EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

miércoles, 15 de marzo de 2017

JUAN MANUEL ONTIVERO



Al momento de escribir soy una historia atrapada en un cuerpo ágrafo. Ese cuerpo es escritura y hoja en blanco a la vez. Significado y significante; símbolo y representación. De todos los caminos que nos pueden llevar a la escritura, el mío parte de la lectura. Sí, leer (no decodificar signos) es lo que me permite y me permitió siempre sentarme a escribir. Aclaro ahora que llamaré lectura a la lectura de ficción y escritura a la escritura de ficción. El camino medio entre lectura y escritura es, para mí, el balbuceo; esto es cuando queremos hablar de una obra que nos cambió la visión del mundo para siempre. Opinar, reseñar, criticar una obra de arte es balbucear. No es negativo. Es un estadio medio entre la crítica y la producción de una obra. 

Miro una película o una serie, reconozco que me causa emociones. Entonces escribo una reseña en mi blog o en Medium y ya. Balbuceo, no voy y hago una película. Escucho un disco, cualquiera, ponele uno de Etta James, me emociono, busco la guitarra, saco algunas canciones, las canto en la oscuridad de mi escritorio y ya. Pero leo un cuento, una novela, una poesía, y escribo. ¿Qué escribo? No sé. Quizá acrecentamos la obra de quien nos conmovió mediante la escritura. Me pasó desde que me conozco como lector. La pulsión por la escritura nació en mí una vez que hube leído mucho. Es como una necesidad. Es como si te apretaran la garganta y sólo podés balbucear. Porque sólo podemos hablar de literatura a los balbuceos. Ahora bien, cómo dejamos de balbucear. Fácil: sentándose todos los días a escribir. Sé que hay reseñas, críticas, opiniones sobre obras literarias y las respeto, tienen su mérito. Pero si querés hablar sobre lo que te causó esa lectura que hiciste, esa novela, ese cuento, esa poesía que te partió como un rayo y ya dejaste de ser vos para siempre, para hablar sobre eso el único camino es la escritura. Todo lo otro es balbuceo, palabras al ras de lo incognoscible. Humo. Así es como se engrasa la máquina. La máquina es la literatura. Y si no tenés tiempo para leer porque estás escribiendo mucho, es porque estás entrando en una de las categorías del balbuceo: el tráfico legal de renglones cortos. Bien, todo esto para decir que lo que me mueve a escribir es la lectura. Aunque también a veces algunas imágenes incidentales me mueven a escribir. Cuando miro por la ventanilla del colectivo o del tren, por lo general aparece algo, un objeto-signo que genera sensibilidad: puede ser desde una piedra hasta un par de zapatillas. Lo importante es cómo ese signo opera como generador de lo simbólico. Necesitamos escribir no sobre ese signo sino sobre la sensación. 

No puedo escribir desde la experiencia personal. Escucho diálogos en los trenes, en los colectivos, en la sala de profesores, escucho a mis alumxs hablar entre ellos, escucho la respiración de la gente. Uso todo ese material. Lo personal puede aparecer, lo puede captar el ojo psicoanalítico a posteriori, pero no puedo partir de una experiencia personal, no me tiene que pasar necesariamente algo para escribir. 
En el momento de la escritura hay algo que se detiene. No sé qué es. No quiero averiguarlo, pero algo se detiene y me permite escribir. Soy bastante disciplinado en ese sentido. Todos los días escribo un poco. A veces más, a veces menos. Antes me imponía diez mil palabras por día. Después (hoy) me di cuenta de que eso que se detiene cuando escribo tiene que ver con la desconexión que hay con el afuera, con el tiempo, el espacio, con las necesidades del deseo. Me siento, pongo un disco de Björk, cualquiera, o de Etta James, también, cualquiera, y ya puedo escribir. Creo que los momentos de inspiración deben respetarse. A rajatabla. También a rajatabla escribo todos los días, donde sea, como sea. En el tren, en el colectivo, en los recreos del trabajo, en la fila de espera del rapipago, cuando pasan La La Land en el cine. Pase lo que pase, no tenés que dejar de escribir. Se entiende que de leer tampoco. 

