EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

viernes, 14 de abril de 2017

EDUARDO ESPINA



Cuando escribo no necesito ni requiero imágenes internas, paisaje, realidad, lecturas previas o diálogos escuchados, sueños, ni etc. La inspiración literaria solo necesita tiempo: para poder hacer bien su trabajo y concluirlo antes de que la imaginación cambie de interés o perspectiva. La inspiración cuando se transforma en procedimiento y luego es escritura odia preguntar, tal como ocurre antes de las entrevistas, “¿cuánto tiempo tenemos?” Escribir, el más sagrado acto de las zoologías (porque el pájaro también canta, pero no escribe), exige antes que nada tiempo: para que las palabras al huir de su misteriosa procedencia se sientan cómodas, como en casa. Tal vez por eso, el sábado es, de los siete que hay, mi día favorito para escribir (y las palabras están de acuerdo conmigo): porque puedo dedicarlo en su totalidad a escribir, sabiendo además que si quiero seguir, como si fuera un maratonista nómada de la imaginación, al día siguiente tengo el domingo, tan lleno siempre de horas libres, the happy few. 

El acto de escribir es tiempo convertido en método. Lo demás, incluso el silencio, viene fácil, gratis; no es más que poner palabras en orden y hacer que en su peculiar disposición lineal no se parezcan a la forma como otros las usaron antes. También para lograr ese objetivo, la intermediación cómplice del tiempo resulta crucial. La imaginación exige saber en qué momento, de todos los disponibles, debe comenzar a trabajar a full para que la inspiración siga llegando. Y cuando llega, en el embate erótico de la creatividad, la mente no puede posponer su actuación en el papel, en la computadora, o donde le toque; debe ser ya, no luego, porque las frases, por ser víctimas bellas de su impaciencia, deben salir y hacerse realidad en el momento mismo en que les toca hacer su aparición; ni antes ni después. No aceptan la prematuridad, pero tampoco la postergación. 

En la sincronía simultánea de tiempo y lenguaje, es cuando la escritura sucede y se anima a decir lo que nunca antes había sido dicho. Es en ese preciso instante de duración sostenida, en que tiempo y lenguaje nacen de nuevo, nuevos.

Finalmente, cuando no escribo, veo fútbol, casi todo el tiempo, incluso los martes. En días afortunados, grito un gol, más de uno, pero después del partido no escribo. La poesía, lo mismo que el fútbol, solo depende de lo que le pasa a ella, de lo que pasa en ella.
Una vez fui a un museo, vi un cuadro de Lucas Cranach, y me dieron ganas de escribir algo. Las ganas, ¿vinieron porque vi el cuadro, o ya las tenía de antes? Nunca lo he podido saber, pero el poema está ahí, el cuadro también, y a veces lo tengo presente. El poema siempre se puede re-crear, el cuadro de Cranach, ya no.


Poemas


Octubre 27, 2010
(Hace dos años, la vida tenía dos años menos)

