EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

sábado, 1 de abril de 2017

CELIA CATURELLI





Escribir poesía es para mí partir de la oscuridad hacia la luz. Es como sacarse de encima algo que molesta, algo que duele o lastima. Una espina incrustada bajo la uña. También es un cosquilleo luminoso que intenta salir por los dedos ya sea escribiendo sobre el papel o con la computadora. Al cosquilleo lo siento literalmente en la garganta. La poesía es algo que nace o crece del centro mismo del cuerpo, espacio único en el que somos. Para mí hay una relación fundamental entre el acto de escribir y el cuerpo. La poesía brota de un espacio muy íntimo que ni siquiera es interior, sino silencio. Escribir poesía es, entonces, por un lado, tratar de sacar esa espina, de aliviar ese dolor o de encaminar ese cosquilleo y por otro, es estar siempre atenta, es escuchar, percibir, recibir.

 "cartas de viaje"
Técnica mixta s/papel
43 x 60 cm
2017

Antes de comenzar a escribir, siento una gran intranquilidad, un movimiento alocado, un desasosiego que busca salir a la superficie. Remoloneo bastante. Le voy dando vueltas y vueltas al asunto. Siempre hay algo más importante que hacer, que llevar una carta al correo o que me olvidé de comprar pan y manzanas, que debo hacer una llamada por algún asunto, pero llega el punto en el que esa desazón finalmente me ordena, casi, que tome el toro por las astas, y el comenzar a escribir me produce siempre una especie de vértigo, entre miedo y una profunda alegría. Ahora llegó el tiempo de ser libre, me digo. Vamos a jugar.

"cartas de viaje"
Técnica mixta s/papel
43 x 60 cm
2017


A medida que el proceso de la escritura se afianza, esta primera sensación muy concreta y real de intranquilidad se va calmando y las palabras comienzan a ganar partido –una palabra primero, luego la otra y otra más– y van creando una nueva realidad (la de la palabra). Se avanza así hacia el centro luminoso (y me llevan a mí con ellas, que en medio de todo esto me he convertido en una extraña). De esta manera, el desasosiego inicial se transforma en una especie de exaltación, de euforia y excitación casi erótica. En esta etapa del proceso, aunque las sensaciones físicas sean tan claras, extrañamente el cuerpo con sus necesidades desaparece o, en todo caso, se adquiere otro que es transparente, que no necesita de beber ni de comer. La concentración más severa y casi absoluta no acepta alcohol ni café ni ningún estímulo externo. Aquel yo primero se disipa. Si la poesía funciona, soy al final inmensamente feliz. Y puede ser que salga a caminar, a disfrutar de un café. A mirar pasar la gente. Al cine. La caída posterior de la duda y el descreimiento vienen después. Pero esto es ya otro asunto.

Escribo sólo en mi casa. Como soy también artista plástica poseo otro lugar de trabajo, mi estudio, lugar en el que no escribo sino en el que trabajo con otros materiales. En mi casa escribo en mi pequeño escritorio caótico, lleno de libros, fotos, recuerdos de viajes, talismanes. Me gusta tener flores a la vista. Puedo concentrarme y olvidar todo a mi alrededor. De tal manera los ruidos de la vida cotidiana no solo no molestan, sino que ofrecen una especie de marco de fondo que funciona como una especie de caja de resonancia protectora. Creo que mi trabajo se nutre permanentemente de imágenes. De las imágenes internas y de la observación constante de lo que me rodea. Sobre todo de la vida cotidiana. Lavar los platos o limpiar la casa pueden ser actividades que despiertan el yo lírico.

Cuando estoy en ese estado de percepción poética –o de pre-escritura– todo se aprehende, se percibe de manera tal que deviene material poético: así, una frase escuchada al azar, un comentario, un verso leído mucho tiempo atrás, una fotografía, una pieza musical (sí, sobre todo la música, en mi caso la ópera) pueden provocar el primer chispazo e iniciar un proceso de escritura complejo y profundo.

"Letters"
170 x 230 cm
Oleo sobre lienzo
2017

También las noticias prosaicas y crueles de nuestro derrotado mundo leídas por la mañana temprano, en Internet o impresas, durante el desayuno, pueden ofrecerme un momento de exaltación y, a la vez, de recogimiento. Mis viajes sobre todo me permiten –siempre– una generosa cosecha. No suelo escribir poemas aislados. Trabajo en ciclos temáticos y formales. Pueden pasar largos períodos en los que no escribo poesía. Eso sí, por semanas o meses voy mascullando poemas –sin escribirlos ni hacer anotaciones, pero si las hago, es de manera muy desordenada– hasta que llega el momento en que logro saltar al vacío y esa intranquilidad cobra forma. Puedo escribir poemas de un solo tirón, otros, necesitan más tiempo y pulido posterior. Pero trato de dejar que el poema se suceda. La poesía es una especie de animal salvaje y huidizo: necesitamos ser pacientes, cuidadosos, no asustarla. En el hecho de escribirla hay quizá algo del hábito del cazador. Tender una trampa, sentarse a esperar. Agudizar el oído para reconocer los crujidos de la hierba o de la arena (la poesía siempre llega también por el oído, pero desde adentro). En ese delicado equilibrio entre agudeza intelectual y la más abierta percepción se produce, creo, el hecho poético.

