desmentido, claro, pero cuya mirada sobre lo que se puede escribir es cercana la sensación original. El poema es un deslizamiento certero del primer asombro y del reducto de respiraciones íntimas, pocas veces traducibles. 

Dejo un tramo de un  texto recomendado, en este caso de Mark Strand. 
Se trata de “Clear in the september night”, de su último libro, “Almost invisible”: 

“Lo que hace no tiene que ver nada conmigo. Su desesperación no es mi desesperación. Yo no me pongo de pie bajo los árboles a mirar pequeñas casas. Yo no tengo perro.” (Mario Arteca)


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A su modo el cuerpo escribe, utiliza su propio lenguaje y lo hace desde la piel, mediadora, órgano de contacto en la constante dialéctica interior-exterior.  La escritura y la lectura, a su vez, se inscriben en el cuerpo, le dan forma y contenido, decimos: “devoré la novela en un una tarde”, “me comí un párrafo”, “tengo la palabra en la punta de la lengua”, “escribe/o en carne viva”, y más.  En el acto de escribir, cuando la birome toca el papel y el trazo deja su hendidura de tinta, el cuerpo se  involucra emocional y físicamente: la postura propicia, la columna sosteniendo, los dedos ejecutando, los pensamientos  díscolos que entorpecen, la concentración deseada, en fin, apoyos y disturbios. Lo siento en la medida que el desasosiego me invade cuando por alguna razón práctica no puedo dedicarle tiempo a leer o escribir (dos términos indivisibles del oficio). Todo se aloja en el cuerpo en tanto totalidad y espejo del Otro y el mundo alrededor y todo sale de él, sin duda el compendio más cercano y vasto que tenemos.  En su novela, El crimen del soldado, Erri de Luca:  "Gracias a las lecturas que hice de niño, que se me quedaron inculcadas en algún mapa por debajo de la piel, conocía..."
En este punto de la reflexión pienso en Juan José Saer, en su lúcida respuesta a la pregunta acerca de la relación del cuerpo y lo escrito, en el marco de una entrevista reproducida en El concepto de ficción. Sus palabras: “La escritura, en el sentido grafológico, perfectamente individualizada, lleva las marcas del cuerpo que la ha sembrado en la página. Y ese cuerpo, cuyos innumerables signos pueden seguirse en los trazos de lo escrito, se deposita poco a poco, a lo largo de los años, en la obra que es, según la vieja denominación latina, también ella, un corpus. Escribir es así una especie de traslado en que lo vivido pasa, a través del tiempo, de un cuerpo a otro”. Habrá que resignificar, pienso, en los tiempos tecnológicos que corren, esta íntima relación de la letra con el papel, correrla gradualmente a la pantalla luminiscente. (Marta Ortiz)


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Cuando empiezo, quiero creer que mi forma de trabajar no obedece a un plan, sin embargo cuando echo la vista atrás, sí me parece que se puede pensar que lo haya. Lo mismo ocurre con los temas: en los años que llevo tejiendo, siento que hay temas que siguen captando mi atención: la situación de la mujer y las migraciones…Pero hay un tema que está presente en todas las piezas: el tiempo, como lo concebimos, percibimos y gestionamos.
Algo de eso practico cada vez que comienzo una sesión de trabajo y es un pequeño ritual: delante del telar pongo dos tatamis; en ellos, coloco todas las herramientas, todos los materiales necesarios para el trabajo y también me siento yo, con las piernas cruzadas. Los dos tatamis en la horizontal y el telar en la vertical constituyen los ejes de un mundo distinto, mis propias coordenadas de tiempo y espacio, mi balsa con la que viajo en el tiempo, o mejor dicho, hacia un lugar en el que no existe el tiempo, solo el tempo. La quietud, la desaceleración hasta alcanzar la lentitud necesaria para comenzar el trabajo, con el equilibrio justo entre tensión y soltura le dan el componente meditativo.
Hay un momento en el que el cuerpo parece no existir, ni la espalda, ni los hombros... y las manos parecen conocer la coreografía que han de seguir sin que yo tenga que estar pendiente de ellas. La vuelta, a veces es un aterrizaje doloroso en el mundo real: la vista cansada, los brazos pesados, las piernas dormidas.
Recuerdo a mi profesor de la escuela de artes aplicadas en Aubusson, Francia, quien al inicio de nuestra estancia nos hizo tejer varios días seguidos en una pequeña pieza con un solo color. Al principio se veía cada interrupción, dónde nos habíamos levantado para ir al baño, a comer, a clase de dibujo; dónde empezaba un nuevo día, qué humor teníamos, si había estrés, enfado, cansancio, tranquilidad. Para él eramos libros abiertos. Nos dio una gran lección. Aprendimos que más allá de lo que expresamos en el tapiz en el plano gráfico, volcamos otra parte de nuestro ser, más corpórea, en el tejido. En este sentido, cada sesión es un ejercicio de decidir hasta donde quiero que llegue el control o la renuncia a la corporalidad y la huella que pueda dejar en el tejido o hasta qué punto permito su presencia. Los indios navajos dicen sabiamente que la tejedora debe dejar un hilo suelto para que su alma no quede atrapada en su obra. Sabia mente. (Andrea Milde)


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La escritura como un hilo que desovilla aguas subterráneas. El cuerpo que flota, se resiste o sumerge, fluye, derrama, salpica, desborda, exuda. Cuando me siento a escribir no sé qué me deparará ese viaje. Algunas veces no me lleva a ningún lugar por resistencia del sólido al fluido. Otras, la armadura protectora se destruye y se llega a lugares impensados, impredecibles. 
Para traducir el cuerpo ofrece menor oposición porque lo mueve la curiosidad: sabe que explorará aguas desconocidas. No hay un hilo enlazado a  la obsesión.
El cuerpo al acompañar a la escritura ignora el tiempo y a la vez se disuelve en su sedimento: el pasado y el presente. La mano es el anclaje en ese viaje.
Se escribe para lanzar botellas al mar o para alcanzar el cuerpo del otro. Pero siempre como decía Gastón Bachelard hay un goce al lograr unirnos al desplazamiento del líquido: El psiquismo se comporta poéticamente. De allí en este caso el placer de escribir.
Escribo desde mis obsesiones, desde las lecturas y desde el profundo disfrute de crear y verme sumergida en la experiencia lúdica del lenguaje, para disolver mi identidad y reencontrarla. (Marina Kohon)


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La relación entre cuerpo y escritura se me presenta en términos de concentración física: se suspende el sueño, los dedos se vuelven rígidos y veloces sobre el teclado, me terminan doliendo los dedos gordos por la tecla espaciadora, concentro los ojos en un punto, me da sequedad de boca, respiro agitadamente, achico los párpados ante la pantalla. Incluso he terminado con tendinitis en épocas de mucho escribir. Puedo estar hasta doce o trece horas escribiendo, corrigiendo, releyendo, sin moverme de mi lugar. Ahí hay un cuerpo puesto EN la escritura, un cuerpo casi subsidiario de la palabra, pero central para sostenerlo. Además, habitualmente escribo corroborando la eficacia de la escritura con una lectura en voz alta. Y es ahí donde encuentro más comprometido mi cuerpo: escribo poemas largos que requieren de una gran energía corporal. Necesito tener aire, necesito estar “fresca” para escribir/leer. Por otra parte, he optado además por usar a veces términos largos, de muchas sílabas. Y leerlos en voz alta puede ser complicado. En una ocasión me habían invitado a leer a un recital de poesía y nos dieron vino antes de leer, pero no quise beber por miedo a no poder leer adecuadamente los poemas donde aparecían las palabras “vitivinicultor” y “sifonóforos”. A veces, si tengo la voz cansada, decido vocalizar o hacer ejercicios de respiración antes de leer poemas ante el público. Un ascetismo al servicio de la lectura poética. Al ir escribiendo mis poemas, voy pensando en esto, voy poniendo a prueba lo que siento que es casi una gimnasia lingual y diafragmática. 

Y no hay que olvidar las condiciones materiales económicas para poder sostener la escritura en tanto trabajo realizado con un cuerpo que debe poder mantenerse. Claro, Woolf ya expuso la realidad de este planteo en Un cuarto propio, especialmente pensando en las posibilidades espaciales y materiales para las mujeres escritoras. En mi caso, el trabajo asalariado de una mujer de clase media es mi contexto material-económico, con sus posibilidades y limitaciones. De algo vive el cuerpo que escribe. Y ese sostén lo visibilizo en tanto hay muchos sujetos que no están en las mismas condiciones materiales para sostener corporalmente una escritura. (Helen Turpaud Barnes)


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Escribo como hago huerta: observo más que produzco. Quizás, mis intervenciones sobre la hoja son mínimas y quedan como resabio de un gran proceso de lectura y pensamiento previo.  Pensamiento que es cuerpo en completa transformación. Ya lo decía Michel Serres en Variaciones sobre un cuerpo: “Late, mis costillas se levantan, mis talones golpean el suelo, mis cabellos se agitan en el desplazamiento. Pero la vida entera también se mueve: porque las plantas crecen y su fertilicina alza el vuelo, las algas flotan y los hongos se extienden, pero menos que las bacterias. Además, la vida no sólo se desplaza, sino que cambia. Los vivíparos se transforman en el curso de la embriogénesis, algunos insectos pasan de la ninfa al imago, los organismos crecen y se desarrollan, degeneran y mueren, se pudren y se descomponen, vuelven finalmente a las moléculas primitivas restituidas en el stock universal. No sólo la vida se mueve y cambia sino que intercambia: por el metabolismo y las diversas transacciones que negocia con su entorno, lucha contra el desorden.”
No entiendo cuánto cuerpo puedo llegar a ponerle a la poesía ¿Noches de desvelos? ¿Tardes donde se me pasa la siesta sólo por escribir? Generalmente, la producción de poemas es como un buen café bien fuerte: me despierta demasiado. Quizás, entro en otra órbita: como un latido propio que me da la palabra y que se rompe por los guiones -otras voces, otras veces- que van apareciendo a medida que produzco.
Entro en trance con el cosmos. Creo en el trance creador de la poesía, de su po(ética). A veces, me tildan de ser demasiado místico, demasiado “hippie”, pero la poesía tiene que generar ese “otro espacio” dentro del espacio lineal que uno cree vivir. Todo se exuda, se mueve, se vuelve partícula para golpear con otras y generar un recorrido. Un danzarín mental que es sonido del universo. Algo de esos bailes paganos, esas tribulaciones narcóticas, tiene mi poesía. Así me parece o es lo que intento hacer. Mover el cuerpo a un ritmo sistémico.
Observar, danzar, para volver a observar. Es una ética del decrecimiento productivo. Si Aira intensificaba su producción cada vez, yo la reduzco la vuelvo cada vez más infinitesimal. Ir decreciendo, comprar lámparas LED, hacer compost para reducir la basura, llevar tu propia bolsa a la despensita de la esquina. Pequeñas cosas que cambian el todo. El cuerpo danza ese baile, mi mente brilla en su minimalismo. (Mario Massone)


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Lo que más me gusta del momento de la escritura es la diversión. Me divierte escribir y eso se siente bien en el cuerpo. Puede entenderlo quien sepa lo que es divertirse y quien lo sabe entiende que divertirse puede estar ligado a la alegría o puede estar ligado a la maldad, al odio, a la revancha, a la venganza, a la acción o a la inacción, también  a una entrega total a la tristeza . Algunos no aprendimos a divertirnos en el Ital Park. Todo se siente en el cuerpo a la vez que el cuerpo desaparece porque son momentos de fusión con el Todo. Sublimación en su acepción de acercamiento a lo sublime. Cuando se hace algo con intensidad el cuerpo aparece o desaparece importa y no importa porque apenas es un instrumento, una herramienta.

Comparto un poema de  Luis Miguel Rabanal 


OTRA MEDITACIÓN (fragmento)

Se le reconoce por su cuerpo maltrecho y su voluntad perdida.
Desde su mesa escribe aún por doquier palabras entrañables
con que desentorpecer sus manos heladas, 
y quiere construir una estancia que cobije tanto dolor,
y se resigna a ceder ante la próxima muerte
un desconocido rincón de su costado.