La época responde al pasado apenas empieza a pesar de las
razones que han de ser las de siempre si uno igual lo piensa.
Corría el río con su largo color marrón arrepentido de haber 
pedido perdón sin saber por dónde fue el agua a dar a la mar
y la luz, adelantándose al lucero que no confía en cualquiera.
¿Qué luz sería ésa? Esa luz, que salió de lo menos sólido, se    
sacaba la transparencia de encima, con demasiada facilidad.
Para los ojos, primero vendrá el viento para quien lo quiera,
tendrá su rastro alguna razón para seguir al cabo de una vida.
En la mente podría haber alguien, un yo mientras llega tarde
el atardecer de acuerdo al cual el cuerpo nunca tiene la culpa.
En la mente, el olvido viene a menos velocidad, borra errores
pertenecientes, cambia de ambiciones, de vida, porque puede.
Con todo eso que debería ser esto, la memoria tienta al tiempo,
desempeña su papel con horas que han aparecido por única vez.
Si te das cuenta, mira, está la invisibilidad para quienes aprendan.
Imitando el ámbito de ambos, los perfumes definen la figura que
a su manera los mantiene enteros entre retratos dando el ejemplo.
En la repetición de los aspectos, lo real se encuentra con un plan.
Vaya modo de procurar entender la idea de algún mundo a través.
A lo largo del único jardín camino a casa –a ti te hubiera gustado–
las flores han dado alcance a cuanto son (habría que decirles a los
muertos por qué la ausencia antes de serlo se hizo pasar por ellos).
Es eso de lo que a partir de ahora podría deducirse, son esos actos
afines a lo recíproco, a la sílaba visitada en la próxima afirmación.
Mal que le pese a la suerte en secreto, el trébol encontrado entra al
rastro por la puerta de atrás, cuando el azar siente que lo traicionan.
¿Será esa la puerta abierta por los nombres al llegar del Sur recién?
Las imágenes junto al resto hacían un esfuerzo por estar presentes.
Traídas al adiós de las presencias por un léxico autodidacta, son la
seda según el gusano, el río de cuya orilla sale en orden la belleza.
Ceibos, pirúes, álamos de monte, rosales sin hacerle mal a nadie;
estas plantas, dieron a oír sus razones con demasiada frecuencia.
Dijo en otra parte Paul Claudel, poeta muy católico: “Escucho. No
siempre comprendo, pero igual respondo”. Tal como en la Biblia,
donde no todo el olvido está perdido, cabe al albedrío del ábrego
responder, porque la fe no sabe cómo, ni menos quedarse a vivir,
a contar los recuerdos que ayudan a resucitar según dicen, pues la
vida son las propias palabras y su sentido los años añadidos a uno.
En este sitio hasta donde el taxi me trajo, dejo que las dalias digan
de qué manera materia y mortalidad pueden llegar hasta el fondo.
Para hacer de cada letra otra más, escribo a través de mí un nombre
propio que la vida prefiere olvidar, primero una sílaba, o sólo ésta.
El error ha sido quedarse cerca, el momento por el cual cualquiera
llega tarde a la persona a punto de dar por cumplido el aprendizaje.
Voy despacio, como haciéndole caso a la razón al seguir de largo.
De un tiempo a esta parte pude aprender el sentido del camposanto,
la ubicación de las tumbas, el valor del racconto para los enterrados,
la importancia de tener palmeras por si el alma al subir las necesita.
Palabras que nunca antes había escrito: velatorio, exequias, mortaja,
crematorio, aproximan la lengua a la prosodia donde se siente sorda.
Salvo que la memoria disponga lo contrario, salgo ileso del resultado.
Aquí a los muertos no les importa qué opinión puedan tener los días,
huyo del clavel del aire con el que otros han hecho un aroma mejor.
Si el mundo es como ahora, entonces dejar el mundo como si fuera.
Empeñado en ser parte del pensamiento, el tiempo prefiere la falta
de explicaciones: las almas, un montón para la tristeza, se animan.


Objetos sin consecuencias
(Algunos de los años inaccesibles a la duración)