Dice Merleau-Ponty: "Una novela, un poema, un cuadro, una pieza musical son individuos, es decir, seres en los que no puede distinguirse la expresión de lo expresado, cuyo sentido sólo es accesible por un contacto directo y que irradian su significación sin abandonar su lugar temporal y espacial. Es en este sentido que nuestro cuerpo es comparable a la obra de arte. Es un nudo de significaciones vivientes y no la ley de un cierto número de término covariantes". (Merleau-Ponty, M, Phénoménologie de la perception, Lagrasse, Vedier, 1996, P. 177).

Imagino a Cervantes escribiendo el Quijote en una celda inmunda; a Leopold van Sacher-Masoch escribiendo e hiperbolizando sus experiencias, Virginia Woolf contra todos los prejuicios de su época, a Pizarnik en su laberinto, a  Mary  Shelley escribiendo el germen de Frankenstein en el verano con Lord Byron. Cada cuerpo está situado en la experiencia concreta que lo desnuda hacia la escritura.

Tengo un cuadro enorme frente a mí, en mi mesa de trabajo. Cada tanto lo miro. Son dos figuras que quieren ser plantas abrazándose. Para mí son dos objetos que se encuentran para despedirse. Recuerdo no sé qué cosas y sigo escribiendo. A veces el vecino grita, se putea con alguien. Lo escucho por sobre la música, me río y sigo escribiendo. Miro todas las lapiceras y lápices de todos los colores. Miro mi biblioteca. No importa si me duele la espalda, o las manos, no. Lo importante es que ya comiste, tenés música y estás ahí, y podés escribir. Sos una historia atrapada en un cuerpo ágrafo. Escribir es la guerra contra el lugar común.

Investigo sólo cuando tengo que describir lugares que desconozco. La hiperbolización se añade a la investigación.

De todos modos, fuera de la disciplina de escribir todos los días, existen micromomentos que me generan una inspiración. Puede ser cualquier cosa: un árbol, la lluvia, una fotografía en Tumblr, una sucesión de acordes no convencional. Cualquier elemento puede estimularte una vez que estás permeable a escribir. Después de todo, se trata de hacer que el cuerpo hable y escriba, a pesar de todo.
Somos historias atrapadas en un cuerpo ágrafo. Ese cuerpo es la misma escritura.


 La prosperidad del desierto (fragmento)