Para que el tiempo lo castigue con suma lentitud
es preciso regresar a la Fuente
y adivinar desde allí la existencia.
Muchachos que rasgan con tozudez la ropa interior de las muchachas
para después amarlas mucho y a deshora.
O si no, niños que vienen de las afrentas terribles con cabellos de punta
y barro y sangre en las rodillas: morir por San Antonio
y por su santa hermana.

de "La última vez", Ajimez libros, Gijón 2000




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La inquietud avisa. El malestar. Arden las manos. Quiero estar sola. Quiero estar sola. Como si entrara en un umbral y empezara a separarme. No estoy totalmente donde estoy. Me alejo. Pienso en esa palabra inglesa: fading. Borrarse. 
Necesito espacio a mi alrededor. Vacío. Que no me hablen. 
Casi siempre en la naturaleza, el patio, mi calle. Todo se suma al poema. Es parte del ritmo. Mi cuerpo está ahí, simplemente. Reposa en su olvido. No hay interrupción, todo es esencia.
No puedo escribir si me miran. Puedo leer, ordenar, lijar. No puedo escribir. 
No sé cómo es mi cara mientras escribo. No toleraría un espejo. No sé dónde estoy. Me daría miedo que me miren. Que vean algo. Revelación. Algo que no conozco. Me daría miedo verme.
La mano es diferente. La mano acompaña. Sabe más que yo. Se mueve atada a la escritura, forma los versos. Sabe antes que yo donde cortar. Vuelve atrás y mira. Detenida sobre la lapicera, tensa, como una bailarina, atentísima a los sonidos. Al silencio. 
Hay poemas en los que no puedo respirar. Los escribo rápido, van a caballo de la luz. No se detienen. Tan distintos de otros, palabra por palabra. Como si enhebrara un collar de mostacillas minúsculas. Los ojos esforzados en la precisión.
Hay días en que el cuerpo se resiste a la escritura. Quiere ir a la playa, a la cocina, al encuentro. Las manos buscan movimientos amplios, trabajar con objetos materiales, que pesen, que raspen, que se desborden. No esta filigrana de clausura.
Sin embargo, gana el ardor, el repiqueteo de algo en la cabeza, la tinta. Y otra vez a la mesa, a la lámina extendida. La intemperie cerrada.
Después hay que volver sacudiéndose la viruta pegada a la ropa, como hacía mi padre cuando venía de la carpintería a casa.
Salir es igual que entrar, fading al revés. Acercarse de a poco, lento. 


También quiero escribir poesía. En el umbral de la poesía me encuentro siempre temblando. 
Katherine Mansfield, Diario



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¿Es acaso posible vivir sin cuerpo?
¿Porque sería posible escribir sin sentirlo? 
Mi  cuerpo es mi alarma, si lo ignoro se  vuelve y reclama.
Las emociones tienen su correlato en el cuerpo, a menudo antes de que sepamos que nos las provocan, llegan las señales.
La certeza de estar frente a un hecho poético la vivo en la conciencia y en las sensaciones físicas. 
Si hay un momento poético cambian las prioridades, es otra la respiración y otra la energía. Por un lado pierdo el control y por otro  me encuentro protegido. A la espera de lo que tenga que ocurrir, el cuerpo está inactivo pero más presente que nunca.
Difiere la gravitación de lo que me rodea y hasta percibo diferente los latidos en  mi  corazón. Lo siento como una señal de estar en el buen camino. 
Aclaro que no siempre es placentero. Si eso ocurre hay empatía con el sufrimiento y el cuerpo es la caja de resonancia. También la pena se refleja cuando los poemas transitan por espacios de dolor.
El poeta peruano José Watanable dejo su testimonio en un reportaje realizado por Enrique Higa Sakuga. Si bien no menciona el cuerpo específicamente creo que habla de lo mismo:

Es un estado de conciencia donde uno siente que tiene más dominio de todo. El momento en que escribes poesía te sientes al mismo tiempo muy poderoso y muy débil. Muy poderoso porque sientes que lo puedes hacer todo, y muy débil porque parece que el lenguaje te va a ganar la pelea. Cuando estás inspirado, te sientes más poderoso. Y es un estado de conciencia muy bonito, que se disfruta mucho. Uno se siente como transportado. Y parece incluso que te dictaran versos. En tu cabeza aparecen versos que tú no los has pensado.

Siguiendo con la consigna recomiendo un breve texto de Octavio Paz llamado “Poesía y Respiración”

Es un apéndice del ensayo  “El arco y la lira” y  se puede leer  en el siguiente link:



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Sinceramente al escribir no tengo mucha conciencia del cuerpo ni de mis sensaciones físicas, estoy absorto, escribo incluso con gruesos errores de ortografía en el flujo de la escritura que brota velozmente, sin separar las palabras a veces. La relación del cuerpo con la escritura la siento y  la exploro más al momento de leer en público el poema. Allí es donde siento que el poema toma mi cuerpo y mi voz en relación con el espacio y el público en el que estoy,  siento que toda lectura en público es una puesta en escena del poema donde juegan la voz, el cuerpo, el vestuario, el público, el lugar, la luz, los objetos, el sonido del lugar, etc. Dice Antonin Artaud: “el deber del escritor, del poeta, no es ir a encerrarse cobardemente en un texto, un libro, una revista de la que ya nunca saldrá, sino al contrario salir afuera para sacudir, para atacar a la conciencia pública si no ¿para que sirve? ¿y para que nació?” (Javier Alejandro Robledo)


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Escribir me pone muy sensible, digamos que ese buceo me produce a veces hasta un “mal humor”. Será por eso que me aíslo, aunque esté entre extraños. Soy escritora de bares y salas de espera. Escribo también viajando. Cuando se me ocurre alguna idea que temo olvidar, la escribo. Donde sea. Me gusta escribir en viaje, llevo siempre una de esas hermosas libretas teladas. (María Lyda Canoso)


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No me parece que haya desarrollado una particular sensación, en cuanto a lo corporal, al momento de escribir; el no ser consciente (del cuerpo), no significa su negación, creo que participa por medio de los sentimientos puestos en juego, algunos deben responder a procesos químicos, que ignoro, en mi cerebro, otros, responden al olfato, la vista, el tacto, de algunos no sabría qué decir, pues son imaginaciones, o recuerdos. 
Reconozco que –en oportunidades- tengo ganas de llorar, o de reírme o de abrazar o de silencio y que me siento lejos de un cuerpo al que voy conociendo más por chinos y japoneses, que por las ilustraciones de anatomía occidental. Recomiendo la lectura de La resurrección del cuerpo de F.M. Alexander, y Karada, el cuerpo en la cultura japonesa de Michitaro Tada. (Sergio Sammartino)


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Creo que la sensaciones físicas en mi caso cambian de acuerdo a lo que estoy procesando. En general más que una sensación concreta, es un estar alerta, como el gato agazapado esperando el momento exacto para dar el salto. De todas formas creo que hay que involucrar más el cuerpo, de hecho ahora mismo estudio en un taller con Max Cuccaro, donde la creación está centrada en el Ser, lejos del intelecto y del lenguaje. Intento arriesgarme más para poder elegir y no quedarme sólo sentada en una silla. Que el viaje no sea sólo desde la imagen, que el viaje esté vivo y suceda. 

El fragmento que elijo es de un texto de la poeta y bailarina Karen Wild:

Hasta ahora, nuestra pareja conocía un solo juego. Pudimos jugarlo hasta el cansancio pero estaba previsto que vinieran. Siempre arriban. Nos hablan de apertura del espacio pero vienen en malón como un cuchillo. Acabarán con nuestra danza. No creemos en su pacto. Aceptaremos llevar su figura si ellos llevan nuestro ritmo. Fragmento del poema Migraciones – Libro “Anti Férula”. (Alicia Preza)


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No hay una sola sensación física al escribir, a veces incluso el cuerpo se anula. Otras pocas hay euforia o bronca porque algo que pensaba estaba bueno resulta una mierda.
Tengo “moscas volantes” en el líquido del ojo y podría decir que me molestan sobre todo cuando la página está en blanco, así que uso un editor con pantalla negra. (Ximena May) 


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Lo que siento en el cuerpo es una inquietud, un movimiento. Me muevo en la silla, se mueven las manos. Es entre placentero y molesto pero también es una necesidad. Hay una tensión que me mantiene alerta y me lleva a buscar la poesía. Todo el cuerpo participa. No puedo evitar murmurar el texto, la boca se implica, la fonación y el oído atento. Eso va dando la forma oral que después entrará en juego con la gráfica. Es un momento de mucha intensidad. (Gerardo Curiá)


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Tenemos una expresión con la poeta y amiga Alicia Preza: “nos agarra el bicho en la espalda”. Yo entro en una especie de ensimismamiento que es también corporal. Todo el cuerpo queda absorto. Esto significa que apenas si me despego del texto. Y cuando lo hago, es por obligación; no hay más remedio que ir al baño o comer. No necesito más nada, no me interesa más nada. Y mi cuerpo está en ese lugar. En el espacio que escribo y no en otro. Algunas veces, las sensaciones corporales no son muy amables. Más bien, angustiosas, pero al ir escribiendo una se va despojando de la carga y se produce una suerte de estado de paz.  En los momentos más fructíferos no puedo parar y el cuerpo tampoco. Me alimento pésimamente, no hablo casi con nadie, no me arreglo y no quiero salir de mi casa. Esto produce una disfuncionalidad con el entorno familiar, amistoso y laboral, nada fácil de llevar. Aunque suene egoísta (y lo es) cuando escribo sólo quiero escribir. Y mi cuerpo sólo quiere pasar por ese estado y no por otro. (Laura Alonso)


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No es que sienta una especial predicción por Mishima, pero de alguna manera no puedo dejar de compartir con él (hablo del Mishima joven, antes de su descubrimiento del fisicoculturismo) aquello de que el cuerpo es la cárcel del alma, su imposibilidad, su atadura. El cuerpo como imposibilidad de goce, de goce en la letra, porque primitivamente existió un otro cuerpo que sí lo fue, y que desde su descubrimiento lo obtura, al decir de Lacán. Alguna vez intenté decirlo en un poema, y con estas mismas palabras: 


entre mis palabras y yo hubo un territorio anterior
que fue de goce 
y ahora obtura la posibilidad del encuentro

es una marca  |  un vértigo tatuado en este campo de batalla
hecho con sangre y piel y restos de naufragios

se escribe para eludir el cuerpo
se escribe para olvidarlo



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El tema del cuerpo es parte de mi teoría conceptual y filosófica, del hacer creativo poético. Como poner el cuerpo y como relacionarlo con el cuerpo del propio lenguaje; a cada acción hay una reacción, incluso con el cuerpo del medio técnico elegido para abordarlo. Siempre les digo a mis alumnos, si el cuerpo está contracturado, la pintura se refleja así: contracturada…Hay un cuerpo que se prepara, que se excita, entra en expectación, tensión que va directo al cuerpo del lenguaje poético, es una relación casi orgásmica que deriva de ese encuentro, sus sustancias, en un carácter antropológico, donde si se llega a ese punto de máxima tensión, al clímax, se funden los límites; y el cuerpo del lenguaje, la materia y uno son cósmicamente un solo cuerpo, como los cuerpos fundidos en un acto sexual único, cósmico, indescriptible. (Nicolás Menza)

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Yo creo que siempre escribí con el cuerpo. Para escribir un poema tengo que entrar en su mundo, ser su personaje. Pienso en la experiencia de lectura también como una experiencia física, porque la poesía y el arte que más me interesan son los que provocan una reacción que va más allá de la búsqueda de sentido y de un proceso de interpretación consciente. Por eso busco que los poemas sean pequeños mundos en los que el o la lectora se interne y, para crearlos, yo también tengo que internarme y vivir en ellos. Lo pienso como una especie de trance o de viaje. Para encontrar las palabras justas, tengo que estar ahí. Un texto que se me ocurre es "La palabra profética" de Maurice Blanchot, en El libro por venir. (Judith Filc)

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Y el cuerpo desaparece frente a un libro que me atrae mucho tanto como durante el rato de escritura. Por eso suscribo al concepto de Vila-Matas de que escribe con el único fin de desaparecer, de suicidarse en la escritura. Escaparse de la realidad material, incluso del cuerpo propio. Yo no sé dónde está mi cuerpo cuando leo o escribo; para saberlo, tendría que dejar de leer o escribir, no conseguiría tener en cuenta las dos cosas a la vez, y me parece que justamente ahí está el placer: en perderse. “Perder países, perder recuerdos, perderlo todo”, también dice Vila-Matas citando a Pessoa. Es la sensación de borramiento, de viaje, de fuga, de desintegrarse. Lo frustrante es que uno quisiera permanecer de aquel lado, no volver a esta dimensión. Los límites son bien específicos, pero cuando te acostumbrás al estado de la ficción, por momentos, no sabés bien de qué lado queda la realidad, cuál de las dos es. Sí sabés siempre cuál preferís: la que tenga literatura.