Las imágenes prestan sus rostros a las palabras,
una manera de ser para que los nombres puedan.
Se hacen las distraídas para traer tregua al hogar,
causa deseada por el resplandor al abrir la puerta.
Ninguna une la noche al estremecimiento menos
pensado, sobre todo cuando hasta siempre nada
pasa llegando en puntas de pie, pero quién sabe.
La muerte llega antes, en orden alfabético –qué
gran suerte para quienes querían ser primeros al
menos una vez en la vida– y para qué explicar el 
contenido del propósito, el tono antiguo para oír.
En la realidad ésa pasa algo muy parecido a esto.  
Tal cual sucedía en el teatro de la época clásica,
con la muerte entra un ritmo debido al abismo
a modo de idea perdiéndole la pista al pretérito 
imperfecto, al ayer sollozado que no confunde 
el retrato de familia, la que ahora escasea, la de 
tantas tardes en vela, la de antes de ser en forma 
continua la síntesis de cada cual por su cuenta.
En esa obra mientras cae el telón, una alondra 
canta para alargar la algarabía por haber visto
algo, otra alondra –o también la misma– trina,
ninguna idea aplaude, nada cuenta para el uso
de la desazón al quedar a salvo del subjuntivo.
Para no dejar al universo a solas, el cielo hace 
lo que puede, aunque bien podría hacerlo peor.
El tiempo a punto de ser entiende cuanto tuvo.
La vida convertida en los objetos aproximados,
incluso aquellos llegando anoche de la reyerta, 
los que fueron de mi madre por darles su latín.
Son, en ocasiones, un sinónimo anónimo, un
clima desconocido tal cual el Sur quiso serlo,     
y la casa, al ponerse de acuerdo con las cosas. 
Las cosas, queriendo saber cómo las llaman. 
Tenías razón cuando las escuchaste hablar el
día de tu casamiento desenvolviendo regalos
lícitos bajo el raleo del relámpago extranjero,
pues esa noche con la ventisca a favor llovía 
de una vez por todas, sin saber cómo son las 
gotas en la congoja al quedar sola en secreto.
Según el temperamento, primero dependen 
de la pérdida, después, de la penúltima vez.
En esos casos, poco sirve conocer las causas,
porque el luto no depende de algún método
para cambiar la marcha de significado, de    
índole dócil debida a una verdad en veremos,
y al número pertinaz, ¿qué le debe la cuenta
inquieta por haberlo devuelto a la aritmética?
¿Tal vez el cero de la centena, la nada leída al
revés para saber cómo sería si pudiera olvidar?
El cero no es sino una cifra a poner en guardia, 
el instante anterior al tiempo por ir muy lento.
En fin, una forma cuyo anhelo fue conocer el
azar dado el ahínco con que le damos cabida, 
a pesar de que el diccionario trate a la suerte
como una palabra más, amable y exagerada.
Ninguna explicación por ella queda de lado.
A la intemperie aprende a preguntar cómo, 
a su manera la mirada libra al albedrío del
horario, se pone a definir lo real a destajo:
la mesa es una palabra, la lámpara plana a
la que la luz viene porque se lo han dicho,
el jarrón roto al que le cantaron su arrorró,
hasta la silla donde el cansancio está solo,
el cenicero, aunque siga siendo el mismo.
Palabras, cara escrita del significado, más 
no sea para poder decir a partir del léxico,
“esta es la casa a causa de cuanto existe”, 
sillas, sofá por fuera, portarretratos, ratos 
de tal simetría buscándole una solución a 