Adoro los diccionarios, así que a veces me pierdo en ellos tratando de encontrar alguna palabra, algún sinónimo que me señale el rumbo. Finalmente, en mi caso, escribir poesía es una práctica espiritual y de pensamiento, y por esto es importante mantener siempre cierta disciplina o, en todo caso, un buen espíritu de aguante. Disciplina que no es un ejercicio repetitivo de la rima y la métrica (que amo mucho) sino de la atención permanente, de agudizar los mecanismos de la percepción y de la capacidad de establecer relaciones asociativas entre sonidos, palabras, lenguas, paisaje, formas, colores.

La escritura poética es, así, el ejercicio más alto de la libertad.

"Atrappe"
Oleo sobre lienzo, 170 x 175
 2016

Lo que quisiera compartir es un texto de la novelle La hora de la estrella (*) de Clarice Lispector. En realidad no es ella la que "dice" sino el narrador, yo, Rodrigo S.M. "quien es además quien escribe“ (la historia). Se puede quizá entender esta figura como un alter ego de la autora. No quiero caer en interpretaciones, pero me parece muy interesante –o muy propio de esa gran autora- que ella ponga estas palabras en la voz de una figura masculina: “Estoy calentando el cuerpo para empezar, restregándome las manos una con otra para tener ánimo. Ahora he recordado que hubo un tiempo en que, para calentarme el espíritu, rezaba: el movimiento es espíritu. Lo de rezar era un medio de llegar hasta mí mismo en silencio y oculto de todos. Cuando rezaba obtenía un resto del alma; y este resto es todo lo que yo jamás pueda tener. (...) Con esta historia me voy a sensibilizar, y bien se que cada día es un día robado a la muerte. No soy un intelectual, escribo con el cuerpo“

(*) Clarice Lispector, La hora de la estrella (pag. 14- 17)  Ediciones Siruela, S. A., 1989/ 2014



Poemas


Salmo 14

Dijiste que me llevarías a tu casa
y que a la hora del gallo
podría ver tu rostro
abierto como una inmensa sábana
de blanco hilo perfumado
Dijiste que podría subir sobre tus hombros
como se sube a una torre
o la escalera del abuelo
y que desde la cima de tu pecho
podría ver todos los paisajes
y todas las estrellas
Dijiste que con tu aliento
derribarías a Babel
así como se besa a un niño
Pero, qué hacer en estas horas
en donde el cielo cae sobre la cabeza
estallando en minúsculos fragmentos
de vidrio y lágrimas.

(de Canto IV en Cantos del carnicero, 2012)

Salmo 17
 A Fernando Doucet

Solamente un muro nos separa
ya puedo sentir el aliento de tu boca
rozando mis mejillas
Solamente un muro y el aliento de tu boca
que acorta las distancias y cruza los océanos
papeles arrastrados por el viento
Solamente un muro entre tú y yo
erguido como un cirio
espeso como el miedo
y extenso como la noche
Solamente un muro entre mi cuerpo y el tuyo
mientras tu aliento me doblega
y transforma mis huesos en cera blanda
Solamente un delgado muro
mientras tu aliento aterra y enciende cascadas de luz
en los cabellos
Solamente tu aliento y este muro
que casi nos separa
mientras afuera la luz del mediodía
calcina el asfalto y las hormigas.

(de Canto IV en Cantos del carnicero, 2012)


17

la fuente brota
sin cerros ni senderos
por donde caer como espuma
la fuente brota sin animales
que beban de sus aguas
ni raíces que la atrapen
hacia las nubes
la fuente brota inmensa
transparente
fuente que llevamos entre los huesos
fuente que nos olvida

(de 91 meditaciones, Huesos de jibia, 2017)


73

en pleno mediodía
la nieve cae
ella así sin ruido
para calmar tu sed y los años
y aquellas esperanzas
deshilachadas
en los bolsillos
el viento sacude las ventanas

(de 91 meditaciones, Huesos de jibia, 2017)


91

todos estos pétalos
caen ahora
y nadie los retiene
son perlas o lágrimas
o simplemente rocío
corazón abigarrado
pimpollo de sangre
desangrado


(de 91 meditaciones, Huesos de jibia, 2017)




En el proceso creativo plástico y visual  el cuerpo está indudablemente muy presente, pero de una manera diferente a lo que sucede durante el proceso de la escritura poética. El espacio de la poesía es absolutamente íntimo e introspectivo: aunque escriba con la mano o en la computadora, la palabra, el lenguaje están dentro de mí y son sin embargo incorpóreos.