En este último tiempo leí los tres libros de Stephen Dixon que publicó en español Eterna Cadencia entre 2014 (dos volúmenes de cuentos) y 2016 (Interestatal, novela). Es un autor que descubrí hace poco y se ubicó de inmediato en mi Olimpo de escritores. Dixon me hace aullar de risa y finalmente eso también es corporal: los autores que elijo son los que me hacen reír en voz alta.
Cito un fragmento de Stephen Dixon de “Hombre, mujer y niño”, un cuento de Ventanas y otros relatos:

“El problema es este”, dijo ella. “Somos dos personas, en una casa, con un solo hijo, y yo no estoy embarazada de un segundo. Tenemos un dormitorio principal y otro dormitorio, así que uno para nosotros y otro para el niño. No tenemos lugar para invitados. No tenemos habitación de huéspedes. El sofá no es lo bastante cómodo como para dormir en él y no se convierte en cama. No tenemos bolsa de dormir para que uno de nosotros duerma en el suelo. No quiero que nuestro hijo duerma en la cama principal con uno de nosotros mientras el otro duerme en la cama de él. Uno de nosotros tiene que irse, eso es lo que estoy diciendo. “Te entiendo”, dice él.” (Mariana Sández)


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En la escultura, el cuerpo está totalmente comprometido, el cuerpo recorre la obra y la obra recorre el cuerpo. Hay un compromiso físico importante, se usa la fuerza, la precisión, posturas incómodas, imposibles, las manos como pinzas, las pinzas como manos, los movimientos repetidos duelen, acalambran, cansan. Las sensaciones son de una energía muy fuerte, una emoción profunda y una alegría enorme cuando el trabajo llega a buen puerto. Pero cuando las cosas no cierran, la imagen se niega, no sale, o no prospera la idea, deviene un caos emocional a partir del cual necesito dejar todo y esperar a que pase el huracán. Cuando deviene la sensación de caos y frustración, todo se convierte en un torbellino oscuro y destructivo donde nada bueno puede surgir. Por suerte con los años aprendí a alejarme de la obra cuando me invaden estas sensaciones. (Silvia de Stoia)


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La sensación al momento de escribir, el “trance”. El cuerpo responde a la mente, cede y viceversa, el cuerpo es un canal, la escritura también. En relación al cuerpo y al arte, sigo adorando un fragmento de Artaud, que pertenece el ensayo Dos naciones en los confines de Mongolia (El cine. 1973),  lo tengo hecho poster en mi biblioteca. Artaud, que para mí, tiene todo que ver con el arte y el cuerpo: 


Potencia del sentido,
supremacía de la calidad.
Usted interpreta una obra. Diez mil sentidos están encima de cada frase, de cada palabra, de la menor entonación.
Añada entonaciones similares, cultive todas las posibles y verá usted lo que puede salir de ahí.
Observe mi cabeza, a mí que estoy hablando.
Todo el interés de lo que digo parecería estar en mi discurso, error, en el menor gesto de los músculos de mi rostro, puedo crearle mundos de imágenes, instantáneas, abandonándome simplemente a todas las modulaciones de mi deseo interior, de mi apetito de vivir, modelando sus sensaciones.
Vean.



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Escribo por la mañana. Escribo en el silencio. A veces la lectura de otros dispara la escritura. Otras veces es un  suceso cotidiano, una frase cualquiera, un cierto gesto lo que oficia como disparador. 
Pero sobre todo el recuerdo. No el recuerdo intelectual sino el vívido. La linealidad del tiempo se rompe y hay algo que transporta a otros paisajes, a otras escenografías. Es algo sensorial. Ahí aparece el cuerpo y entonces escribo desde las sensaciones que se transforman en imágenes. Son imágenes internas. Vienen desde un recordis intenso. Hay algo de alucinación y asombro.  El poema aparece. No sé qué quiso decir el poeta. No sé qué quise decir. Dijo/dije. Después vendrá el reposo del poema. Quedará allí hasta que algún día lo vuelva a leer y sobrevenga el asombro, o no. 
Escribo cuando algo dicta. Hay algo que se dice adentro de mí. Yo transcribo. Hay una ajenidad íntima y cercana. Es difícil expresarlo. Para hacerlo está el poema. 

El cuerpo aparece también cuando no escribo. Hay una cierta incomodidad, algo que molesta. Una cosa rara que avisa que es momento de volver a la escritura. Otra cosa que es difícil de explicar. Todo se mueve en el nivel de los sentidos. 

Por último, el invierno. Los árboles sin hojas. Las ramas vacías que dejan ver el cielo. La lluvia. El mar en invierno. El frío. El pasto blanco. La sensación de pisar la escarcha. Recortes de la realidad como fotografías. El ojo mira como si mirara una fotografía. Un mirar mediante encuadres recortando de la realidad un pequeña parte. En foco o fuera de él. Eso es todo.

Escríbete: es preciso que tu cuerpo se haga oír,  Hélene Cixous, Deseo de escritura. 



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Es difícil distinguir, en la escritura, las sensaciones físicas de las sensaciones imaginarias. Creo que, en alguna medida, la escritura se produce a través de una especie de ser híbrido entre el cuerpo, el imaginario y el lenguaje. Escribiendo, puede pasarme que me olvido por un rato largo de que soy un cuerpo; el cuerpo se hace imaginación - lenguaje. Mi escritura, además, es muy corporal, porque yo camino mucho. Y el caminar es parte del escribir: hay problemas de la escritura que se resuelven caminando. Yo siento que el cuerpo que camina es un cuerpo imaginante, imaginándose, siempre. En mi experiencia, el caminar libera el proceso de la imaginación; es como si el cuerpo, ocupado en una actividad automática, liberara otros campos para que se desplieguen. La escritura, además, permite experimentar otros cuerpos, tener otros cuerpos, ser poseído por otros cuerpos, o incluso vivir la muerte del cuerpo propio. Al escribir se viven experiencias-fantasma. En mi caso, la escritura me lleva a una experiencia border: creo que mi imaginación es muy esquizofrénico-paranoica, y entonces hay una experiencia alucinatoria del cuerpo poseído, atravesado por fuerzas y seres, desmembrado, etc. El deseo y el asombro que producen los cuerpos de los otros, así como el orgasmo, entran en este campo imaginario también.
El tema de la relación entre el cuerpo y el arte me interesa, aunque no hice nunca una lectura sistemática al respecto. Hay un filósofo que a mí me parece extraordinario, no solo por su pensamiento, que es interesantísimo, sino porque era un gran escritor (sus ensayos filosóficos son piezas literarias bellísimas): Maurice Merleau-Ponty. 
Puedo mencionar tres libros muy hermosos de él: La prosa del mundo, Sentido y sinsentido y El ojo y el espíritu. 
Comparto un fragmento de este último libro: Como todos los demás objetos técnicos, como las herramientas, como los signos, el espejo ha surgido en el circuito abierto del cuerpo vidente al cuerpo visible. Toda técnica es “técnica del cuerpo”. Ella figura y amplifica la estructura metafísica de nuestra carne. El espejo aparece porque soy vidente-visible; porque hay una reflexividad de lo sensible, él la traduce y la redobla. Por él mi afuera se completa, todo lo que tengo de más secreto pasa en esa cara, ese ser plano y cerrado que ya me hacía sospechar mi reflejo en el agua. Schilder observa que al fumar la pipa frente al espejo siento la superficie lisa y quemante de la madera no solo donde están mis dedos, sino también en esos dedos gloriosos, esos dedos solamente visibles que están en el fondo del espejo. El fantasma del espejo prolonga mi carne hacia afuera y al mismo tiempo todo lo invisible de mi cuerpo puede investir a los otros cuerpos que veo. En adelante mi cuerpo puede soportar los segmentos sacados de los otros, en cuanto mi sustancia pasa en ellos; el hombre es espejo para el hombre. ¡Cuánto de lo que dice Merleau – Ponty ahí se podría aplicar a la escritura! (Ariel Williams)


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El poema debe transcender su propia naturaleza. No puede limitarse a lo escrito. El poema tiene que caer y arrastrarnos, por su peso, hacia el milagro y la culpa, o hacia el miedo y la ternura.

Para mí no existe otra manera de escribir. Tengo que hacerlo así: con la desesperación de quien se arrodilla a pronunciar un nombre bajo los pies de un Santo, y con la fuerza y la sutileza de un knock-out al hígado.

¿La sensación física cuando escribo? Ganas de cojer. Y de dejar de escribir, fundamentalmente. (Nuncio Pettito)


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Cuando estoy empezando a escribir algo nuevo es de mucha emoción, de cierto vahído, algo que siento en el estómago, emoción, melancolía, algo parecido a cuando conocemos a alguien y nos parece que podemos enamorarnos de esa persona. Después, una vez que encontré la voz de ese relato, es una sensación más distante, de bastante interrupción, no puedo estar sentada muchas horas, me aburro, busco hacer cosas que odio como ponerme a limpiar la casa. La relación se torna un poco hosca, aunque también me divierto mucho. Es como estar contenta y no aguantar esa alegría, no sé, es raro.
A veces pienso en esa relación cuerpo/arte… no sé qué pienso, supongo que cómo hacer para pasar más tiempo en la silla escribiendo. O pienso que tal vez si saliera a caminar, si hiciera ejercicio, se me ocurrirían cosas fabulosas… pero después no lo intento, soy muy perezosa. Hace un tiempo me compré De qué hablamos cuando hablamos de correr, de Murakami, creo que para ver si me contagiaba un poco el gusto por el ejercicio. Pero me aburrió y lo dejé. (Selva Almada)


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No sé cuáles son mis sensaciones físicas al momento de escribir, creo que para conocerlas, quizá incluso para que existan, debería prestarles atención. Al momento de escribir toda mi atención está centrada en el texto. Sí puedo hablar un poco más sobre el estado de ánimo. Cuando algo me está saliendo, siento algo similar a la euforia, el cansancio que pudiera tener desaparece, pasan las horas sin que me dé cuenta; cuando algo me cuesta, puede haber  enojo, frustración, cansancio...Supongo que si atendiera a las sensaciones físicas, serían las asociadas a esos estados de ánimo. No había pensado mucho en la relación cuerpo/arte, al menos no con la narrativa, si quizá, un poco más, en la relación entre el arte y los estados de consciencia alterados, ya sea por sustancias o patologías. (Sebastian Grimberg)


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Abrir la porosidad del cuerpo quizá sea un método, y ese método, tal vez, el mío.  
El cuerpo es muy importante cuando intento escribir (parado, sentado o acostado) Desde si estoy cansado, si salí a correr, si comí mucho, etc. El cuerpo me marca, y nos marca, la cancha todo el tiempo. Quizá esto yo se lo deba a mi frustrada carrera de futbolista, y por eso tengo el reflejo de darle bola al cuerpo para encarar para un lado o para el otro. Muchas veces cuando escribo me imagino jugadas, como si las palabras fueran un pase al compañero, entonces busco desde el cuerpo, teniendo en cuenta mis posibilidades físicas, la mejor manera de hacerlo. Hay unos versos de un poema de Ricardo Zelarrayán que encierra mucho de lo que intenté responder: “A tu cuerpo se lo llevan a pulso las palabras que se dicen para no hablar”. (Rubén Guerrero)


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De pibe siempre sufrí no poder hacerme entender, no lograr exteriorizar mis emociones. Todos mis pensamientos y mis sensaciones estaban impedidos de ingresar en las palabras que usaban los demás. Yo no tenía ideas, sólo veía o sentía imágenes, y cuando quería compartirlas nunca llegaba a sacarlas del cuerpo, casi como un animal herido que no sabe cómo pedir ayuda. Así, la lengua era un lugar asfixiante. Hasta que un día descubrí que parte de lo que me habitaba era susceptible de entrar en un verso. Fue cuando empecé a escribir pequeñas notas arruinando la mesa de mi dormitorio. A raíz de estas imágenes aparecieron otras, más densas, más claras, que comenzaron a encadenarse, dándome un respiro. Después vinieron los primeros poemas, y con ellos la sensación de sutura, de reparación, de unidad. Con el tiempo se volvió una actividad fisiológica, de supervivencia. Un nuevo modo de vida, una branquia crecida en un costado. Hoy, cuando una frase reclama convertirse en verso, sé que comienzo un proceso en el que voy a sentir vibrar la cuerda de este mundo. Es un viaje a ciegas, pero a través de un fuego que repara las heridas. Como dijo Valéry, “la dificultad, para el poema, consiste en colocarse de nuevo en el estado digno del primer verso. Lo endemoniado es continuar.” De todos modos, “el arte mismo no es más que una forma de vivir, y puede prepararse uno para él viviendo de cualquier manera, sin saberlo” (Rilke, Carta X a Kappus). Leandro Llull

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No sé si puedo separar el cuerpo de la mente aunque creo que el dolor, de cualquier índole, y la enfermedad  marcan más que la felicidad o la alegría. Sin embargo, se trata sobre todo de la atención, volverse sobre sí, escuchar ese plano inconsciente que puede cruzar presente y memoria, sensaciones e imágenes.
El viaje, que justamente da título literal y metafórico a este espacio, tiene para mí una fuerza especial. Por eso, entre mis lecturas predilectas, están los autores que escribieron sobre sus viajes, o desde el viaje como un punto de partida para su escritura. Cito a modo de ejemplo: Bashô y sus diarios de viaje, como el clásico Sendas de Oku; El eterno caminar de las Montañas Azules, de Gary Snyder; En el camino, de Jack Kerouac; Del caminar sobre el hielo, de Werner Herzog; los Diarios Indios, de Allen Ginsberg… (Liliana Ponce)


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El cuerpo que escribe

El momento de escribir, instante sin pasado ni futuro, puro presente en que se conjuga el cuerpo, la emoción, la palabra ¿qué lo detona? ¿Qué silencio, qué lectura, qué sueño, qué voz que regresa de otro tiempo?...es un misterio, a veces lo recuerdo, a veces ni siquiera reconozco mi voz…
Despierto a la madrugada, un conjunto de palabras que suenan como un eco, se arman como un verso, pienso ¿es un verso? Generalmente no sé a qué lugar me conducirán, escribo de pie, hasta que “eso” se acabe.
Ese verso es como una primera remada, si el bote fluye con el ritmo del agua a favor, entonces los siguientes versos van cayendo uno detrás del otro hasta el final. 
No elijo las palabras, ellas me elijen, no es buscado, me busca.
“A veces el cuerpo es una balsa/ donde se mecen los pies/ pies de proa. // En el centro hay nudos blancos/ cabos expuestos a la tempestad/ fiera de foque/ cuando arrecia el viento/ el aire que lo  nutre/ es un ritmo/ con calor de fragua.” (Mariel Monente)


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Mi cuerpo pesa sobre la silla, las imágenes que de pronto asoman, se rompen, se desvanecen, reemplazadas por otras imágenes o por una espera, una falta, casi una agonía. La sensación difusa de la incomodidad a través del cuerpo y que inunda cada cosa que me rodea.

