EL VIAJE SIEMPRE RECOMIENZA..


El viaje siempre recomienza, siempre ha de volver a empezar, como la existencia, y cada una de sus anotaciones es un prólogo; si el recorrido del mundo se transfiere a la escritura, éste se prolonga en el traslado de la realidad al papel -tomar apuntes, retocarlos, borrarlos parcialmente, reescribirlos, desplazarlos, variar su disposición. Montaje de las palabras y las imágenes, captadas desde la ventanilla del tren o cruzando una calle y doblando la esquina. Sólo con la muerte... cesa el status viagiatoris del hombre, su condición existencial de viajero. Viajar, pues, tiene que ver con la muerte... pero también es diferir la muerte, aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial, tal como el prefacio difiere la verdadera lectura, el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca.
Claudio Magris

domingo, 16 de abril de 2017

VERÓNICA YATTAH



Para escribir un poema necesito tener muchas ganas de hacerlo. Se trata casi de “aguantarme” durante días hasta que me siento y prendo la computadora. El primer verso ya viene cargado de cosas que imaginé pero el tono es totalmente sorpresivo: aparece únicamente al escribir y termina siendo medio déspota, porque según el tono algunas imágenes quedan y otras no.

Escribir me libera de algo que vi, un ritmo, o un recuerdo que me acompaña durante días, y al mismo tiempo transforma esa imagen, ritmo o recuerdo en algo nuevo. En este sentido, más que traducir, la poesía transforma. Por ejemplo imaginé un poema que dijera algo sobre mi mapa privado de Buenos Aires, uno que hablara de las calles que caminé para llegar a las casas de las personas con las que estuve hasta mis veinticinco. Algo de eso hay en “Piedra grande sin labrar”. Pero afortunadamente surgieron escenas que no hubiera podido ver antes de escribirlo, como la de la madre fumando un cigarrillo o la del padre huyendo como un ciervo en el bosque.

De la música me fascina la intensidad que puede lograr en tan poco tiempo. Aprendí y aprendo escuchando bandas de los ochentas con sintetizadores de fondo. Me parece increíble que una canción pueda empezar, subir y terminar en apenas tres o cuatro minutos y que en el medio la vida de quien la escuche cambie, es decir que mi ánimo se vea totalmente afectado. Por otro lado son canciones que dan ganas de bailar y al mismo tiempo emocionan y ese contraste me parece necesario.

Viendo películas aprendo otras cosas: la importancia de los detalles, de los gestos, de los colores o del modo de hablar de los personajes. Y sobre todo la elipsis, que es igual a lo que un poema se guarda.

Me alcanzó con haber estado muy cerca de alguien con depresión para saber que la distinción entre cuerpo y mente no existe. Un cuerpo nunca puede estar sano si no hay ganas de levantarse. Personalmente escribir me ayuda a recordar lo unidos que están esos dos planos. Cuando escribís un poema que te gusta o que dice todavía más que el poema que habías imaginado, te sentís agotada pero también más fuerte y más liviana. Es una liberación momentánea y por eso creo que se trata de buscarla  las veces que haga falta.

Hace poco escuché a Daniela Camozzi leer este poema en El Rayo Verde. Se lo pedí porque siento que se hace una pregunta sobre el cuerpo que comparto, y quería compartirlo acá:

la realidad del cuerpo

suele decirse
que un cuerpo aparece
cuando se lo toca
y que antes
no estaba ahí

el mío apenas sale
cuando se choca
con algún mueble
y se magulla
o al apoyar
la mano en la mesada
y así el metal
me devuelve la mano
como propia

ese es también
un cuerpo
pero menos
es como una anticipación
un fragmento
es que si nadie lo toca
él no está
del todo ahí

hasta que sí aparece
como suele decirse
estremecido por la caricia
y deja de ser
un fragmento
que se apoya
en alguna superficie
para tener realidad

con tu caricia aparece
la realidad completa
de mi cuerpo



Poemas


Como patitos llegamos,

como ciegos.