los ojos donde las cosas son a sabiendas.
¿Valdría la pena tenerlas en cuenta para
decirles de la ausencia infinita de dueña?
A la incomprensión del cuerpo previo se
suma el presente tal cual fue alguna vez 
pensado por los primeros en saberlo, las 
horas al errar, las plantas, implicadas, un 
mundo interior, los objetos, en ese orden.
Y aquel florero, que jamás pudiste saber
quién debió habértelo regalado ni cómo
pudo ponerse de acuerdo con el pasado
para empezar su ciclo entre los claveles: 
el olvido amenazado por una flor de más.
En algunas fotografías, si las ves, el final  
de la historia es la imagen mal entendida,
la extensión del sentido en la certidumbre.
Así es esto, aunque también casi siempre.
De padres a hijo pasa el desconocimiento,
la mente por lo general existe un día más.
Por el momento, está bien. Son cláusulas
como rasgos mal conocidos de antemano, 
como talismán natal del idioma queriendo 
quedar añadido entre la última vez y luego,
entre la luz y otra de la que tanto depende.
A fin de cuentas, el aire hará como pueda,
la vida interpreta por no saber bien dónde,
en qué lugar, en cuál día, ni con quiénes.
A menudo el idioma es la suma de todo,
de una idea posterior, pero qué importa.
La noche nunca es una noción completa,
tampoco el color de la ropa al ponértela,
el de las butacas de cármica encantadas
de estar rodeadas de miradas a medias.
Por si no lo sabías sin perderlo de vista,
el desconocimiento miente a su manera.
El asunto no es la inexistencia de todas
las otras cosas, los objetos sin objetivo.
El problema, Mamá, es la abstracción, 
el vestigio de las voces convertidas en
religión, en un mal intento de ateísmo
a cambio de la primera piedra hallada,
del yo moribundo pidiendo ayuda vivo.
Aun sin decirlo, la vida vino a perdurar.
¿Le daremos el mundo si no hay menos,
las maneras de imaginar algún más allá?
¡Son tantas las preguntas del país tardío!
Pocas semanas antes de que la muerte
fuera la acepción confirmada a tu lado,
preguntaste porque podías si habrá Cielo, 
o algo lejos de los ocelos a donde llegar 
luego de haber ido para durar diferente. 
Ni el pensamiento en su persuasión, ni 
la voz al volver herida supieron decir.
¿Hay, tal rito de ademán desordenado,
de hora débil contra la vil parsimonia?
Nada que nadie sepa cómo haya sido,
porque nada persiste ni nunca es todo
olvido total, otoño añadido al recuerdo.
A menos que las almas no lo tengan en 
cuenta, a la vida entra la última muerte 
acompañada, entran, ritos y respuestas,
cláusulas con sílabas a saber cómo será
la desazón del sinsentido, tan seguido,
y un pensamiento apenas comenzando.
Piensa, pues al pensar empieza: si algo 
habrá luego del tiempo, será según sea,
un acto a solas, una inocencia cansada,
una que en ella alcanza a ceder su sino.
Tan simple como traer a Dios a los días,
como decirle al silencio qué más quiso.  
Al final, el año de la eternidad termina,
las horas son tan sabias que lo saben.
Es tan simple, que hasta parece fácil:
por creer en la otra vida, esta llega.
(Poco necesita la resurrección para
responder al organismo en persona.)
Alrededor del resplandor nada sigue,
la fe a la fuerza tiene plazo hasta hoy.
Si algo queda para ser desconocido,
en el Cielo las cosas podrán decirlo,
las palabras, escribirse unas a otras.