Dejo de escribir por cansancio o aburrimiento. Vuelvo a la hoja por ese temblor que atraviesa mi cuerpo, algún extraviado temblor. (Marcela Sánchez)


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Cuando estoy inscribiendo es como que me apartara del mundo con esa certeza de que las palabras llegarán desde algún lugar sagrado, un lugar que nos fue concedido para crear, para indagar y descubrir. No sé el camino, lo que nacerá o lo que vendrá, me dejo llevar. Tampoco sé si en ese momento soy yo el que escribe.

Edna Pozzi dice:

“Todas las mañanas lavas mis heridas
y me das un pañuelo limpio
para guardar mi alma”

y creo que es la poesía la que cura las heridas o las hace más tenues, más suaves. Y, también, creo fervorosamente, aunque suene trillado, que ella nos acuna y nos salva. (Gustavo Tisocco)


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Sé que no soy el único. La imaginación, ¿la inspiración?, se activan al caminar.  Camino (y tramo mis confabulaciones) hacia esas islas, esos refugios, que son los cafés. Ahí es donde escribo, en medio de la gente que conversa, con música a desasosegado volumen, con el recurso de mirar hacia la calle, a salvo de las interrupciones u obligaciones de lo cotidiano (El espacio de lo doméstico, en la noche, queda para pasar en limpio, en la compu) ¿Un cortado que bebo en tres sorbos ayuda? Sí, un estímulo para el cuerpo. Trato de que mi cuerpo conserve el empuje que traía. Mi cuerpo en marcha, mi cuerpo en fuga, mi cuerpo como soporte inevitable, que está y no está ahí. (Marcelo Juan Valenti)


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El cuerpo  ha sido para mi propia percepción un enigma y  una instancia  permanente de separación. Mi cuerpo me aleja de mi conciencia, se interpone entre el mundo y yo, agota mis fuerzas interiores, habla  en su idioma indescifrable, siempre tiene hambre, tiene sed o sueño, siempre se queja de dolores a los que me cuesta encontrarle su causa, de modo que la palabra que soy yo misma, mi más profunda interioridad vive en estado de interrogación hacia él, mi cuerpo, que no curiosamente se homologa a ese otro gran misterio: el mundo. Son como dos mamparas entre las que estoy acorralada: cuerpo y mundo, pero de manera notable precisamente por eso, por la fricción que producen en mí, suelen ser el germen de una parte considerable de mis escrituras.

No me había ocurrido cuando me dedicaba casi exclusivamente a la narrativa, pero ahora que trabajo en forma continua la poesía descubro que el cuerpo en sus partes, en sus accidentes, en su ineludible presencia aparece en los poemas como si se hubiera colado imprevistamente. Así que la escritura, una vez más hace aflorar lo que esquivé con todas mis fuerzas, es como digo en algún poema: soy una testigo de identidad reservada. Ahora, nuevamente descubro que puedo hablar del acto de escribir de manera consciente o relativamente consciente, aunque aún  no – con la lucidez que me gustaría- del cuerpo que está siempre allí, como un observador incómodo y entrometido que se desliza a resbalones en mi poesía.

Y sin embargo desde mi visión y mi experiencia en las terapias vibracionales sé que cada cuerpo diseña un mapa de la conciencia individual, es en alguna medida un delator, es antes que nada una revelación y en este sentido es perfectamente identificable con un texto literario. Ambos, el texto que escribí y mi cuerpo saben mucho más que yo, me muestran lo que yo antes no vi, tienen cierta cualidad de oráculo, aún así el lenguaje corporal me sigue resultando extraño y otra vez por lo inapresable está emparentado con los textos, no sólo por eso sino también por esa cohesión y esa ley propia en la que unas cuantas de mis decisiones casi nada pueden hacer la mayoría de las veces. Texto y cuerpo obedecen a la voluntad orgánica de su propia construcción. No por nada hemos acuñado las expresiones: “El cuerpo del texto” y “el lenguaje del cuerpo”.    Mi cuerpo  -lo sé, sí, lo sé porque lo he experimentado- es una suma de cuerpos y su matriz es invisible, la analogía con la escritura poética  se desprende por sí sola: hay una superficie y hay una profundidad sin que exista límite discernible entre ambas, como en un sucesión de capas que se entrelazan unas con otras,  la mayor parte del tiempo están rozando lo visible y lo tangible mientras la base generativa permanece inaccesible a la mirada. Así es que entre cuerpo y escritura existe sólo un desplazamiento, mi respiración le imprime ritmo a mis poemas, las secuencias con que vibran mis células producen la cadencia del texto, la tonalidad de mis pensamientos se cuela en la gramática y en el tenor de las palabras escogidas. Quizá esta continuidad que hay entre cuerpo y escritura sea la misma que se encuentra entre un átomo y una galaxia, es probable también que la distancia sea la misma o que incluso no exista distancia alguna. En esta relación inabarcable de correspondencia el misterio parece ser  la primera de todas las respuestas. Ahora- al menos eso es lo que creo-  en el momento de escribir mi cuerpo no existe, es como si la escritura lo aboliera, la palabra lo vuelve transparente con su opacidad.(Irma Verolín)


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Me gusta pensar que cuando escribo, amo. Es una metáfora que me gusta para la escritura porque veo enormes coincidencias: lo extraordinario, lo irracional, lo irreductible, lo vital, lo peligroso. Tanto la escritura como el amor son formas de fundar un testigo, de salvarnos, de iluminar lo preciado.
En el momento exacto de hacer el amor o de escribir siento una combustión, el corazón tenso, una intermitencia: el cuerpo desaparece y aparece, pierde su peso  y, a la vez, pesa más que nunca. Y en el momento inmediatamente después: el alivio, la satisfacción de una secreta complicidad con el universo. Los miembros se suspenden como campanas de papel y la sangre se aligera y el oxígeno abunda. Crece en mí una paz enorme de haberme ido, de estar acá y también allá, en otra parte, como si los tiempos y los espacios se juntaran o se redujeran, y no existiera una cronología y yo estuviera viva con el privilegio de ya estar muerta. De eso se trata, creo: de no tener que preocuparme por la muerte, porque el poema lo hace por mí. Natalia Leiderman.


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Vivir y escribir en el monte es hacerlo con y desde el cuerpo, no hay otra posibilidad, aquí se pone el cuerpo para todo.
A modo de ejemplo cuento algo que pasa a diario: El bosque del monte serrano cordobés (donde vivo) es muy espinoso, algunas de estas espinas pueden traspasar un buen calzado si no se está atento. Cuando hay viento, muchas de estas espinas caen sobre los senderos que más frecuentamos, entonces con mucha paciencia hay que ir sacándolas una a una y, aunque se las haya eliminado a todas, siempre queda la sensación de miedo al pisar.
Desde esas mismas sensaciones escribo. Quien saca esas espinas escribe un poema sobre las marcas en el cuerpo, meticulosamente, no sin riesgo, nunca sin riesgo.
Al respecto, hace mucho tiempo leí un libro que nunca dejó de estar presente en mí, fue como pensar por primera vez el vínculo entre cuerpo y poema:
La Conversación de los cuerpos, se llamaba el libro, del periodista, escritor y poeta Rodolfo Braceli. A continuación, un poema suyo:


 Magros, Pobrecitos, Ni Tibios

Ellos, los pobres cuerpos
sin el alma de la piel:
¿qué de ellos?

ellos,
ciegos de saliva:
¿qué de ellos?

huidos, exiliados
no desnudos
desmantelados del fragor de la sangre
¿qué de ellos,
qué de ellos sin ellos?
¿qué de ellos
sin habla, sin presentimiento, sin pálpito?

¿qué de ellos
magros, pobrecitos, ni tibios?

¿qué de ellos desolados
habitando tanta desolación inexplicable?

Rodolfo Braceli


(Laura López Morales)


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Cuando escribo siempre leo en voz alta, la voz para mí es fundamental. La voz toca el cuerpo, lo hace vibrar. Dice en tanto hay un sujeto que puede escuchar/leer eso. También la palabra, incluso cuando es leída en silencio, en soledad, suena con una voz en mi cabeza y me toca. Las sensaciones físicas pueden variar de acuerdo a lo que me genera determinado decir sobre algo, puede ser belleza, tristeza, alegría. En el fondo creo que siempre hay belleza, aún en lo más terrible. De eso se trata para mí. ¿Hay algo más terrible que la belleza? Considero que la escritura es erótica, siempre. Es algo muy personal y he intentado plasmarlo de varias maneras en mis poemas y también en mis novelas, pero es lo que yo siento y cómo la vivo.
Siempre me cuestiono acerca de la relación del cuerpo y el arte, porque para mí el cuerpo es inherente a toda experiencia estética. Separar mente y cuerpo me parece operativo para tratar de comprender ciertos aspectos de lo humano pero en el fondo ese dualismo es una mera abstracción y termina llevando a reduccionismos si se toma demasiado en serio. No alcanza con un conjunto de órganos para que exista un cuerpo. Mi acercamiento a estas temáticas se da fundamentalmente desde el psicoanálisis. Dice Lacan en la “Conferencia en Ginebra” (Intervenciones y textos II, Manantial, 1998): “El hombre piensa con ayuda de las palabras. Y es en el encuentro entre esas palabras y su cuerpo donde algo se esboza.” Me resulta muy interesante el libro de Alejandro Ariel “El estilo y el acto” (Manantial, 1994) para pensar estos entrecruzamientos respecto de diferentes disciplinas artísticas.
En este poema de un libro inédito anterior a “La piel de la oruga”, juego un poco con lo que la palabra hace al cuerpo. Aquí el valor del significante “piedra” que cobra materialidad y golpea en tanto es dicha, arrojada, puesta en circulación. El comienzo es en el cuerpo, no es sin él. Los sentidos se terminan confundiendo unos con otros, el adentro y el afuera, lo que está a la vista y el secreto. Hay un encuentro en el nacimiento del amor (un mito que se construye) y el poema es testimonio de ese encuentro pero también de su falla, de su imposibilidad. El poema mismo lo es. (Melisa Mauriño)


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Todo pasa por el cuerpo que tiembla, sube y baja su ritmo cardíaco, se relaja, se tensa, se emociona. El cuerpo, sin moverse viaja. Sé que mi cuerpo sabe mucho más que yo, que lo que la mente me señala. Suelo decirme “esto está bien” cuando mi cuerpo tiene un silencio profundo, una alegría sin la gestualidad asociada a la alegría, cuando no siente ni frío ni calor, cuando se sienta y puede cerrar los ojos. Carolina Biscayart


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Escribir me inspira sensaciones muy contradictorias: me aísla del mundo, pero también me conecta con el mundo; me salva del mundo, pero además me condena a su comprensión. Por eso es una duda constante, un estar en el filo de lo posible, trabajar el idioma amándolo y odiándolo a la vez, rechazando sus límites o aceptándolos ilimitados, un lanzarse a un espacio de tranquila ebullición. Escribir es ser en este mundo. No una manera de ser, no una manera de estar y comportarse, tampoco una conciencia del ser, no... Escribir es ser absoluto y contradictorio. (Agustín Calvo Galán)


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Cuando estoy trabajando mi cuerpo está tan o más enfocado que mi mente; lo sé porque paso a otra dimensión temporal, donde se suspenden el resto de los requerimientos. Es un tipo particular de pasión que seguramente activa las células a trabajar de un modo más luminoso. 
Las estadísticas deberían demostrar que los artistas que están haciendo obra son más longevos y se enferman menos. El trabajo artístico es un tipo de rapto amoroso, precisamente como el que sostengo sirve para que la parte femenina de la psique evolucione. Y esto es unisex, claro está. Elisabetta Balasso



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Para mi escribir es una prolongación de bailar, tal vez porque comencé bailando.
Lo importante es lo que nos mueve, como dice la coreógrafa alemana Pina Bausch.