—A esta altura ya no necesitamos la ayuda de Mario —dijo Diego.
—A esta altura no necesitamos la ayuda de nadie —respondió Ernesto.
—Sólo necesitamos esta noche, que no llueva y hacer el pozo.
Perseo para algunos, Funes para otros, escupió. Cara de diablo que saliva la tierra.
Los pasos firmes de Varela en el barro. En el lodo pantanoso de esa noche casi lluviosa. Luces, faroles, linternas. Música de radio en la camioneta. Los borcegos de Varela pisando la lluvia pretérita. La montaña, quieta. El cuerpo, desaparecido. Meses desaparecido.
A seiscientos treinta y siete kilómetros, a eso de las seis y veinte, Mario se levanta, prepara café y sale al patio. Las paredes, las tapias cubiertas por la enredadera. Una Enamorada del muro lo enfrenta desde el fondo. El paso lento del barro levantándose por el único árbol de la cuadra. Casi nadie tiene un árbol así en la ciudad. En verano es nido de murciélagos y ratas. Mario mira como si ese patio ya no le perteneciera. Quizás porque Isabel ya no estaba. Creyó por un minuto que algún día dejaría de fumar y ese minuto junto con esa creencia le ennegrecieron el rostro. Todo lo que había en el mundo se le había prendido como una garrapata. Todo lo malo. —A vos se te prenden todos los vicios, Mario, eh—. La voz de Ernesto en ese tiempo era carrasposa y casi melancólica, como si al fondo de sus palabras hubiera una mesa sola, con un sifón verde de soda apoyado, y las puteadas de Ernesto sobre una mesa azul. La mesa de chapa. La pintura gastada. Corroída. Se habían hecho amigos en la escuela secundaria y ya no se habían separado
Mario fuma despacio. Es siete de septiembre.
— ¿Y para qué necesitaríamos la ayuda de ese pelotudo?
—No sé, él siempre sabe cosas...
— ¿Cosas cómo qué? A ver, dame un ejemplo.
—No sé. Si él estuviese acá, seguro nos daba una mano con el pozo. Terminaríamos más rápido.
—No confío en él. Siempre tiene algún pero. Vos porque le sobás el lomo.
—¿Por qué salís con eso? Ves que sos, eh
—Mario no tiene que saber nada de esto, ¿escuchaste? Na-da. Pelotudito. A ver si me ayudás un poco antes de que se largue la lluvia con todo.
Perseo Funes sabía que iba a llover, por eso luego de hablar agarró la pala y le dio duro a la tierra. No era fácil hacer un pozo en esa parte de la montaña, pero estaba convencido de que se podría. Qué pozo, una fosa común era. La pala golpea contra el piso. La tierra sale y parece brotar desde la misma tierra. Nacimiento del nacimiento del nacimiento. El caos, el génesis y la muerte en esa montaña, a seiscientos treinta y tres kilómetros del cigarrillo que Mario fuma solo en el patio. Tres hombres en la montaña no están del todo seguros si hicieron bien “el trabajo”, si alguien los vio, si Varela sabe, si Mario ya se fue al diario; el trabajo está hecho. María Luisa Guevara yace en el piso, muerta. La lluvia amenaza en forma de truenos. Remolinos de viento enlutan el lugar. Un hilo de sangre seca cuelga de los labios muertos de María Luisa Guevara. Pobrecita. Nadie merece morir así. Nadie merece morir. Nadie merece. Nadie.
—Dame la pala que sigo yo. Si sabía, ni hacía el trabajo.
—Callate y seguí que se larga.
Varela avanza hacia lo frondoso. Bosque en la montaña. El calor de diciembre le hace brotar la transpiración. El gobernador, pensar en lo que dice el gobernador le da más calor. Que tiene que encontrar el cuerpo. Que no puede seguir siendo una incógnita. Todo el mundo va a pensar que la policía de la provincia no sirve para nada. Y no se equivocan, piensa Varela. Como él no se equivocó cuando sacó a los pedos a Perseo Funes de su casa. Quién sería si no él. Pero no había pruebas. Lo llevaron a la comisaría, lo interrogaron y al no obtener respuesta, la policía de la provincia lo cagó bien a trompadas. En el pecho, en la espalda. Uno le dio un trompadón en la cara.
—Ya te voy a agarrar solo, Varelita —le dijo al otro día cuando lo vio en la puerta de salida. Salida para Funes. Puerta de entrada para Varela. Luego, agarró para su casa. María Luisa Guevara no lo esperaba. María Luisa Guevara esperaba que Varela o algún puto policía encontrara su cuerpo enterrado un metro y medio bajo tierra en medio de la montaña. Verde. Musgos, víboras.
Varela transpira. Busca algo que no sabe qué es. Suena el teléfono. El jefe le dice que por hoy dejen de buscar, que Perseo —para algunos— Funes —para otros— está en la comisaría y quiere confesar.
—Dale, dale, dale dale, dale, dale, metele.