Monólogo del fin al presentirlo: “Que pase el que sigue”
(Causas sin un único regreso)

No lo sabíamos (a esa noción nunca se va en puntas de pie).
Papá desaparecía en las definiciones, Mamá supo enseguida 
que la suerte al terminar de nacer podría decirlo en cualquier 
idioma, quedarse inmóvil hasta que el tiempo dispusiera de
palabras donde quedarse a decir, si es lo primero a tener en
cuenta cuando los días con sus horas seguidas huían al verse  
en el espejo de los demás manteniendo en vivo el nombre ante 
imágenes cada una mejor que ninguna mientras fueran todas.
En aquellos años, el pretérito empezaba un día antes de ayer,
con el habla iba en esa dirección el árbol del bien y del mal a 
menos que las intenciones ansiaran darle al sino otro destino.
El reporte médico dejaba la metafísica para explicar en parte
los pensamientos que con el cáncer acercaban la luz al vacío.
Si Mamá lo hubiese sabido, habría muerto antes de quedarse
más semanas, aunque supo desde el principio a la perfección
cómo respirar despacio, aproximarse al rostro de hace mucho 
que por diciembre en la mente era otro mes aquel culminando
de menos a esto, o al revés porque está bien que el viento vea
de vez en cuando, viento al que solo el aire ha podido divisar.
Aquello no era poesía. Aquel mal a cuestas en las radiografías
no era la salud indudable como tanto antes el cuerpo nos había 
dicho. Uno llega a esas verdades de fondo muy mal preparado,
habiendo aprendido de memoria que también el olvido al venir
a la vida recuerda, que el tiempo pasa hasta que al fin se ha ido.
Tarde vine a comprender la importancia de vivir para decirlo.
Enterrar a los padres es, como pasar por la infancia sin haber
estado para desconocer a qué anónima manera se debió la voz
hablando de todo, del pensamiento al ocupar tan poco espacio,
aunque no es cuestión de comprender sino de continuar hasta
que los años se sientan incluidos por algún panorama interior.
La vida dice que comprende, aprende a querer –de memoria–,
anticipa las simientes antes de entrar a la tierra en estampida.
Mientras traiga lo contrario, habrá que darle un empujón a lo 
que siga cayendo, rodear a las lágrimas para entender la caída,
aunque no sé bien si deberíamos (vivir es haber tenido tiempo).
El resto va rápido, con una velocidad de boda robada a Zenón.
Entre el mal y el entendimiento la mente teme a los momentos
demasiado pronto como para poder pensarlo de un solo tirón.
El entendimiento, lugar donde nunca imaginé llegaría a estar,
hace preguntas para que el vocabulario hable sin tener miedo,
raras veces vence al sentido común diciendo la verdad a secas.
¿Cuál, la de los hechos, la de los datos debidos a la duración?
Eso cualquiera podría decirlo, mirar al reloj para saber cuándo.
De tarde fue, pues el verano tiene muchas, cuando un cadáver
de hombre entró al cuerpo de mi padre, con mi madre estando
pronta para poner a prueba la raíz cuadrada del drama y de los
predicados que en algunas ilusiones fueron desconocimiento, o
¿habrá querido la ignorancia que siguiera al resultado de largo, 
al baldío donde las imágenes daban a las muecas la bienvenida?
Pregunta de cuánto podría ignorar a cambio de quedar perdida, 
la vida debe a la voz su libertad entre ideas desacostumbradas,
se atreve a venir invencible al resplandor para sentirse visitada.
Todo eso como suele serlo fue pensado mientras salíamos con
el miedo y el amor de los muertos hasta poder detener los días,
a quien dijo que nadie se va de esta vida sin enterrar a alguien.
En el camino de vuelta vimos moscas, hasta álamos y limones 
movidos por lo primero que pasara porque hasta el pasado pasó
por la vereda de enfrente comparando la fe con una fecha fija. 
Pensé en el aperiá oído entre (paréntesis), pero pensé también
qué fácil es jugar a desenterrar tesoros, qué difícil enterrar las   
razones por donde anduvo la niñez repartiendo arrepentimiento.
Anduvimos de voz en voz hasta que la tumba nos vio, fuimos y
huimos, de ida y de regreso –tal cual será– a la tierra horizontal.
Rumbo a la puerta de entrada, o de salida, eso depende, la tarde
pensó en seguirnos, aunque lo pensó muy poco: salimos, solos,
como ha de salir el sol hacia dentro al quedar abierta la ventana.
En un papel donde la soledad decía la verdad de a poco, escribí:
“es muy raro dejar el cementerio a la velocidad que uno quiere”.
Sin saber si habíamos ido, volvimos a casa para conocer la nada. 
Estaba, como jamás volvimos a verla, maquillada para la belleza
hallada bajo la llovizna del rayo interpretado, nada sino la misma
nada aún de nadie ni por un día, de ninguno. Por no saber abrirle, 
encontramos a la muerte preguntando, “¿dónde estará la puerta?”


Eduardo Espina

Eduardo Espina, con todo lo que eso implica, nació en Montevideo, Uruguay.  Soy poeta y ensayista. Mis libros más recientes son: Las ideas hasta el día de hoy (Editorial Planeta, 2013), ensayos; y La imaginación invisible, Antología 1982-2015 (Editorial Seix Barral, 2015), poesía. Al momento de terminar esta frase la editorial Mansalva habrá publicado mi nuevo libro, tSURnamis, Vol. I, ensayos. En Uruguay gané dos veces el Premio Nacional de Ensayo, y en 1998 obtuve el Premio Municipal de Poesía.  Mis poemas han sido traducidos parcialmente al inglés, francés, portugués, alemán, holandés, albanés, chino y croata. Las traducciones al chino no las entiendo, pero parecen pinturas basadas en jeroglíficos conmigo dentro. Estoy incluido en más de 40 antologías de poesía, algunas incluso de Uruguay. En 1980 fui el primer escritor uruguayo invitado al prestigioso International Writing Program de la Universidad de Iowa, donde vi la nieve por primera vez. Desde entonces radico en Estados Unidos, en un pueblo perdido de Texas que en algunos mapas no aparece. En 2011 obtuve la beca Guggenheim. Con la plata que me dieron viví feliz dos meses y once días. Los  poemas que escribí durante ese periodo son ahora parte de un libro en desarrollo.

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