EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 2 de abril de 2017

MÓNICA TRACEY


Casi nada queda fuera del camino hacia la poesía, hacia la escritura de poesía. Recuerdos, imágenes de la memoria, música, reflexiones de artistas, un gesto, películas, documentales, fotografías, pinturas, animales, la comida, la bebida. El paisaje, siempre. El infinito viajar. El cuerpo en su tráfico de todos los sentidos, hacia afuera y hacia adentro, del cuerpo y del alma, y ese extraño límite de la piel. 

En cuanto a la influencia o presencia de textos, muchas veces me he preguntado por qué la filosofía ha funcionado mucho más como disparador que la poesía. Hace poco relativamente me di cuenta de que la filosofía comparte en mí el mismo lugar de percepción que la poesía. No leo filosofía desde un lugar de pensamiento racional sino que recorre otro canal, no sé describirlo, es una suerte de entendimiento alternativo en el que comprendo, muchas veces sin entender, lo que no comprendo desde lo racional. Y mientras recorro el texto percibo físicamente ese canal por el que transcurre. No sé si con esta explicación doy cuenta de lo que hablo. No es que sea especialista en filosofía –no soy especialista en nada-, leo textos filosóficos o de pensamiento. Siempre recuerdo el impacto que causó en mí cuando en la facultad hice al mismo tiempo Filosofía Antigua y Griego y tuve como profesora a la genial Victoria Julia, que era titular de la cátedra de Filosofía y ayudante en el práctico de Griego. Con ella vi la enorme relación entre las raíces de las palabras y los conceptos, y cómo estos se resignificaban con la riqueza significativa de esas raíces. Algo que se conectó directamente, aunque de otra forma, fuera de lo conceptual, con la poesía, con esa reverberación de una palabra en otra, con ese sentido que se construye fuera del entendimiento.

De todas formas, la poesía, la narrativa y el teatro también han sido disparadores de mi poesía. El teatro leído, Beckett por ejemplo, o en acción, Kantor o el mismo Beckett. La danza ha tenido una presencia constante en mi escritura. Hice danzas clásicas de chica y luego vi mucho ballet, aunque fue la danza contemporánea la que me conectó con mi cuerpo en danza, con el reconocimiento del movimiento de mi cuerpo y de la quietud, como capacidades extremas, como posibilidad real más allá de la capacidad real de mi cuerpo. Por extraños caminos todo esto va a dar en mi poesía. Aunque nada es como espectadora. Son disparadores que encuentran su lugar de eco en mí. No sé qué es lo que logro en mi poesía pero sí sé que la poesía es genuina o no es y solo es genuina cuando nace de una experiencia íntima de pensamiento, sentimiento, sensaciones. 

Por lo general no me dispongo a escribir poesía, surge una imagen, un verso. Llevo siempre un cuadernito pequeño conmigo, y también lo tengo a mi lado mientras duermo. Muchas veces escribí en la noche a causa de un sueño.

Hace tiempo que tomé contacto con mi cuerpo en la escritura, todo es táctil a la hora de escribir, el cuerpo se manifiesta en sensaciones intensas. En muchos de mis poemas aparece esa violencia que ejerce el cuerpo para manifestarse mientras escribo. La forma en que la lengua recorre las palabras, las letras, la inquietud e hipersensibilidad táctil de las manos, el ojo y lo que ve afuera y hacia adentro. Hay una violencia física y espiritual, nada está quieto, nada está en su lugar, o, más bien, todo está en su  lugar, en un estado de sensibilidad extrema. 
Una escritora que despertó en mí esa percepción del cuerpo en la escritura, que fue una revelación de autoconocimiento, fue Marguerite Duras. 
En otro sentido, muy distinto, también recuerdo el impacto que me ocasionó el principio de “Lolita” de Nabokov, en inglés, donde hace el recorrido de la lengua sobre el paladar para pronunciar el nombre. “…Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta…”
Muchas veces cuando escribo poesía tengo esa sensación de materialidad de la palabra en el cuerpo.


Poemas


El amor

Vaciada de mí
soy yo

Vaciada de vos
soy una sombra
más clara
más oscura
según la tempestad

De Hablo en lenguas


Mirar hacia adentro
espesar la mirada
hasta que duela el ojo
y lo que ve
arder verse arder
palparse ardiendo.

   .-.-.

Mi cuerpo entero se vuelve tacto
cuando escribo
cobra otro peso cada parte de mí
cobra otra vida
y sale del papel enmarañada
sin distancia entre cuerpo y alma.

  .-.-.

El deseo es una forma del alma
de estar en el cuerpo
hay dolores también
dolores del alma
que se alojan en el cuerpo
hay una materialidad
que es del alma.

   .-.-.

Estamos hechos también de lo que nos falta
de esas formas sin forma
que anidan en el fondo de los ojos
hay una que es como yo pero no es
que le da peso a mi alma
huesos, manos, pasos, pies
de aire
extraña densidad
ésa que me acompaña.


De Sobre la espalda del cielo
  

Densa niebla blanca
sobre el campo
corredores de luz entre la niebla
dicen que sólo se ve lo que espeja
lo que llevamos dentro
corredores de luz entre la niebla

.-.-.


Nadie sabe qué siente la bailarina
cuando olvida
no hay nadie ahí
no hubo horas de esfuerzo
ningún camino
ninguna mirada
es esa música y un cuerpo
puro movimiento
que se desprende de su cuerpo
para fundirse con el aire
que es pura música
y silencio
y quietud
cuando sus brazos ya no son brazos
ni sus piernas piernas
un corazón de fuego
pura alma sin memoria
nombrando palabras
que viajan lejos
que suenan a lo lejos.

   Inéditos


Mónica Tracey

Nací en Junín, provincia de Buenos Aires, el 18 de mayo de 1953. La escritura estuvo siempre pero llegó a la poesía alrededor de los 20 años, cuando comencé un taller con el poeta Mario Morales, quien había sido mi profesor de literatura en la escuela de periodismo. En ese taller de poesía que llamamos El Sonido y la Furia, aprendí a leer por segunda vez en mi vida. Nuestras reuniones los viernes por la noche fueron fundantes de un modo pasional de acercamiento a la poesía. De ese grupo, en el que estaban Susana Villalba, Víctor Redondo, Horacio Zabaljáuregui y Guillermo Roig, entre otros, surgiría en 1979 la revista de poesía Ultimo Reino, de la cual formaron parte también Jorge Zunino y María Julia de Ruschi Crespo, antiguos discípulos de Morales, en el grupo Nosferatu. 
Estudié Periodismo, oficio del que viví casi toda mi vida, y Letras. 
Mis libros: A pesar de los dioses, 1981. Celebración errante, 1987. Hablar de lo que se ama, 1990. Hablo en Lenguas, 1999, y Sobre la espalda del cielo, 2008.  Todos en Último Reino. También participé en varias antologías.

Facebook: Mónica Tracey

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