En general, no pienso en lo que voy a escribir, lo que escribo viene hacia mí, desde una imagen o una sensación.
Duermo con una libreta y una linterna. Algunas veces me despierto mientras duermo, porque hay líneas y palabras que llegan enhebradas a mis sueños, como si alguien me dictara. También me inspira escribir bajo resonancias de otros autores, canciones y lo que resuena en mí después de bailar. El cuerpo sueña.
Vivo a dos horas ida, dos horas vuelta de la capital, escribo mucho en mis viajes, es algo que me salva del bullicio externo o interno. El tren es una especie de casa rodante, la ventanilla es una hoja en blanco para mí. (Karina Cartaginese)

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Por un lado, vengo trabajando sobre el Poder real (los poderes económico-financieros-mediáticos concentrados); y por otro lado, el cuerpo, la figura humana, la soledad y el amor, con un carácter más intimista, por el momento.
Las imágenes que alcancé me han despertado cierto interés en la danza clásica y contemporánea que antes no tenía, más como espectador que como practicante...
Trato de dejarme llevar pero imprimiendo una dirección. Soy un dibujante que trabaja en pequeño o mediano formato... mis dedos se pegan al lápiz cuando este fluye hacia lo que quiero y hay cierta tensión. Al finalizar el día, tal vez contractura. Me interesó siempre el cuerpo como tema, como razón o excusa para encarar otros temas. Yo veo al movimiento del cuerpo como un dibujo en el espacio todo. De hecho, me gusta pensar la danza de esa manera; y me gusta ver cómo otros dibujantes son bailarines de la línea y la mancha, el gesto de la forma. (Juan Nacht)


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El cuerpo está siempre presente, a veces desde su propia sintomatología. Uso la sinécdoque, nombro el pie, la espalda, el ahogo; impresiones sensoriales que prevalecen en algunos textos. Por ejemplo, en “Jardines cerrados al público”, gran parte de las imágenes son olfativas. (Ana Victoria Lovell)


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Escribir es, para mí, algo parecido a la meditación, una enorme oportunidad para alejarme del parloteo de las convenciones y las formas calcificadas del pensamiento. Por eso, quizá, la sensación que más reconozco al escribir es que pierdo la noción del tiempo y eso me produce, demás está decir, una dicha incomparable. 
Sobre la relación entre cuerpo y arte (que atañe, por extensión, a la relación realidad y representación), creo que un tratado filosófico sobre el tema no alcanzaría para agotar todos sus aspectos: el tema es de por sí complejísimo y lleno de matices. 
Existen innumerables narraciones que evocan, describen y/o alertan contra los riesgos que implica para el cuerpo la creación. “El retrato oval” de Edgar Allan Poe, para dar un ejemplo paradigmático, es demoledor. Allí, un pintor logra dotar de vida a la mujer que pinta, al tiempo que la mujer, que a la sazón es su esposa-modelo, se va desvaneciendo hasta finalmente morir. 
¿Algo vampírico se pone en juego? ¿Cómo se llama eso que se pierde? ¿Por qué ese riesgo, siempre vinculado a la muerte? 
La condesa sangrienta de Pizarnik, “Las babas del diablo” de Cortázar, La invención de Morel de Bioy Casares son apenas algunos ejemplos en la literatura argentina. “Todo hombre, escribió Oscar Wilde, mata lo que ama.” 
Así es, siempre hay una muerte: O bien muere el/la modelo o muere el/la mismo/a creador/a. He escrito profusamente sobre esto, y, creo que, sin equivocarme del todo, en mi libro de correspondencia apócrifa, Cartas extraordinarias. En ellas hay un hilo conductor y ese hilo no es otro que la empedernida reflexión que cada carta emprende, casi con saña, en torno a los costos de la actividad literaria. El resto son las formas más o menos ruidosas de esa reflexión, los temas que la exacerban o disimulan: el desplazamiento como gestualidad épica, la pregunta por la calidad del dolor, los espejismos de la ambición, la gran anomalía del amor, las sombras de la noche mental y, en general, el desconcierto frente a los “tiempos difíciles”. (María Negroni)


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Cuando escribo soy mejor persona. Ser mejor persona tiene que ver con el cuerpo, una caricia, un gesto, una atención, escuchar. La predisposición del cuerpo hacia el mundo. Cuando pasan días y por alguna cuestión no escribí, me pongo de mal humor, hablo menos, el cuerpo se contrae, la ternura también. Y sin ternura no hay posibilidad alguna de escritura. (Gabriela Larralde)

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Es durante la construcción del “andamiaje” cuando tengo la percepción de mi cuerpo en estado de alerta, en procura de las palabras que contengan los sonidos que el poema requiere, es el estado de mayor placer y de inquietante y gozoso desasosiego. Un poema que forma parte de una sección del libro Ancora que precisamente titulé “Corpo” puede dar cuenta mejor que yo de ese estado:


Cielo abierto

Encuentro con la luna
                 en el inicio de su viaje hacia la noche.

                         Instante derramándose.

Universo encandilado
ascendiendo en la pupila fija
que atraviesa.

La luz cabalga
           en el zumbido de la flecha

¿El cuerpo está en el aire?
                Es el aire
                        encontrando
                                  su forma.

Por último compartir dos citas para mi, prodigiosas:

“… es precisamente ahí donde no estás; tal es el comienzo de la escritura.” Roland Barthes
“Nos ponemos a escribir no porque sepamos sino para saber.” Tusidides


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No es fácil contar lo que sucede en el cuerpo cuando se escribe, cuando alguien que es yo y es otro escribe. La relación cuerpo / escritura está desde algo que bien podría ser génesis, inicio, confluencia, lucha, y tantas cosas más que, en sus contrariedades y armonías, no dejan de señalar la relación entre ambas instancias. La letra marca al cuerpo como un tatuaje, y el cuerpo moldea la letra en las persistencias del estilo. La escritura compromete al cuerpo y viceversa, de modo que este último puede desencadenar energías como apretujamientos o contracturas, o bien distensiones y hasta manifestaciones sensoriales varias. Quién, en ocasiones así, no sintió por ejemplo una punzada en el estómago, un endurecimiento en la zona cervical, un agarrotamiento de los dedos y, simultáneamente, una distensión muscular, una capacidad de respiración profunda o la agilidad manual como la que se ve en los eximios pianistas y secretamente se envidia a lo mejor sin saber que tal cosa ha demandado años de ejercicio, horas y horas de digitación, hasta que adviene esa destreza. Dicho esto contra la idea de que se puede escribir cualquier cosa, de cualquier modo, por ejemplo, una mera constatación de lo que fuera, descriptivismo vacuo, o alguna cosa así, sin que se ahonde en los difíciles meandros de la significancia, sin que se perciba siquiera que es la palabra densa de la poesía la que importa y no cualquier declaración banal de un estado de ánimo, de algo como foto fija de objetos, en la creencia de que la poesía es pura transparencia del lenguaje, que por otro lado y en grados variantes, nunca, ni aun en la comunicación, es transparente. Sin contar con la dimensión de opacidad inherente a esa trama compleja que llamamos sujeto, y más si se piensa en una androginia fundamental en el momento de la escritura.
De posibles textos para mencionar, hay uno que inmediatamente surge, Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, porque creo que la coreografía del amor es, digamos, estructuralmente similar a la de la escritura con sus gozos y sufrires. (Susana Cella)


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Las sensaciones, a la hora de comenzar un trabajo, son tremendas. Me movilizan mucho, me siento ansiosa, sobre todo si parto de una idea. Lo mío es muy corporal, ya que pinto parada porque en general mis pinturas son de grandes tamaños. Camino hacia atrás, hacia adelante, para alejarme y acercarme continuamente. Llega un momento que tengo 6 pinceles en la mano y no me doy cuenta. Soy bastante caótica con mi paleta de colores, pero luego todo va fluyendo.
Me frustro cuando no resuelvo o llego donde quiero llegar, pero intento controlarlo. Con el tiempo aprendí que solo a partir de todas esas sensaciones se puede construir algo, porque cuando no me pasa nada, nada surge. Intento no poner rótulos, veo abstractos en lo figurativo y figuras en lo abstracto. (María Leotta)

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En general, cuando estoy concentrada en un poema, en cualquier texto, no pienso en el cuerpo, todo va atrás de las palabras y eso es la felicidad. Si me dolía la espalda, ya no sé; si el cuerpo está descansado, supongo que lo disfruto sin notarlo; si quería hacer pis, lo pospongo y voy cuando me canso de no encontrar la vuelta a algo que estoy intentando decir o, al revés, cuando la frase está casi hecha y me la puedo llevar en la cabeza haciendo variaciones para ver con cuál me quedo. Así, voy y vengo a la cocina a calentar el agua del mate, buscar una galletita, y después me olvido y la pava queda hirviendo y tomo un mate helado, lavado, almuerzo una milanesa demasiado seca, sin que importe, si, a cambio, aparece una forma que me gusta para un verso. Cuando lo uso, envidio el sillón ergonómico de mi pareja pero regalé el mío porque ocupaba demasiado espacio. No me importa que las sillas sean cómodas, ni la altura de la mesa. Escribo en donde puedo o más bien en donde quedo.
Ahora escribo, trabajo, amamanto en un mismo sillón al lado de la cama, puesto ahí porque queda cerca cuando me levanto a la noche para alimentar a mi hija.
La escritura, cómo surge en mí más espontáneamente, es ilegible. Notas que creo que solo tienen un sentido privado y que apenas se codifican lo suficiente como para que yo pueda entenderlas. A veces, ni eso. A veces, no está tan a mano la posibilidad de anotar y, como soy perezosa, no me levanto diligente a buscar un papel, entonces el texto solamente se hace en la cabeza y se esfuma. Supongo que también hay algún resto de esos textos inexistentes en lo que finalmente escribo.
Ustedes preguntan si había pensado antes en este tema: muy poco; era uno de esos temas que llegan como una asociación de ideas mientras se mira por una ventanilla pero se dejan pasar, mezclados con los nombres de las tiendas, las pintadas en los paredones, los postes de luz. Había reparado sí en que al subir a un colectivo, por ejemplo, mi mente arranca junto con el vehículo y mi cuerpo queda tal cual cayó en el asiento, la mano apretando un manojito de monedas, llaves, lo que sea que haya sacado del bolsillo. Tardo en darme cuenta de que eso no es ni cómodo ni práctico. También es cierto que así, con el cuerpo abandonado pero en movimiento, es cuando aparecen esas notas desprolijas a las que, a lo mejor, muchos años después, vuelvo. Creo que el cuerpo, en apariencia quieto, es el que recuerda o imagina la realidad del texto.

Comparto un poema de Liliana Cabrera, una poeta a la que conocí en la cárcel de Ezeiza porque, en sus poemas, dolorosa, bellamente, el cuerpo fijo por imposición se pone en movimiento para escribir.


Miro la ropa tendida
en el patio de ayer
con los ojos de ahora.
Adivino tus pasos
en las baldosas rojas.
Te escucho tararear
y el pasto seco
vuelve a crecer
de las ramas brotan hojas
renacen los pétalos 
de los capullos muertos.
Las paredes olvidan
sus grietas y toman color.
Tu sombra se pasea
entre sábanas blancas
que ya van soltando el agua.
Cierta melancolía
se desprende de la tarde
bajo un sol
que se oculta por momentos
y que juega como vos
a las escondidas.


(Claudia Prado)


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Las primeras versiones de mis poemas se producen en general con mi cuerpo en tránsito, despegado de sus zonas de anclaje cotidiano, de su modo estacionado.  Como si necesitara ese momento vacío de actividad y por ende lleno de mí: ese momento conmigo y a la vez en interacción silenciosa con lo que me rodea para que algo que tiene que ver con la percepción poética se active. Luego, cuando corrijo, retomo, articulo,  expando lo escrito, busco darle precisión y hacerlo llegar hasta donde puede llegar. Eso lo hago con libros a mano, dialogando con poetas, tomando impulso con su aliento, colándome en sus fraseos, en continuidad con sus ideas, argumentos, modos de nombrar, que pasan, obviamente, de modo muy natural,  por el tamiz de mi mirada y mi voz.  Todo ese movimiento es muy placentero y, en ese sentido, es físico: sensación de alivio, descompresión, distensión, que percibo de manera nítida a la altura del pecho, o quizás más precisamente en el esternón, donde se localiza antes cierto peso o tensión.
Fuera de eso, en el momento de la escritura el cuerpo es parte de un estado del pensamiento y de la emoción. La imagen que tengo de mí en ese momento es la de un radar: estoy con todos mis sentidos agudizados. Es una modalidad  ralentizada de la percepción, que hace foco como con una gran lente y a la vez se expande, abarca, establece inesperadas conexiones. Cuando hablo de esto me viene la imagen del protagonista de la película El aura, de Bielinsky, que (por razones muy diferentes) experimenta un  estado extraño de la percepción a través del cual se manifiestan -de un modo también extrañado, suspendido, con mayor densidad y lentitud- otras conexiones, otras resonancias, y se produce una cierta revelación. El pensamiento exacerba su modo de red, su funcionamiento no lineal: todo se superpone y se aproxima.  Entonces el cuerpo, que es uno con el pensamiento,  está puesto en conexión, atravesado, abierto y detenido. Apertura, detenimiento, sensación de atemporalidad. Cuerpo despegado, suficiente. Cuerpo-universo que, en ese estado, se basta a sí mismo.  Sustraído de sus secuencias cotidianas, de la praxis, ausente y a la vez indiscutible en su verdad. Ana Lafferranderie


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La escritura llega de diversas formas, desde recuerdos, la cotidianidad, conversaciones con amigxs, vestigios, reminiscencias, huellas, pero también desde la concentración en la tarea propia de la escritura poética, algo así como el descubrimiento de un enigma que no existía hasta que el poema comienza a ser escrito. Creo que se trata de una suerte de contemplación interior, que se alimenta al mismo tiempo del exterior. Además, mi experiencia de escritura es sumamente visual (seguramente tiene que ver con mi formación como diseñador gráfico y con ser fotógrafo), de tal forma que no sólo busco que los poemas tengan cierta sonoridad, sino también cierta visualidad, cierta forma de ser desplegados en la página. Podría decir que la vista, el tacto (al escribir) y el oído, son los sentidos que más pongo en juego. Pero en el devenir de mis poemas desde la experiencia, de cierta forma es mi propio cuerpo el que termina desplegándose en la escritura. (Iván Castiblanco Ramírez).


