EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

jueves, 6 de abril de 2017

LAURA PRATTO





Últimamente estoy tratando de prestar especial atención a la anécdota, a buscar la delicadeza en el trabajo a partir de ella, en la extracción de sus perlas, como dice Circe Maia, que puede llevar hacia un poema, y el poema a su vez ir hacia la anécdota, en tránsito de doble mano. Diana Bellessi apunta que la expresión para decir que “algo es anecdótico” devalúa ese potencial de la anécdota para converger en un poema, que es condensación de lo esencial. Parecería que si algo es anecdótico no tiene chance de rodear esa esencia, sin embargo creo que puede hacerlo, ciñendo muy de cerca, acorralando el carozo, como llama Irene Gruss a ese núcleo vivo del poema.

Voy hacia lo que menos conocí en mi vida, voy hacia mi cuerpo, dijo Viel  Temperley, lo cual suena más tremendo cuando su obra poética celebra esa comunión que es la participación del cuerpo en la vida del mundo. Siento que un poco es así la previa de la escritura, esa clase de muerte del terreno conocido. Tal vez para escribir haya que “entrar a desconocerse”, como se dice en el campo, cada vez, no como una idea sino como una auténtica experiencia física.
  


Poemas


OUT  RUN

Espero el día para que el canto de los pájaros
apague el zumbido de las ruedas.
Desde que he vuelto o a  pasar mis noches
en esta casa a una cuadra de la ruta 19
muy lejos de la niña que en vez de contar ovejas
se dejaba acariciar por el paso de los camiones
y cedía, lejos también
de la adolescente que en cada acelerada
abrazaba el susurro de una fuga,
no viene ninguno de los sueños.


SEPARACIÓN

Tus paredes pintadas a la cal
contra las que arremetí
como si fuera una persona fuerte,
el puño aliado a la lija
para hacer tabla rasa y así
volver a dormir adentro tuyo,
ahora grande,
ahora sin los hermanos,
un raspaje de tus paredes color rosa
y otra vez alojarme ahí,
ahora que no espero crecer,
todavía con los ruidos de la vida
de los padres en el cuarto de al lado,
porque viven, sí, dichosa de mí, ¿sí?,
ya quisiera obedecer a eso que dicen
los que no los tienen, ya quisiera
ser feliz, la edad dorada
como la orina traspasa la pared
de la infancia con sus ruidos
y yo me interno otra vez en vos,
que así no sos vos, entro
en el cuarto recién pintado por mí
de blanco (va a parecer una clínica, dijeron)
donde el corazón ya no se siente joven
y mi cuerpo es más largo que la cama.


LA AVIONETA

Despierto del sueño
en el que tenías una avioneta
y estoy helada
-durmiendo con la ropa puesta
sobre la cama sin destender,
como en aquel año de facultad,
el primero lejos de mis padres-.
Un sacudón de frío
me devolvió a la conciencia
de que todo lo tenés y yo
no te hago falta
por si todo fuera poco
en mi sueño te agregué 
una avioneta, el recurso
para volar sin precisar de nadie-
y así mientras tu plenitud
se agiganta y tu vida no puede 
dejar de ir hacia adelante
la mía vuelve
a los dieciocho años:
el cuerpo esculpido sin maternidad,
el tono alto de estar en guardia 
por y para los hombres,
prendiendo todos los días ese fuego
y no el de las hornallas
-el acto de comer retoma su modo
solitario y yo
aprendí a cocinar como algo
que se hace para otro,
a comer como un hecho
ruidoso y conversado-,
estudiando para no trabajar
y sobresaliendo en esa práctica,
con seres queridos que me becan
para que ocupe una habitación
de alquiler y esté menos triste.
Otra vez durmiendo en cama de una plaza,
vestida porque he perdido el amor
por los rituales, al menos tuve un sueño
en el que te vi despegar,
y de él volví con el frío
que preserva la carne.


POR LA AUTOVÍA

Están a sus anchas las urracas en el asiento de atrás del auto.
Chillan como si nunca las sacaran, se ponen verdes,
cuentan plata, revuelven sus carteras.
Sus temas banales y estridentes permiten
que en el asiento de adelante avance
nuestra conversación, en voz baja.
Me entero de tu viaje la próxima semana:
Vas con tu hermano y un socio. Vas solo.
Lo decís casi para vos, a un imaginario
micrófono de corbata. Escondiendo.
Tan cerca se hace de golpe ese lugar al que vas
lejos, a esa convención, a posicionar el producto,
que ya estoy allí: viajé solo por verte, viajé
contra la lógica, sin tener idea de negocios,
sin pretexto que pueda esgrimir. Me contás
cuáles van a ser tus días libres.
Las de atrás se callan
-hay que tomar aire cada tanto-
y entonces, aunque ya estoy
rellenando esos blancos de tu agenda,
te hablo de lo que no pienso,
finjo que me importan cuestiones comerciales,
uso palabras que igual fracasan.
Nunca podría ser tu socia. Las urracas tal vez
se dan cuenta, pero se relanzan,
y en eso tapan la palabra “hotel”
(si supieran que se la perdieron)
y yo aprovecho el envión como se cuelga un ciclista
de algún camión cuando pasa, te pido más detalles,
armo un plan mental, y luego otro, y otro
y en todos me arriesgo a que pase nada
más que estas palabras que concretamos
sin concretar, porque no hay que poner en boca
lo que pide irse a las manos.
Hay partes frescas aún en la autovía,
es todo tan nuevo que apenas está señalizado
y seguimos andando como si perderse
fuera todavía algo posible,
la idea latiendo en el calor del pavimento.


Laura Pratto

Nací en San Francisco, Córdoba, donde trabajo coordinando un taller de escritura. Actualmente vivo en Buenos Aires y disfruto de esa especie de pasaporte dual que fui adquiriendo por la frecuencia de viajes entre ambas ciudades. Otra vez la calle de doble mano, como esa idea y vuelta entre la anécdota y el poema. Publiqué cuatro libros de poesía: Alcance, Bajo la luna, 2006; El hilván, Bajo la luna, 2009; Cría, Recovecos, 2009, El menor escándalo, Recovecos, 2013.  

laupratto@hotmail.com
En Facebook: Laura Pratto


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