En el trabajo de visualización plástica por el contrario, desde el momento en que elijo un medio ya sea el color, la forma, la línea, la imagen fílmica, el material, el color (líquido, pastoso, brillante u opaco) el papel, metal, madera etc., un  instrumento, los pinceles, una espátula, los lápices, una cámara, existe una divergencia, un alejamiento o desprendimiento entre el yo creativo y el otro yo, el que ejecuta el trabajo.

Es decir hay un movimiento de expansión hacia el espacio exterior real. La pintura -o el dibujo, el objeto- se exteriorizan  para ser por y ante la mirada. La pintura es espacio y  prolongación del cuerpo en el sentido más literal del término: pintar es un trabajo que se hace  con el movimiento y tensión de músculos, tendones, articulaciones, con las manos. Sin embargo, se trabaja por etapas. En la primera  -quizá la más difícil y dolorosa en mi caso- en donde se tantea, se  busca, se analiza, se piensa. Hay bocetos, lecturas, papeles borroneados, idas y venidas. Esa etapa puede llevar días, semanas o meses y se produce más allá de la situación concreta del estudio. Una segunda, que puede ser también paralela, de carácter práctico (que sucede solamente en el atelier) en donde se preparan los lienzos, las superficies, se ordenan pinceles, se mezclan los colores, se elige el papel, se experimenta con la técnica y el material. etc. Esta etapa es placentera, ritualizada y posee un carácter de meditación. Es un movimiento de afuera hacia adentro que además es lúdico y  por medio del cual se concentra y purifica la mirada. Con mirada me refiero tanto a la expectativa intelectual como a la percepción sensorial. En mi trabajo como artista plástica estoy así menos atenta a las reacciones y sensaciones de mi cuerpo. Quizá hay una situación semejante al de la excitación de la escritura poética solamente al final, en el momento en que vacía ya de todo intención, se contempla la superficie pintada y se deja que ese mundo creado y ya fuera de mí, regrese, sola y exclusivamente por medio y a través de los ojos.

Mi método de trabajo es rizomático y asociativo. Voy reciclando temas y problemas plásticos y visuales de manera sistemática y sin embargo intuitiva. Muy a menudo el camino se recorre casi a ciegas y recién al final del proceso (pueden pasar meses hasta años), se ve más claro“.

Creo que hay evidentemente una relación fructífera entre ambos géneros, el de la escritura poética y el de la pintura o el hecho visual en general, pero creo que esto se produce solamente en el método de trabajo. Considero que no se pueden establecer relaciones equivalentes entre géneros: cada uno de ellos instaura un mundo desde la propia naturaleza.


Celia Caturelli


Nací en Córdoba en el mes de noviembre. El verano y el paisaje de las sierras cordobesas marcaron mi infancia, y formaron mi capacidad sensorial y mi memoria. Crecí en una familia numerosa. En mi casa hubo siempre muchos libros. De muy niña, los devoraba. No había algo más importante. O quizá sí: andar a caballo. Estudié Literatura (era muy joven) en la Universidad Nacional de Córdoba. Paralelamente Artes Plásticas en la Escuela Provincial de Arte y en la misma Universidad de Córdoba. Aquél tiempo fue la década violenta del 70. Llegó la dictadura y con ella el irreprimible deseo de dejar la Argentina. Con una Beca del Fondo Nacional de las Artes para jóvenes pintores, pude partir hacia Alemania, Berlín, ciudad en la que vivo desde 1986. Vivo con mi marido, mi hija y desde hace un tiempo dos gatas. Durante este largo tiempo he aprendido varios idiomas, he viajado por el mundo, he recibido algunas distinciones, he trabajado como artista plástica, realizado proyectos, exposiciones, películas. Soy profesora titular en una Universidad de Düsseldorf y mi tarea
consiste en introducir a la gente joven en los vericuetos del proceso creativo plástico. Durante todo ese largo tiempo no abandoné nunca la poesía . Ni ella a mí. Pero recién a partir de 2011 comencé a publicar. Y aquí estoy con dos libros Cantos del carnicero, Colección Fénix, 2012 y 91 meditaciones, Huesos de Jibia, 2017. He colaborado también en la revista Hablar de Poesía (2015-2016) con traducciones de Rose Ausländer y Gertrud Kolmar.






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