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Registro que algo del cuerpo se contrae y condensa al momento de escribir, me acurruco un poco, bajo los hombros, me siento algo encorvada, supongo que un cierto modo que refleja la concentración o tal vez el secreto a develar, que no se develará. Y leo de pie cuando corrijo, no puedo leer sentada…y camino...tal vez acompañando ese breve viaje.
Lo poético se me  instala a contrapelo,  en cierto sentido, de mi vida cotidiana..
De ningún modo puedo decir que la poesía instala la paz de lo definitivo en mi cuerpo ni en mi alma. Pero instala lo más vital que mis células pueden ofrecer. (Marcela Meroni)


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El cuerpo está indefectiblemente en la escritura, en todo su júbilo, en el esplendor de su materia. Equilibristas del trapecio, animales en la cuerda floja (no tanto como el obrero de la construcción), haciendo contorsiones, evitando hacer demasiada alharaca pero haciéndola, la respiración que se modifica, la cabeza inclinada.  Al levantarse de la silla se pueden escuchar las zonas que crujen. (Habría que sacar fotos de la gente en el momento de la escritura. Tanto movimiento del cuerpo que no sabe siquiera cuál es el foco adecuado para implantar la letra). Hasta en las comisuras se produce alguna contracción. Hasta se siente que algo se agita en el velo del paladar. Hasta se escuchan  esas voces que van de un lado a otro de una y la cabeza parece estar mirando un juego de ping pong.  Se escribe con el cuerpo.

Nombro poetas donde el cuerpo se hace escuchar:

Miguel Ángel Bustos por  ejemplo en

El poema tiene un momento preciso de madurez y alimento 

Pared de hueso pared de carne
pared de mi lengua
parado espero salir a encontrarte.
De aire
yo el pájaro el polvo
la garganta.
Es horrible estar aquí
sin más nada que este cuerpo
hundido en su materia
esperando 
el paso de unas piernas
las casas bajo el cielo
que todo venga crezca y se transforme.
Entonces sobre mis plantas
no un cuerpo
solo la imagen humana
húmeda
seca
un poco triste por todo.

Daniel Calmels poeta, que además escribe sobre el cuerpo. Nombro su hermoso libro: Fugas (el fin del cuerpo en los comienzos del milenio) y transcribo una frase suya de la solapa de La almohada de los sueños: Para leer comúnmente hay que bajar la cabeza, una de las pocas ocasiones donde bajar la cabeza nos enorgullece.

La poeta An Lu y transcribo dos poemas de su libro Harina en vuelo:

Azul de metileno:

No puedo oír, 
me dice
y mueve sus caderas 
tiernas.

Es tierna.

Y Cotidiano:
Si estiro con
firmeza
una
de las piernas

sacudo el mapa. 

(Susana Szwarc)


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Sensaciones emociones que tienen que ver con esa permeabilidad, ser permeable a todo y lo que es más difícil, a uno mismo. Trabajar libremente. Perder el control. equivocarse, arruinarlo todo, perderse, enojarse, deprimirse, controlar, acertar, arreglar, encontrarse en una obra, concentrarse, conectarse, ofuscado o feliz, es todo parte de ese hacer, el arte no es algo aparte de todo lo que acontece en la vida, los procedimientos y experiencias artísticas no existirían sin todo aquello…
Cuando uno dibuja o pinta o esculpe una piedra o modela el barro, compromete todo el cuerpo, desde el cerebro que no para de laburar (y por eso es tan agotador el arte, solo el que lo experimenta lo sabe) hasta la punta de los dedos de los pies que se estiran y contraen cuando uno está trazando líneas o manchando colores o refinando formas en el espacio y es casi desbordado por emociones y estímulos visuales… mi cuerpo danza cuando pinto, en una armonía con ese universo que voy creando, que existe a través del movimiento del cuerpo que le da existencia. Pintar, sacudirme emocionalmente quedar exhausto y que todo repercuta en el cuerpo…como me dijo una vez una amiga: “Tu arte me mata y me revive a la vez”, y es eso! ni más ni menos, sentirle el pulso a la vida, sístole y diástole, esa dinámica, interacción de lo que se da y se recibe, llenarse y vaciarse a la vez…
En mi trabajo particular y en los talleres grupales que coordino trabajo insistiendo en esta conciencia: tomar una adecuada  postura frente al soporte, sea en la pared o el piso la mesa o el tablero encontrar la posición para intervenirlo, relajar la respiración, clarificar la intención, con precisión acertar los movimientos, todo eso influye en la obra y en cómo la siento… Pinto, bailo, canto actúo, escribo, mi cuerpo siente todo eso y lo refleja en cada nueva creación. El arte me agota en ese acto de entrega pero me revive me despierta me refleja me reconstruye me libera y tengo la necesidad de compartirlo comunicarlo crear un puente con otros, porque es demasiado maravillosa la experiencia como para guardármela, y porque en fin, todos tenemos algo que decir o gritar… Tal cual dijo Julio Cortázar: “Un poema ha sido siempre un puente, como una música o una novela o una pintura”. Y sobre esta relación cuerpo – arte, ah! cuántos autores la abordaron, desde lo artístico lo psicoanalítico lo físico lo estético lo político etc… Cómo no pensar en Frida, su cuerpo se hizo arte porque si no no podría haber sobrevivido... Se me ocurre  ahora  “El retrato de Dorian Grey” del genial Oscar Wilde, esa oscura transferencia de lo real a lo representativo o viceversa, esa gran metáfora, el arte envejece el cuerpo no, pero entonces pienso en “El teatro y su doble” de mi poeta predilecto Antonin Artaud!, el personaje no se hace, es carne!, teatro de la cruel verdad, el poeta postula que “uno no representa, uno hace” y tajantemente deshace ese diferencia entre lo que es y no es… y apaciguando la respiración pienso en “Zen en el arte del tiro con arco” que orienta al aprendiz, hago una analogía con otras artes en ese adquirir el entrenamiento necesario para poder relajar la respiración sostener la herramienta con un gesto preciso y el tono corporal necesario y por fin soltar acertar el tiro, pincelada, trazo,  voz, nota musical, movimiento…Y me resuenan escritos de bailarines de Danza Butoh como Hijikata, Ohno y Tatsumi quienes hablan del cuerpo vulnerable enriquecido y a la vez asfixiado por su cultura, que los integra pero aprisiona y de la que de alguna manera hay que vaciarse para poder verse sin cáscaras sin máscaras… Y entonces recuerdo esta frase de Goya! “El mundo es una mascarada, el rostro la postura y la voz, todo es mentira, todos quieren parecer lo que no son y nadie se conoce a sí mismo”, en fin, podría seguir asociando unos con otros sin parar, y creo que encontraría concordancias filosóficas y adhesiones a esa sensación de Van Gogh al decir que “Nosotros artistas en la sociedad actual, no somos más que cántaros quebrados”, y con la misma búsqueda interior más los incansables intentos de develar misterios y de interpretar la realidad, la existencia, que también manifiesta el maestro Antonio Berni cuando nos sostiene que “El artista está obligado a vivir con los ojos abiertos”.    (Ariel Muñoz)


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Aunque lo intento a menudo, jamás puedo prescindir de la emoción a la hora de escribir poesía. Si no apelo a un núcleo emotivo –cercano o no– el poema me da la espalda. El ejercicio consiste en dejarme llevar por esa sensación pequeña hasta que alcanza dimensiones más y más grandes, indómitas desde el vamos, que se despliegan hacia lugares desconocidos incluso por mí: cuando el desborde me resulta insoportable, la escritura acontece.
Por algún apego irrisorio al estilo o por la absurda arrogancia de privilegiar lo mental, muchas veces me entretengo en una lucha feroz por desprenderme de la emoción y, contento, fracaso. Caigo en un ámbito de pulcritud exasperante.
Creo que la poesía es el vehículo para ir a lo concreto: el amor, la muerte. Quedarse a mitad de camino o llegar al epicentro, al hueso, a las fibras más íntimas de lo que tiene que ser dicho es un acto del que poco puedo opinar: sucede o no sucede. Se trata más bien de una forma de ubicarse frente a uno mismo y frente al mundo, una suerte de navegación atenta, a la espera de ese rayo que ilumine por un instante la oscuridad indiscriminada de la noche, mar adentro.
En narrativa la cosa es distinta: disfruto de los personajes creados por acumulación de rasgos de diversas personas del entorno real y disfruto aun más al colocarlos en contextos que les son impropios y en roles que sólo nadie puede saber cuán cercanos están del verdadero.
Cuando escribo en ese tono hay disfrute. Me divierto. Es la sensación opuesta a lo que ocurre con la poesía, donde generalmente sufro y donde la algarabía del poema terminado es una suerte de desahogo, de modesto entusiasmo.
La diferencia se siente en todo el cuerpo: el poema arremete en y sobre él, no le permite jugar a ser otro. Lo expone. Al narrar, en cambio, el cuerpo es habitado por pedacitos de otros. Por un rato mis manos pueden ser las de un hechicero medieval que espera a ser decapitado o mis pies los pies descalzos de una mujer misteriosa caminando sobre el mar de estrellas en las Islas Maldivas. (Facundo D´onofrio)


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Desde chica, la relación que establecí con mi cuerpo fue siempre conflictiva. Por empezar, quería tener alas y volar, acción que intenté una y otra vez durante años con los resultados más desalentadores, por supuesto. Un hecho particular que me tocó vivir hizo que me alejara de mi propio cuerpo durante mucho tiempo, que habitara sólo en mi mente y, como única opción posible, mi cuerpo pasó a habitar la poesía. Me costó darme cuenta y ayudó la mirada de otros en esto, pero mi poesía tiene mucho cuerpo, allí me dejo ser, me permito estar completamente implicada en lo que escribo. En la vida me cuesta más, pero con seguridad que le pongo el cuerpo a la poesía, y cuando escribo, aunque todo ocurra más en la cabeza que en el cuerpo, hay sensaciones, recuerdos, experiencias que resucitan: aromas que nuevamente circulan como si allí estuvieran, texturas que recorren otra vez mis dedos, pieles, pelos, la corteza rugosa de un árbol… Escribo como dijera Cixous en La llegada a la escritura: “…para tocar letras, labios, soplo, para acariciar la lengua, lamer con el alma, saborear la sangre del cuerpo amado; para saturar de deseo la distancia…”. (Aixa Rava)

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Los últimos poemas de Burbuja negra los escribí durante el embarazo, ahí primó el cuerpo; el cuerpo cansado, transformado y responsable de otro cuerpo. Hace unos años trabajé en una clínica. Fue un período muy corto, pero lo exprimí hasta sacarle todo el jugo literario. Había cuerpo en mis poemas, pero en relación con la enfermedad. Yo soy pura salud cuando escribo, hay una urgencia plena. Si tengo una idea o palabras que se me dictan solas, tengo que volcarlas, y si no puedo, las recito hasta aprendérmelas. Vivo en un limbo que une la narrativa con la poesía. Cuento historias chicas (iba a decir “mínimas”, como la película) en imágenes, pero lo que me fascina es encontrar la mejor forma de contarlas. Esto viene de mi yo traductora, que es un poco más viejo que el de escritora. Siempre escribí, pero la necesidad, la escritura como forma de vida, nació en el traductorado, con el descubrimiento de autores enormes, con la lectura voraz y la práctica de “decir casi lo mismo”, con la fascinación por los diccionarios. (Janice Winkler)


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Cuando escribo siento mucho placer, un placer también doloroso, que tiene que ver con la ansiedad, supongo, con estar conectada en otra frecuencia, a veces en una especie de posesión que debe ser volcada rápidamente sobre la hoja. El tema de la relación cuerpo/arte no me la planteé teóricamente hasta que ingresé en la facultad. Luego de ello, es bastante difícil hablar sin esas lecturas de fondo. De todas formas, siempre la viví como una sola cosa en mi experiencia de escritura. Aun cuando estoy corrigiendo o reelaborando a partir de apuntes, el sólo hecho de la concentración en las palabras me vuelve a un estado maravilloso, de mucho goce. Me sucede también en la lectura silenciosa y cuando escucho poemas que me gustan. Esto último, es algo que ha crecido con los años. Respecto de autores, lo primero que se me viene a la cabeza: la lectura de Agua viva, de Clarice Lispector, un fragmento de 2666 que describe un momento del escribir como trance, algunos textos de Deleuze como La inmanencia: una vida… y Literatura y vidael libro del Haschisch de Walter Benjamin, donde se formula el experimento cuerpo/escritura (¿Quién manda? No lo sé, pero el resultado es puro deleite). Comparto fragmentos:

“Copos de nieve…, cabezas desgreñadas… infantilmente.” Benjamin describe con detalle cómo la nieve es derramada desde el cielo sacudiendo “cajitas de guata”.