—Esperá, no soy una máquina. Quetecré
—No me creo nada, pero apurate que no llegamos más.
—Yo no tengo la culpa de que hayas discutido con tu esposa.
—Callate y seguí.
Las gotas de lluvia eran cada vez más gruesas. María Luisa Guevara había nacido en Yacanto, cerca de San Justo, y ahora las manos a su alrededor cargaban tierra y la sepultaban.
—¿Voh qué te pensaste? Que ibah a hacé lo que quería. No, querida, acá mando yo y a mí… ¡a mí nadie me pasa por encima! A mí se me respeta, ¿mentendé?
Perseo Funes le hablaba al cuerpo, a lo que quedaba de María Luis Guevara. También se hablaba a sí mismo. La sangre se espesaba en su voz. Un trueno negro salió en forma de coágulo de la boca de María. La lluvia era negra como la tierra y caía tanta que tuvieron que subirse a la camioneta para irse. El cuerpo a medio enterrar.
La confesión de Perseo que para ese momento era Funes no duró mucho. Algunas personas en el pueblo dicen que no duró nada; otros, que no existió. Perseo llama por teléfono a la comisaría y dice que quiere confesar. Pero si usted es el culpable, va a decir dónde está el cuerpo, no, no soy culpable, solamente quiero confesar, enseguida tiene que llegarse hasta a la comisaría, señor Funes. Enseguida iría, pero no me puedo mover, ya saben. Esta pierna... ¿pueden venir a buscarme?
Guido Hernández llega a la casa de Perseo Funes. Golpea contra la puerta la mano de Guido. La vecina dice que no hay nadie, que hace cinco minutos salieron dos hombres en una camioneta. Hernández Serna le ordena a su compañero que lo ayude a derribar la puerta. Son policías, pueden hacer lo que quieran, estamos en Córdoba. Las paredes de la casa, chorreadas de olor a mugre y velas colgadas de cada rincón, paredes manchadas de humedad, oscuridad. El compañero, invadido por la curiosidad, se adelanta, transgrede las órdenes de Enrique Hernández Serna, entra en la habitación y corre la cara como si lo que ve le estuviera dando un latigazo en los ojos. La cámara del forense captará luego los detalles. No antes que los ojos de Serna y su ayudante, Juan Manuel Salerno. Lo que fue María Luisa Guevara era sangre y vísceras. Piel muerta, gris, más que pálida. La boca sellada por el paso de los días. Era una momia. Tres meses en la intemperie de la muerte. Marcas de cortes en el abdomen, lo verá luego la forense. Determinará por lo menos a qué se debieron. Funes y Guevara parecían un matrimonio feliz. Jóvenes. Él 33; ella, 31. Funes está en la otra habitación, con los pies que no pueden ya hacer fuerza contra la silla ni contra el piso que alguna vez lo sostuvieron. La silla azul, despintada. La soga al cuello. Funes blanco, la sangre brotando para el otro lado. Funes tomó la curva de la agonía y ahora está vaya a saber dónde: está donde está su confesión. Un espejo negro enfrente al cuerpo. Otro espejo negro frente al otro cuerpo. Sangre. Una estrella puntuda con una de las puntas hacia abajo. Adornos hechos con cintas negras que envuelven palos. Mario sigue sin poder dejar de fumar.
Varela fuma afuera de la casa mientras se lamenta por haber encontrado el cuerpo en condiciones normales de muerte. Fuma y se asfixia con el humo. Tose. Llueve cada vez más en el pueblo y en las montañas y en el pozo abierto donde estaba María Luisa Guevara.  Mario se toma un taxi hasta la estación. El viaje durará lo que tenga que durar. La cara se le espesa cada vez más cuando piensa en los detalles. En los campos verdes que pasarán delante de sus ojos quietos como dos piedras.

Juan Manuel Ontivero

Nací en Ballesteros, provincia de Córdoba, en 1986. Estudié música desde los 9 años. Luego estudié letras. Soy docente de literatura y ejerzo en provincia de Buenos Aires, donde vivo actualmente. Trabajé como metalúrgico, pintor, cartero, bañero de piletas municipales, corrector de estilo en un diario de Villa María, escribidor de horóscopos, redactor de notas relacionadas con el campo de la cultura en general y de las letras en particular. Escapé de todos los lugares. Me instalé en Buenos Aires en 2016. Participo en el grupo de literatura escénica Las puntas del clavo y curso el segundo posgrado en Escritura, lectura y educación, en Flacso. Asistí a los talleres de escritura de Guillermo Martínez y Luis Mey en la Biblioteca Nacional. Nunca se me ocurrió enviar algo a algún concurso ni publicar. No sé cuáles son los pasos que hay que seguir.



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