El segundo no vio al primero

el tercero no vio al segundo.

Tan cerca quedó un auto de otro

que mientras la barrera del tren bajaba

tuvimos tiempo de tomar espacio.

El tren iba a venir

pero no venía.

Vi a una chica darle un beso a un chico

y cómo encendían las luces del restaurante.

Y yo que estaba en bici apoyé mi mano

en el techo del auto vecino

para no tener que sostenerme toda

con la punta de los pies.

Y me sentí parte de algo.

Había viento y era mucho

tener una piel.

Era viernes.

Tenía el cuerpo cansado

y dos piernas fuertes.



Hecha jirones, montaña

tirá la ropa, vení

en amasijo nuestras remeras

esa ropa que no sea

más la tuya ni la mía,

Así

que no haga falta volver a ella.




Piedra grande sin labrar

Piedra grande sin labrar
Peña, se llamaba así la calle
donde vivía el amigo de mi hermano.
La primera vez que hice el amor
vi mi ropa manchada.
Fue distinto el color de los autos
que pasaban mientras regresaba a casa.
Fue distinto el color de mi mamá
que ponía la mesa como tantas otras noches
aunque esa fuera para mí
la primera noche de otra era.
El rostro de mi mamá acariciado
mucho antes de que esto pasara
(ella sola en su casa, mi hermano y yo)
por hombres recostados
en pequeñas camas
el humo del cigarrillo marcando en el aire
figuras sin forma.
Uno de esos hombres mi padre
el humo dibujando, en su caso sí,
un ciervo corriendo
perdiéndose en un bosque.
Entonces Peña el nombre de la calle
de la casa del chico
con el que estuve la primera vez.
Después hubo otras:
Arganguren, Tucumán, Aráoz
la calle de un barrio lejano
hasta que llego caminando
a una fiesta en el primer piso
departamento A
de un ambiente en Gurruchaga,
calle empedrada
de árboles viejos
que a las tormentas
les lleva minutos derribar.
Llegué como quien llega a un umbral
y  pasando una línea se transforma.
Descorrí la bolsa de nylon
que ocultaba una botella de cerveza.
Y mi deseo de darle un beso
siendo ella como yo, una mujer.
Y mi deseo de escribir
sobre todo lo que pasaba alrededor:
el colchoncito apoyado en la pared
para silenciar la felicidad de la fiesta
el vecino tocando timbre
para quejarse no, para bailar
y mi mejor amigo acariciando los vinilos
jugando a ser el dj
que todavía no era.
Ana también quiso que la noche fuera larga
que todo recién empezando como estaba,
no terminara tan pronto.
De negro a nublado, el cielo
se nos fue metiendo en los ojos.
La suavidad que conocí esa noche
fue un hacha una pica un revólver
que palpé en mi bolsillo meses después
años después.
La suavidad fue mi antídoto cada vez que hizo falta
mi defensa incluso cuando ella me dejó.
Ahora cuando algo termina
me acuerdo de esa noche
lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo
se tiene otra vez.
Fui alguien conduciendo un auto
en medio de una ruta
hasta cruzarse en mi camino, algo
que me hizo frenar el paso.
El beso que le di a otra chica,
la noche en que mi cuerpo
fue por primera vez, además de mi cuerpo
mi casa.


Verónica Yattah


Nací el 1° de febrero de 1987 en Lavalle entre Ayacucho y Riobamba.
Lo primero que escribí fueron cuentos. Hice taller con Abelardo Castillo y formé parte del Grupo Alejandría. Después hice taller con Enrique Solinas y Osvaldo Bossi.
Publiqué tres libros: Ella salta la espuma de las olas, Allá es mañana y Los perros también se van.
Trabajo hace cinco años en una oficina.
Soy licenciada y profesora en Letras. De vez en cuando hago entrevistas. Hago reseñas.
Doy clases en “Taller de poesía I” en la Universidad Nacional de las Artes, cátedra Alicia Genovese.
Tengo dos blogs:

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