“Las imágenes sólo quieren fluir, y les da todo igual”.

“El recuerdo es un baño”.

Quizás aludiendo a la dulzura tentadora de la embriaguez, en especial a la de la morfina, se dijo luego: “Mandar propósitos a tomar vientos es una ocupación realmente deportiva”.

Más tarde: “Quisiera escribir algo que venga de las cosas, como el vino de las uvas”.

W. Benjamin, Protocolo del intento del 7 de marzo de 1931.


"Puede presentarse incluso que una vida singular prescinda de toda individualidad, o de cualquier otro concomitante que la individualice. Por ejemplo, los niños pequeños se parecen todos y no tienen individualidad alguna; pero ellos tienen singularidades, una sonrisa, un gesto, una mueca, acontecimientos que no son caracteres subjetivos. Los niños pequeños están atravesados de una vida de inmanencia que es pura potencia, e incluso beatitud a través de los sufrimientos y las debilidades".
G. Deleuze, La inmanencia: una vida...

(Noelia Rivero)


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Algo único me sucede en ese momento, único en el sentido de nuevo cada vez, de extra-ordinario: una elusión total del entorno y del tiempo, una no-yo y al mismo tiempo una yo entera, plena, como si mi más pura esencialidad estuviera allí: el cuerpo flota y a la vez se arraiga. Tanto abordando poesía como cuento –  género que también escribo-  la disposición es la misma: siento una algarabía solitaria donde prescindo de todo,  y ese texto y yo estamos solos en el mundo.
Grandes escritores han hablado a través de sus cartas o diarios de esa relación intensa entre el cuerpo y el arte;  tomo a algunos.
De Truman Capote: "Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse".
De Flaubert: "La frase no fluye , la arranco y me hace daño al salir".
De Kafka: "No escribas nada en la agitación y no dejes que tu cuerpo tiemble".
De Joyce (hablando a un amigo sobre un nuevo libro): "Una criatura que he llevado durante años en el útero de la imaginación".
Ellos y tantos, tantísimos más han hablado desde ese lugar de la escritura como desvelo del cuerpo, denuedo, dolor y epifanía.  (Alicia Grinbank)


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Escribo los poemas de un tirón, en un solo momento, sobre el primer papel y con el primer lápiz o birome que encuentro a mano. Muchas veces el papel me queda corto; no importa, sigo escribiendo en forma concéntrica o por donde haya lugar para las palabras, hasta terminar. Considero que escribir raudamente es primordial para no perder la esencia del poema. Y aunque trabajo horas con la computadora nunca escribo mis poemas desde el teclado: siempre a lápiz y papel. La digitalización es sólo una cuestión de época y orden visual (necesaria de todos modos para luego corregir).
Paradójicamente con mi manía por lo equilibrado, lo horizontal, lo completo, los pies y todos los objetos sobre la tierra, cada vez que escribo hay un desorden y un desequilibrio de objetos que no me interesa ni quiero controlar. El papel sobre la cartera, que a la vez está sobre mis rodillas, y los trazos de la escritura que se van moviendo al ritmo del vaivén del colectivo. Ese es mi vínculo con lo corporal, con el espacio circundante al momento de escribir. Dejar que todo sea desequilibrio, movimiento y desorden ante el apuro de las palabras. (Cecilia Figueredo)

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Las sensaciones físicas parecieran quedar afuera en ocasiones porque un texto es hecho mediante pensamiento, imaginación para la construcción de metáforas e imágenes, pero el cuerpo nunca es ajeno y cada tanto sucede que varías palabras juntas y justas erizan los pelos del brazo o de alguna manera tienen alguna correlación física, el poema, creo, debe tener una cuota de reflexión y a la vez también emoción, ese equilibrio, esa medida es el intento.
Me interesa la relación del cuerpo y el arte. Desde el 2012 integro una revista de danza contemporánea, Segunda cuadernos de danza, y me gusta la posibilidad de reflexionar, discutir y escribir sobre el cuerpo en relación a una obra, cuando se vuelve performático y abre otra posibilidad de expresión para pensar el movimiento muchas veces indecible.                                                           Cito dos breves párrafos que me gustan en relación al cuerpo:
E.M Cioran, sobre la enfermedad del libro La caída en el tiempo: "Cuando están sanos (los órganos), los desconocemos; lo que nos los revela, nos hace comprender su importancia y su fragilidad, así como nuestra dependencia de ellos, es la enfermedad. (...) esa imposibilidad del olvido, en la que se expresa el drama de tener un cuerpo, llena el espacio de nuestras vigilias.  (...)"
Kurt Vonnegut en Jailbird: "Mi padre había perdido todo interés en la política, la historia, la economía y afines, decía que la gente habla demasiado. Para él las sensaciones significaban más que las ideas, y le gustaba palpar materiales con la yema de los dedos. Veinte años después, cuando agonizaba, diría que habría querido ser alfarero y fabricar tortas de barro todo el día." (Pablo Gungolo)


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 Algo hay en esta metáfora de la descarga y de la cristalización, hay un placer ahí, un dejar el olor donde quería dejarlo, un mear dentro del tarro, una sensación física de acierto y a la vez una exudación. Algo que se destila físicamente, un humor que se desprende, tinta de calamar. Por otro lado, cuerpo es una preocupación evidente, un tema, referencia obvia (por eso quizás a veces parezca oculta, cual carta robada, pero allí presente, sin falta). Todo lo material lo es. Mi propio cuerpo como "nave" y "marco" para la percepción está allí todo el tiempo. Una de las ediciones de "Variaciones de órbita” (Proyecto Editorial Itinerante, 2012) viene acompañada de un ensayo sobre la escritura que pone en primer plano el cuerpo y la continuidad con otros cuerpos. En una nota en el blog de mi taller desarrollé hace unos años algo de mi relación con el cuerpo del lenguaje.

(http://pajaroslocos.blogspot.com.ar/2008/06/no-creo-en-el-realismo-por-romina.html).

Algunas cosas que ahí aparecen siguen funcionando.

Para leer hay mucho. Antonin Artaud me parece básico e ineludible a la hora de pensar el cuerpo. La filosofía, la teoría literaria, la teoría feminista, la economía política. . . piensan el cuerpo todo el tiempo.  Por mi formación leo bastante de todo lo anterior. Pero yendo a trabajos de poetas, reitero: Artaud. Hay un ensayo de Nicole Brossard que me resulta claro. Está en una compilación de ensayos y conferencias de los L=A=N=G=U=A=G=E, llamada La Política de la Forma Poética

(Entero el libro en este link: http://www.google.com.ar/url?sa=t&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=1&ved=0ahUKEwi6jrHa89POAhVJvZAKHaehBuoQFggaMAA&url=http%3A%2F%2Fwriting.upenn.edu%2Flibrary%2FBernstein-Charles_ed_Politica-forma-poetica.pdf&usg=AFQjCNFep42ncSaesY8gf7KXhKYDXAQC0g&sig2=qTE_1TnIZTn8DAH_JqW05w).

Otro de Blanca Lema, que tuve el placer de editar en Plebella,  llamado "Poesía Butoh " piensa las relaciones cuerpo / poesía/ identidad /danza. Seguro van a ocurrírseme 20 textos más pasado mañana pero igual estos son un muestrario muy amplio de cosas que leí y me iluminan aún.

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Pinto de pie y a veces bailo entre pincelada y pincelada.  Cuando la obra es grande tengo que  adoptar posiciones un tanto molestas para pintar. Es por  lo único  que  le presto atención al cuerpo, pero no hay relación con el mismo en mi caso. Estoy muy concentrada y puedo insultar por cierta incomodidad, pero lo importante para mí es lograr en la tela el efecto deseado de la forma que sea.
Para la realización de mi obra lo importante son las emociones. Y esto lo percibo a alto nivel una vez que  la obra está avanzada y siento que yo la domino o sea que,  la obra está CASI LISTA,  entonces me pongo cómoda  en el taburete alto y disfruto plenamente dando los últimos retoques con finos trazos. (Sara Diciero)

212

Mientras escribo me siento ansiosa, se me acelera el corazón, como cuando está por pasar algo muy esperado a lo que el cuerpo se adelanta. Siento la tensión de mis manos intentando ir a la velocidad del pensamiento. Me olvido de comer y de dormir, no necesito nada más -ni menos- que ese éxtasis. Fumo para acentuar el vértigo. Respecto al cuerpo y la escritura se me viene ahora a la cabeza un poema que leí hace poco de Ensayo sobre el poder, de Liliana Lukin:
Toda marca al final del pacto, una firma / hecha con los dientes, aleja al mordedor / de la letra. Ni el símil entre piel y papel / permitirá engañarse: de lo humano imaginado / en el amor de esa marca, no hay más que terror. (Andrea López Kosak)

213

Mi relación con el cuerpo se da en que me ensucio muchísimo, me gusta el contacto con la materia, cortar el puente que produce el pincel entre la mano y la tela o el papel. Mi cuerpo forma parte de la creación cuando pinta, cuando se agacha a buscar algo en el bosque para instalar, cuando imprime su rostro en la nieve. Todas las partes de mi cuerpo están puestas en crear otra acción o expresión diversa. Pondría estas dos frases cortas:
El arte es la expresión de los mas profundos pensamientos por el camino más sencillo... Albert Einstein
La Iglesia dice: El cuerpo es una culpa. La ciencia dice: El cuerpo es una máquina. La publicidad dice: El cuerpo es un negocio. El cuerpo dice: Yo soy la fiesta. (Eduardo Galeano). (Kardo Kosta)

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Sí, eso, el poeta tiene que ser una especie de arquitecto pero de la palabra, que pone el cuerpo, a veces anestesiado y otras llenas de fervor en cada palabra elegida. Esto lo veo muy relacionado con un poema o con varios poemas del poeta Joaquín Giannuzzi donde el paisaje urbano se va construyendo a medida que el poeta observa, como dice en su poema “Los trabajos y los días”, una oreja intelectual que gira para mirar toda la cocina, ahí el punto donde el poeta funciona como eje de lo que ve y luego será poema.
Y eso queda aún más claro en su poema “Paisaje Urbano”, cuando dice:

He aquí el mundo
componiendo una música tan excesivamente humana
que un accidente no modificaría la situación.

(Emilio Herrera)


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Me suele ocurrir, al momento de escribir, de tener la sensación de interrumpir muchas de mis sensaciones corporales. Frío, sed, mala postura, dolor de cabeza, quedan suspendidos por cierta excitación y la necesidad de concentrarme, cuando creo que puedo transcribir eso que está dando vueltas por mi cabeza. Tengo que decir, aunque me cueste admitirlo, que puedo reconocer cierta condición del cuerpo (como un temblor, transpiración, inquietud), que va a desembocar en la escritura.

El libro Teatro de operaciones (anatomía y literatura) de Liliana Lukin es un bellísimo tratado acerca de (entre otras cosas) el cuerpo y la escritura, del que copio un poema:

No hay alivio para mí: 
líquidos sinoviales ausentes
y cervicales en franca rebelión,
la alteración de lo visible en sí,
la esclerosis de las
profundidades,
todo se convierte en otro oro:
no son
la parte del león
de mi fortuna: cada una
de esas fallas es el precio,
la libra de carne con que pago
la energía,
el deseo y el ardor.
Alquimias del verbo 
que, encarnado
en pura presencia me ha dejado:
escritura, amores, impaciencia,
dolores como ausencia
del Dolor.

(Alejandro Castro)


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A veces siento que escribo poesía para imponerle un ritmo pausado a mi vida que no la tiene. Por supuesto esta sensación está intimamente relacionada con el cuerpo. Estaba en Córdoba, en España, y sentí muy fuerte el tema de la raíz, de los orígenes, y me senté en un banco y empecé a escribir sin parar, cosas que venía pensando y escribiendo mentalmente antes, y de repente así como así encontré un nuevo eje para un nuevo libro, que quien sabe cuando termine.

Me interesa esto que dijo Louise Borgeaus en La destrucción del padre. No se si hablan estrictamente de la relación entre cuerpo y escritura, pero si del arte en general:

No dispuse de la seguridad que concede una religión, así que al final esta sería la razón principal que me llevó a convertirme en una artista, la búsqueda de un modo de supervivencia.
No quisiera usar la palabra “terapéutico”, pero lo cierto es que el exorcismo es una aventura terapéutica. …La obra me transformó. Es por eso que los artistas siguen trabajando, no porque mejoren como artistas sino porque cada vez soportan más. Por lo tanto cuando hablo de éxito, no me refiero al éxito material, si no al resultado exitoso del proceso creativo.
Hay una tensión creciente que surge de mi encuentro físico con el material concreto. De esa tensión creciente, que siempre aparece, surge lo que quiero decir. De pronto uno interpreta esa tensión y consigue expresar lo que quiere. De pronto se produce una liberación total, como cuando te despiertas con hambre. Es una señal. Si tienes hambre es que lo lograste. (Nurit Kasztelan)

217

Si estoy tranquila en minutos, pocas horas, irrumpe el poema. Y cualquier superficie es válida para escribir. Irrumpe sí, porque viene a mí, no lo voy a buscar. En cambio, si mis días son muy ajetreados, lo cual es lo más frecuente, empiezo a sentir algo corporal. A veces es como un ojal que se va abriendo en medio del pecho y necesito escribir para circunscribirlo. Muchas otras, la sensación es algo parecido a cuando algo te pica y no te podés rascar. Esa es para mi la señal de parar. Entonces me invento un rato de soledad, puede ser en mi casa, o entre paciente y paciente, o en algún café pequeño, o me voy al parque. El lago y los patos son siempre una buena compañía.
Una vez que el poema ya está en papel, siento que al cuerpo le creció un lugar.

Algunos textos que me gustan mucho sobre el cuerpo y el arte:

-58 indicios sobre el cuerpo. Jean Luc Nancy

11: Los dientes son los barrotes del tragaluz de la prisión. El alma se escapa por la boca en palabras. Pero las palabras son todavía efluvios del cuerpo, emanaciones, pliegues ligeros del aire salido de los pulmones y calentado por el cuerpo.
12: El cuerpo puede volverse hablante, pensante, soñante, imaginante. Todo el tiempo siente algo. Siente todo lo que es corporal. Siente las pieles y las piedras, los metales, las hierbas, las aguas y las llamas. No para de sentir.

El libro entero en http://www.medicinayarte.com/img/58-indicios-sobre-el-cuerpo_nancy.pdf

-Free Play. La improvisación en la vida y en el arte. Stephen Nachmanovitch.

¿Cuál es la Fuente que tocamos al crear? ¿Qué querían decir los poetas antiguos cuando hablaban de la musa? ¿Quién es la musa? ¿De dónde viene el juego de la imaginación? ¿En qué momento los sonidos se convierten en música? ¿Cuándo pueden llamarse arte los dibujos y los colores? ¿Cuándo son literatura las palabras? ¿Cuándo es enseñanza la instrucción? ¿Cómo equilibramos la estructura y la espontaneidad, la disciplina y la libertad? ¿Cómo se codifica la pasión de la vida del artista en la obra de arte? ¿Cómo nosotros, los creadores de la obra de arte, hacemos que la visión y la pasión originales que nos motivan resulten adecuadamente retratadas en nuestra actividad creativa del momento? ¿Cómo nosotros, testigos de la obra de arte, decodificamos o liberamos esa pasión cuando el artista ya no está y sólo tenemos ante nosotros la obra misma para verla o escucharla, para recordarla y aceptarla? ¿Qué se siente cuando uno se enamora de un instrumento y un arte? 

El libro entero en: http://www.actors.com.ar/web/images/pdf/Nachmanovitch%20Stephen%20-%20Free%20Play.pdf

 -El odio a la música. Pascal Quignard. Segundo tratado: Sucede que las orejas no tienen párpados.

Todo sonido es lo invisible bajo la forma de un abridor de envoltorios. Se trate de cuerpos, de habitaciones, de departamentos, de castillos, de ciudades amuralladas. El sonido ignora la piel, no sabe de límites: no es ni interno ni externo. Ilimitante, es ilocalizable. No puede ser tocado, es lo inasible. La audición no es como la visión. Lo contemplado puede ser abolido por lo párpados, puede ser detenido por el tabique o la tapicería, puede ser vuelto inaccesible de inmediato por la muralla. Lo que es oído no conoce parpados ni tabiques, ni tapicería ni muralla. Indelimitable, nadie puede protegerse de ello. No hay punto de vista sonoro. No hay terraza, ventana, torre o ciudadela que ofrezcan un punto de vista panorámico para el sonido. No hay sujeto ni objeto de la audición. El sonido se precipita. Es el violador. El oído es la percepción mas arcaica de la historia personal, incluso antes que el olor, mucho antes que la visión, y es aliado de la noche.

Un poema de Susana Cerdá

Ha escuchado: las palabras se han agolpado formando coágulos 
tibios, haces luminosos corriendo por los estrechos conductos 
de la sangre, bolas de fuego que han aflojado mis muñecas, los 
dedos descansan húmedos sobre las piernas, la cabeza no opone 
ya resistencia; apenas inclinada hacia delante, respiro 
lánguidamente el olor de mi pecho, un vaho caliente 
palabreadamente sube de la complacencia de mis senos, ahora 
dulces, destilados por una plateada vertiente de sonidos, hilos, 
halos, malla finísima que me ciñe la piel, se demora entre los 
pelos, afloja, reduce, vence, jugueteando con la hendidura de 
mi hombro derecho, recala y arremete de lunar en lunar, dibuja 
pájaros blancos que rumorean la cintura. Trazando un abanico 
las piernas se entreabren, una por una las palabras-gotas gotitas 
se van deslizando alzadas frente al gran vientre de hierro, 
horadan, horadan, tocan con fin, tocan y se abren como 
granadas, dolorosamente.



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En resumen, así sucede en mí el proceso de creación poética: entrego mi vida completa cada vez. Mis sensaciones físicas son las del obsesivo, si amo en el poema amo desesperadamente en la vida. Nunca sé que va primero. A veces no sé si vivo cosas y luego las escribo, o las vivo para escribirlas.
Fui deportista profesional durante muchos años, luego kinesióloga, toco el piano desde chica, nací y viví hasta la madurez casi en pleno campo, mi relación con el cuerpo es natural, nada de lo que haga lo tiene como espectador pasivo. Pienso con el cuerpo. Pienso con las estrategias del cuerpo. Mi carne refleja mis pensamientos molestos como una lepra instantánea. Mis poemas casi siempre están interrogando esa relación entre lo físico y el alma, las distintas lógicas, hablan de patologías, de padecimientos, de sentidos, de huesos, de músculos, de lucha cuerpo a cuerpo, de sudor. Lo que escribo es, en ese momento, el foco casi total de mi vida, escribo con el cuerpo, sintiéndolo, vivenciando lo que escribo. Aunque durante la etapa de corrección, evidentemente, ya suelo encontrarme –por el bien de la poesía– lejos de aquel instante original y caliente.
Para concluir, yo no sé cómo es la relación entre el cuerpo y el arte, sé que mi relación con el arte no puede ser sin el cuerpo. Cuando leí por primera vez Hospital Británico, de Héctor Viel Temperley, supe que era un camino a seguir, la poesía era un camino para mí  y una forma de expresión. Luego, obviamente, hubo otros poetas importantes, pero ninguno como el primero, ninguno como ese que cayó en mis manos para decirme que la poesía es donde otras cosas no pueden permitirse ser sin error, sin pérdida de justeza y claridad. La poesía también puede ser, como una mano o un intestino, el cuerpo propio. (Marina Serrano)

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Escribo encorvada, con los hombros levantados y sin parar. Una muy mala postura, producto del estado de trance consciente que entro al escribir. No tengo mucha noción del espacio tiempo, ya que puedo escribir en el medio de un lío total y varias horas sin darme cuenta, excepto por mi dolor de espalda y muñecas. Siempre anhelo tener un escritorio con cositas ordenadas y una taza de café al lado, pero la verdad que tomo mate sin parar y en el caos encuentro el orden. 


Recomiendo: El libro, La improvisación en la vida y en el arte , Nachmanovitch Stephen  - 

Fragmento: 

...El dominio viene de la práctica, la práctica viene de la experimentación juguetona y compulsiva (...) y de una sensación de algo maravilloso (...) El músico, el atleta, el bailarín continúan con su práctica a pesar de los músculos doloridos y de quedarse sin aliento. Este nivel de actuación no lo logra ninguna exhortación calvinista del superyó a través de sentimientos de culpa u obligación. En la práctica el trabajo es juego, es intrínsecamente gratificante. Es sentir a nuestro niño interno que pide jugar sólo cinco minutos más...



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Desde hace un par de años, el momento en que más me gusta escribir es mientras camino. Parecerá un absurdo pero mientras voy de un lado a otro de la ciudad para dar clases o vuelvo de la escuela de mis hijos, mientras siento que el trayecto y sus pequeñas dificultades me absorben, vuelven las imágenes de las películas, los poemas leídos, las novelas, los textos seleccionados para las clases, las palabras de mis  hijos y de mis amigas. Vuelven y metro después de metro construyo preguntas, las desarmo, recuerdo, busco colores, sigo los olores y miro. A veces pasan los días y al repetir el mismo recorrido repito las mismas palabras, trato de memorizarlas busco acordarme exactamente cuál era la construcción, entonces veo los versos. Luego, viene el traspaso al papel, que nunca me satisface tanto porque la hoja en la pantalla de la computadora, allí, fija, impone sus propios movimientos a mis palabras a esas palabras que se movían con mi cuerpo; porque lo escrito en la memoria de un yo caminante suena diferente, casi a plegaria. La hoja por un lado, la vida cotidiana entre niños y tareas por el otro. En cambio, el caminar es sólo mío, sin música de fondo. 

Muchas veces, antes del pasaje al papel, investigo, leo o vuelvo a una historia, y me la llevo conmigo. Caminar no es lo mismo que viajar en colectivo o en subte, allí me acompañan los documentos, las historias seleccionadas que leo entre dormida y anestesiada por el ritmo caótico del viajar urbano. Cuando vuelvo a la computadora, nunca sé si leí bien o no lo que había buscado pero no recupero el material. Cuando finalmente decido que el poema debe pasar a tener una grafía ya  no hay búsqueda. Pero todo vuelve a empezar cuando está terminado, porque las correcciones suponen otros recorridos, otros tantos viajes. (Vanna Andreini)


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En cuanto a la relación con el cuerpo, cada técnica y formato indudablemente condiciona el modo en que este acciona, su dinámica y las sensaciones que en él se juegan. Un formato pequeño propone una relación de mayor intimidad con lo que se está creando, un menor gasto de energía. Solo la mano y el ojo se mueven. Los formatos grandes, en cambio, imponen un ir y venir, tomar distancia, sentarse a observar, pararse, acercarse nuevamente a la tela, hacer grandes movimientos con el brazo, agacharse. Toda una gimnasia, o una danza (como se prefiera).
En los últimos trabajos que realicé con tecnología digital, la mediación con la obra es mayor. Siguen presentes la mano y el ojo, pero el material es —digámoslo poéticamente— inmaterial, no se puede tocar, no se puede oler. Solo ver. Diría que se pierde la sensualidad que provoca el uso de los materiales “físicos”, su olor, su textura. Pero se experimenta otro tipo de sensación, y tiene que ver con la velocidad. La mano opera con impaciencia y rapidez. Se borra fácilmente aquello que no convence, se puede dar un paso atrás, o dos, o tres, como si nada hubiera ocurrido, o volver a comenzar desde el principio. Todo es más vertiginoso. Tiene algo de magia, de prestidigitación.
En cualquiera de los casos las sensaciones no son de relajación; por el contrario, siempre hay una cierta tensión, a pesar de que en mis trabajos predominan los trazos espontáneos y no controlados.
Me gusta la idea de Nietzsche acerca de que el arte es el gran estimulante de la vida, y que su efecto es tónico: “Todas las artes actúan como sugestiones sobre los músculos y sobre los sentidos (…) hablan a esta especie de delicada movilidad del cuerpo. (…) Todas las artes también tienen un efecto tónico, aumentan la fuerza, aumentan el placer (el sentimiento de fuerza), excitan todos los más sutiles recuerdos de la embriaguez; hay una memoria particular que desciende en tales estados de ánimo; entonces retorna un lejano y fugitivo mundo de sensaciones. (…) Todo movimiento interior (sentimiento, pensamiento, pasión) va acompañado de variaciones musculares y, por consiguiente, de variaciones de color, de temperatura, de secreción.”
Tónico para el cuerpo del artista. Tónico para el cuerpo del espectador. (Laura Dubrovsky)

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Y lo que siento es el asombro casi mágico por la palabra que emerge,  que está tan lejos de la rutina, de lo esperable, que nada tiene que ver con esa tensión por producir cosas, esa secularidad y enajenación a la que estamos acostumbrados. Es lo contrario, es un estado de sensibilidad y conciencia extrema, como de trance. Quiebre, deslumbramiento, encanto, la palabra poética está cerca de esos momentos primigenios ¿no? De lo que casi no puede ser representado y que desborda en sentido. Y hay ahí una sensación única del sentir físico donde el cuerpo entra en la plena materialidad de su condición, de su arraigo y labilidad, donde mundo interno y externo no existen, todo es correlato. Una cosa así tengo que sentir para que nazca el poema.(Roxana Molinelli)




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